Si Sabino viviría, de Iban Zaldua

Si Sabino viviríaIban Zaldua es conocido sobre todo por los relatos que ha publicado en euskera y se han traducido al castellano los últimos cuarenta años. Disfruté bastante de Porvenir y Biodiscografías. Del primero, Premio Euskadi de Literatura en 2006, tengo reseña aquí. Quizás por eso lo recuerdo mejor. Abría la puerta a una sucesión de marcos perturbadores: el terrorismo, el problema de la vivienda, el retorno a momentos transformadores de una vida… En ellos es fácil ver aquel presente de principios de siglo desde el que estaban escritos pero también se pueden encontrar trazas del nuestro. Además del tema, los personajes, el escenario, de un cuento al siguiente cambiaba el tratamiento; el costumbrismo daba paso a una historia de terror, un relato de viajes en el tiempo o una proyección distópica. Si Sabino viviría es una novela aparecida un año antes que Porvenir y participa de esa variabilidad desde una construcción narrativa diferente. Por su extensión pero, sobre todo, por su poética: la sátira desbocada.

El humor me funciona mejor en formatos breves. Cuando la extensión sobrepasa las cien páginas demasiadas veces la pólvora se moja. Si Sabino viviría tiene alrededor de 250. Sin embargo, ese recelo se volatilizó en cuanto comenzaron a pasar las páginas y las desventuras de su protagonista, Cosmic Josemi, en su viaje para recuperar el cuerpo de Sabino Arana. Porque, sí, el título tiene que ver con El Fundador. Sus restos quedaron por error (o sabotaje) en el vertedero postapocalíptico en que se ha convertido la Tierra y el Tecno Buru Batzar desea recuperarlo antes de que desaparezcan o, peor, terminen en manos de los agentes del planeta Tauro. El futuro de Nuevo Euzkadi depende de ello.

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Carcoma, de Layla Martínez

CarcomaHola a todos, vengo a descubriros la pólvora. Vengo a contaros ahora —abril de 2026— que uno de los fenómenos literarios de 2021, Carcoma, de Layla Martínez; un libro publicado por una editorial pequeña (Amor de Madre) que ha vendido decenas de miles de ejemplares, ha sido traducido a veinte idiomas, tiene adaptación teatral, y cuya versión en inglés fue en 2024 finalista de uno de los premios más importantes de Estados Unidos, el National Book Award; es, efectivamente, notable.

Más que una novela corta —que también, porque no llega ni a las 150 páginas— podría decirse que Carcoma es una novela concentrada, como esas pastillitas de caldo que apenas ocupan nada en la alacena pero luego cunden mucho. Narrado a dos voces, con los pensamientos de una abuela y su nieta entrelazándose para desgranar la historia, Martínez recoge la tradición de los relatos de casas encantadas (la de Carcoma fue erigida por un proxeneta, a las afueras de un pueblo de Cuenca, poco antes del estallido de la Guerra Civil), y le da una vuelta de tuerca: a sus ocupantes no las atormentan los muertos que las visitan ni las sombras que se deslizan por los rincones, sino su pobreza, su frustración y su cólera por los agravios acumulados durante décadas.

La crítica social es el motor que propulsa una narración tremendamente visceral cuyos personajes parecen, más que individuos con agencia propia, vehículos de emociones descarnadas. La autora nos presenta la lucha entre opresores y oprimidos de forma casi arquetípica, sobre un trasfondo de injusticias que se perpetúan a lo largo de generaciones. La intensidad del texto, alimentada por una estética feísta y un resquemor infinito, no da al lector ni un respiro, y si este cúmulo de excesos logra funcionar es gracias tanto al oficio de Martínez como a su corta extensión.

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El corcel, de Carol Emshwiller

El corcelDescubrí a Carol Emshwiller en el pico de mis aficiones tiptreanas. Consecuencia del fanatismo y la febril voracidad que te entra de vez en cuando por leer todo lo que haya podido escribir quien sea que te esté encantando en ese momento, busqué más autoras norteamericanas que, como Tiptree, Jr., hubiesen destacado en los cuentos, y así llegué, como digo, a la obra de Carol Emshwiller. Conocía como portadista a Ed Emshwiller, y bien, muy bien, pero la que me interesaba, a la que quería conocer, era a ella. Y no recuerdo dónde pero acabé encontrando, y comprando, el primer volumen de sus cuentos completos, con la elegante portada del marido, y lo que leí, que no fue todo sino sólo lo que me fue llamando la atención un poco a salto de mata, me gustó pero sin hacer grandes pirotecnias, por mi parte. Esperaba algo como lo de Tiptree, y no. O no tanto.

Pero esto no deja de ser una tontería, en realidad, porque ya ves qué significado puede llegar a tener esto (yo diría que poco, o ninguno), y además tendría que releer lo que leí, o leer entero, de hecho, el volumen de sus cuentos completos para poder decir algo con sentido. Pero bueno. La verdad es que lo que leí, no me encantó. Y dejé un poco de lado a la autora hasta que me encontré, hace nada, en una librería de segunda mano, esta novela suya de título extraño –The Mount, o El corcel– que ya reseñó Nacho en su día. Una novela corta –que tal vez se beneficiaría de un mayor recorte de páginas– con una fuerza y una complejidad que me han encantado.

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Recuerdo de Ian Watson a partir de “Pájaros lentos”

Ian Watson y Cristina Macía presentando Putas de Babilonia en la Librería Gil

Tengo debilidad por los cuentos de ciencia ficción que se centran en una idea y te golpean con ella desde una faceta emocional. Sin ir más lejos, tres de mis relatos favoritos (“Otros días, otros ojos“, de Bob Shaw, “Nieve“, de John Crowley, y “16 de junio en Anna’s“, de Kristine Kathryn Rusch) conectan el sentimiento de pérdida con dispositivos que permiten recuperar el pasado desde esa melancolía devastadora de quien sabe que los mejores días de su vida no regresarán por mucho que la tecnología te facilite recuperarlos. Aunque no he leído muchos cuentos suyos (probablemente haya leído más novelas), las historias de Ian Watson se sostenían sobre otro eje: el poder acumulativo de un caudal de ideas lanzado sobre un lector, en general sin tiempo para digerirlas del todo, muchas veces forzado a macerarse en ellas mientras le llegaba otra nueva. Y otra. Y otra. Esa encadenamiento, a veces rayando lo vertiginoso, terminaba fraguando un conjunto congruente… si le dabas tiempo y espacio a que cuajara. En la línea de sus mejores novelas traducidas (sobre todo Incrustados, El kit Jonás, Embajada alienígena y Visitantes milagrosos) tiene un relato magnífico que consigue emocionarme a pesar de estar construido desde esa misma base, no en 200 páginas sino en poco más de 20. “Pájaros lentos”.

Publicado en el número 100 de la colección Super Ficción, cuando Alejo Cuervo recibió el timón de las colecciones de Martínez Roca, fue recuperado en la revista Solaris donde un equipo capitaneado por Julián Díez (Alberto Cairo, Cristóbal García-Castejon, Luis García Prado, Santiago L. Moreno, Javier Romero y Juan Manuel Santiago) seleccionó sus 100 mejores cuentos de la ciencia ficción (traducida). Lo he releído la semana pasada a modo de homenaje después de conocer su fallecimiento, y ver qué tal reconectaba con una historia que me produjo una profunda impresión.

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Battiato el extraterrestre, de Maurizio di Bona y Alessio Cantarella

Batiatto el extraterrestreEntre las incontables contradicciones que uno termina por aceptarse, yo he dejado de buscar explicación coherente a la manera en la que me conmueven buena parte de las canciones de Franco Battiato. Siendo un descreído bastante profundo, como sólo podemos serlo los que nos educamos en un colegio católico tomándolo todo progresivamente a pitorreo con el paso de los cursos, me pones casi cualquier tema de Fisiognomica, empieza el Franco bueno a explicar que él lo que quiere es «emanciparmi dall’incubo delle passioni / Cercare l’Uno al di sopra del Bene e del Male / Essere un’immagine divina / Di questa realtà» y me falta poco para mojar las bragas.

No llego al extremo de los que alcanzan a disfrutar los discos experimentales de los años setenta (cosa que intenté, pero simplemente está más allá de mi capacidad) más que con alguna canción suelta recuperada más tarde, pero todo a partir de que el caballero decidiera hacia 1978 por alguna razón que iba a dedicar su talento a hacer canciones más o menos normales (muchas veces más bien menos), con L’Era del Cinghiale Bianco, lo compro a ciegas por contradictorio que sea entre sí. Compro y bailoteo las canciones de aspecto un poco tontipop por las que se le recuerda en España; compro y me emociono con las versiones sin relación cognoscible que hizo en tres discos (tituladas Fleurs, Fleurs 3 y Fleurs 2, en ese orden y con diez años de intervalo), que algunas me ponen los pelos de punta; compro y me alucino cuando con más de sesenta años se juntó con un grupo de jovencitas punkis de Cerdeña; cuando se puso a musicar textos incomprensibles del poeta surrealista Manlio Sgalambro; cuando trabajó con orquestas sinfónicas; cuando se fue a tocar y actuar a Irak en mitad de la guerra; cuando grabó la mejor canción de amor de la historia, La cura; cuando, viendo próxima la muerte, escribió una letra en que explica su convicción de que volvería. Y si cualquier paisano me dice que no teme a la muerte porque se va a reencarnar pienso que cómo están las cabezas, pero si me lo dice Battiato, me pregunto qué habrá conseguido entrever que a los demás se nos escapa cuando, ya con el diagnóstico del mieloma múltiple que se lo terminaría llevando, entona con la poca voz que tenía desde siempre pero ya totalmente rota (aún hermosa, emocionante) que «Finché non saremo liberi / Torneremo ancora / Ancora e ancora».

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Desperdigados por el mundo, de Yōko Tawada

Desperdigados por el mundoYōko Tawada vive en Alemania desde principios de los 80. Esta condición de emigrante separada de sus raíces ha quedado impresa en sus novelas de una u otra manera. Memorias de una osa polar se sostenía sobre el extrañamiento de sus protagonistas, osos polares entre humanos, forzados a desplazarse por un entorno social, geográfico, idiomático ajeno. Esa alienación también estaba en la base de El emisario, la segunda novela traducida por Anagrama. A través de sus protagonistas, un abuelo y su nieto residentes en un Japón separado del mundo, se emplazaban multitud de cuestiones fundamentales en su país natal pero también de esta Europa de principios de siglo XXI. La caída de la natalidad, el alejamiento de los padres del cuidado de sus hijos, el odio a lo diferente, la cancelación del futuro, se trataban sin que sus personajes llegaran a explotar por ese cuadro, viviéndolo entre la contención y la disociación. Ahora nos llega Desperdigados por el mundo, primer libro de una trilogía que parece construida para profundizar en estas vías dándole la vuelta al planteamiento de El emisario. Ahora es Japón el que ha “desaparecido”, tragado por las aguas del Océano Pacífico.

Construida como una sucesión de narraciones encadenadas, la primera recoge el testimonio de Knut, un joven investigador en lingüística que, mientras ve la tele, queda fascinado por la historia de Hiruko. Como si fuera una trasunta de Tawada, esta joven llegó a Europa para terminar sus estudios pero quedó sin posibilidad de regresar a su archipiélago natal. Desde entonces sobrevive como cuenta cuentos y ha desarrollado un idioma propio, una síntesis de las lenguas escandinavas; la excusa perfecta de Knut para conocerla. En uno de sus encuentros, ella manifiesta su deseo de encontrar algún compatriota y conversar en su lengua materna. Este objetivo les llevará a desplazarse hasta Tréveris, al Festival Umami. ¿Qué mejor sitio para encontrar algún superviviente al hundimiento de Japón?

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