Rojo sobre negro, de Isabel del Río

Rojo sobre negroRojo sobre negro es una novela juvenil sobre secretos familiares y su descubrimiento que funciona mejor cuando la fórmula deja atrás la indefinición de su primera mitad. La cotidianidad de una joven, Carrie, con unos gustos alejados de los del rebaño y una habilidad, entrar en negro, que la separa todavía más del resto del alumnado del instituto al que acude. Allí es acosada por un grupito de compañeras que la llevan al punto de utilizar su poder en público, con unas consecuencias dramáticas. En un ejercicio de control de daños, sus progenitores la empaquetan en un vuelo a Londres hacia casa de su tío donde, alejada del maremagnum en que se ha convertido su vida, profundizará en su capacidad y ese legado desconocido del cual le han mantenido alejada por su propia “seguridad”.

Las primeras setenta páginas no me parecen la mejor llamada para cualquier lector interesado en la fantasía oscura, joven o no. Ese carácter estereotipado (el lugar narrativo carece de marcas identificativas) y la acumulación de sitios comunes dejan toda la personalidad a las referencias a la cultura popular y la cita de canciones; dos recursos a los cuales Isabel del Río acude con frecuencia que, por sí solos, no contribuyen a crear escenario y apenas potencian las emociones de los personajes. Funciona mejor la llamada del mundo secundario al cual Carrie se ve empujada cuando es perseguida por el grupo de acosadoras y al cual queda irremediablemente conectada con la catatonia de una de ellas. Es ahí donde Rojo sobre negro empieza a definir su idiosincrasia. Las relaciones familiares se descomponen por el peso de una serie de secretos que se han mantenido alejados de Carrie y la dejan desprotegida. La no asunción de las responsabilidades, el ocultamiento deliberado del bagaje familiar, el funcionamiento de una realidad con la que va a tener que vérselas sí o sí no detienen una iniciación irreversible, enlazada a través de los peligros de nuestra cotidianidad y esa realidad paralela que Carrie va a conocer mediante otros guías.

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Somos satélites, de Sarah Pinsker

Somos satélitesSiempre me han atraído las novelas que tratan sobre cómo la aparición de una nueva tecnología trastoca la vida cotidiana de la gente. Este tipo de relatos me llamaban la atención incluso antes de que el futuro nos arrollara como ha sucedido en los últimos años. Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, es evidente que el uso generalizado del móvil y más recientemente la aparición de las llamadas IA han cambiado nuestras vidas. Ha ocurrido casi sin que nos demos cuenta, las nuevas tecnologías se han introducido en nuestro día a día, y el modo en que nos comunicamos, nos informamos, trabajamos y nos divertimos ya no es el mismo. La gran diferencia con respecto al dispositivo que concibe Sarah Pinsker para Somos satélites es que para poder utilizarlo es preciso una intervención quirúrgica. Siempre me he preguntado qué sucedería en ese caso, si la gente llegaría al extremo de dejarse hurgar la cabeza para mejorar sus capacidades mentales. Hace unos años habría dicho rotundamente que no, pero con la cantidad de personas que por una cuestión mucho más banal como es la estética —y no me refiero sólo a la cirugía— se deja tunear sin reparos el cuerpo tengo mis dudas.

Un dispositivo denominado piloto se extiende entre la población con una rapidez pasmosa, primero entre los jóvenes y luego entre los demás. A ello contribuyen las subvenciones del estado y las facilidades que proporciona la empresa fabricante, Balkenhol Neural Labs. Gracias a él, una persona puede concentrarse en varias tareas al mismo tiempo sin que ninguna de ellas se vea perjudicada. Estudiar Derecho Romano al tiempo que se despanzurra monstruos en la PlayStation es ahora posible. Una razón más para que todos los jóvenes se maten por ir a las clínicas de Balkenhol Neural Labs a que se lo implanten. Llevarlo supone, no cabe duda, una gran ventaja para el trabajo y para los estudios. Pero a pesar de todos los beneficios que proporciona, siempre tiene que haber algún agonías en contra, y no todos deciden ponérselo. Junto con el piloto se inserta una lucecita azul en la sien que facilita distinguir a los que lo llevan de los que no, lo que abre una puerta de doble hoja a la discriminación. Las empresas dejan de contratar a los que no lo llevan, y no tener un piloto termina por ser un estigma.

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Mierdificación, de Cory Doctorow

MierdificaciónEn el año 2008 Facebook era una ventana abierta a personas a las que hacía tiempo que no veía, sobre todo amigos que habían emigrado de Cantabria. Ante la ausencia de contacto cotidiano, servía de simulación de vínculo a través de un foro muy básico. Recuerdo lo que suponía cada evolución del interfaz. Llegado cierto momento, en general empeoraba la experiencia, no solo porque te forzara a habituarte a otra disposición de elementos. Hacía desaparecer funcionalidades para incluir otras nuevas a las que no veías el sentido. Aquí había bastante de renuencia al cambio pero también la imposición de una serie de cuestiones (publicidad creciente; contenido ajeno al que deseabas ver), vendidas como una necesidad para mantener la interacción y mejorar la información recibida. Detrás de todo se hacía evidente una mercantilización/manipulación del usuario hasta niveles difíciles de prever, hasta que no hubo manera de ocultarlas. Campañas de desinformación, socavamiento de los valores democráticos, promoción del odio o, en algunos países como Myanmar, el genocidio. Esta secuencia es una de las que Cory Doctorow disecciona en Mierdificación, una descripción pormenorizada de la degradación a la que ha estado sometida internet en los últimos tres lustros.

El inicio del libro es elocuente. A partir de cuatro empresas (Meta, Amazon, Apple y el iPhone y Twitter/X), Doctorow secuencia la degeneración de sus productos estrella en tres pasos: bueno para los usuarios, bueno para los clientes comerciales, un gigantesco montón de mierda. Una puesta en situación en apenas una decena de páginas por caso que delimita un patrón extensible a otras iniciativas en un cuadro que pone de manifiesto el sabotaje de características esenciales en los cimientos de Internet. La interoperabilidad de los sistemas informáticos; la neutralidad de la red; la privacidad de los usuarios están amenazadas por una voracidad de una serie de corporaciones que explotan todos los mecanismos disponibles para mantener a las vacas a ordeñar (usuarios, clientes) dentro de ecosistemas cerrados con el objeto de convertirse en monopolios y maximizar sus beneficios.

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¿Cómo funciona un texto literario?

A mis compañeros Eduardo Valls y Emilio Peral.

Teoría de la literatura de ciencia ficciónLa Teoría de la literatura es la disciplina que estudia cómo funciona la literatura. Mucha gente la desprecia por considerarla fría y abstracta, pero conocerla ayuda a disfrutar mucho cualquier obra y a quitarse prejuicios. Su origen depende del punto de vista que asumas: dos mil años si la tomas desde Aristóteles, cien si la tomas desde los primeros «teóricos científicos», los formalistas rusos. En general, entre los teóricos occidentales no nos ponemos demasiado de acuerdo sobre las grandes verdades que trabaja la disciplina (qué es literatura, cómo entender la calidad de un texto, es mejor Shakespeare que Cervantes, por qué no es más famoso Terry Pratchett…), pero coincidimos bastante en lo concreto: cómo funciona una metáfora, cuáles son las bases de un arco dramático, por qué es imposible una hermenéutica general… Habrá sutiles diferencias de opinión, pero ciertos mecanismos están más que demostrados.

Algo en lo que casi todos parecemos estar de acuerdo es en que una sola teoría de un solo autor no explica todo el fenómeno literario, sino que cada uno de los contribuyentes a este campo dio cuenta de una faceta de la literatura, sin por ello cerrar el problema. Por ello, a diferencia de muchos críticos sin formación teórica, a nosotros nos verás bailar de una teoría a otra, de una metodología a otra, según las épocas o según los textos. Al final, mi experiencia tras trabajar con buenos teóricos en la universidad, me ha llevado a pensar que en nuestras clases acabamos tirando de aquí y de allá para entender toda la teoría como un gran conjunto de saberes complementarios: narratología, teoría del personaje, poéticas del desvío, teorías de la recepción, deconstrucción, ecocrítica, crítica de género, teorías queer, estructuralismo, postestructuralismo, liricología, teoría de los géneros literarios, teorías de la cultura popular, teorías del canon, teorías de la ficción…

También es cierto que a lo largo de los años cada uno vamos construyendo con todo ello nuestra propia teoría de la literatura, en un intento de entender el fenómeno al completo. Así que me he animado a publicar la mía por si a alguien le interesa o puede corregir, aportar o desarrollar alguno de sus aspectos. Vamos a ello.

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Yo, Asimov, de Isaac Asimov

Yo, AsimovEn mayo de 2017, poco antes de empezar las alegres colaboraciones con C, envié a la Fancueva estas palabras sobre las memorias de Asimov. Adecentadas y pulidas esas páginas, las recupero ahora para que estén donde realmente tiene más sentido que estén.

Lo primero que sorprende al leer las memorias de Isaac Asimov, si no se sabe ya, es que el hombre estaba enamorado de sí mismo. Una verdadera historia de amor, la de este tipo. Pongamos ejemplos del romance: en el primer capítulo de Yo, Asimov (I. Asimov), nos dice que fue un niño prodigio, que tiene una memoria privilegiada, y que tiene una “mentalidad superior”. Esto en el primero de 166 capítulos. Por desgracia, Isaac Asimov no es un gran escritor (lo que por otra parte él sabía y, cosa rara, admitía). Descreía de la falsa modestia, y descreía de ella con militancia, y eso tiene una cualidad: cuando reconoce algún defecto, algún fallo de su personalidad, alguna mella en su talento, suena a verdad. Al lado de tanto y tan desmedido autoelogio, la autocrítica es balsámica y tiene la textura y la convicción de lo creíble. Resulta conmovedor, por ejemplo, ver la modestia con la que admite que en sus memorias, como en su vida, “no está pasando nada”.

Sus memorias se componen de pequeños capítulos, cada uno de los cuales representa un aspecto importante –importante para él– de su vida profesional o personal, y siguen un orden cronológico más o menos estricto. A veces, en algunos capítulos, como sería de esperar, se ve obligado a retroceder unas décadas para aclarar algún detalle relevante de lo que narra en tiempo presente, pero en general sigue el orden de su vida, tal como ha sido, desde su nacimiento en Rusia hasta su definitivo asentamiento en Manhattan. De todos modos, la estructura que vertebra y da forma a las casi seiscientas páginas del libro es su propio ego. Ese es el tronco principal de su historia, desde donde se ramifica, arborescente, todo lo demás. Eso no le impide reconocer, no obstante, que Harlan Ellison o Alfred Bester son, en su opinión, mejores escritores que él, o que nunca será considerado un gran, lo que se dice un gran, escritor, lo que de hecho ha ocurrido aquí, hace nada, en estos primeros párrafos de apertura.

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La máquina de la eternidad, de Mark Clifton, Frank Riley y Alex Aspostolides

La máquina de la EternidadNada menos que tres autores para parir esto ¡Válgame la caridad!, un esfuerzo digno de mejor causa y que me recuerda a esos truños hollywoodienses donde firman el guion media docena de esforzados juntaletras y uno se pregunta cómo es posible tanta gente para resultados tan absurdos. Pues lo mismo.

Tres autores, todo hay que decirlo, bastante poco conocidos y del que solo hay alguna noticia extensa del alma mater del proyecto, Mark Clifton (1906-63); uno de esos segundones con más pena que gloria, al que apenas se recordará por este libro, una discreta nota a pie de página en cualquier ensayo al uso. Y es que estos señores ganaron el segundo Hugo de la historia en el apartado novela allá por 1955, lo que no deja de ser un dato sin mayor trascendencia. Porque, a ver, para pasar a la historia tienes que ser el primero en algo y no el segundo, y eso ya lo consiguió Bester en el 54 por El hombre demolido (palabras mayores). O, puedes escribir algo tan bueno que a todo el mundo le dé lo mismo que hayas ganado el Hugo o el Trofeo de la Galleta de Villarejo de Salvanés y, me temo, eso tampoco.

Pero bueno, hay un cierto consenso en decir que si Clifton y compañía han conseguido pasar a la historia de alguna manera es por haber escrito el peor libro galardonado con un Hugo. Y eso, en un colectivo como el nuestro, donde el lema “paz y amor” no está precisamente de moda, no deja de tener su mérito. Y más si recordamos otros títulos ganadores como Cyteen, Cese de alerta/El apagón o Redshirts, ahí es nada.

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