Recapitulemos todos los temas de ciencia ficción que aparecen en esta novela, que transcurre íntegramente en una cabaña y sus alrededores en un área despoblada de Wisconsin.
- Sociedades galácticas
- Temor al apocalipsis nuclear
- Realidad virtual
- Relación con extraterrestres
- Inmortalidad
- Ecología
- Temor a la ciencia
- Superpoderes
- Cliodinámica
- Teletransportación
- Vida después de la muerte
- Romance con IA
- Encaje de la humanidad en el universo
Es magia, realmente. El tipo de magia que hacía antes la cf, y en sólo 206 páginas.
Cuando leí esta novela en mi adolescencia me gustó, pero no la coloqué en ese podio en el que para mí se fueron incorporando Las estrellas mi destino, Pórtico, Dune, Fundación, Tiempo desarticulado, Todos sobre Zanzíbar… Recuerdo que la colección Orbis de clásicos de la ciencia ficción la publicó como cuarto volumen; yo ya la había leído en Martínez Roca. Pensé que sin duda merecía estar entre las buenas, pero… ¿Después de El fin de la eternidad, 2001 y Tropas del espacio (que ya no me gustó entonces, pero la fama la tenía)? ¿Inmediatamente antes que Mundo anillo, El sol desnudo o Fahrenheit 451? Me pareció un reconocimiento desmedido.
No la había vuelto a releer hasta ahora y, como resulta obvio, me envaino mi opinión de hace 35 años sin pudor. Pero mucho, a fondo. Novelón, obra sensible, medida, exquisita, imaginativa, mutifacética, entrañable. Podría seguir, tengo mucho adjetivo acumulado y varios diccionarios de sinónimos por si quisiera continuar, pero creo que ya se capta mi idea.



Corrían los locos años ochenta y en la gran casa común de la ciencia ficción norteamericana las aguas bajaban revueltas entre las nuevas generaciones. Los bárbaros del cyberpunk habían irrumpido en el género con sus bromas de empollones, sus círculos de amigotes y unas ganas irreprimibles de meterse con todo el mundo, cayendo en gracia a crítica y público y conquistando hasta el último rincón del género. ¿Todo? ¡No! Una aldea de irreductibles humanistas resistían ahora y siempre al invasor; Kim Stanley Robinson, John Kessel, Orson Scott Card o Connie Willis, una caterva de escritores surgidos a principios de los ochenta que se negaban a darle un acabado de cuero negro y cromo brillante a sus futuros en los que, desde una óptica socialdemócrata o mormona, ofrecían una alternativa al callejón sin salida que encarnaba el nihilismo cyberpunk y sus Grandes Verdades Muy Jodidas Sobre Este Puto Mundo De Mierda. Esta alternativa humanista, heredera de Simak o Bradbury, recuperaría la esperanza en el futuro cimentada en las virtudes intrínsecas del espíritu humano, sus cuitas y sus cosas. Un pre-hopepunk, si gustan de tirarse el pisto en plan “bueh, esto ya lo descubrí yo en el 86”. Y es que está visto que los ochenta no se han ido ni se irán nunca.
Nueve años antes de la publicación original de Sirio llegaba a las librerías inglesas 
