Fracasando por placer (XIX): Antologías que más o menos pretendían ser globales y/o definitivas

New Está lleno de estrellas

Voy a ir un paso más en el comentario previo acerca de esa obsesión por hacer antologías tan propia de la ciencia ficción, centrándome en las que se han consagrado a presentar el género en su conjunto. Hay unas cuantas. Supongo que por un lado tienen gancho comercial dentro, y por otro pueden atraer a algún curioso completista de fuera. El caso es que van unas cuantas, y aunque ya hablé extensamente de la que tal vez sea la primera, Adventures in Time and Space, permítaseme un repaso breve a todas las que poseo, que creo que podrá ser útil a algún lector con el mismo tipo de trastorno psicológico (en realidad, lo hago porque seguro que aparece alguien que conoce otras que me faltan), o bien para quienes vayan a escribir un ensayo para un medio generalista sin tener ni idea de la historia del género y quieran tener la honradez intelectual de informarse mínimamente leyendo alguno de estos tochos.

Excluyo de este repaso a las antologías muy limitadas de alguna forma (a un año, a una revista, a un premio, a una temática), para ir a las que se supone que han escogido a calzón quitado los mejores relatos de la historia, o de un periodo suficientemente amplio, al parecer del seleccionador. También me salto las que han sido bautizadas en español con títulos rimbombantes pero en realidad se corresponden a contenidos menos ambiciosos: el caso más notable es el de Los mejores relatos de ciencia ficción, prologados por Narciso Ibáñez Serrador, que tuvo varias ediciones en Bruguera y se correspondía a dos antologías de buenos cuentos escogidos por Groff Conklin, puestas una detrás de otra.

Y no, no las he leído todas enteras, pero sí son para mí un muy útil material de referencia, por supuesto. Las coloco por orden de publicación original, aunque en muchas ocasiones tengo ediciones posteriores. Me abstengo de mencionar la ocasional inclusión de Cordwainer Smith por no insistir siempre en lo mismo.

Prepárense para el chaparrón de namedropping, estimados amigos, porque esta vez va a ser de órdago.  Sigue leyendo

To Be Continued, The Collected Stories of Robert Silverberg 1953-58

To Be ContinuedHace cinco años comencé el proyecto «leer los relatos de Robert Silverberg seleccionados por él mismo», una edición para Subterranean Press en nueve volúmenes con una implicación total del propio autor. Además de elegir el material, escribe el prólogo de cada volumen y una introducción para cada cuento. Todo con la idea de contextualizar su proceso de escritura y comentar las claves detrás de su publicación en un ejercicio de historia de la ciencia ficción de la mano del último superviviente de la generación de Dick, Sheckley, Ellison o Le Guin. Sin embargo, después de ciento y pico páginas de To Be Continued tropecé con lo inevitable: sus primeros años fueron mediocres. Quitando «Hacia el anochecer», el resto era material de fondo como el que se publicaba a millares en las decenas de revistas de mediados de los 50. Así que lo dejé a un lado esperando un momento más indulgente. Sabía que en este caso terminaría volviendo a él. Aprecio demasiado al autor de Muero por dentro y El libro de los cráneos como para pasar de estos primeros años, esenciales en su obra posterior. A principios de junio me puse de nuevo con este libro con la idea de leerme un relato al día a media tarde, como descanso entre memorias, informes de evaluación, entrevistas de entregas de notas… Mi impresión mejoró un poco; no lo suficiente como para recomendar su lectura, siquiera a los Silverberg zombies.

Sin duda el gran valor de To Be Continued reside en los textos de acompañamiento. Lejos de conformarse con una faena de aliño al hacer una retrospectiva de su obra breve, como la de Christopher Priest en Episodes, en To Be Continued apenas existen presentaciones que no transmitan lo que era ser un jornalero de la palabra en la década de los 50. No es ya que Silverberg cuente anécdotas sobre su vida creativa en aquellos años en los que compaginaba universidad y escritura. Su trabajo codo con codo junto a Randall Garrett o Harlan Ellison o las exigencias de ser un autor tan prolífico y sus consecuencias, positivas (una existencia holgada como pocos autores de la época que dependieran exclusivamente de la escritura se podía permitir) y negativas (el cierto resquemor entre esos autores que dependían exclusivamente de la escritura) aparecen ampliamente comentados junto a otros aspectos jugosos: detalles del extenso ecosistema de publicaciones que se mantuvo activo hasta su crisis en 1958; cómo se trabajaban sus contenidos, caso de los relatos que se escribían para dar sentido a las ilustraciones de cubierta que entregaban gente de la talla de Ed Emshwiller o Frank Kelly Freas; etcétera. Y en lo importante, los propios relatos, también hay sustancia.

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Fracasando por placer (XVII): El Péndulo nº 5, Segunda Época. Ediciones de La Urraca, noviembre de 1981

El Péndulo

Aunque el cuerpo principal de publicación de El Péndulo tuvo formalmente 15 números (1981-1987), lo cierto es que hay otras 19 publicaciones que son también El Péndulo: dos pioneras bajo el título de Suplemento de Humor y Ciencia Ficción en junio y julio de 1979, los cuatro números de la primera etapa de El Péndulo entre octubre y diciembre de 1979 (estas con formato revista-revista), los dos números de El Péndulo Libros (1990-91, con un formato idéntico al de la revista previa)… Y también, obviamente, aunque no se reconozca en ninguna parte, los once números de la segunda etapa de Minotauro, entre 1983 y 1986, años en los que no se publicó El Péndulo.

El denominador común de todos ellos es la dirección de Marcial Souto. En el caso de El Péndulo, nominalmente bajo las órdenes de Andrés Cascioli, humorista y editor al mando de Ediciones de La Urraca. Todas estas revistas cuentan con el mismo esquema, tienen los mismos colaboradores, traducen prácticamente a los mismos autores y alcanzan similares cotas de calidad, más allá del brillo de algún contenido puntual. En su conjunto, esos 34 números forman el mejor exponente de las revistas de ciencia ficción en castellano; Nueva Dimensión fue más longeva e influyente, estoy orgulloso de muchas de las cosas que conseguí en mis siete años en Gigamesh, pero El Péndulo es, simplemente, mejor por término medio, una calificación de 7 mínimo, siempre.

Pensaba que tenía todos los ejemplares (salvo los dos primeros como Suplemento) leídos, pero recientemente me di cuenta de dos cosas: que no tengo el número 11 de Minotauro (que, de hecho, no sabía ni que existía), y que no me había leído el número 5 de El Péndulo. La razón es que en su momento, en los lejanos noventa, cuando atesoré estas revistas, el ejemplar que me compré tenía un cuadernillo en blanco. Hay ocho páginas que no están impresas, afectando nada menos que a un cuento de R.A. Lafferty y un artículo de Pablo Capanna. Busqué reponer el ejemplar durante algún tiempo, pero terminé por olvidar el asunto supongo que en algún momento de mi mudanza de vuelta de Barcelona a Madrid.

Sin embargo, recordé al instante ese número 5 pendiente cuando nuestro imprescindible José Faraldo me informó de la existencia de ejemplares en pdf de montones de revistas argentinas en la web www.ahira.com.ar. Ahí es posible encontrar no sólo El Péndulo, sino la primera etapa de Minotauro de los años 60, la mítica Más Allá de los cincuenta (incluyendo los tres números que nunca he conseguido encontrar: no tardará en caer alguno por aquí), así como otras publicaciones del género aparecidas en Argentina. Para quienes tengan un muy razonable escrúpulo respecto a las copias digitales de origen incierto, decir que esta web está impulsada por el Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El hecho de que no estén ahí todas las revistas de cf argentinas (no están Pársec o la segunda Minotauro), me viene a confirmar que sólo han recogido aquellas que, por algún motivo, puedan ser reproducidas de forma legal. En la web puede encontrarse también un agradable articulito sobre la historia de la publicación a cargo de Soledad Quereilhac, una de las investigadoras del Instituto Ravignani.

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El futuro visto desde 1998

Planeta Humano 36Hace unas semanas presenté un texto sobre la Worldcon de 1998 que preparé por encargo de la revista Planeta Humano, pero no fue el único que surgió de ese viaje. Además de conseguir varios contenidos publicados en Gigamesh en números sucesivos (desde una entrevista con John Clute hasta el premio Hugo al mejor cuento concedido en esa convención, «Vamos a bebernos un pescado», de Bill Johnson), hice preguntas concretas a unos cuantos autores sobre el futuro de la humanidad. Después, las trasladé también a varios escritores españoles, y el resultado apareció en el número 11 de Planeta Humano, el correspondiente a enero de 1999.

 


 

«Entramos en una era de incalculables novedades». Robert Silverberg, uno de los más notables escritores de ciencia ficción, lo explica con claridad: «El mundo del 3000 será tan distinto al nuestro que alguien a quien de repente enviáramos allí sólo podría preguntarse en qué planeta se encontraba». La evolución del ser humano en los próximos mil años puede alcanzar cotas difícilmente predecibles, que otro escritor, James Stevens-Arce, planteaba con un sencillo ejemplo: «Mi abuela vivió la invención de la bombilla y el viaje a la Luna. Y se calcula que el conocimiento humano se duplica cada dos años. Es imposible intuir hacia dónde vamos a partir de esos supuestos».

Es tal la velocidad de los cambios, que se puede llegar a plantear incluso si en el año 3000 existirá una civilización. Al respecto hay división de opiniones entre escritores españoles, más pesimistas, y anglosajones, mucho más optimistas. Así, César Mallorquí cree que el desarrollo de la bioingeniería permite que cualquier estado o incluso un particular pueda producir enfermedades epidémicas atroces. «Este es el peligro real. Un 90 por ciento de la población autóctona americana murió a consecuencia de las enfermedades importadas por los conquistadores».

El optimismo de los escritores anglosajones, en cambio, se sustenta en la capacidad de la especie humana para adaptarse a circunstancias difíciles y sobrevivir. Como explica Connie Willis, una escritora centrada en los cambios sociales, «la estupidez cobra todos los días nuevas formas y es cada vez más fuerte, pero ya llevamos siglos derrotándola y podemos seguir haciéndolo». El inglés Stephen Baxter, de sólida base científica, también está convencido de que «el futuro inmediato será el momento más difícil, porque en él deberemos enfrentarnos al fin a todos los problemas conocidos: agotamiento de recursos, polución, superpoblación…. Pero creo que tenemos un futuro real por delante una vez superemos este mal momento».

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Pinceladas (I): La ballena dios, La nave estelar, Candyman y Muero por dentro

La ballena diosFrente a la digitalización del libro, la industria editorial tuvo que reinventarse. Y uno de los logros en ese terreno, uno de los más visibles, fue la proliferación de editoriales de vocación artesanal, conscientes de que un libro no es sólo lo que ocurre entre página y página, activado por la lectura, sino un objeto físico que hay que cuidar, que puede en sí mismo ser un atractivo. Las portadas actuales son delicadas y sofisticadas. Pero eso no es novedad; la ciencia ficción y otras literaturas tradicionalmente despreciadas siempre vieron en la ilustración de portada un lugar del objeto-libro al que dedicarle parte de sus esfuerzos, de sus mayores talentos creativos. Pienso, por pensar sólo en dos, en las portadas de Edaf, que oscilan entre lo muy bonito y lo encantadoramente cutre, o en las primeras ediciones de Minotauro. No me parece exagerar demasiado decir que algunas podrían exhibirse en las vitrinas de algún museo (de arte contemporáneo, por qué no). Una de las portadas más llamativas, en el mejor sentido, de Edaf, es la de la novela La ballena dios, de T. J. Bass. Otras portadas destacables de otras editoriales son las de La nave estelar, de Brian Aldiss, Candyman, de Vincent King, o Muero por dentro, de Robert Silverberg.

Larry Dever, el protagonista de La ballena dios, queda inmóvil de cintura para abajo. En el mundo futuro en el que vive, consiguen adaptar los restos de su cuerpo a circuitos electrónicos, con lo que pasa a convertirse en un ciborg, y más o menos sobrevive en plenitud ayudado por la ciencia. Pero algunas de sus extremidades han perdido para siempre la capacidad de sentir, y prefiere que le congelen, como la leyenda dice de Walt Disney, hasta que la ciencia del futuro garantice una vida mejor. Le despiertan para colonizar un planeta lejano, pero han extraído de sus células un clon sentiente para hacerle de donante de todo aquello que perdió, pero él, terco y humano, prefiere seguir esperando en el congelador porque el clon moriría después de cumplir con las funciones con las que le crearon. Envían, así pues, al clon al planeta por colonizar, y Larry sigue durmiendo, expectante. Ahí se dispara. La formación de Bass como médico y biólogo se hace notar en todas las páginas de la novela, sin que interfiera en el ritmo de lectura. Su uso de la jerga y la indisimulable devoción con la que alude al gremio no son casualidad.

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La situación de la ciencia ficción a fin de siglo a través de una Worldcon

Planeta Humano 7He sido una persona bastante afortunada con mi trabajo: soñé ser periodista y tuve una carrera llena de satisfacciones. Se terminó, por una serie de factores que sería prolijo explicar, pero tuve la oportunidad de acumular muchas vivencias estupendas. Y colaboré con muchos medios.

Al que guardo más cariño no es aquel en que me leyó más gente, en el que estuve más tiempo o me reportó más dinero. Fue un proyecto modesto en medios pero muy ambicioso en objetivos llamado Planeta Humano. Entre 1998 y 2001 publicó casi cincuenta números con la idea de ofrecer historias positivas, originales, pero no ñoñas; su eslogan era «Para los que creen que sí se puede hacer algo». Y todo al modo de las grandes revistas estadounidenses: textos exhaustivos, material fotográfico de calidad. Es la única publicación para la que he trabajado que tenía una productora: una persona encargada de organizar los viajes, hacer los contactos necesarios y hasta concertar citas, de forma que el periodista tenía una orientación clara de lo que el medio quería que cubriera y se ahorraba complicarse con temas logísticos.

No llegué a estar meses con un reportaje, como Gay Talese siguiendo a Frank Sinatra o Tom Wolfe con los surferos de California en ocasiones que devinieron en legendarias para mi profesión, pero sí es el único medio que me envío a preparar una historia durante varios días, a veces más de una semana. Conservo la colección completa de la revista y está llena de historias estupendas, muchas de ellas adelantadas a su tiempo, con colaboradores extraordinarios (José Saramago, José Luis Cuerda, Dominique Lapierre, José Luis Sampedro, Eduard Punset, José Carlos Somoza…) y bastantes de los mejores fotoperiodistas del momento. He encontrado varios rincones en la web en que antiguos lectores recuerdan Planeta Humano con la misma intensa simpatía que siento yo. Incluso mencionan alguno de mis textos de forma específica, como el que hice en el primer número sobre la única comunidad en que conviven israelíes y palestinos en igualdad, con los niños compartiendo escuela. Está sobre una colina entre Tel-Aviv y Jerusalén y se llama Neve Shalom/Wahat al-Salaam, sigue existiendo hasta hoy por lo que sé.

La razón por la que no habrán oído hablar de esta revista es que no tuvo buena distribución, al tratarse de un medio independiente. La mantuvo un tiempo un mecenas muy ilusionado con ella, un tipo encantador que intentó por todos los medios cumplir el sueño de hacer algo distinto a todo lo que había en los kioscos españoles, pero al cabo del tiempo y varios intentos que no terminaron de funcionar (cambios de diseño, regalos promocionales…), no aparecieron vías alternativas de financiación y cerró.

El hecho es que les propuse ir a una Worldcon, y aceptaron. Fue a la de 1998, en Baltimore, que tuvo a C. J. Cherryh como invitada de honor y en la que Joe Haldeman ganó el Hugo a la mejor novela por Paz interminable. También hubo un pequeño acto, escondido, a una hora poco concurrida, y al que acudí por casualidad. Se proyectaron veinte minutos de previa de una peliculita rodada en Australia, de directores desconocidos y protagonizada por una estrella entonces de capa caída, pero que terminaría por hacer historia: Matrix.

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Visiones de James Tiptree, Jr.

Alice SheldonDespués de practicarle la eutanasia a su marido, Alice B. Sheldon, que logró esconderse bajo el pseudónimo literario de James Tiptree, Jr. durante veinte años, se cubrió la cabeza con una toalla y se pegó un tiro. De pequeña vivió en África y en la India; durante la Segunda Guerra Mundial salió de su casa un día y se alistó en el ejército; ocultó su homosexualidad y canalizó su tenebrosa depresión crónica a través de su obra; e hizo y deshizo en sus personajes lo que no pudo hacer y deshacer consigo misma. Todo en ella es fascinación, pero sería un error creer que todo en ella es fascinación por los hechos trágicos de su vida, que con tanto cuidado, por otra parte, biografió Julie Phillips en Alice B. Sheldon (James Tiptree, Jr. The Double Life of Alice B. Sheldon); así que si digo, por tercera vez, que todo en ella es fascinación, es porque en sus cuentos vemos –aumentada– toda la extrañeza del mundo, y todo el caos de la mente humana –la suya– convertido en espectáculo visual por una imaginación capaz de metabolizar sus propios dolores hasta convertirlos en imágenes mesmerizantes, de tan cienciaficcionescas.

Los temas que permean su obra son la sexualidad, la violencia, la soledad, el sufrimiento como elemento constitutivo diferencial del ser humano, la conflictiva relación con el otro, la desesperanza y, aunque en menor medida, la esperanza y el amor. El feminismo de “Las mujeres que los hombres no ven” o “Houston, Houston, ¿me recibes?”, es un discurso que, cuando escribía protegida por su pseudónimo, sorprendía gratamente a escritoras como Joanna Russ o Ursula K. Le Guin. Por otra parte, la otredad, como he dicho, es en Tiptree una presencia conflictiva, sí, pero no porque sea vista como una amenaza sino por el miedo a no ser aceptada por ella: después de tanto rechazo, los personajes de Tiptree lo que necesitan es ser aceptados sin condiciones. A veces, la más cercana otredad es la que te censura; el consecuente descubrimiento es que solo hay paz y amor en la lejana, pero más acogedora, otredad de las especies no humanas del firmamento. No es raro pues que su habilidad para meterse en mentes alienígenas, y describirnos desde su óptica, haya sido tan elogiada (como en esa maravilla de impacto y decepción que es el cuento “We Who Stole the Dream”, de Out of the Everywhere, & Other Extraordinary Visions).

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Doomsday Morning, de C. L. Moore

Doomsday MorningCuando se cumplen veinte años desde el arranque de la colección SF Masterworks, llega una nueva línea dispuesta a arrojar más luz sobre nuestras incipientes canas. Como su propio nombre indica, Golden Age SF Masterworks viene a cubrir una época denominada como la edad de oro de la ciencia ficción, marcada por la Segunda Guerra Mundial, que provoca división de opiniones a la hora de concretar su inicio, su final y sus principales artífices.

Doomsday Morning se publica por primera vez en 1957. Ateniéndonos a la cronología oficial, estaría a caballo entre esa edad de oro de la ciencia ficción y la new wave, la cual se situaría entre las décadas de los sesenta y los setenta. Sin embargo, nombres célebres como Robert Silverberg contradicen esta catalogación, añadiendo que la edad de oro no terminó en los años cuarenta, sino que los cincuenta también forman parte de la misma. Es cuando comienzan a publicar de manera más frecuente nombres como Jack Vance, Frederik Pohl, Arthur C. Clarke, C. M. Kornbluth, Ray Bradbury, Alfred Bester y otros muchos que han nutrido sus cabezas de ideas leídas durante los años previos en las revistas de género. Una de ellas, la célebre Astounding Science Fiction, editada por John W. Campbell desde finales de los años treinta.

No soy un experto en la historia de ciencia ficción, ni pretendo serlo, por lo que no voy a entrar en datos más exhaustivos o analizar en detalle el artículo de Silverberg que acompaña a Doomsday Morning. Sin embargo, valga esta introducción para fijar la difusa marca con la que la editorial inglesa Gollancz separará su existente ‘SF Masterworks’ y esta nueva colección a la hora de definir un catálogo que por el momento cuenta, entre otros, con E. E.´Doc´ Smith, Harry Harrison, Henry Kuttner o el caso que nos ocupa, C. L. Moore. No es casualidad que haya mencionado a Henry Kuttner en este listado de escritores. Catherine Lucille Moore se casa con Kuttner en el año 1940 y esto impacta directamente en el devenir de Moore y su obra.

Conocida como C. L. Moore para ocultar su género y poder ser publicada en una época desgraciadamente difícil para ser mujer, Catherine es, junto a otro puñado de mujeres, una de las pioneras en el arte de escribir y, con suerte, publicar ciencia ficción. Desde 1933 su obra comienza a verse en revistas pulp como Weird Tales o en la ya mencionada Astounding Science Fiction. Desde el momento en que se inicia la vida en común con Kuttner, Moore y su marido colaboran numerosas obras y relatos bajo seudónimos como Lewis Padgett o Lawrence O´Donell. Ella continuó, sin embargo, escribiendo algunos relatos, siendo en 1957 cuando apareció su primera y única novela, Doomsday Morning.

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Novecientas abuelas, de R. A. Lafferty

Novecientas abuelasLa R y la A que preceden al apellido Lafferty significan Raphael Aloysius. Novecientas abuelas, una de sus colecciones más conocidas, recuerda, en su tono directo y parco, a los relatos de Robert Sheckley. Son cuentos directos y expeditivos.

Alérgico a las complicaciones literarias, técnicas y reputadas de un Samuel R. Delany,  Lafferty se mueve con soltura en un terreno de cuentos generalmente cortos, imbuidos de un sentido del humor que sobrevive a las traducciones, eficaces en su aparente sencillez y contundentes en sus críticas.

El Robert Silverberg de Unfamiliar Territory o el Clifford D. Simak de All The Traps of Earth, por poner dos ejemplos de mi estantería elegidos al azar, cuidan más la escritura, le sacan más brillo a sus imágenes, e implantan sus imaginarios en lugares muy alejados de la ciencia ficción rutinaria, urbana y como de entre semana de R. A. Lafferty. Esto no lo digo como descrédito del autor: igual que Sheckley, a Lafferty le interesa insertar o sugerir el sentido de la maravilla los martes o los miércoles, no los festivos de guardar. Coge elementos “consuetudinarios que acontecen en la rúa”, o “lo que pasa en la calle”, como diría Machado, y les añade ese sutil toque de ciencia ficción con una prosa llena de bocinazos, timbres e ingenio.

James Tiptree, Jr., Cordwainer Smith, Ray Bradbury, Stanislaw Lem o hasta Walter Tevis –no tan conocido como cuentista–, han escrito mejores piezas literarias de ciencia ficción en formatos breves. (Cada uno tiene sus cuentistas favoritos, y estaría bien enumerarlos y explicar el porqué). Lo que le pasa a Lafferty, lo único malo de sus cuentos, es lo mismo que lastra la calidad de los textos de Isaac Asimov: su abuso del diálogo. Ese parece ser el único recurso literario que dominen. Siempre es todo diálogo, todo gira a su alrededor y eso no es tan sugestivo como una descripción, un monólogo o la simple pero inexplicable fuerza narrativa que implica el ir del punto A al punto B y del B al C.

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Factbook. El libro de los hechos, de Diego Sánchez Aguilar

FactbookLas novelas que exploran las consecuencias de la crisis, las políticas de austeridad y la desregulación, las tensiones en una sociedad quebrada bajo el peso de la precariedad, se acumulan. Entre ellas gana presencia el 15M, un fenómeno entrelazado con todo lo anterior pero con entidad propia. La desafección hacia los partidos tradicionales, asociada a las dificultades del sistema del 78, afianza su protagonismo no sólo como caldo de cultivo para la distopía o lo preapocalíptico. El puente entre la política y las cuestiones económicas y sociales acrecienta su peso en ficciones donde el thriller y la acción no son los pilares fundamentales del argumento. Ése es el motivo por el cual Factbook me resultó a priori tan atractiva. Bucea en el antes y después de esa fecha icónica para alumbrar las entrañas de esta España en tránsito hacia su primer cuarto de siglo XXI.

En sus páginas, Diego Sánchez Aguilar se sirve de un lenguaje cercano a la literatura prospectiva y se desplaza por terrenos aledaños. Sin embargo se mantiene la mayor parte de su extensión en unos pagos más próximos al realismo de tintes sociales. Así, uno de los tres hilos que entrecruza en al estructura de Factbook cuenta cómo Gustavo, un guionista televisivo, está a la espera de ser congelado para, supuestamente, ser despertado en algún momento del futuro lejano. Encerrado en un cochambroso resort junto al Mar Menor, redacta sus recuerdos en un ejercicio de autoexploración necesario para iluminar cómo ha llegado hasta ese punto. Aunque no existe una certeza absoluta, capítulo tras capítulo queda patente su participación en una charada. Nadie va a «despertarles» del letargo ni a él ni al resto de «pacientes» porque cuando se les aplique el proceso morirán. El ritual enmascara un suicidio asistido, tolerado a modo de eutanasia como si el protagonista de «La ida» de Silverberg se hubiera cansado de su vida después de apenas cuatro décadas.

La existencia de una empresa así, la conformidad de la clientela, es una de las situaciones cercanas a la ciencia ficción presentes en Factbook. Equivalente al triunfo en unas elecciones generales, sin espacio para gobernar, de un partido surgido del 15M. No obstante el peso de estos elementos es mínimo, un McGuffin venial ideado para dar pie al inmisericorde repaso de la España de esta década, sin voluntad especuladora ni siquiera de los próximos 5 minutos. Como se observa en los fragmentos dedicados en Gustavo, son su adolescencia, sus estudios universitarios, la relación con su familia, su tiempo de diletante mantenido en la capital, el quid de un retrato dominado por un estado de ánimo entre el cinismo, el hedonismo y el narcisismo de quien medra y sale adelante sin preocuparse por lo que queda atrás.

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