Stalker. Pícnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski

StalkerVolver a traducir un clásico, además de una oportunidad para redescubrirlo bajo una nueva interpretación, puede parecer un acto revolucionario. Dos de las editoriales más importantes dedicadas a la ciencia ficción (Minotauro y los restos de la antigua Ediciones B, fagocitada por el emporio RH), salvo en contadísimas excepciones, viven entregadas al acto de la reimpresión sin discriminar traducciones de hace una o seis décadas. Por eso conviene valorar los sellos que sí están recuperando esas obras en el sentido más amplio del término.

A diferencia de la primera edición de Solaris directa del polaco, que en el momento de escribir estas palabras acumula 7 reimpresiones, apenas se ha hecho hincapié en esta versión de Stalker. Y el peso de la obra Arkadi y Boris Strugatski, con esa traducción de Raquel Marqués de 2015 directamente del ruso, me parece equivalente; dentro de la ciencia ficción y la cultura popular, pero también como ejemplo de praxis editorial deseable. Basta comparar un par de páginas con la versión de de 2001 de Miquel Barceló para darse cuenta de las diferencias estilísticas e imprecisiones ocasionadas por esa chapuza que es una traducción de una traducción. Además, los hermanos Strugatski exhibieron otras dotes de su talento para la escritura más allá del corpus de ideas sobre las cuales levantan su novela.

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Para llegar al otro lado, de Vladímir Lórchenkov

Para llegar al otro ladoCreo que el humor que mejor funciona es el que sale de la mayor desesperación. Partir del barro y el dolor para describir en tono humorístico una situación complicada y retratar una sociedad es un ejercicio muy complicado. Pero Vladímir Lórchenkov, el autor de Para llegar al otro lado, ha logrado los distintos objetivos que se plantea el libro: hacer reír, satirizar a un país que roza el absurdo, avasallar con imágenes asombrosas y sintetizar una narración de esta clase en menos de 200 páginas.

El libro parte del intento migratorio hacia Italia que trata de realizar gran parte de la sociedad moldava. Desde los pueblerinos más incultos al presidente de gobierno, todos quieren llegar a Roma y conseguir cualquier trabajo. Entre sus métodos, están dispuestos a pagar 4000 euros, estrellar aviones o fabricar un submarino en la estructura de un tractor. Lo que sea para atravesar las fronteras.

Moldavia es descrita como una república sin rumbo tras la caída de la Unión Soviética donde no hay presente ni futuro, sólo miseria, religión y una desesperación que es la gasolina de sus ciudadanos. Todos los protagonistas de esta narración coral son seres activos, llenos de ambición y que desprecian al país tanto como a sus compatriotas. Ninguno busca la absolución, prefieren la huída hacia esa Italia soñada que más parece en sus palabras el Imperio Romano que el país actual.

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