Siempre me han atraído las novelas que tratan sobre cómo la aparición de una nueva tecnología trastoca la vida cotidiana de la gente. Este tipo de relatos me llamaban la atención incluso antes de que el futuro nos arrollara como ha sucedido en los últimos años. Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, es evidente que el uso generalizado del móvil y más recientemente la aparición de las llamadas IA han cambiado nuestras vidas. Ha ocurrido casi sin que nos demos cuenta, las nuevas tecnologías se han introducido en nuestro día a día, y el modo en que nos comunicamos, nos informamos, trabajamos y nos divertimos ya no es el mismo. La gran diferencia con respecto al dispositivo que concibe Sarah Pinsker para Somos satélites es que para poder utilizarlo es preciso una intervención quirúrgica. Siempre me he preguntado qué sucedería en ese caso, si la gente llegaría al extremo de dejarse hurgar la cabeza para mejorar sus capacidades mentales. Hace unos años habría dicho rotundamente que no, pero con la cantidad de personas que por una cuestión mucho más banal como es la estética —y no me refiero sólo a la cirugía— se deja tunear sin reparos el cuerpo tengo mis dudas.
Un dispositivo denominado piloto se extiende entre la población con una rapidez pasmosa, primero entre los jóvenes y luego entre los demás. A ello contribuyen las subvenciones del estado y las facilidades que proporciona la empresa fabricante, Balkenhol Neural Labs. Gracias a él, una persona puede concentrarse en varias tareas al mismo tiempo sin que ninguna de ellas se vea perjudicada. Estudiar Derecho Romano al tiempo que se despanzurra monstruos en la PlayStation es ahora posible. Una razón más para que todos los jóvenes se maten por ir a las clínicas de Balkenhol Neural Labs a que se lo implanten. Llevarlo supone, no cabe duda, una gran ventaja para el trabajo y para los estudios. Pero a pesar de todos los beneficios que proporciona, siempre tiene que haber algún agonías en contra, y no todos deciden ponérselo. Junto con el piloto se inserta una lucecita azul en la sien que facilita distinguir a los que lo llevan de los que no, lo que abre una puerta de doble hoja a la discriminación. Las empresas dejan de contratar a los que no lo llevan, y no tener un piloto termina por ser un estigma.
Pinsker ejemplifica las dudas y los problemas que esta tecnología plantea a la sociedad a través de una familia en la que existen opiniones dispares acerca de los riesgos que conlleva su utilización. No se trata de lo que entendemos por una familia convencional, la componen una pareja de mujeres, el hijo biológico de una de ellas y una hija adoptada que padece epilepsia y que, a consecuencia de ello, no puede llevar el piloto. David, el hijo mayor, es el primero en querer ponerse uno, poco después Julie, una de las madres, no desea quedarse atrás. Tal y como sucede en la sociedad, se establecen dos posiciones, la de los que están a favor y la de los que están en contra aunque esta pugna da la impresión de ser mucho menos enconada fuera de la familia.
Las tensiones entre los cuatro miembros de esta familia, no siempre motivadas por el piloto, ocupan el grueso de la narración. Aparte de estas fricciones, no puede decirse que en la novela sucedan demasiadas cosas, la trama avanza con lentitud, a golpe de desencuentros familiares. A Pinsker parece interesarle más confrontar a sus personajes que ahondar en lo que significaría que una tecnología así se difundiera. Los setenta breves capítulos que integran la novela les dan voz de manera alternativa, haciéndonos partícipes de sus emociones y mostrándonos sus puntos de vista. Mi problema es que de todos ellos sólo uno me resulta interesante, y curiosamente se trata del único miembro masculino de la familia. Es un personaje trágico, digno de lástima, al que la autora no se atreve a llevar hasta las últimas consecuencias, como desde mi punto de vista hubiera requerido la historia. Los demás, en diferente grado, me resultan insufribles. Por un lado está Sophie, la hija con epilepsia, con la que simpatizo al principio, cuando todavía es pequeña, pero que cuando crece, se instala en una adolescencia permanente, en esa adolescencia tocanarices a la que nos han acostumbrado las plataformas de televisión. Luego están las madres, terriblemente preocupadas por sus adorados hijos, hiperresponsables, muy centradas en sus trabajos, y cuyo único momento de distensión del día parece ser cenar en compañía de un buen vino.
El género de ciencia ficción está lleno de artefactos curiosos y de ingenios fascinantes o eso pensaba yo, porque cuando me he puesto a pensar, se me han ocurrido muchos menos de los que me esperaba. Uno de los más originales es el cristal lento imaginado por Bob Shaw en su novela Otros días, otros ojos; la luz viaja en él más lento por lo que si se mira a través de él, se contempla el pasado. Recuerdo también los moddies y daddies de Cuando falla la gravedad, de George Alec Effinger, los primeros al igual que los pilotos potencian la mente y los segundos transforman la personalidad de un individuo en la de otro. Y cómo olvidar la pila cortical de Carbono modificado, de Richard Morgan, una especie de copia de seguridad de la personalidad para que la muerte no sea el final. Inventos todos ellos maravillosos que a los que nos gusta la ciencia ficción nos producen un placer especial. Una expectación que el piloto no logra suscitar, tal vez porque la autora no le saca el provecho suficiente.
En todas estas novelas que he mencionado —en diferentes claves— se pone el foco en el dispositivo imaginado por los autores, por el contrario en Somos satélites lo que hace específicamente el piloto no tiene tanta importancia, podría tener una función por completo diferente a la que tiene sin que el desarrollo de la trama se viera alterada. Las repercusiones debidas a su utilización apenas son mencionadas, discriminación y para de contar. Lo que la novela pone en cuestión es la opacidad de la empresa que lo ha sacado al mercado y la manera en la que fomenta su uso. Es más una crítica no demasiado punzante a las grandes tecnológicas que una especulación acerca de las consecuencias que implicaría que un dispositivo así se popularizara. Al margen queda lo que acarree que millones de personas potencien sus mentes tanto para la salud mental de los que se lo implantan como para la del planeta, cuyos recursos, con gran parte de población en modo multitarea, cabe esperar que se vean afectados.
Una novela muy representativa de la época que vivimos no sólo por su cuestionamiento a las tecnológicas sino también por alguno de sus tics, muy presentes en la ficción contemporánea. Dentro de veinte años quien la lea sabrá que fue escrita en algún momento de esta década. Para muestra un botón. Da la impresión de que Pinsker al terminar de escribir el libro se diera cuenta de que no estaban representados todos los colectivos y lo hubiera querido enmendar con la introducción de un personaje perteneciente a uno de los que no están presentes. No importa que tenga un papel fugaz y prescindible, la autora puede decir ufana que ha cumplido y de paso presumir que conoce el lenguaje inclusivo.
Por mi parte hubiera preferido que la novela especulara más y que se hubiera enredado menos con los dramas familiares de unos personajes estereotipados y poco carismáticos. En cuanto a su desenlace, el mensaje que quiere transmitir en contra de las malas prácticas de muchas empresas tecnológicas hubiera ganado en contundencia con un final menos dulce.
Somos satélites, de Sarah Pinsker (Red Key Books, 2024)
We Are Satellites (2021)
Traducción de Manuel de los Reyes
414 pp. Tapa dura. 24,95 €
Ficha en la web de la Tercera Fundación