Oscura deriva, de Carlos J. Sánchez

Oscura derivaDos de los atrevimientos de Oscura deriva son de una osadía fuera de lo común: la narración en segunda persona, y la presencia permeante, casi diría que enaltecedora, de la rabia, del odio, la culpa y la venganza, en el corazón de la historia. Como motor de la historia. Hay que atreverse a erigir una primera novela sobre estos andamios (y que, como es el caso, no parezca una primera novela). Pero no basta con decir esto. Hay que explicar qué tienen de osado esas intenciones, qué tiene de valentía el autor, Carlos J. Sánchez, al haber parido una novela como Oscura deriva, que no intenta, ni quiere, congraciarse con nadie.

La segunda persona es un riesgo por la dificultad que encarna, porque esa voz se dirige a un tú odiado y por lo tanto a quien lee le llega esa voz narrativa como teledirigida, como personalizada, y en Oscura deriva, como decía, nos hablan desde unas coordenadas muy poco complacientes. Nos está desorientando, esa voz: hay una dirección única, es decir, hay alguien que tiene el control de la situación y no es precisamente el protagonista de la acción, sino una voz in absentia que nos habla desde un futuro no cartografiado, alguien a quien aún no hemos visto en acción pero que lo domina todo, y, en cambio, a quienes sí conocemos, como al capitán Thomas Shrike y su tripulación, no sabemos qué les pasa en tiempo presente ni por qué no responden a esa segunda voz de la dominación. La segunda voz es un desplazamiento.

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Una mirada a Alice B. Sheldon

Una mirada a Alice B. SheldonDejé de pedir la traducción de obras breves completas hace tiempo. Aparte de la heterogeneidad de este tipo de libros, basta mirar lo ocurrido con los colecciones de cuentos publicadas por Gigamesh para percatarse de su viabilidad más allá de dos o tres nombres. Tampoco parece que los «Lo mejor de…» tengan especial eco entre un público cada vez más atado al novelón de chorrocientas páginas/partes, salvo los dos o tres autores evento que han sabido hacerse un hueco para sus cuentos. En este contexto, ya había perdido la esperanza de ver la obra de James Tiptree, Jr. / Alice B. Sheldon con una nueva traducción. Ha tenido que llegar un proyecto modesto como Crononauta para poner su nombre de nuevo en las librerías. Recupera a una escritora esencial para entender la ciencia ficción de la segunda mitad del siglo XX con un volumen, cuanto menos, atípico.

Lejos de apostar por una colección de relatos al uso, Una mirada a Alice B. Sheldon se ha concebido como una presentación. Incluye una introducción, tres narraciones acompañadas de sus notas contextualizadoras e ilustraciones de Chari Nogales, y un breve ensayo de la propia Sheldon: «Una mujer escribiendo ciencia ficción». Este texto, redactado meses antes de su muerte, apareció en Women of Vision. A partir de las preguntas de Denise Du Pont, escritoras como Ann McCaffrey, Joan D. Vinge o Marion Zimmer Bradley cristalizaron en una serie de ensayos sus ideas sobre sus respectivos procesos creativos. En el suyo, Sheldon hace una puesta en situación que, a flor de piel, expone su compleja relación con el mundo en que vivió y la ciencia ficción. Plasma los temas que la guiaron al idear sus historias, las contradicciones derivadas de su publicación detrás de un seudónimo o los problemas que experimentó con parte de sus amistades del fandom cuando descubrieron quién estaba detrás de James Tiptree, Jr. en una labor de autodefinición cargada de emoción. Además el equipo detrás del libro le saca el máximo partido; ha seleccionado tres narraciones que resuenan en la frecuencia de las ideas planteadas en «Una mujer escribiendo ciencia ficción». De esta manera, Una mirada a Alice B. Sheldon ejerce como pertinente muestrario de una obra repleta de talento.

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Good News, Everyone! (Sobre Futurama)

Futurama

Supongo que lo mejor es ir al grano, y decir que Futurama es una serie sobre la soledad. Cargada de personajes, de explosivas aventuras puntuales, de largas sub-tramas de evolución paulatina que recorren grupos de episodios y hasta temporadas enteras, de personajes terciarios que aparecen, desaparecen, y vuelven a aparecer para saludar un día por sorpresa, en Futurama hay, también, escenarios y planetas recurrentes, enteras secuencias extemporáneas e historias paralelas que se entrecruzan, para matizarla, con la trama principal. Es una serie expansiva, de largo alcance, con sus desarrollos y sorpresas, pero todo, en Futurama, está teñido de la triste constatación de lo solos que estamos, de que nos vincula, paradójicamente, la soledad en un mundo acelerado.

Añadido a la abrumadora soledad de los personajes está el otro tema capital de la serie: la definitiva destrucción de la familia. A diferencia de Los Simpson, Padre de Familia o Padre made in USA, donde la historia gira siempre en torno a la casa y la familia, en Futurama los personajes se reúnen siempre en el lugar de trabajo, que es lo que les une y da razón de ser (con lo que se adjudica sólo al trabajo el factor que fomenta la socialización), y la familia, en cambio –simplemente– no existe. Hay, en la narrativa norteamericana, un reducto de autores que se ha dedicado con encono a la destrucción de la familia, y es ahí donde pertenece Futurama. El núcleo familiar, tan evidente en las otras series, ha desaparecido en favor de la soledad extrema: el mundo de Fry es mil años más antiguo que el que le rodea (aunque ello no le afecte demasiado); Leela es la única superviviente de una raza alienígena que desconocemos (para luego descubrir otras cosas que no desvelo); Bender es un robot incapaz de relacionarse con otros robots, que depende de sus amigos humanos para escapar de sus tendencias suicidas; el profesor Farnsworth[1] vive solo, con su amargura y sus rencores, y sólo tiene su empresa de mensajería, la Planet Express, de la que pocas satisfacciones humanas obtiene; el Dr. John Zoidberg es el único de su especie en la Tierra, y así se lo hacen sentir el resto de sus compañeros; la joven Amy Wong, natural de Marte, está perdida y acomplejada y aislada de sus privilegios; y Hermes es el único personaje donde vemos los restos de lo que podríamos llamar ‘familia’: un hijo repelente y una mujer que a la mínima que puede se va con el secundario Barbados Slim.

Todos están solos, y, lo que es peor, se sienten solos, incomprendidos. La sensación de pertenencia, de sentirse parte de una familia, la encuentran únicamente, y de manera precaria y superficial, en el trabajo. En ese sentido, el trabajo ha invadido el espacio íntimo de las personas, ha engullido y excretado lo que antes era espacio para la vida privada. En Futurama la compañía y la calidez del semejante son algo lejano e inaccesible.

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To Be Continued, The Collected Stories of Robert Silverberg 1953-58

To Be ContinuedHace cinco años comencé el proyecto «leer los relatos de Robert Silverberg seleccionados por él mismo», una edición para Subterranean Press en nueve volúmenes con una implicación total del propio autor. Además de elegir el material, escribe el prólogo de cada volumen y una introducción para cada cuento. Todo con la idea de contextualizar su proceso de escritura y comentar las claves detrás de su publicación en un ejercicio de historia de la ciencia ficción de la mano del último superviviente de la generación de Dick, Sheckley, Ellison o Le Guin. Sin embargo, después de ciento y pico páginas de To Be Continued tropecé con lo inevitable: sus primeros años fueron mediocres. Quitando «Hacia el anochecer», el resto era material de fondo como el que se publicaba a millares en las decenas de revistas de mediados de los 50. Así que lo dejé a un lado esperando un momento más indulgente. Sabía que en este caso terminaría volviendo a él. Aprecio demasiado al autor de Muero por dentro y El libro de los cráneos como para pasar de estos primeros años, esenciales en su obra posterior. A principios de junio me puse de nuevo con este libro con la idea de leerme un relato al día a media tarde, como descanso entre memorias, informes de evaluación, entrevistas de entregas de notas… Mi impresión mejoró un poco; no lo suficiente como para recomendar su lectura, siquiera a los Silverberg zombies.

Sin duda el gran valor de To Be Continued reside en los textos de acompañamiento. Lejos de conformarse con una faena de aliño al hacer una retrospectiva de su obra breve, como la de Christopher Priest en Episodes, en To Be Continued apenas existen presentaciones que no transmitan lo que era ser un jornalero de la palabra en la década de los 50. No es ya que Silverberg cuente anécdotas sobre su vida creativa en aquellos años en los que compaginaba universidad y escritura. Su trabajo codo con codo junto a Randall Garrett o Harlan Ellison o las exigencias de ser un autor tan prolífico y sus consecuencias, positivas (una existencia holgada como pocos autores de la época que dependieran exclusivamente de la escritura se podía permitir) y negativas (el cierto resquemor entre esos autores que dependían exclusivamente de la escritura) aparecen ampliamente comentados junto a otros aspectos jugosos: detalles del extenso ecosistema de publicaciones que se mantuvo activo hasta su crisis en 1958; cómo se trabajaban sus contenidos, caso de los relatos que se escribían para dar sentido a las ilustraciones de cubierta que entregaban gente de la talla de Ed Emshwiller o Frank Kelly Freas; etcétera. Y en lo importante, los propios relatos, también hay sustancia.

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Humor y ciencia ficción

¡Tierra!El predominio anglófono en la literatura de ciencia ficción está completamente aceptado. Hasta hace unos años, al menos. De todos modos, eso no nos tiene que hacer olvidar una tarea que viene implícita en la aceptación de esa realidad: descubrir lo que está sepultado por esas obras en inglés que acaparan las estanterías de nuestro género. Fuera del idioma están Stanislaw Lem, Jean-Pierre Andrevon, Rafael Marín y otros muchos, sí. Pero hay más. Y, de entre esas figuras que destacan en la multitud, está, algo olvidado, el italiano Stefano Benni y su novela ochentera ¡Tierra!

Después de la sexta guerra mundial, la Tierra queda cubierta por una aplastante capa de hielo, y robots y humanos, al recibir la noticia de un capitán medio loco que ha encontrado un planeta con condiciones para la vida, saltan a las estrellas para llegar hasta allí, colonizarlo y sobrevivir. A la vez, descubren en las ruinas de Cuzco una fuente de energía que, quién sabe, podría llegar a restaurar los recursos perdidos de la Tierra.

Parecida en sus descripciones de una Tierra congelada a La nave de los hielos, de Michael Moorcock, o a la extraña novela Hielo, de Anna Kavan, ¡Tierra! plantea un escenario de protagonismos compartidos. Desde una primera pincelada melviliana en la que unos personajes se embarcan en una nave capitaneada por un émulo de Ahab, hasta las diferentes naves que compiten, por así decir, para llegar primero al extraño pero esperanzador descubrimiento de Van Cram –el capitán medio loco–, tenemos en ¡Tierra! una novela coral, humorística y atrevida, que se mete en distintos frentes sin perder el nervio y la garra. Nos describe partidas de ajedrez con fichas alienígenas que se aprenden los movimientos por sí solas, o cómo y por qué se reciclan las partes de un robot, o el ciclo infinito de piratas que roban a los ricos para dárselo a los pobres, que a su vez acaban haciéndose ricos hasta que llegan otros piratas para robarles y darles su riqueza otra vez a los pobres, y así para siempre en un bucle infinito; todo esto de camino al planeta nuevo.

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Pandora’s Star y Judas Unchained, de Peter F. Hamilton

La estrella de PandoraLa estrella de Pandora es un tochazo. Cerca de 800 páginas en la edición que lanzó en España, allá por 2008, La Factoría de Ideas (con un cuerpo de letra no muy recomendable para miopes, según tengo entendido, aunque la versión que yo he leído, y que comento aquí, es la original en inglés, publicada por Random House en 2004). Pero supone apenas la mitad de un megatocho más grande todavía, porque su historia continúa en Judas desencadenado y la “Saga de la Commonwealth”, integrada por ambos libros, no es en realidad una saga, sino más bien una única novela publicada en dos volúmenes. La estrella de Pandora no tiene un desenlace como tal —la trama se interrumpe de forma abrupta— y finalizarla no te deja esa satisfactoria sensación de “continuará, pero el primer capítulo está zanjado” que te puede asaltar al terminar los primeros volúmenes de otras series como, qué sé yo, Dune, Los Heeches o Hyperion. Así que adentrarse en esta novela no de 800 páginas, sino más bien de 2.000, requiere que el lector, de entrada, esté dispuesto a invertir en su lectura una cantidad de tiempo mucho mayor que la que suele demandar cualquier otro libro. Y quizá este sea el motivo por el que hoy, apenas quince años después de su publicación, ambos títulos sean tan escasamente mencionados en los mentideros del fandom, a pesar de que esta obra del británico Peter F. Hamilton es monumental, ambiciosa y está sobrada de todo lo que se le presupone a una buena space opera: sentido de la maravilla, aventuras espaciales y una trama muy adictiva. Puro divertimento aderezado, además, con algunas reflexiones muy interesantes —la novela es más profunda, creo, de lo que aparenta— sobre la condición humana.

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Consecuencias naturales, de Elia Barceló

Consecuencias Naturales¿De qué va Consecuencias naturales, de Elia Barceló? El núcleo de su historia es tan significativo, tan diametralmente opuesto a lo que vemos cada día, que me parece pertinente explicitarlo: Nico, el protagonista masculino, prepotente y donjuán de la novela, se queda embarazado después de acostarse con Ankkhaia, una de las habitantes de Xhroll, el planeta donde vive la raza alienígena antropomorfa que interactúa con los humanos del siglo XXIII. Ese es el punto de partida.

El dibujo del personaje de Nico, engreído y propenso al recuento público de sus hazañas sexuales, es sencillo, de trazo rápido pero útil: vemos al típico chulo desautorizado públicamente. En todo ese proceso de cambio, de asimilación interna y forzosa de la otredad, Nico no sólo no aprende nada, sino que se vuelve hermético y vengativo. Después de su particular venganza (que no desvelo aquí), recibe una buena lección de parte de Charlie Fonseca, su capitana, coprotagonista femenina y sensata de la novela. (Sensata, sí, más que él, pero el protagonismo compartido no es un vehículo simple para narrar dos maneras de ser enfrentadas. En la capitana vemos un arranque comprensible de rabia, de agresividad típicamente masculina, contra ese Hombre que la hace desear cosas equivocadas y salvajes).

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Herederos del tiempo, de Adrian Tchaikovsky

Herederos del tiempoHerederos del tiempo, primera novela del británico Adrian Tchaikovsky publicada en España, ganó el premio Arthur C. Clarke en 2016 y es uno de los libros de género cuyo lanzamiento ha generado más expectación en los últimos meses. La acción, que comienza en un futuro distante en el que los humanos se disponen a colonizar exoplanetas, se desarrolla a lo largo de decenas de miles de años y sigue dos líneas argumentales distintas: por un lado, el surgimiento de una civilización arácnida a raíz de un proyecto de terraformación fallido. Por otro, las vicisitudes de los ocupantes de la Gilgamesh, una de las “naves arca” que se utilizaron para evacuar la Tierra cuando esta, agostada y envenenada por los efectos de una guerra global, acabó convirtiéndose en un lugar inhabitable.

La novela, una eficaz mezcla entre space ópera y ciencia ficción dura —no desde el punto de vista tecnológico, sino por el rigor y la exhaustividad con los que se abordan los asuntos biológicos y sociológicos—, es inteligente, divertida, ágil y —probablemente su principal virtud— despierta un sentido de la maravilla brutal. Pero hay una enorme diferencia entre la parte dedicada a la sociedad arácnida y la que sigue las andanzas de los últimos supervivientes de la humanidad. La primera es maravillosa, fascinante y absolutamente original: una excelente muestra de lo que una buena historia de ciencia ficción puede llegar a dar de sí cuando el autor lleva el “qué pasaría si” del planteamiento inicial hasta sus últimas consecuencias. La segunda es más irregular y, desde mi punto de vista, impide que Herederos del tiempo llegue a ser una obra redonda.

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Las estrellas son Legión, de Kameron Hurley

Las estrellas son LegiónEn Las estrellas son Legión, dos narradoras en primera persona, Zan y Jayd, cuentan cómo se coordinan para escapar de la Legión; una miríada de naves-mundo basadas en una tecnología de base orgánica y pobladas por mujeres. A imagen y semejanza de los relatos clásicos de naves generacionales, el origen, la razón de ser, la historia pasada de este extravagante ecosistema interestelar se ha perdido y, después del tiempo transcurrido desde su formación, su equilibrio se resiente. Una corrupción que afecta a cualquier ente biológico pone en riesgo su potencial de autoconservación. Esta amenaza explica la frenética lucha que se ha iniciado entre los mundos de la Legión. Hordas de guerreras batallan por hacerse con el control de cada nave y apoderarse de sus recursos. Sin embargo detrás del propósito de ruptura de Zan y Jayd, el gran misterio escondido hasta el tramo final de la historia, hay bastante más.

Kameron Hurley estructura Las estrellas son Legión en tres actos, divididos a su vez en capítulos relativamente breves. Zan y Jayd intercalan sus textos en una secuencia ordenada en el tiempo mientras cubren con un velo de intriga los acontecimientos pasados que han terminado con Zan desmemoriada y atrapada en un ciclo sin aparente fin. Su nave-mundo, Katazyrna, la envía al frente de grupos de tropas a la conquista del Mokshi, el mundo que parece haber escapado de la Legión. No obstante Zan fracasa constantemente y regresa a Katazyrna amnésica, para desazón de su señora. Este detalle, unido a su relato en presente y cómo, a ratos de manera en exceso artificiosa y un tanto cargante, Jayd se guarda cualquier detalle sobre lo ocurrido, imprime una oportuna atmósfera enigmática.

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El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, de Becky Chambers

El largo viaje a un pequeño planeta iracundoEl fenómeno de los libros autopublicados y más tarde recuperados por una editorial se ha convertido en moneda de curso común. Son múltiples los títulos aparecidos en los últimos tres o cuatro años que, relanzados por sellos establecidos, han permitido a sus autores hacerse un hueco en el siempre abarrotado panorama profesional. Becky Chambers y El largo viaje a un pequeño planeta iracundo suponen uno de los últimos ejemplos de esta oportunidad. Según cuenta la escritora en las notas incluidas al final, pudo terminar la novela gracias a una campaña iniciada en una plataforma de mecenazgo. Y ya publicada, le llevó a firmar un contrato para continuar su carrera, ser traducida a otras lenguas… El sueño de cualquier escritor novel. Personalmente mantengo un arraigado prejuicio sobre este tipo de títulos. Como lector chapado a la antigua con el argumento de autoridad casi impreso en el ADN, soy un firme creyente en la labor del editor. A la hora de valorar una obra, auspiciar su publicación y, sobre todo, en el trabajo intermedio, en el caso de ser necesario algún diálogo con el autor para ajustar el original y lograr el mejor resultado posible. Después, cuando hablo con profesionales el tema pierde ese aire mitificado, pero en la soledad de la lectura mi apolillado clasismo se regenera. Más cuando me enfrento a una opera prima que sobrepasa las 400 páginas.

El largo viaje a un pequeño planeta iracundo parece levantarse sobre la visión del mundo de su autora. Apuesta por unas relaciones sociales utópicas que, en una aventura espacial clásica, rompen con la peripecia tecnificada, los personajes oscuros y sus tragedias, o diferentes dosis de autoparodia; los ingredientes dominantes de este tipo de historias. Rebosa la frescura y el rechazo por los corsés propios de la ausencia de complejos. Sin embargo, más allá de cómo pueda cada uno responder ante las ideas, las situaciones, los personajes y los desarrollos utilizados por Chambers, cae en una tendencia hacia la digresión que, siendo parte de la gracia de una novela que huye de una trama y una estructura al uso, se vuelve un poco en su contra.

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