La máquina de la eternidad, de Mark Clifton, Frank Riley y Alex Aspostolides

La máquina de la EternidadNada menos que tres autores para parir esto ¡Válgame la caridad!, un esfuerzo digno de mejor causa y que me recuerda a esos truños hollywoodienses donde firman el guion media docena de esforzados juntaletras y uno se pregunta cómo es posible tanta gente para resultados tan absurdos. Pues lo mismo.

Tres autores, todo hay que decirlo, bastante poco conocidos y del que solo hay alguna noticia extensa del alma mater del proyecto, Mark Clifton (1906-63); uno de esos segundones con más pena que gloria, al que apenas se recordará por este libro, una discreta nota a pie de página en cualquier ensayo al uso. Y es que estos señores ganaron el segundo Hugo de la historia en el apartado novela allá por 1955, lo que no deja de ser un dato sin mayor trascendencia. Porque, a ver, para pasar a la historia tienes que ser el primero en algo y no el segundo, y eso ya lo consiguió Bester en el 54 por El hombre demolido (palabras mayores). O, puedes escribir algo tan bueno que a todo el mundo le dé lo mismo que hayas ganado el Hugo o el Trofeo de la Galleta de Villarejo de Salvanés y, me temo, eso tampoco.

Pero bueno, hay un cierto consenso en decir que si Clifton y compañía han conseguido pasar a la historia de alguna manera es por haber escrito el peor libro galardonado con un Hugo. Y eso, en un colectivo como el nuestro, donde el lema “paz y amor” no está precisamente de moda, no deja de tener su mérito. Y más si recordamos otros títulos ganadores como Cyteen, Cese de alerta/El apagón o Redshirts, ahí es nada.

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Si Sabino viviría, de Iban Zaldua

Si Sabino viviríaIban Zaldua es conocido sobre todo por los relatos que ha publicado en euskera y se han traducido al castellano los últimos cuarenta años. Disfruté bastante de Porvenir y Biodiscografías. Del primero, Premio Euskadi de Literatura en 2006, tengo reseña aquí. Quizás por eso lo recuerdo mejor. Abría la puerta a una sucesión de marcos perturbadores: el terrorismo, el problema de la vivienda, el retorno a momentos transformadores de una vida… En ellos es fácil ver aquel presente de principios de siglo desde el que estaban escritos pero también se pueden encontrar trazas del nuestro. Además del tema, los personajes, el escenario, de un cuento al siguiente cambiaba el tratamiento; el costumbrismo daba paso a una historia de terror, un relato de viajes en el tiempo o una proyección distópica. Si Sabino viviría es una novela aparecida un año antes que Porvenir y participa de esa variabilidad desde una construcción narrativa diferente. Por su extensión pero, sobre todo, por su poética: la sátira desbocada.

El humor me funciona mejor en formatos breves. Cuando la extensión sobrepasa las cien páginas demasiadas veces la pólvora se moja. Si Sabino viviría tiene alrededor de 250. Sin embargo, ese recelo se volatilizó en cuanto comenzaron a pasar las páginas y las desventuras de su protagonista, Cosmic Josemi, en su viaje para recuperar el cuerpo de Sabino Arana. Porque, sí, el título tiene que ver con El Fundador. Sus restos quedaron por error (o sabotaje) en el vertedero postapocalíptico en que se ha convertido la Tierra y el Tecno Buru Batzar desea recuperarlo antes de que desaparezcan o, peor, terminen en manos de los agentes del planeta Tauro. El futuro de Nuevo Euzkadi depende de ello.

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El corcel, de Carol Emshwiller

El corcelDescubrí a Carol Emshwiller en el pico de mis aficiones tiptreanas. Consecuencia del fanatismo y la febril voracidad que te entra de vez en cuando por leer todo lo que haya podido escribir quien sea que te esté encantando en ese momento, busqué más autoras norteamericanas que, como Tiptree, Jr., hubiesen destacado en los cuentos, y así llegué, como digo, a la obra de Carol Emshwiller. Conocía como portadista a Ed Emshwiller, y bien, muy bien, pero la que me interesaba, a la que quería conocer, era a ella. Y no recuerdo dónde pero acabé encontrando, y comprando, el primer volumen de sus cuentos completos, con la elegante portada del marido, y lo que leí, que no fue todo sino sólo lo que me fue llamando la atención un poco a salto de mata, me gustó pero sin hacer grandes pirotecnias, por mi parte. Esperaba algo como lo de Tiptree, y no. O no tanto.

Pero esto no deja de ser una tontería, en realidad, porque ya ves qué significado puede llegar a tener esto (yo diría que poco, o ninguno), y además tendría que releer lo que leí, o leer entero, de hecho, el volumen de sus cuentos completos para poder decir algo con sentido. Pero bueno. La verdad es que lo que leí, no me encantó. Y dejé un poco de lado a la autora hasta que me encontré, hace nada, en una librería de segunda mano, esta novela suya de título extraño –The Mount, o El corcel– que ya reseñó Nacho en su día. Una novela corta –que tal vez se beneficiaría de un mayor recorte de páginas– con una fuerza y una complejidad que me han encantado.

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Recuerdo de Ian Watson a partir de “Pájaros lentos”

Ian Watson y Cristina Macía presentando Putas de Babilonia en la Librería Gil

Tengo debilidad por los cuentos de ciencia ficción que se centran en una idea y te golpean con ella desde una faceta emocional. Sin ir más lejos, tres de mis relatos favoritos (“Otros días, otros ojos“, de Bob Shaw, “Nieve“, de John Crowley, y “16 de junio en Anna’s“, de Kristine Kathryn Rusch) conectan el sentimiento de pérdida con dispositivos que permiten recuperar el pasado desde esa melancolía devastadora de quien sabe que los mejores días de su vida no regresarán por mucho que la tecnología te facilite recuperarlos. Aunque no he leído muchos cuentos suyos (probablemente haya leído más novelas), las historias de Ian Watson se sostenían sobre otro eje: el poder acumulativo de un caudal de ideas lanzado sobre un lector, en general sin tiempo para digerirlas del todo, muchas veces forzado a macerarse en ellas mientras le llegaba otra nueva. Y otra. Y otra. Esa encadenamiento, a veces rayando lo vertiginoso, terminaba fraguando un conjunto congruente… si le dabas tiempo y espacio a que cuajara. En la línea de sus mejores novelas traducidas (sobre todo Incrustados, El kit Jonás, Embajada alienígena y Visitantes milagrosos) tiene un relato magnífico que consigue emocionarme a pesar de estar construido desde esa misma base, no en 200 páginas sino en poco más de 20. “Pájaros lentos”.

Publicado en el número 100 de la colección Super Ficción, cuando Alejo Cuervo recibió el timón de las colecciones de Martínez Roca, fue recuperado en la revista Solaris donde un equipo capitaneado por Julián Díez (Alberto Cairo, Cristóbal García-Castejon, Luis García Prado, Santiago L. Moreno, Javier Romero y Juan Manuel Santiago) seleccionó sus 100 mejores cuentos de la ciencia ficción (traducida). Lo he releído la semana pasada a modo de homenaje después de conocer su fallecimiento, y ver qué tal reconectaba con una historia que me produjo una profunda impresión.

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The Orville: Sympathy for the Devil, de Seth MacFarlane

The Orville: Sympathy for the DevilTengo a Seth MacFarlane por uno de los destacados genios de nuestro tiempo. Hubiese tenido que ir tomando apuntes, estos años, sobre la creciente admiración que me despertaba su obra, sobre todo las series Padre de familia y The Orville, dos verdaderos portentos del siglo XXI, pero como no lo hice tengo que tirar ahora de memoria más que de apuntes pausados, estructurados, para esta nota más o menos crítica.

Tomando como modelo series anteriores (Los Simpson para Padre de familia y Star Trek para The Orville), MacFarlane crea sus propios mundos, con su propia consistencia de realidad, alejados del modelo principal pero con enlaces emocionales y temáticos a la creatura madre, como suele ser el caso de las influencias bien digeridas por la personalidad creativa fuerte. Su modus operandi parece ser algo así: coge una serie o una obra que le gusta, la estudia a fondo, coge, luego, el poso que esa obra dejó en él, lo regurgita pasándolo por el cedazo de su personalidad y de su intención artística, y lo reformula en función de unas coordenadas nuevas pero visiblemente, intencionadamente deudoras de su modelo, en constante diálogo, homenaje y concomitancia, en simbiosis perpetua con esa creatura artística anterior que perdura renovada en su nueva obra que se aleja por la misma senda que sus predecesores pero con dirección a nuevos horizontes. Más o menos así, yo diría.

Su humor abarca la faceta gamberra y descerebrada de Padre de familia y la más amable, la más dulce de The Orville, con lo que destaca como humorista de más amplio repertorio, con una gama más rica de variantes que un Jerry Seinfeld, por decir uno de alcance más limitado. Su voz, además, tiene un registro totalmente fuera de lo común, dado que, como sabemos, no sólo está detrás de cantidad de personajes de voz histriónica en sus series de animación sino que canta y creo que tiene buena voz y llega donde muchos no llegan.

Pues bueno. The Orville llegó a su fin y una de las historias que tenía que ser episodio la convirtió MacFarlane en novela corta, en una nouvelle que es un regalo para los añorados entusiastas de la serie orviliana: esta Sympathy for the Devil que en ningún momento hace referencia a la conocida canción de los Rolling Stones es una historia de la segunda guerra mundial que se me hará difícil comentar sin destriparle el relato a nadie.

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Y mañana serán clones, de John Varley

Y mañana serán clonesDe todos los escritores de ciencia ficción que surgieron en los 70 y han caído un poco en el olvido, John Varley es quizás el que más me duele. Sus excelentes relatos recopilados en La persistencia de la visión y Blue Champgane desaparecieron de la conversación años ha. Otro tanto de lo mismo ha pasado con sus novelas, la mayoría de las cuales tuvieron la extraña suerte de contar con reediciones (Y mañana serán clones, La playa de acero, El globo de oro, Titán). Y creo que merecería otra suerte. Es uno de los escritores que mejor representa el neoclasicismo al que se arrojó la ciencia ficción después del auge de la new wave. En su obra fue capaz de equilibrar el universo interior de sus personajes y elaboradas construcciones sociales con la grandeza de las ideas de, sobre todo, un escenario memorable: los ocho mundos. Un futuro en el cual la humanidad ha sido expulsada de la Tierra y ha necesitado adaptarse al resto de planetas/satélites del sistema solar, con una serie de alteraciones que están en la base de muchas de las historias a su alrededor.

Algunos de los mejores cuentos de Varley (“El fantasma de Kansas”, “Blue Champagne”) ocurren en este universo, pero al igual que sucede con los relatos de cf de George R. R. Martin es en el terreno de la novela donde mejor se desarrolló esta idea de mundo construido. En España se han publicado tres de las cuatro que emplazó en Los ocho mundos, siendo Y mañana serán clones la primera. Un título de lo más curioso: el original es The Ophiuchi Hotline, algo así como “La línea caliente/directa de Ofiuco”. La constelación desde donde lo que queda de la humanidad está recibiendo información fragmentada sobre la amenaza que la ha desplazado de la Tierra, tecnología biológica que facilita todo tipo de modificaciones… Supongo que al editor de Pomaire le debió parecer demasiado estigmatizador (o incomprensible) la connotación sexual y prefirió pautar más su lectura hacia la historia de clones, cambiando el foco hacia otra de sus cuestiones primordiales. Y en este caso no puedo decir que me parezca equivocado.

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El fugitivo, de Stephen King

El fugitivoMe voy abriendo paso, tomando apuntes poco a poco, entre los títulos que componen la saga de La torre oscura. Mientras tanto, para ir combinando Kings, voy intercalando obras más cortas, como es el caso de esta que comento ahora, El fugitivo (The Running Man): una de las cinco novelas escritas bajo el pseudónimo, como se sabe, de Richard Bachmann. Y sobre este y otros títulos no sé si hay mucho debate o no, pero el propio autor ya nos dijo, en el prólogo a la edición que manejo, que, en este caso, El fugitivo es narración pura y dura y que no quiere ser nada más que cuento, que historia, que relato, y que a la mínima que algo más atrevido se le entreveraba en la escritura, daba un bandazo para reorientarlo hacia el placer de contar una buena historia sin la necesidad de insuflarle ninguna pretensión añadida. “It’s nothing but story”, nos dice. Quiso escribir una buena historia para hacernos pasar un buen rato. También se trata de eso, la escritura. (He leído por ahí que la escribió en una semana).

Y podemos ignorar lo que dice el autor sobre su propia obra, claro que sí; es, de hecho, lo más recomendable, pero por una vez escojo escucharle y leer las páginas de El fugitivo como la sana, como la trepidante e inteligente historia de entretenimiento de acción que se propuso ser, y es. El fugitivo viene definitivamente del mismo rincón mental y emocional del que vino La larga marcha: Stephen King vuelve a ese mecanismo de dominación que es el ocio pagado, el ocio empresarial pensado para hacer de la muerte un espectáculo lucrativo. En ambas historias, que, como digo, se nota que vienen de la misma mente, vemos inmensas estructuras privadas o estatales (pero diseñadas y regidas como empresa privada), orquestando ocios televisados que giran en torno al sufrimiento y el dolor, en cuyo centro está la muerte para que los demás la gocen como espectáculo y se lucren con ella.

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Zangetsuki. Crónicas de la Luna, de Masakuni Oda

ZangetsukiRecientemente he vuelto a El año que vivimos peligrosamente. Entre toda su memorable presencia, hay una frase de Billy Kwan, el personaje interpretado por Linda Hunt, que me viene como anillo al dedo para introducir Zangetsuki. Crónicas de la Luna. Viene a decir que en los argumentos que plantean las historias que nos contamos en occidente siempre esperamos un cierre, una respuesta clara. En el wayang kulit (teatro indionesio de sombras), sin embargo, no hay conclusión. Esta falta de desenlace meridiano, la posibilidad de dejar una historia sin un posicionamiento del narrador, en suspenso, sin atar del todo, es una de las característica de muchos relatos orientales (y occidentales) que más nos cuesta aceptar al común de los espectadores cuando nos damos de bruces con algo así. Zangetsuki se puede considerar en parte como un caso práctico de cómo salir bien parado de una propuesta así. Lamentablemente, Masakuni Oda también da pie a los horrores de todo lo contrario: los monstruos narrativos que emergen de un entramado que se preocupa de no dejar el menor espacio para la duda. El mazazo de estrellarse contra una propuesta de una literalidad extrema.

Estas dos facetas se encuentran en Zangetsuki. Crónicas de la Luna porque en su interior se presentan tres narraciones. Algo que la edición de Minotauro no menciona por ningún lado (ni siquiera incluye un índice). Las dos primeras, “Y entonces la Luna dio la espalda” y “La piedra del paisaje lunar”, son dos novelas cortas. La última, “Crónica de Zangetsu”, es una novela con todas las de la ley. Entre ellas hay alguna conexión mínima, sobre todo la proverbial influencia de la Luna sobre el comportamiento humano; una suerte de licantropía a la que Oda imprime cualidades diferentes en cada historia que dan vuelo al cliché. De hecho, en las dos novelas cortas acierta a alejarlo del terreno trillado para urdir unos retornos atractivos, en su poder simbólico y en su manifestación a pie de suelo.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. Consultoría y conclusiones (5 de 5)

Ponentes cyberpunk

Algunas empresas llevan tomando nota del potencial de estos «futuristas racionales profesionales» que son los creadores de cf y unos cuantos en los últimos años han conseguido mayores ingresos en tareas de consultoría que con su trabajo creativo. Ya en 1990, en una entrevista que hice a Pat Cadigan, me reconoció que esa parcela suponía un porcentaje creciente de su trabajo, y su tarjeta profesional la presentaba como «escritora – futurista». Cadigan no ha publicado ninguna novela original ni colecciones de cuentos desde 1995, pero estuvo por ejemplo en 2015 ofreciendo una conferencia en la Fundación Movistar de Madrid.

William Gibson, el considerado padre del movimiento ciberpunk con su novela Neuromante, se dedica hoy casi de manera primordial a dar conferencias y ofrecer servicios de consultoría. El otro gran autor del subgénero, Bruce Sterling, ha reconocido que disfruta tanto en su labor como «asesor futurista» como en la literaria, ya que la consultoría le permite «influir en discusiones sobre innovación y dirección tecnológica de manera directa y práctica».

PriceWaterhouse Cooper hizo público en 2018 un estudio titulado «Using Science Fiction to explore business innovation». Kim Stanley Robinson, Alastair Reynolds, Tim Maughan o el ya varias veces mencionado Neal Stephenson son otros autores en activo que colaboran con think tanks o empresas, si bien los prejuicios que todavía rodean al género hacen que sus actividades no siempre se hagan públicas.

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Guardians of the Phoenix, de Eric Brown

Guardians of the PhoenixDescubrí a Eric Brown por un libro de cuentos de terror y ciencia ficción –el creo que aún por traducir Ghostwriting– y pronto fui a la misma librería a por más. Uno de los cuentos, de esas incursiones en el terror y la ciencia ficción tan bien soldadas, imaginaba la posibilidad de estar vivo y muerto a la vez en una unión de contrarios que haría las delicias de Octavio Paz. Al ver, pues, de lo que era capaz el autor, me puse, como digo, a buscar, y vi que en su bibliografía había una novela postapocalíptica –subgénero de mi predilección, diría– y me llevé esta Guardians of the Phoenix que es pura gracia y sorpresa y delicia sin fin.

Vamos a ver. ¿Qué tenemos por aquí? Pues una novela postapocalíptica europea, de arrasado escenario parisino, en la que vemos salvajismo y crueldad en forma de unos personajes influidos yo diría que por Cormac McCarthy y Frank Herbert. Tenemos una Europa reseca, inerte, expuesta en un subgénero comúnmente dominado por la geografía y el imaginario estadounidense, lo cual es ya un giro interesante, curioseante, para los aficionados. En ese sentido, Guardians of the Phoenix es una de las más destacables novelas, sin duda, de este siglo que avanza.

Con sus tres ejes principales: Copenhague, París y Bilbao. En la novela, o el relato, postapocalíptico, hay escenarios limitados: está el nevado, está el arrasado o quemado y ceniciento, está el de la vegetación desatada, está el inundado, y está, como el de esta novela más o menos reciente, el desertificado. Todo está cubierto de arena, ya desde una apertura que es una maravilla; y cómo llena de extrañeza y espanto la visión tan común de la torre Eiffel de París. Reimagina y por tanto resignifica un imaginario conocido, mundialmente icónico, hasta dejarlo en algo carente de significado, en un lugar donde, con suerte, encontrar unas lagartijas para comer. Murciélagos para estofar. El escenario postapocalíptico reconfigura el tópico, le da la vuelta, le arranca nuevos impulsos significantes, respeta al público lector por querer llevar las cosas un poco más allá de lo esperado, de lo ya sabido desde siempre, y amplía el alcance del género.

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