Fracasando por placer (XIX): Antologías que más o menos pretendían ser globales y/o definitivas

New Está lleno de estrellas

Voy a ir un paso más en el comentario previo acerca de esa obsesión por hacer antologías tan propia de la ciencia ficción, centrándome en las que se han consagrado a presentar el género en su conjunto. Hay unas cuantas. Supongo que por un lado tienen gancho comercial dentro, y por otro pueden atraer a algún curioso completista de fuera. El caso es que van unas cuantas, y aunque ya hablé extensamente de la que tal vez sea la primera, Adventures in Time and Space, permítaseme un repaso breve a todas las que poseo, que creo que podrá ser útil a algún lector con el mismo tipo de trastorno psicológico (en realidad, lo hago porque seguro que aparece alguien que conoce otras que me faltan), o bien para quienes vayan a escribir un ensayo para un medio generalista sin tener ni idea de la historia del género y quieran tener la honradez intelectual de informarse mínimamente leyendo alguno de estos tochos.

Excluyo de este repaso a las antologías muy limitadas de alguna forma (a un año, a una revista, a un premio, a una temática), para ir a las que se supone que han escogido a calzón quitado los mejores relatos de la historia, o de un periodo suficientemente amplio, al parecer del seleccionador. También me salto las que han sido bautizadas en español con títulos rimbombantes pero en realidad se corresponden a contenidos menos ambiciosos: el caso más notable es el de Los mejores relatos de ciencia ficción, prologados por Narciso Ibáñez Serrador, que tuvo varias ediciones en Bruguera y se correspondía a dos antologías de buenos cuentos escogidos por Groff Conklin, puestas una detrás de otra.

Y no, no las he leído todas enteras, pero sí son para mí un muy útil material de referencia, por supuesto. Las coloco por orden de publicación original, aunque en muchas ocasiones tengo ediciones posteriores. Me abstengo de mencionar la ocasional inclusión de Cordwainer Smith por no insistir siempre en lo mismo.

Prepárense para el chaparrón de namedropping, estimados amigos, porque esta vez va a ser de órdago.  Sigue leyendo

Stalker. Pícnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski

StalkerVolver a traducir un clásico, además de una oportunidad para redescubrirlo bajo una nueva interpretación, puede parecer un acto revolucionario. Dos de las editoriales más importantes dedicadas a la ciencia ficción (Minotauro y los restos de la antigua Ediciones B, fagocitada por el emporio RH), salvo en contadísimas excepciones, viven entregadas al acto de la reimpresión sin discriminar traducciones de hace una o seis décadas. Por eso conviene valorar los sellos que sí están recuperando esas obras en el sentido más amplio del término.

A diferencia de la primera edición de Solaris directa del polaco, que en el momento de escribir estas palabras acumula 7 reimpresiones, apenas se ha hecho hincapié en esta versión de Stalker. Y el peso de la obra Arkadi y Boris Strugatski, con esa traducción de Raquel Marqués de 2015 directamente del ruso, me parece equivalente; dentro de la ciencia ficción y la cultura popular, pero también como ejemplo de praxis editorial deseable. Basta comparar un par de páginas con la versión de de 2001 de Miquel Barceló para darse cuenta de las diferencias estilísticas e imprecisiones ocasionadas por esa chapuza que es una traducción de una traducción. Además, los hermanos Strugatski exhibieron otras dotes de su talento para la escritura más allá del corpus de ideas sobre las cuales levantan su novela.

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Good News, Everyone! (Sobre Futurama)

Futurama

Supongo que lo mejor es ir al grano, y decir que Futurama es una serie sobre la soledad. Cargada de personajes, de explosivas aventuras puntuales, de largas sub-tramas de evolución paulatina que recorren grupos de episodios y hasta temporadas enteras, de personajes terciarios que aparecen, desaparecen, y vuelven a aparecer para saludar un día por sorpresa, en Futurama hay, también, escenarios y planetas recurrentes, enteras secuencias extemporáneas e historias paralelas que se entrecruzan, para matizarla, con la trama principal. Es una serie expansiva, de largo alcance, con sus desarrollos y sorpresas, pero todo, en Futurama, está teñido de la triste constatación de lo solos que estamos, de que nos vincula, paradójicamente, la soledad en un mundo acelerado.

Añadido a la abrumadora soledad de los personajes está el otro tema capital de la serie: la definitiva destrucción de la familia. A diferencia de Los Simpson, Padre de Familia o Padre made in USA, donde la historia gira siempre en torno a la casa y la familia, en Futurama los personajes se reúnen siempre en el lugar de trabajo, que es lo que les une y da razón de ser (con lo que se adjudica sólo al trabajo el factor que fomenta la socialización), y la familia, en cambio –simplemente– no existe. Hay, en la narrativa norteamericana, un reducto de autores que se ha dedicado con encono a la destrucción de la familia, y es ahí donde pertenece Futurama. El núcleo familiar, tan evidente en las otras series, ha desaparecido en favor de la soledad extrema: el mundo de Fry es mil años más antiguo que el que le rodea (aunque ello no le afecte demasiado); Leela es la única superviviente de una raza alienígena que desconocemos (para luego descubrir otras cosas que no desvelo); Bender es un robot incapaz de relacionarse con otros robots, que depende de sus amigos humanos para escapar de sus tendencias suicidas; el profesor Farnsworth[1] vive solo, con su amargura y sus rencores, y sólo tiene su empresa de mensajería, la Planet Express, de la que pocas satisfacciones humanas obtiene; el Dr. John Zoidberg es el único de su especie en la Tierra, y así se lo hacen sentir el resto de sus compañeros; la joven Amy Wong, natural de Marte, está perdida y acomplejada y aislada de sus privilegios; y Hermes es el único personaje donde vemos los restos de lo que podríamos llamar ‘familia’: un hijo repelente y una mujer que a la mínima que puede se va con el secundario Barbados Slim.

Todos están solos, y, lo que es peor, se sienten solos, incomprendidos. La sensación de pertenencia, de sentirse parte de una familia, la encuentran únicamente, y de manera precaria y superficial, en el trabajo. En ese sentido, el trabajo ha invadido el espacio íntimo de las personas, ha engullido y excretado lo que antes era espacio para la vida privada. En Futurama la compañía y la calidez del semejante son algo lejano e inaccesible.

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Hija de sangre y otros relatos, de Octavia E. Butler

Hija de sangre y otros relatosAfrontar la antología de textos breves de una autora conocida ante todo por sus novelas siempre provoca preguntas. A pesar de haber ganado importantes premios con sus relatos, en nuestro país la carrera de Octavia E. Butler es recordada por los libros de Xenogénesis en Ultramar y más recientemente por la publicación de Parentesco. Pero una de las nuevas editoriales que han surgido recientemente, la bilbaína consonni, ha decidido añadir Hija de sangre y otros relatos a su interesante catálogo. Este breve volumen de 200 páginas reúne siete relatos y dos ensayos que buscan mostrar una imagen general de la obra breve de Butler y, una vez asimilados en su totalidad, se podrían sacar una serie de conclusiones con las que empezaremos, en orden contrario al habitual en las reseñas.

Lo primero a apuntar es que Hija de sangre y otros relatos contiene un valor más histórico que literario, sin que esto desmerezca al libro. Gracias a esta recopilación es posible formarse una idea de los temas que inquietaban a la autora, entender cuáles eran sus obsesiones o su mecánica de trabajo. Además, a cada relato le sigue un breve epílogo donde explica las motivaciones que empujaron a su escritura.

Existe una clara diferencia de calidad entre los dos primeros relatos y el resto. El que da título a la antología ganó los premios Hugo, Nebula y Locus, aspecto que ya avisa sobre su calidad. Luego, “La tarde, la mañana y la noche” también es una obra muy interesante, pero con el resto no se logra tanto esplendor, a pesar de haber otro relato premiado, por lo que queda cierta sensación de descompensación.

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Fracasando por placer (XVIII): Isaac Asimov Magazine nº 11. Forum, 1986

IsaacAsimovLogo

Si sumáramos las cinco encarnaciones que ha tenido la Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine en castellano, resultaría ser la segunda revista con más números de la historia, sólo por detrás de Nueva Dimensión. Sin embargo, esa suma sería totalmente ficticia: cada una de esas etapas fue llevada por una editorial distinta, con propósitos y resultados dispares, sin casi nada más en común que el hecho de que el material anglosajón traducido en ellas fue publicado originalmente en la homónima estadounidense.

También coinciden en el empeño en hacer constar el nombre de Asimov bien gordo, como si fuera un talismán que, obviamente, nunca tuvo gancho suficiente como para llamar la atención de lectores ajenos al género y hacer viable el proyecto. Ya mencioné en otro artículo la extraña obsesión de los editores españoles durante varias décadas por pagar para contar con ese apellido que sólo ha tenido eficacia comercial dentro de la cf cuando se trataba de alguna obra «mayor». Y fuera de él, apenas en contados casos (pienso en la magnífica, al menos para mí como lego, Introducción a la ciencia, los muy amenos tomos de historia aparecidos en Alianza, e imagino que las primeras selecciones de ensayos en Bruguera). El resto, diría que tres cuartas partes largas de las versiones de publicaciones con la rúbrica Asimov en su portada, ha terminado más bien indignamente en las pilas de saldos, fueran antologías, novelas desarrolladas en su universo creativo y apadrinadas de manera discutible o ensayos científicos.

En el caso de las revistas, casi nunca dieron tampoco buenos resultados literarios. En sus números siempre parece haber material procedente del mismo lapso temporal, como si en el acuerdo con la editorial estadounidense, Davis, se incluyera alguna condición al respecto. La consecuencia es que lo traducido es muy irregular, como lo son en sí las revistas americanas de género, que publican tanto cada año que deben tener una manga mucho más ancha que una publicación española que pueda escoger lo que quiera de la fuente que desee siempre que pueda pagar la traducción. El caso extremo es el de la primera encarnación de Asimov’s en español, la de Picazo en 1979-80, que recogía de manera íntegra volúmenes estadounidenses, concretamente los doce primeros. Mala idea a varios niveles, porque la revista americana nació en 1977 y tardó varios años en cobrar fuste; estos números de arranque fueron pestilentes casi de manera íntegra. En 1983, Shawna McCarthy sustituyó a George Scithers, un viejo amigo de Asimov, y arrancó una orientación «literaria» de la publicación obviando totalmente la supuesta herencia del autor que daba nombre a la revista; un giro al que daría continuidad Gardner Dozois desde 1985. Asimov comentaría en alguna ocasión que no acababa de entender muy bien la revista en sus últimos años, pero que le parecía todo bien.

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To Be Continued, The Collected Stories of Robert Silverberg 1953-58

To Be ContinuedHace cinco años comencé el proyecto “leer los relatos de Robert Silverberg seleccionados por él mismo”, una edición para Subterranean Press en nueve volúmenes con una implicación total del propio autor. Además de elegir el material, escribe el prólogo de cada volumen y una introducción para cada cuento. Todo con la idea de contextualizar su proceso de escritura y comentar las claves detrás de su publicación en un ejercicio de historia de la ciencia ficción de la mano del último superviviente de la generación de Dick, Sheckley, Ellison o Le Guin. Sin embargo, después de ciento y pico páginas de To Be Continued tropecé con lo inevitable: sus primeros años fueron mediocres. Quitando “Hacia el anochecer”, el resto era material de fondo como el que se publicaba a millares en las decenas de revistas de mediados de los 50. Así que lo dejé a un lado esperando un momento más indulgente. Sabía que en este caso terminaría volviendo a él. Aprecio demasiado al autor de Muero por dentro y El libro de los cráneos como para pasar de estos primeros años, esenciales en su obra posterior. A principios de junio me puse de nuevo con este libro con la idea de leerme un relato al día a media tarde, como descanso entre memorias, informes de evaluación, entrevistas de entregas de notas… Mi impresión mejoró un poco; no lo suficiente como para recomendar su lectura, siquiera a los Silverberg zombies.

Sin duda el gran valor de To Be Continued reside en los textos de acompañamiento. Lejos de conformarse con una faena de aliño al hacer una retrospectiva de su obra breve, como la de Christopher Priest en Episodes, en To Be Continued apenas existen presentaciones que no transmitan lo que era ser un jornalero de la palabra en la década de los 50. No es ya que Silverberg cuente anécdotas sobre su vida creativa en aquellos años en los que compaginaba universidad y escritura. Su trabajo codo con codo junto a Randall Garrett o Harlan Ellison o las exigencias de ser un autor tan prolífico y sus consecuencias, positivas (una existencia holgada como pocos autores de la época que dependieran exclusivamente de la escritura se podía permitir) y negativas (el cierto resquemor entre esos autores que dependían exclusivamente de la escritura) aparecen ampliamente comentados junto a otros aspectos jugosos: detalles del extenso ecosistema de publicaciones que se mantuvo activo hasta su crisis en 1958; cómo se trabajaban sus contenidos, caso de los relatos que se escribían para dar sentido a las ilustraciones de cubierta que entregaban gente de la talla de Ed Emshwiller o Frank Kelly Freas; etcétera. Y en lo importante, los propios relatos, también hay sustancia.

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Todos sobre Zanzíbar, de John Brunner

Todos sobre ZanzíbarRecuerdo el revuelo en los foros de Cyberdark cuando el editor de La Factoría de Ideas, Juan Carlos Poujade, anunció una nueva traducción de Todos sobre Zanzíbar. El run run sobre los problemas de ciertas ediciones de Acervo, esa sospecha de mutilar textos subidos de tono o con un cierto gusto por las palabras malsonantes, alentaron reediciones del premio Hugo de John Brunner o de Incordie a Jack Barron. Pues bien, cuando Todos sobre Zanzíbar llegó a las librerías a mediados de 2003 lo hizo con la misma versión de Jesús Gómez utilizada por Acervo en 1978, y la afirmación de que no había sido necesario traducirlo de nuevo: habíamos leído una obra íntegra que hacía justicia al original. De un plumazo, la editorial que un par de años antes había puesto en circulación una traducción de Nebulae Primera Época de una novela del mismo autor, pasaba de puntillas sobre esta tropelía y ganaba el discurso de la reedición necesaria. Diecisiete años más tarde verifico que Poujade nos metió el enésimo gol por toda la escuadra.

Para el estándar de su época, la traducción de Jesús Gómez era meritoria. Basta acercarse al texto original para apreciar su trabajo sobre las voces o la terminología. Lejos de entregarse a la habitual tarea de aliño “quito o reformulo a lo bestia lo que me cuesta llevar al castellano”, Gómez estuvo a la altura del reto en bastantes facetas. Es de suponer que el trabajo editorial de Domingo Santos, por entonces director de la colección de Acervo, tuviera algo que ver. No puedo decir lo mismo de las oraciones más enrevesadas; hay en este libro frases que no se entienden o quedan muy por detrás del original.

Como la placa hembra de forma monstruosa de una prensa de troquelado explosivo, el entorno sobreimpuso a la personalidad de Donald Macerdo, del mismo modo que una mano apretada sobre masilla deja resaltes entre los dedos, la marca de su estructura circular.

Like the monstrous shaped negative-plate of an explosive forming press the environment clamped itself on the personality of Donald Hogan, as a hand clenched around a lump of putty will leave the ridges between fingers, the imprint of the cuticular pattern.

En una filosofía empresarial donde el subempleo, el contrato bajo palabra y la chapuza fueron un estándar, una nueva traducción de Todos sobre Zanzíbar era mucho más complicado que pasar un ejemplar de Acervo por el OCR e imprimir, tal cual, aquella edición con 25 años a su espalda. Esperemos que Jesús Gómez o sus herederos recibieran el justo pago por su labor.

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John Brunner e Idiocracia

Idiocracia

Como ya comentaba en un texto anterior, finalmente he terminado por llegar a la conclusión de que sólo hay dos respuestas de la cf a nuestra situación actual que mantengan alguna vigencia: parte de la obra de John Brunner y la semiolvidada película Idiocracia (aunque tenga cierto carácter de culto).

Sobre John Brunner, para hacerlo bien, debería sentarme y releer sus cuatro novelas fundamentales: Todos sobre Zanzíbar, El rebaño ciego, Órbita inestable, y El jinete en la onda del shock. También convendría un estudio un tanto serio sobre cómo un profeta vivió disfrazado de garbancero, o cómo un garbancero devino en profeta. En el origen de su carrera, que comenzó muy joven, enhebró una serie de aventuras espaciales de tercera que no le hacían destacar especialmente de otros autores británicos del momento (tipo Colin Kapp, J.T. McIntosh etc.). Escribía deprisa para poder ganarse la vida, y amontonaba publicaciones con títulos tan esperpénticos como Los súper bárbaros, Esclavistas del espacio o La amenaza psiónica. Sin embargo, ya con treinta años, la publicación de algunos textos más sofisticados como El hombre completo (1964) y Las casillas de la ciudad (1965) hacían suponer que podría ser algo más, una especie de Silverberg menor. Pero no anticipaban el aldabonazo que supondrían esas cuatro obras posteriores del periodo 1968-1974 (que se siguieron alternando con material adocenado de supervivencia).

Brunner no es el más grande, ni el mejor escritor, y de hecho en balance le veo inferior a Silverberg, por el que siento debilidad; pero por alguna razón ha terminado por ser el más pertinente de los autores de ciencia ficción. Este es un concepto que manejo con frecuencia, la pertinencia, en el sentido de capacidad de un texto de ciencia ficción de seguir siendo relevante y efectivo para un lector independientemente del momento en que se lea la obra, de la evolución de la sociedad, la edad del lector o cualquier otro factor.

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Ōoku: The Inner Chambers, de Fumi Yoshinaga

Llega el momento de confesar que todo lo que sé, incluyendo valiosas lecciones vitales que aún hoy sigo a rajatabla, las he aprendido de los tebeos. ¿Política? El pitufísimo, ¿geografía, gastronomía, otras culturas? Las aventuras de Astérix y Obélix, ¿arte contemporáneo? El cuadro que se comió París, ¿deporte? Gatolandia ’76  ¿las neurosis de la vida moderna? La semana más larga. Con estas sólidas bases intelectuales y educativas, el manga no iba a ser menos, y si en la anterior entrada les deslumbré con mis amplios y profundos conocimientos acerca del shogunato Togukawa no es porque me lo copiara de la wikipedia como suelo hacer habitualmente (aunque también…), si no porque antes me había leído otro estupendo manga histórico, el exitoso y laureado Ōoku, de Fumi Yoshinaga, un ucronía ambientada en el período Edo, que vendría a ser el complemento en plan melodrama de época de la BBC a las desenfrenadas aventuras de Azumi. Título en el que además confluyen felizmente la ciencia ficción y el tebeo japonés, puesto que en el año 2009 Ōoku obtuvo el premio James Tiptree Jr. en virtud de su original planteamiento de las cuestiones de género.

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Planetas invisibles. I Antología de ciencia ficción china editada por Ken Liu

Planetas invisiblesEl fenómeno editorial detrás de los dos Lius, Ken y Cixin, lleva aparejado la traducción de literatura fantástica como no se había visto con otro país en décadas. Este pequeño acontecimiento es tan llamativo que ha propiciado la publicación de Planetas invisibles y Estrellas rotas, dos antologías de Ken Liu que ejercen de muestrario de la mejor ciencia ficción china contemporánea. La semana pasada Mario Amadas escribió sobre el volumen más reciente, Estrellas rotas. Aprovechando la ocasión me he leído el anterior, aparecido en EE.UU. en 2016; una selección con relatos de los diez años previos, con abundantes premios locales y algunas traducciones a EE.UU. más allá del omnipresente Cixin Liu. El mascarón de proa de una literatura en expansión del que Planetas invisibles recoge dos cuentos ya traducidos: “El círculo” y “Cuidando de Dios”.

Este último figuraba en el tercer volumen de Terra Nova. Frente a la perspectiva más seria de las novelas de Los tres cuerpos o la mayoría de relatos de La Tierra errante, “Cuidando de Dios” es una sátira de la colonización y la cuestión generacional; ese qué hacer con nuestros mayores cuando se jubilen. Ambas cuestiones se sustancian en una extravagante especie alienígena con apariencia de venerables ancianos que pasan por ser los creadores de la humanidad. Tras varias visitas a la Tierra para controlar el desarrollo de su experimento, han regresado a pasar sus últimos días con su “descendencia”. Debido a su número (dos mil millones de nada), cada familia terrestre se ve obligada a dar cobijo a uno o dos de ellos, con el problema que supone tanto individual (la convivencia no es sencilla) como globalmente (los recursos necesarios para hacerlo). Cixin desarrolla este choque mediante los conflictos de uno de estos señores con los miembros de su familia de acogida. Los disparates y la incomprensión a lo extraña pareja se suceden de una ligera amargura que ayuda en la digestión del deje parabólico. Esta faceta alegórica se complementa con “El círculo”, un cuento más didáctico sobre la construcción de una máquina de calcular en un entorno medieval que se acerca a la megalomanía de los grandes timoneles y cómo su obsesión puede ser el origen de su caída. Al igual que “Cuidando de Dios”, ya había sido traducido. Con alguna modificación, formaba parte de El problema de los tres cuerpos. Esta autonomía recién ganada le sienta bien al impulsar el aroma a cuento tradicional legendario.

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