Recuerdo de Ian Watson a partir de “Pájaros lentos”

Ian Watson y Cristina Macía presentando Putas de Babilonia en la Librería Gil

Tengo debilidad por los cuentos de ciencia ficción que se centran en una idea y te golpean con ella desde una faceta emocional. Sin ir más lejos, tres de mis relatos favoritos (“Otros días, otros ojos“, de Bob Shaw, “Nieve“, de John Crowley, y “16 de junio en Anna’s“, de Kristine Kathryn Rusch) conectan el sentimiento de pérdida con dispositivos que permiten recuperar el pasado desde esa melancolía devastadora de quien sabe que los mejores días de su vida no regresarán por mucho que la tecnología te facilite recuperarlos. Aunque no he leído muchos cuentos suyos (probablemente haya leído más novelas), las historias de Ian Watson se sostenían sobre otro eje: el poder acumulativo de un caudal de ideas lanzado sobre un lector, en general sin tiempo para digerirlas del todo, muchas veces forzado a macerarse en ellas mientras le llegaba otra nueva. Y otra. Y otra. Esa encadenamiento, a veces rayando lo vertiginoso, terminaba fraguando un conjunto congruente… si le dabas tiempo y espacio a que cuajara. En la línea de sus mejores novelas traducidas (sobre todo Incrustados, El kit Jonás, Embajada alienígena y Visitantes milagrosos) tiene un relato magnífico que consigue emocionarme a pesar de estar construido desde esa misma base, no en 200 páginas sino en poco más de 20. “Pájaros lentos”.

Publicado en el número 100 de la colección Super Ficción, cuando Alejo Cuervo recibió el timón de las colecciones de Martínez Roca, fue recuperado en la revista Solaris donde un equipo capitaneado por Julián Díez (Alberto Cairo, Cristóbal García-Castejon, Luis García Prado, Santiago L. Moreno, Javier Romero y Juan Manuel Santiago) seleccionó sus 100 mejores cuentos de la ciencia ficción (traducida). Lo he releído la semana pasada a modo de homenaje después de conocer su fallecimiento, y ver qué tal reconectaba con una historia que me produjo una profunda impresión.

Solaris 25“Pájaros lentos” se inicia en un paisaje rural, una especie de Comarca postapocalíptica donde un uno de mayo sus habitantes se reúnen para asistir a una carrera de trineos impulsados por velas en una llanura vitrificada. En ese escenario bucólico, en plenos preparativos de la competición, se materializa un pájaro lento. Estas máquinas aparecen de la nada, suelen sobrevolar el paisaje a ras de suelo a una velocidad ridícula (un metro por minuto) durante unas horas y desaparecen como llegaron, sin dejar rastro. Sin embargo, ocasionalmente detonan, transformando 5 km de diámetro a su alrededor en un erial cristalizado. La presencia de este constructo no cambia el ánimo de los presentes, decididos a participar en la carrera y protegidos por la sabiduría popular: nunca dos pájaros detonaron en el mismo lugar. Entre ellos está Jason Babbidge, obcecado con alzarse con el triunfo este año.

La irrupción del pájaro lento en la segunda-tercera página marca el primer punto de giro de un relato que se va a mover a puro empuje de una sucesión de situaciones inesperadas. Cada metamorfosis, lógica dentro de la secuencia ideada por Watson, mueve la narración por una variedad de tonos, desde el relativo costumbrismo de contar la prueba desde el punto de vista de Jason. Después desde el suspense y el pánico de ver cómo su hermano pequeño, Daniel, termina cabalgando sobre el pájaro lento en una estúpida iniciación y desvaneciéndose con él. Ahí el cuento se precipita hacia la historia de pandillas enfrentadas a la mayor gloria de la guerra de clases, cuando Jason se vuelve contra Max Tarnover, quien aupó a Daniel a la máquina. Un duelo de ida y vuelta que se desplaza hacia lo moral, oponiendo el arrepentimiento de Jason con la violencia desatada por la respuesta impenitente de Tarnover y su cuadrilla.

Así se llega a la mitad del cuento (25 páginas en Super Ficción; una quincena en la revista Solaris). Hay nuevas situaciones que continúan moviendo “Pájaros lentos” por nuevos terrenos, cada vez más alejados de la Arcadia inicial. La experiencia vivida por Jason es transformadora y lo lleva a convertirse en un gurú que extiende su palabra sobre la naturaleza del universo a partir de su experiencia aupado a un pájaro lento. Se descubre qué fue de Daniel con el enfrentamiento inevitable entre las cosmovisiones de ambos hermanos, contraponiendo la perspectiva limitada de quien ha crecido desde la superstición con la empírica de quien ha roto el velo y ha visto parte de los engranajes que mueven el mundo físico. Hay más.

Este patada palante continua puede jugar un poco a la contra de la construcción emocional, bien tramada pero sin llegar a desarrollarse del todo antes de cada nueva mutación. Sin embargo, estas redefiniciones se alinean tan bien en la cadena de causas-efectos ideada por Watson que importa poco en comparación con el conjunto; un fractal que se propaga hacia adelante y hacia atrás, donde lo vivido tiene consecuencias una, dos, cuatro páginas adelante además de en lo leído, hasta un desenlace que acierta a continuar más allá del punto y final mientras tejes relaciones y te das cuenta de todas las conexiones que han abismado un relato pastoril en las diatribas entre ciencia y creencia; el apego a las tradiciones y la necesidad de cambio; el deseo por recuperar la vida como era frente a la imposibilidad de bañarse dos veces en el mismo río; cómo se lidia con lo sublime con las herramientas de las personas comunes.

Ian WatsonEsta multiplicidad y este vértigo, dos de las marcas de fábrica de Watson, hubo algún momento que me parecieron un cierto despilfarre. En mi cretinez, defendía las santas virtudes de la dosificación, la mesura, dejar que las nociones asienten, trabajar los sentimientos a la par… Sin embargo, he recuperado el gusto por este frenesí de entregarse a una dinámica casi de otro tiempo, ajena a las pautas marcadas por los entrenadores de los talleres, capaz de conectar cosmovisión, las emociones de los personajes y las tuyas, el ímpetu vital con cuestiones políticas y culturales relevantes.

Publicado en 1983 en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, “Pájaros lentos” no ganó ninguno de los tres grandes premios a los que fue candidato (Hugo, Nebula, Locus), siendo superado por “Música en la sangre” y “El tratamiento del mono”. Una lástima consecuencia de la escasa popularidad de Watson entre sus universos de votantes; su reinado era más bien europeo. Aun así, tendría que haber ganado alguna vez uno de esos galardones (uno más en esas ausencias inexplicables). Y este relato lo merecía. Pocas veces cambio personal y cambio social, sus motores, el sentido de lo sublime, han quedado tan bien plasmados. Me atrevería a decir que nunca en tan corto espacio entre tanta sustancia.

Esta amargura conecta con el hecho de recordar a alguien como Ian, tan vital, con una obra tan extensa y dilatada, a través de una ficción con más de cuarenta años, como si nada de lo que hubiera escrito posteriormente mereciera la pena. Me resulta difícil encontrar muestras porque la mayoría de sus novelas traducidas remiten a esos mismos años (70 y 80). Y ya digo que relatos he leído apenas un puñado, todos buenos (“La cueva donde Geordie gimió”, “Portavoz del mar de madera”), ninguno a la altura del relatado. Tengo pendiente El monstruo, la sirena y el Doctor Mengele, una novela corta traducida de 2021.

Después de que trascendiera la noticia de su muerte el lunes 13, las redes se llenaron de mensajes de tristeza y lamento, además de cariño hacia su familia. Convertido en uno de los factótums del Celsius, su presencia en el festival, otras convenciones, diversas presentaciones, se hacía notar con su ánimo vibrante; siempre presto a conectar con cualquiera que se le acercase, contar una anécdota, solazarse en el humor a través de su inteligencia, aguda, procaz. Se le va a echar de menos.

WatsonianasNo dejo de pensar en esa categoría de escritor más citado que leído, tan a la orden del día. No hay más que pensar en las Watsonianas, la típica excentricidad de Alejo Cuervo que de haber salido bien podría haber convertido el castellano la única lengua con la obra “completa” de Ian Watson recopilada. No pasó de un primer volumen a todas luces inexcusable para cualquier aficionado, recuerdo que si no has leído Incrustados no has leído Empotrados. Si te gustó esta última necesitas conocer la traducción acreditada a Ana Quijada Vargas, Carlos Abreu Fetter, Cristina Macía y Nuria Salinas. Y si no te gustó, deberías darle una oportunidad a la versión de Gigamesh.

En este despeñars… desplazarse de la ciencia ficción hacia la albaliñería de mundos, la distopías que validan a Fukuyama con ese presente como el mejor de los mundos posibles, los arcos de personajes urdidos en un taller, las narraciones construidas entre diálogos y ladrillos explicativos, los modos de Ian parecen fuera de lugar. Sin embargo, pocos autores se me ocurren que lleguen al extrañamiento de manera tan directa, desde el jolgorio materialista de apilar ideas siempre conectadas hasta llevarte a esa maravillosa comprensión de lo que antes parecía incomprensible. Su mundo, el nuestro. Puede que para ello se basara en hipótesis descartadas (Sapir-Whorf) o sobrepasadas por los acontecimientos (Putas de Babilonia) pero siguen siendo estiletes llenos de inteligencia afilados a golpe de conciencia de clase. Reivindican la imaginación no normativa, una cualidad que hace décadas la ciencia ficción tenía por arrobas y ahora ha quedado deslustrada, sepultada por la mesura y la “organicidad”. Palabro que se impone en cualquier reseña como sinónimo “se cuadra en mi punto de vista de cómo tienen que ser las cosas”.

Disfrutemos de lo que nos queda de Ian, abracemos las historias que saben retorcernos desde su gusto por lo extravagante, en apariencia incongruente. Y veamos cómo puede encajar mientras nos lleva por esa sucesión de delirios racionalistas que terminan fraguando en una visión genuina del universo.

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