El efecto performativo de la ciencia ficción. Exposición. Elon Musk (1 de 5)

Ciudad futurista

Toda trama de ciencia ficción tiene un componente político. Este es un aspecto que suele pasar inadvertido, incluso dentro del propio género, pero que es necesario explicar antes que nada.

La ciencia ficción (en adelante usaré las siglas cf) tiene muchos problemas para definirse, pero hay un elemento que podemos considerar común: la práctica totalidad de sus tramas se desarrollan en el futuro, aunque sea muy cercano. Y los escenarios futuros suponen la asunción de un cierto curso en los acontecimientos del presente. En ocasiones, además, para proyectar un porvenir más o menos factible, en una rama que hemos dado en llamar «literatura prospectiva». Pero también se da el caso en una simple aventura situada en un entorno espacial.

Por ejemplo: cualquier argumento escrito hoy que transcurra en la Tierra dentro de un siglo contendrá soterrada una respuesta sobre el cambio climático. Si la vida en el planeta continúa más o menos como la conocemos, el autor deberá al menos dedicar una línea a explicar cómo ha sido posible: tendrá que decir como mínimo «en un momento dado se afrontaron medidas de éxito contra el cambio climático», o bien «el cambio climático no se produjo, en contra del consenso científico». Sí, puede obviar el tema, pero si el entorno en que se desarrolla la trama mantiene una situación como la nuestra, eso también puede interpretarse sin muchas cábalas como un posicionamiento.

Doy por sobreentendido que las obras en las que el cambio climático ha devastado la Tierra, o China es la potencia hegemónica, o la humanidad se ha expandido por el espacio reproduciendo nuestro modelo capitalista sin necesidad de variantes, o la reducción de las vacunaciones ha provocado pandemias, o las megacorporaciones han derribado a los gobiernos como principales actores internacionales… En todas ellas se manifiestan, evidentemente, especulaciones de carácter político, considerando que en el mundo de hoy casi cualquier cosa (incluso obviedades del ayer como la necesaria calidad de la educación o la sanidad públicas) conlleva un posicionamiento político.

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Día de la Ascensión, de Adrian Tchaikovsky

Día de la ascensiónEl ritmo al que Adrian Tchaikovsky escribe/publica es llamativo. Si no llega a la altura de Brandon Sanderson, algún año su cadencia de producción no le anda a la zaga. Esto y su gusto por el universo Warhammer hizo a The Black Library proponerle su participación en la franquicia; primero en la vertiente de cf y después en la de fantasía. Hasta la fecha ha escrito varias historias cortas y dos novelas: Día de la Ascensión (2022) y Starseer’s Ruin (2025), La primera acaba de aparecer en España a través de Minotauro y ofrece elementos de interés tanto para los fans de Warhammer 40K como los fans de sus series de los Herederos y los Arquitectos. Desde las entrañas de la franquicia le da una vuelta a parte de su recetario. El grupo social que ha perdido su pasado y lo interpreta en base a las capas legendarias a su alrededor; el encuentro entre inteligencias diferentes y el conflicto entre distintas concepciones de universo; la lucha por la “libertad” de los oprimidos, se trasladan hasta este tenebroso imperio del millón de mundos. Unos dominios donde la voluntad del emperador-dios es ley pero las dimensiones son tan vastas, inabarcables, que los sátrapas disponen de sus reinos de taifas sin que sus caprichos se noten, siempre que cumplan con sus obligaciones.

Esto es lo que sucede en Morod, un mundo forja donde la población está atada a las minas y las fábricas que alimentan la economía y las guerras del Imperio. Su ganancia, aparte de la manutención, está en morir tras el variado repertorio de mutaciones a las que les expone el entorno. O, si eres joven, ser reclutado para los ejércitos del emperador y servirle durante unos lustros. En el caso de Morod aproximadamente tres lustros, tiempo que, de vivir para contarlo, te permite regresar. Ese momento es el que da inicio a Día de la Ascensión, entre otras cosas que descubre el argumento, la jornada en la cual el reemplazo superviviente de la tecnoguardia skitarii retorna a Morod y es reemplazado por la sangre nueva que es entregado al servicio del Imperio.

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Tourbillon. Una fantasía veneciana, de José Ramón Vázquez

TourbillonEntre la ucronía con trazas steampunk de Danza de tinieblas y las intrigas palaciegas a lo Assassin’s Creed 2, José Ramón Vázquez escribe en Tourbillon una historia de capa y espada en la Venecia de finales del siglo XV, un momento donde el poder de la serenísima república comenzaba a tambalearse después de la toma de Constantinopla. A esta inestabilidad contribuyó el avispero en que se estaba convirtiendo la Europa del renacimiento, algo de lo cual se sirve Vázquez para situar en la trama una serie de personajes con una misión: liberar a un Leonardo DaVinci en manos del Dogo, esclavizado para ayudarle a mantener la hegemonía en el Mediterráneo. Este es el objetivo de un grupo de almogávares transportados hasta la ciudad por Vicente Yáñez Pinzón.

La presencia de uno de los Pinzones y de DaVinci ya pone sobre aviso de uno de los recursos centrales de Vázquez para construir su ucronía: el uso de personalidades como parte de la trama. Venecia es una encrucijada donde lo histórico se retuerce para tejer un escenario cercano al que pudo ser, pero con el suficiente espacio libre para sorprender al lector. No tanto en cómo ha cambiado su mundo respecto al nuestro, algo que el narrador omnisciente presenta de unos brochazos en las primeras páginas, como por quiénes confluyen en los canales y palacios de la ciudad, la tecnología que aparece (grandes golems mecánicos, una máquina voladora de DaVinci) y ciertos detalles a los que la trama da particular importancia, como el mantenimiento del cisma de Avignon, con unas consecuencias religiosas y, sobre todo, geopolíticas que anticipan nuestros siglos XVI y XVII.

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Narradores fluviales, prosistas torrenciales y otros asuntos de ciencia ficción

…una necesidad de palabras de otro mundo.
Mariana Enriquez: Archipiélago

Trilogía de FundaciónLeyendo, hace nada, Lo que el viento se llevó, caí en la cuenta de algo que hacía tiempo que pensaba, y decidí ponerlo por escrito. Me di cuenta de este tema, de este rasgo en la escritura de algunos autores, y ahora, al ver que ya son un puñado en mi recuerdo, veo que quizá se trate de un fenómeno más extendido y, sobre todo, menos paradójico de lo que pensaba al principio y que, como digo, quizá no sea mala idea ponerlo por escrito.

El caso es este: hay escritores que, sin ser grandes estilistas, sin mimar el lenguaje ni pensar tanto en la palabra exacta, reveladora o sorprendente, tienen igualmente una prosa torrencial, arrolladora, de la que no te puedes escapar. Debajo de sus páginas hay un engranaje, activado por lo que en mi texto sobre Dune llamé, refiriéndome a Frank Herbert, el don de la narrativa, que conecta, o enlaza, con el propio engranaje de quien lee –que sin querer sonar cursi digo que llevamos dentro– y así se da el torrente de la ficción sin fin. Puesto en marcha, no para.

Son narradores fluviales.

Hay, en este puñado de narradores natos, una tendencia: algo que les impulsa a decir, a explicar, a describir, a pensar en situaciones y contextos y personajes, y hay algo, un algo que se me escapa y que no tengo muy claro que se pueda definir y asir, que hace de chispazo de esa maquinaria narrativa que llevan dentro y que, como no es algo racional, no pueden controlar y ese poder, desembridado, permea entonces la página escrita hasta llegar a quien lee por ósmosis, o, dicho de otra manera, por la transmisión de esa fuerza entre mecanismos afines.

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El cine de los sábados

The Quiet EarthUn radiante amanecer. El sol se esfuerza por desprenderse del mar, liberarse de él, seguir lentamente su ascenso habitual. Eso es lo que nos muestra la apertura, en plano fijo, de El único superviviente de Geoff Murphy.

Al ver el inicio de esta película uno piensa que Danny Boyle la tuvo muy en mente al rodar 28 días después. E imagino que Alejandro Amenábar también la tuvo en mente para Abre los ojos, tan alejada, por otra parte, de sus intereses historicistas de hoy. (Me refiero, sobre todo, a esas secuencias de una ciudad vacía). El protagonista de The Quiet Earth, su título original, no sabe muy bien por qué pero es, cree, el único superviviente de una catástrofe nuclear, por decir algo, y empieza a recorrer las calles de su ciudad neozelandesa hasta que se cerciora de que, sí, parece ser que es el único con vida, el único que sigue respirando en esta ciudad de coches volcados, semáforos ignorados y hogueras desperdigadas por ahí. No tiene ninguna barrera limitadora. Así, con el creciente y comprensible desespero que le entra, la actitud del personaje recuerda poco a poco a la de Bill Murray en Groundhog Day. Actitud que se podría resumir así: si mis actos no tienen consecuencias, puedo hacer lo que quiera. Actitud descendiente directa de aquella lúcida frase que Dostoyevski dejó escrita en Los hermanos Karamazov: si dios no existe, todo está permitido.

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Tau Cero, de Poul Anderson

Tau CeroA Poul Anderson no se le suele incluir en el panteón de los grandes nombres de la ciencia ficción, pero sí cuenta con la consideración de autor perteneciente a esa, digamos, segunda línea de escritores importantes en cuya bibliografía esplende alguna que otra obra de fuste y que han sido reconocidos con la concesión de diversos premios. Cultivador también de la fantasía, repartió gran parte de su extenso catálogo narrativo entre un buen número de series con diversas temáticas, manteniendo en algunas de ellas colaboraciones con autores como Gordon R. Dickson, Karen Anderson o Larry Niven. Poseedor de una obra ingente que incluye poemas y numerosos ensayos, su publicación en España, sin embargo, ha tenido una singladura peculiar. Su mejor colección de cuentos, titulada significativamente The Best of Poul Anderson (1976), fue dividida por Bruguera en dos volúmenes independientes bajo el epígrafe de sus dos relatos principales, “El último viaje” y “El pueblo del aire”, que pasan por ser, junto con “La reina del aire y la oscuridad”, lo más relevante que ha escrito el estadounidense en la distancia corta. Ninguna de sus novelas de ciencia ficción, sin embargo, fue incluida en las listas propuestas por los dos principales libros de ensayo españoles que, hace ya demasiado tiempo, intentaron catalogar las principales obras que había dado el género hasta entonces.

Ni en Las cien mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX (2001) ni en Ciencia ficción. Guía de lectura (1990) se consideró que ninguna de las obras largas de Anderson tuviese la suficiente calidad para figurar entre las más importantes. Extraño especialmente en el segundo caso, puesto que su autor, Miquel Barceló, iría publicando más tarde bastantes de ellas en Nova, la colección que dirigió para Ediciones B. Personalmente, yo solía estar de acuerdo con esa ausencia, pues las dos obras largas de cf que le había leído, la insigne La patrulla del tiempo y La nave de un millón de años, no me habían convencido. A Anderson se le tiene por autor de cf dura, pero lo cierto es que, al margen de algunos de sus cuentos, el calificativo siempre me extrañó bastante. Tanto en esas dos novelas mencionadas como en la titulada Los corredores del tiempo, el cuerpo lo conforma el componente histórico. En el primero se desarrollan repetidas misiones al pasado con el fin de evitar cambios en el curso de la Historia; en el segundo se narra el periplo de una saga de inmortales a lo largo del tiempo, desde el pasado hasta, ya cerca de la conclusión, los días venideros; en el último, el protagonista se ve arrastrado a viajar por distintas épocas. Lo mollar en esos libros es el tratamiento histórico y social, que ciertamente es notable, pero no el elemento científico. Así pues, no encontraba motivos para encumbrar la figura de Anderson. Hasta ahora, que por fin, tras años de persecución, he podido leer Tau Cero.

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Hyperion, de Dan Simmons

He tardado mucho en escribir este texto porque… ¿Qué resulta más difícil que hablar de la obra de ciencia ficción definitiva?

Me resultaría mucho más sencillo hablar de Dune o de Star Wars. A quien conoce Hyperion no se le puede decir mucho nuevo en un breve texto introductorio. A quien no conoce al Alcaudón es difícil transmitirle la grandeza de la obra.

No me queda otra que hablar para quien no la conozca, por cuanto tiene esta sección de recuperación de clásicos. «Recuperación» de una obra que se reedita constantemente, vale, pero si preguntamos a la mayor parte de los lectores de nuestro país seguramente no la conocerá ni el 2%.

¿Por dónde empezar? ¿Argumento? Ya cuesta. Siete peregrinos viajan al planeta Hyperion a las Tumbas del tiempo, hogar del legendario Alcaudón, una entidad extraterrestre venerada por locos fanáticos, a pedirle un deseo. Según se sabe, seis de estos peregrinos vivirán una eternidad de agonía extrema, empalados en un árbol de metal, y el restante verá cumplido su deseo. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Esto no era ciencia ficción?

Cuesta mucho decir que Hyperion no es ciencia ficción, aunque también es cierto que coquetea con los límites de la literatura fantástica o la onírica. Ahora bien, ciencia ficción es, sin duda alguna. Es ciencia ficción de un modo apabullante.

Por lo pronto, el primer volumen nos cuenta la historia de cada peregrino, la cual se corresponde a su vez con un subgénero de la ciencia ficción, como el cyberpunk o la cf bélica. Y en esos aspectos es cf pura y dura.

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Cronopaisaje, de Greg Benford

Ambiciosa, impactante y absorbente; probablemente hipertrófica; algo irregular, pero, en última instancia, satisfactoria y muy bien rematada. Así es Cronopaisaje (1980), en la que el escritor y físico estadounidense Gregory Benford se zambulle en el pandemonio de las paradojas temporales y, al mismo tiempo, abre el melón de la investigación científica para mostrarnos sus intestinos: ahí están, por supuesto, la curiosidad, la exploración y la emoción del descubrimiento, pero también la competitividad, la falta de fondos, los egos inflamados, los jefes incordio.

La novela oscila fundamentalmente entre dos polos: la Inglaterra de 1998 y la California de 1962. El primero nos pinta un futuro sombrío; un mundo al borde del colapso sobre el que se cierne un desastre ecológico irreversible: el fitoplancton se ha combinado con un fertilizante artificial, causando una proliferación de algas que amenaza con destruir los ecosistemas marinos. En Cambridge, entre cortes eléctricos y supermercados desabastecidos, los físicos John Renfrew y Greg Markham conciben un plan desesperado: utilizar un haz de taquiones para enviar al pasado, en código morse, un mensaje de advertencia que prevenga la catástrofe. Para evitar la paradoja del abuelo, Renfrew y su equipo deciden confeccionar un mensaje intencionadamente ambiguo; necesitan provocar una respuesta lo suficientemente significativa como para paliar la situación en la que se encuentran, pero no tanto como para eliminar el problema por completo (de lo contrario no enviarían el mensaje y volverían a estar como al principio).

En la soleada San Diego de 1962, Gordon Bernstein, un investigador de la Universidad de La Jolla, detecta unas interferencias inexplicables en un experimento de resonancia nuclear. Su supervisor intenta convencerlo de que descarte la anomalía como ruido espontáneo y se centre en el proyecto que tienen entre manos: hay plazos que cumplir, artículos que deben publicar para justificar la productividad del departamento. Gordon lo desobedece, pero cuanto más averigua sobre el fenómeno mayor es su desconcierto, y las dudas continúan incluso tras haber descodificado el mensaje. ¿Quién lo envía? ¿Por qué? Los colegas a los que acude en busca de ayuda llegan a las conclusiones más dispares, desde un mensaje interceptado a los soviéticos hasta una comunicación extraterrestre.

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Lo mejor de Silverberg, de Robert Silverberg

Lo mejor de SilverbergUna de las cosas que más me interesan de las colecciones de relatos es el contexto personal y social de las historias que se presentan. En especial cuando cubren periodos relativamente largos y/o un momento histórico relevante en el tema que nos ocupa. Hay muchas que simplemente son una serie de cuentos sin mayor hilo conductor más allá de rebuscar la fecha original de cada uno en el índice o la letra pequeña del copyright. En el caso de Lo mejor de Silverberg es el propio Robert Silverberg quien nos introduce en cada uno de sus diez relatos. Estos textos no solo aportan algo de explicación a lo que vamos a encontrar sino que, más importante, nos hablan del momento personal a la hora de escribir cada relato. También aporta píldoras históricas de algunas de las personas y revistas más relevantes de la ciencia ficción en los Estados Unidos de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado, desde su relación con Frederik Pohl, Anthony Boucher o Harlan Ellison a sus anecdóticas aventuras para publicar en las revistas más relevantes del momento, ya sea Galaxy o The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Al mismo tiempo me resulta algo histriónica la referencia que en ocasiones hace Silverberg a sí mismo en tercera persona, especialmente en las primeras introducciones. En contraste con la propia afirmación de que algunas ideas vienen de otras no desarrolladas por otros autores, como es el caso de “Para ver al hombre invisible” y su relación con “La lotería en Babilonia” de Jorge Luis Borges. O los momentos en los que se vanagloria de su técnica a la hora de escribir ciertos cuentos.

La primera de las narraciones de esta colección se publicó cuando Silverberg apenas tenía veintitrés años. “Hacia el anochecer” abre la triada de relatos de “hombres a los que les pasan cosas” y que se completa con “Hombre cálido” y el ya mencionado “Para ver al hombre invisible”. Aparecidos a caballo entre la década de los cincuenta y los sesenta, son historias con un desarrollo simple donde el escenario y la moralidad superan en relevancia al resto de características del relato. Ya sea un personaje que se enfrenta a una Nueva York donde el canibalismo asoma como último recurso de supervivencia, o el castigo cuya pena es convertirse en invisible, no física pero sí socialmente. Debates que, por otra parte, podrían ser vigentes hoy en día, aunque la sobreexposición a disyuntivas morales en las mil y una obras de todo tipo que nos llegan por diversos medios obligan a un mejor desarrollo de personajes y contexto con el que lograr el impacto que se busca. En cualquier caso, estos relatos iniciales no tienen la mayor trascendencia y son plenamente olvidables.

Las dos obras más largas de este volumen y quizá, según afirma Silverberg, reconocidas (no necesariamente a nivel de premios) son “La estación de Hawksbill” (1966) y “Alas nocturnas” (1968). Y, al mismo tiempo, las que más me han convencido ya que permiten desarrollar más los mundos en que se sitúan, darle una breve profundidad a algún personaje y no simplemente plantear un dilema, impacto inmediato, fin.

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Dagger of the Mind, de Bob Shaw

Dagger of the MindSe me ocurre que quizá el gran ejemplo de novela sobre la telepatía sea Muero por dentro, de Robert Silverberg, que por otra parte se puede utilizar también como puerta de entrada a la ciencia ficción, como recomendación para aquellos desafectos al género que, no obstante, le quieran dar una última oportunidad a sus desafíos y desafueros optando por uno de sus títulos de imaginario menos colorido. La novela de Silverberg, de la que ya mismo dejaré de hablar, es de las mejores de los años 70. Pero no es la única que se centra en los poderes telepáticos, claro.

En Dagger of the Mind, de Bob Shaw, que es la novela escogida para este especial y de la que no estoy muy seguro de si hay traducción –podría ser ‘puñal de la mente’, o ‘daga de la mente’, no sé– en este novela, digo, hay telepatía, también, pero entretejida en un contexto de experimentación y paranoia que la vinculan, o la acercan, a la personalidad y puesta en escena del terror; más, probablemente, que a la ciencia ficción a la que sin duda, como veremos con el correr de las páginas, también se adhiere.

Conocemos a Redpath, el protagonista, ya en la primera página, con sus preocupaciones y sus visiones francamente desagradables: es epiléptico y ve, a través de la mirilla de la puerta de casa, una cara desollada, sangrante y húmeda. Cuando, por instinto, abre la puerta, ve que ahí no hay nadie. Así empezamos. Luego vemos que forma parte de un proyecto de investigación científica sobre la telepatía; que, para ello, se medica, y que, de hecho, se quiere dar de baja del programa porque empieza a pensar que está perdiendo el control de sus pensamientos. Que, en una palabra, se está volviendo majara perdido.

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