Ogros, de Adrian Tchaikovsky

OgrosTengo asociado el uso de la segunda persona a los libros de elige tu propia aventura. Tanto que, si me pongo a leer un relato escrito así y al dar la vuelta a la página no se mencionan a los señores del Kai o aparece alguna instrucción para saltar a otro capítulo, me siento fuera de lugar. Este sesgo agrava peros tradicionales como el sentirse continuamente interpelado, cuando no instruido, por un narrador que te llama todo el rato y te hace preguntarte más que otras voces por qué el autor eligió contar la historia así. Ha dado la casualidad que recientemente he leído dos historias que acuden a ella preocupándose de asentar esta elección. La primera es “Canción mortal de Indiana“, de Max Booth III, de la que escribiré por aquí. La otra es este Ogros, traducido por Cristina Macía para la colección Freder, de Plan B/Dolmen. Una serie de libros que casi parecen haberse publicado en la clandestinidad.

La novela corta mantiene obvios vínculos con otros títulos de Adrian Tchaikovsky. Para empezar, junto a Ironclads y Firewalkers forma parte de la secuencia Revolutions. Historias inéditas hasta el momento en castellano, sin conexión argumental pero con una temática común centrada en el alzamiento contra regímenes opresivos y desiguales en escenarios de ciencia ficción. También comparte con Linaje ancestral la pérdida/supresión de la historia pasada como herramienta de desarraigo y control, y la recuperación de ese bagaje perdido. En este caso para terminar reproduciendo comportamientos, algo alimentado a través de ese narrador que apela incesantemente al lector, imbuido en la piel de un personaje convertido en un paria y empujado a ser el Neo en este mundo poblado de medianos y gigantes.

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El pueblo de los malditos, de John Wyndham

El pueblo de los malditosRunas parecía decidida a recuperar las grandes obras de John Wyndham con nuevas traducciones. Inexplicablemente, después de cuatro títulos, se quedó sin editar la guinda, la novela que mejor se mantiene a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación original (1957) y más ha calado en la cultura popular. Entre otros formatos, dan fe las dos adaptaciones al cine dirigidas por Wolf Rilla (1960) y John Carpenter (1995). Ha tenido que ser RBA quien por sorpresa recuperara Midwich Cuckoos con la referencia de ambos filmes en su cubierta: El pueblo de los malditos. Además con una nueva traducción de Natalia Cervera que actualiza el texto a los estándares de edición más exigentes y clava el minucioso estilo expositivo de Wyndham. El gran clásico de la ficción apocalíptica británica cuya manera de sumirse en lo catastrófico era tan idiosincrásica que terminó llevando a Brian Aldiss a etiquetarlo de cosy catastrophe (catástrofe íntima/acogedora).

Todo empieza con el regreso del narrador y su mujer a Midwich tras haber celebrado su cumpleaños en Londres. Al llegar se encuentran la carretera cortada. Toman una vía alternativa y se dan de bruces con una situación espeluznante: al entrar dentro de unos límites concretos, se pierde el sentido, algo que termina ocurriéndoles a ellos. Ahí la novela pasa a contar lo que sucedía en Midwich en los momentos previos a ese fenómeno. Lo experimentado por las gentes en el meollo de un acontecimiento inexplicable que desaparece como llegó, dejando a (casi) todas las mujeres en edad de procrear embarazadas. Este fenómeno comunal se ve redondeado nueve meses más tarde cuando los alrededor de sesenta partos sincronizados dan a luz a niños y niñas con las mismas características: unos ojos dorados, pelo rubio apagado… y un influjo formidable sobre las personas a su alrededor.

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El efecto práctica, de David Brin

El efecto prácticaA raíz del fallecimiento de Ian Watson recordé por aquí su manera de escribir a través de “Pájaros lentos”. En poco más de veinte páginas, el autor de Incrustados sometía al lector a un viaje vertiginoso por toda una serie de ideas encadenadas, insospechadas cuando lo estás comenzando y todo parece una historia bucólica en un paisaje postapocalíptico. Los lugares por donde te lleva después, racional y emocionalmente, es uno de los motivos por los cuales la ciencia ficción me parece algo único y las narraciones breves su forma más prístina. Aunque en este formato, generalmente, no se apuesta tanto por el carrusel de ideas sino por una carga conceptual más concentrada. Ir más al pie del novum, la idea que vehicula el mundo de ficción y desencadenaría esa reflexión del lector sobre su propia realidad. El extrañamiento.

Esas ideas tienen un recorrido; una serie de situaciones desarrolladas a su alrededor y cuya precisión/certeza es clave para el sentido de la narración (y su disfrute). Pero no siempre son suficientes para sostener la extensión extra de una novela, siempre necesitada de capas de escenario, personajes, trama, giros, estilo que lleven la historia hasta validar esa entidad. Aquí, hay ocasiones en las cuales los escritores son conscientes que pueden andar escasos de parte de ellos y apuestan por explorar ese novum desde varios relatos; varios cuentos que ahonden en el potencial de la parte especulativa sin tener que exponerse a construir una integridad a su alrededor que puede dilapidar el poder transformador de la idea. Hay multitud de ejemplos, como lo realizado por Bob Shaw con el vidrio lento en Otros días, otros ojos. También hay muestras de lo contrario, como esta novela de David Brin. Su noción central me parece arrolladora. Pero una vez se conoce, el conjunto entra en la categoría “suena mejor contado que leído”.

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Un recorrido por El arco iris de gravedad

El arco íris de gravedad

War is God.
Cormac McCarthy: Blood Meridian

Pocos libros, en la Historia de la Humanidad, como este El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon. Pretender decir algo sobre esta novela es una cosita ingenua que no está mal, es quedarse en un simple balbuceo, que, dado el caso ante esta escritura huracanada y centrífuga, no es poco. O sea que vamos a ir a por esa cosita que no está mal y decir algo sobre este libro que estuvo a punto de ganar tanto el Nebula como el Pulitzer pero que al final no pudo ser porque los pacatos miembros del jurado optaron ese año por dejarlo desierto por parecerles obsceno y procaz, cosas que el libro efectivamente es, y porque los miembros de la SFWA optaron por concederle el Nebula al por otra parte muy premiable Arthur C. Clarke con su Cita con Rama; vamos a decir algo de este Gravity’s Rainbow sabiendo que decir algo es, sólo, tímidamente, empezar a decir.

Con esto no quiero alinearme con las voces que la consideran una de las novelas más difíciles del siglo XX porque creo que flaco favor se le hace, y porque esa fama espanta a potenciales lectores. Sí, cuesta lo suyo, y no siempre es fácil saber lo que está pasando, pero no es el Ulises ni Una meditación (de Juan Benet, que menuda cosa: me encanta Benet pero sigo sin saber de qué va ese libro). Se ha extendido el pegajoso discurso de que este es un libro hermético hasta la práctica ilegibilidad, y no. En una palabra: cuesta, Gravity’s Rainbow, sí, ¡pero se puede!

Jonathem Lethem menciona, en un texto que no es el más enérgico del mundo, que la ciencia ficción, con este libro, podría haber ingresado en las filas de la literatura canónica, y no sé muy bien qué pensar. Veo algo de condescendencia (donde quizá –donde seguramente– no la haya), y lamentaciones innecesarias por un prestigio y una aceptación que por una parte creo que el género ya tiene y que por otra no sé si importan demasiado. En cualquier caso, ahí estarán (¿estaremos?) siempre, puntuales, la crítica y los teóricos, con nuestras cajitas de herramientas, obsesionados por naderías que, como sabemos, nada importan. Pero bueno. Vayamos al mundo de la novela, al fulgor de esa entropía que se entrevé, esparcida, entre sus páginas.

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Somos satélites, de Sarah Pinsker

Somos satélitesSiempre me han atraído las novelas que tratan sobre cómo la aparición de una nueva tecnología trastoca la vida cotidiana de la gente. Este tipo de relatos me llamaban la atención incluso antes de que el futuro nos arrollara como ha sucedido en los últimos años. Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, es evidente que el uso generalizado del móvil y más recientemente la aparición de las llamadas IA han cambiado nuestras vidas. Ha ocurrido casi sin que nos demos cuenta, las nuevas tecnologías se han introducido en nuestro día a día, y el modo en que nos comunicamos, nos informamos, trabajamos y nos divertimos ya no es el mismo. La gran diferencia con respecto al dispositivo que concibe Sarah Pinsker para Somos satélites es que para poder utilizarlo es preciso una intervención quirúrgica. Siempre me he preguntado qué sucedería en ese caso, si la gente llegaría al extremo de dejarse hurgar la cabeza para mejorar sus capacidades mentales. Hace unos años habría dicho rotundamente que no, pero con la cantidad de personas que por una cuestión mucho más banal como es la estética —y no me refiero sólo a la cirugía— se deja tunear sin reparos el cuerpo tengo mis dudas.

Un dispositivo denominado piloto se extiende entre la población con una rapidez pasmosa, primero entre los jóvenes y luego entre los demás. A ello contribuyen las subvenciones del estado y las facilidades que proporciona la empresa fabricante, Balkenhol Neural Labs. Gracias a él, una persona puede concentrarse en varias tareas al mismo tiempo sin que ninguna de ellas se vea perjudicada. Estudiar Derecho Romano al tiempo que se despanzurra monstruos en la PlayStation es ahora posible. Una razón más para que todos los jóvenes se maten por ir a las clínicas de Balkenhol Neural Labs a que se lo implanten. Llevarlo supone, no cabe duda, una gran ventaja para el trabajo y para los estudios. Pero a pesar de todos los beneficios que proporciona, siempre tiene que haber algún agonías en contra, y no todos deciden ponérselo. Junto con el piloto se inserta una lucecita azul en la sien que facilita distinguir a los que lo llevan de los que no, lo que abre una puerta de doble hoja a la discriminación. Las empresas dejan de contratar a los que no lo llevan, y no tener un piloto termina por ser un estigma.

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La máquina de la eternidad, de Mark Clifton, Frank Riley y Alex Aspostolides

La máquina de la EternidadNada menos que tres autores para parir esto ¡Válgame la caridad!, un esfuerzo digno de mejor causa y que me recuerda a esos truños hollywoodienses donde firman el guion media docena de esforzados juntaletras y uno se pregunta cómo es posible tanta gente para resultados tan absurdos. Pues lo mismo.

Tres autores, todo hay que decirlo, bastante poco conocidos y del que solo hay alguna noticia extensa del alma mater del proyecto, Mark Clifton (1906-63); uno de esos segundones con más pena que gloria, al que apenas se recordará por este libro, una discreta nota a pie de página en cualquier ensayo al uso. Y es que estos señores ganaron el segundo Hugo de la historia en el apartado novela allá por 1955, lo que no deja de ser un dato sin mayor trascendencia. Porque, a ver, para pasar a la historia tienes que ser el primero en algo y no el segundo, y eso ya lo consiguió Bester en el 54 por El hombre demolido (palabras mayores). O, puedes escribir algo tan bueno que a todo el mundo le dé lo mismo que hayas ganado el Hugo o el Trofeo de la Galleta de Villarejo de Salvanés y, me temo, eso tampoco.

Pero bueno, hay un cierto consenso en decir que si Clifton y compañía han conseguido pasar a la historia de alguna manera es por haber escrito el peor libro galardonado con un Hugo. Y eso, en un colectivo como el nuestro, donde el lema “paz y amor” no está precisamente de moda, no deja de tener su mérito. Y más si recordamos otros títulos ganadores como Cyteen, Cese de alerta/El apagón o Redshirts, ahí es nada.

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Si Sabino viviría, de Iban Zaldua

Si Sabino viviríaIban Zaldua es conocido sobre todo por los relatos que ha publicado en euskera y se han traducido al castellano los últimos cuarenta años. Disfruté bastante de Porvenir y Biodiscografías. Del primero, Premio Euskadi de Literatura en 2006, tengo reseña aquí. Quizás por eso lo recuerdo mejor. Abría la puerta a una sucesión de marcos perturbadores: el terrorismo, el problema de la vivienda, el retorno a momentos transformadores de una vida… En ellos es fácil ver aquel presente de principios de siglo desde el que estaban escritos pero también se pueden encontrar trazas del nuestro. Además del tema, los personajes, el escenario, de un cuento al siguiente cambiaba el tratamiento; el costumbrismo daba paso a una historia de terror, un relato de viajes en el tiempo o una proyección distópica. Si Sabino viviría es una novela aparecida un año antes que Porvenir y participa de esa variabilidad desde una construcción narrativa diferente. Por su extensión pero, sobre todo, por su poética: la sátira desbocada.

El humor me funciona mejor en formatos breves. Cuando la extensión sobrepasa las cien páginas demasiadas veces la pólvora se moja. Si Sabino viviría tiene alrededor de 250. Sin embargo, ese recelo se volatilizó en cuanto comenzaron a pasar las páginas y las desventuras de su protagonista, Cosmic Josemi, en su viaje para recuperar el cuerpo de Sabino Arana. Porque, sí, el título tiene que ver con El Fundador. Sus restos quedaron por error (o sabotaje) en el vertedero postapocalíptico en que se ha convertido la Tierra y el Tecno Buru Batzar desea recuperarlo antes de que desaparezcan o, peor, terminen en manos de los agentes del planeta Tauro. El futuro de Nuevo Euzkadi depende de ello.

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El corcel, de Carol Emshwiller

El corcelDescubrí a Carol Emshwiller en el pico de mis aficiones tiptreanas. Consecuencia del fanatismo y la febril voracidad que te entra de vez en cuando por leer todo lo que haya podido escribir quien sea que te esté encantando en ese momento, busqué más autoras norteamericanas que, como Tiptree, Jr., hubiesen destacado en los cuentos, y así llegué, como digo, a la obra de Carol Emshwiller. Conocía como portadista a Ed Emshwiller, y bien, muy bien, pero la que me interesaba, a la que quería conocer, era a ella. Y no recuerdo dónde pero acabé encontrando, y comprando, el primer volumen de sus cuentos completos, con la elegante portada del marido, y lo que leí, que no fue todo sino sólo lo que me fue llamando la atención un poco a salto de mata, me gustó pero sin hacer grandes pirotecnias, por mi parte. Esperaba algo como lo de Tiptree, y no. O no tanto.

Pero esto no deja de ser una tontería, en realidad, porque ya ves qué significado puede llegar a tener esto (yo diría que poco, o ninguno), y además tendría que releer lo que leí, o leer entero, de hecho, el volumen de sus cuentos completos para poder decir algo con sentido. Pero bueno. La verdad es que lo que leí, no me encantó. Y dejé un poco de lado a la autora hasta que me encontré, hace nada, en una librería de segunda mano, esta novela suya de título extraño –The Mount, o El corcel– que ya reseñó Nacho en su día. Una novela corta –que tal vez se beneficiaría de un mayor recorte de páginas– con una fuerza y una complejidad que me han encantado.

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Recuerdo de Ian Watson a partir de “Pájaros lentos”

Ian Watson y Cristina Macía presentando Putas de Babilonia en la Librería Gil

Tengo debilidad por los cuentos de ciencia ficción que se centran en una idea y te golpean con ella desde una faceta emocional. Sin ir más lejos, tres de mis relatos favoritos (“Otros días, otros ojos“, de Bob Shaw, “Nieve“, de John Crowley, y “16 de junio en Anna’s“, de Kristine Kathryn Rusch) conectan el sentimiento de pérdida con dispositivos que permiten recuperar el pasado desde esa melancolía devastadora de quien sabe que los mejores días de su vida no regresarán por mucho que la tecnología te facilite recuperarlos. Aunque no he leído muchos cuentos suyos (probablemente haya leído más novelas), las historias de Ian Watson se sostenían sobre otro eje: el poder acumulativo de un caudal de ideas lanzado sobre un lector, en general sin tiempo para digerirlas del todo, muchas veces forzado a macerarse en ellas mientras le llegaba otra nueva. Y otra. Y otra. Esa encadenamiento, a veces rayando lo vertiginoso, terminaba fraguando un conjunto congruente… si le dabas tiempo y espacio a que cuajara. En la línea de sus mejores novelas traducidas (sobre todo Incrustados, El kit Jonás, Embajada alienígena y Visitantes milagrosos) tiene un relato magnífico que consigue emocionarme a pesar de estar construido desde esa misma base, no en 200 páginas sino en poco más de 20. “Pájaros lentos”.

Publicado en el número 100 de la colección Super Ficción, cuando Alejo Cuervo recibió el timón de las colecciones de Martínez Roca, fue recuperado en la revista Solaris donde un equipo capitaneado por Julián Díez (Alberto Cairo, Cristóbal García-Castejon, Luis García Prado, Santiago L. Moreno, Javier Romero y Juan Manuel Santiago) seleccionó sus 100 mejores cuentos de la ciencia ficción (traducida). Lo he releído la semana pasada a modo de homenaje después de conocer su fallecimiento, y ver qué tal reconectaba con una historia que me produjo una profunda impresión.

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The Orville: Sympathy for the Devil, de Seth MacFarlane

The Orville: Sympathy for the DevilTengo a Seth MacFarlane por uno de los destacados genios de nuestro tiempo. Hubiese tenido que ir tomando apuntes, estos años, sobre la creciente admiración que me despertaba su obra, sobre todo las series Padre de familia y The Orville, dos verdaderos portentos del siglo XXI, pero como no lo hice tengo que tirar ahora de memoria más que de apuntes pausados, estructurados, para esta nota más o menos crítica.

Tomando como modelo series anteriores (Los Simpson para Padre de familia y Star Trek para The Orville), MacFarlane crea sus propios mundos, con su propia consistencia de realidad, alejados del modelo principal pero con enlaces emocionales y temáticos a la creatura madre, como suele ser el caso de las influencias bien digeridas por la personalidad creativa fuerte. Su modus operandi parece ser algo así: coge una serie o una obra que le gusta, la estudia a fondo, coge, luego, el poso que esa obra dejó en él, lo regurgita pasándolo por el cedazo de su personalidad y de su intención artística, y lo reformula en función de unas coordenadas nuevas pero visiblemente, intencionadamente deudoras de su modelo, en constante diálogo, homenaje y concomitancia, en simbiosis perpetua con esa creatura artística anterior que perdura renovada en su nueva obra que se aleja por la misma senda que sus predecesores pero con dirección a nuevos horizontes. Más o menos así, yo diría.

Su humor abarca la faceta gamberra y descerebrada de Padre de familia y la más amable, la más dulce de The Orville, con lo que destaca como humorista de más amplio repertorio, con una gama más rica de variantes que un Jerry Seinfeld, por decir uno de alcance más limitado. Su voz, además, tiene un registro totalmente fuera de lo común, dado que, como sabemos, no sólo está detrás de cantidad de personajes de voz histriónica en sus series de animación sino que canta y creo que tiene buena voz y llega donde muchos no llegan.

Pues bueno. The Orville llegó a su fin y una de las historias que tenía que ser episodio la convirtió MacFarlane en novela corta, en una nouvelle que es un regalo para los añorados entusiastas de la serie orviliana: esta Sympathy for the Devil que en ningún momento hace referencia a la conocida canción de los Rolling Stones es una historia de la segunda guerra mundial que se me hará difícil comentar sin destriparle el relato a nadie.

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