Good News, Everyone! (Sobre Futurama)

Futurama

Supongo que lo mejor es ir al grano, y decir que Futurama es una serie sobre la soledad. Cargada de personajes, de explosivas aventuras puntuales, de largas sub-tramas de evolución paulatina que recorren grupos de episodios y hasta temporadas enteras, de personajes terciarios que aparecen, desaparecen, y vuelven a aparecer para saludar un día por sorpresa, en Futurama hay, también, escenarios y planetas recurrentes, enteras secuencias extemporáneas e historias paralelas que se entrecruzan, para matizarla, con la trama principal. Es una serie expansiva, de largo alcance, con sus desarrollos y sorpresas, pero todo, en Futurama, está teñido de la triste constatación de lo solos que estamos, de que nos vincula, paradójicamente, la soledad en un mundo acelerado.

Añadido a la abrumadora soledad de los personajes está el otro tema capital de la serie: la definitiva destrucción de la familia. A diferencia de Los Simpson, Padre de Familia o Padre made in USA, donde la historia gira siempre en torno a la casa y la familia, en Futurama los personajes se reúnen siempre en el lugar de trabajo, que es lo que les une y da razón de ser (con lo que se adjudica sólo al trabajo el factor que fomenta la socialización), y la familia, en cambio –simplemente– no existe. Hay, en la narrativa norteamericana, un reducto de autores que se ha dedicado con encono a la destrucción de la familia, y es ahí donde pertenece Futurama. El núcleo familiar, tan evidente en las otras series, ha desaparecido en favor de la soledad extrema: el mundo de Fry es mil años más antiguo que el que le rodea (aunque ello no le afecte demasiado); Leela es la única superviviente de una raza alienígena que desconocemos (para luego descubrir otras cosas que no desvelo); Bender es un robot incapaz de relacionarse con otros robots, que depende de sus amigos humanos para escapar de sus tendencias suicidas; el profesor Farnsworth[1] vive solo, con su amargura y sus rencores, y sólo tiene su empresa de mensajería, la Planet Express, de la que pocas satisfacciones humanas obtiene; el Dr. John Zoidberg es el único de su especie en la Tierra, y así se lo hacen sentir el resto de sus compañeros; la joven Amy Wong, natural de Marte, está perdida y acomplejada y aislada de sus privilegios; y Hermes es el único personaje donde vemos los restos de lo que podríamos llamar ‘familia’: un hijo repelente y una mujer que a la mínima que puede se va con el secundario Barbados Slim.

Todos están solos, y, lo que es peor, se sienten solos, incomprendidos. La sensación de pertenencia, de sentirse parte de una familia, la encuentran únicamente, y de manera precaria y superficial, en el trabajo. En ese sentido, el trabajo ha invadido el espacio íntimo de las personas, ha engullido y excretado lo que antes era espacio para la vida privada. En Futurama la compañía y la calidez del semejante son algo lejano e inaccesible.

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Pinceladas (IV): Imágenes y poesía en la obra de Cordwainer Smith, Octavia Butler, Zenna Henderson y Philip K. Dick

La dama muerta de Clown TownSólo son pinceladas. Ideas e imágenes que parpadean un momento, momentáneos deslices de patinador sobre el hielo. Sus autores no se explayan, no tiran de ningún hilo: siembran sus ideas, sus imágenes que son ideas, y se van. Y si, como decía el poeta William Carlos Williams, “no hay ideas sino en las cosas”, y cualquier cosa, para ser representada, necesita de una imagen, entonces podemos adaptar sus palabras y decir que, a veces, la ciencia ficción es poesía.

En La dama muerta de Clown Town, de Cordwainer Smith, leemos: “Soy una máquina, pero fui una persona, hace mucho, mucho tiempo”. El caso es este: el alarmante talento de una mujer visionaria, migrado a los programas y circuitos de una máquina para conservarlo eternamente, para que siga orientando a las generaciones del futuro. Toda la personalidad de esa mujer preservada en una mente robótica. Ese es el caso.

Idea fascinadora, nos sume en una atmósfera de hermética, impermeable soledad. Nos hace pensar en el tedio de la inmortalidad. En la nostalgia de un tiempo sin duda mejor (por más cálido y, literalmente, humano). En la claustrofobia de estar vivo, plenamente consciente, en un espacio limitado y limitador (como quien se consume en un trabajo ingrato), sin poder disfrutar de nada. Nos hace pensar en lo odioso que es el talento (si te esclaviza, o si te esclavizan por él). Y hace verdaderas las palabras de Rimbaud: “La verdadera vida está ausente”. Esta máquina que es una mujer que es una máquina, es una pieza más del engranaje que, totalitario, domina el mundo de Cordwainer Smith. Exactamente no sabemos qué es ella. Porque si bien no es una máquina propiamente dicha, puesto que tiene recuerdos de su pasado humano, tampoco es un humano propiamente dicho, puesto que por sus venas (que ahora son cables) no hay sangre sino flujo de información. La Instrumentalidad –ese engranaje cordwaineriano– legó una difícil paradoja. Sería mejor hacer un quiebro y decir que, ni máquina ni mujer: estamos ante un triste oráculo que quiere morir. (Suena cursi pero es cierto).

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Visiones de James Tiptree, Jr.

Alice SheldonDespués de practicarle la eutanasia a su marido, Alice B. Sheldon, que logró esconderse bajo el pseudónimo literario de James Tiptree, Jr. durante veinte años, se cubrió la cabeza con una toalla y se pegó un tiro. De pequeña vivió en África y en la India; durante la Segunda Guerra Mundial salió de su casa un día y se alistó en el ejército; ocultó su homosexualidad y canalizó su tenebrosa depresión crónica a través de su obra; e hizo y deshizo en sus personajes lo que no pudo hacer y deshacer consigo misma. Todo en ella es fascinación, pero sería un error creer que todo en ella es fascinación por los hechos trágicos de su vida, que con tanto cuidado, por otra parte, biografió Julie Phillips en Alice B. Sheldon (James Tiptree, Jr. The Double Life of Alice B. Sheldon); así que si digo, por tercera vez, que todo en ella es fascinación, es porque en sus cuentos vemos –aumentada– toda la extrañeza del mundo, y todo el caos de la mente humana –la suya– convertido en espectáculo visual por una imaginación capaz de metabolizar sus propios dolores hasta convertirlos en imágenes mesmerizantes, de tan cienciaficcionescas.

Los temas que permean su obra son la sexualidad, la violencia, la soledad, el sufrimiento como elemento constitutivo diferencial del ser humano, la conflictiva relación con el otro, la desesperanza y, aunque en menor medida, la esperanza y el amor. El feminismo de “Las mujeres que los hombres no ven” o “Houston, Houston, ¿me recibes?”, es un discurso que, cuando escribía protegida por su pseudónimo, sorprendía gratamente a escritoras como Joanna Russ o Ursula K. Le Guin. Por otra parte, la otredad, como he dicho, es en Tiptree una presencia conflictiva, sí, pero no porque sea vista como una amenaza sino por el miedo a no ser aceptada por ella: después de tanto rechazo, los personajes de Tiptree lo que necesitan es ser aceptados sin condiciones. A veces, la más cercana otredad es la que te censura; el consecuente descubrimiento es que solo hay paz y amor en la lejana, pero más acogedora, otredad de las especies no humanas del firmamento. No es raro pues que su habilidad para meterse en mentes alienígenas, y describirnos desde su óptica, haya sido tan elogiada (como en esa maravilla de impacto y decepción que es el cuento “We Who Stole the Dream”, de Out of the Everywhere, & Other Extraordinary Visions).

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Razonables pasadizos

Forever War

A los parecidos razonables que a veces identificamos entre obras, Vicente Luis Mora los llamó, hace tiempo, pasadizos. Los hay entre Menos que cero, Contacto e Historias del Kronen. Estas novelas de Bret Easton Ellis, Dennis Cooper y José Ángel Mañas, respectivamente, tienen un aire parecido, como de lejano parentesco. Se escribieron con pocos años de diferencia y no creo, o nada nos puede hacer pensar, que los autores hablaran entre sí ni se conocieran. La explicación hay que buscarla en otra parte.

Una época, con todas sus manifestaciones sociales, temáticas, políticas, estéticas y ambientales, incide, o puede incidir, de maneras distintas en distintas personalidades. Pero, de la misma manera, puede también estimular o avivar los talentos de personalidades parecidas, de sensibilidades afines, e incidir en ellos de manera similar, y el resultado pueden ser textos que comparten algunos de sus rasgos constitutivos esenciales, como el enfoque de determinado tema, el tema en sí, los escenarios, el argumento o el punto de vista, y nada de esto, cuando ocurre, tiene por qué ser sospechoso ni desvirtuador.

En la ciencia ficción hay un caso paradigmático de estos parecidos inquietantes, de estos sorprendentes pero comprensibles pasadizos literarios. Me refiero a ese binomio formado por La guerra interminable, de Joe Haldeman, y El juego de Ender, de Orson Scott Card (a mi juicio bastante inferior en sus méritos que la novela de Haldeman). Estas novelas son hijas de la herida emocional, psíquica, social y (también) literaria que dejó en Estados Unidos la guerra de Vietnam (en la que Haldeman, por cierto, luchó en su juventud). Hay parecidos en sus novelas que se deben a su tiempo, al crisol político-social que les dio vida. Guerras, enemigos mayormente desconocidos, ignorancia de los motivos políticos que orquestan la guerra, etc. Los autores metabolizan un mismo momento histórico, desde perspectivas cercanas.

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La clave de una estructura

Refugio El Gobalar

Hay vacíos elocuentes en estas historias. En los cuentos “El hombre que volvió”, de James Tiptree, Jr.; en “Savior”, de Nancy Kress; y en la novela Apocalipsis suave, de Will McIntosh. En estos textos presenciamos esa locuacidad de la elipsis. Pero también la paciente minuciosidad de los autores, su contención narrativa.

Los tres jalonan su narración con grandes espacios en blanco, con inmensos y sugestivos intervalos elípticos que el lector rellena en su imaginación. Cada hueco es un salto al futuro. Esta estructura narrativa le permite al autor acelerar el ritmo y decidir qué es lo relevante, para nosotros, en el transcurso de la historia. Pero también tiene que saber medir el peso de lo que narra para que todo quede compacto y tenga sentido, para que el relato, con sus huecos, se sostenga –equilibrado– con la colaboración activa del lector. El sentido de la maravilla varía así con cada uno de nosotros.

Especialmente útil es este tipo de estructura intermitente para las historias postapocalípticas. Como lo postapocalíptico es algo que se arrastra en el tiempo, esta estructura multiplica el impacto del derrumbe, va pautando el creciente declive de la civilización. La gracia de estas historias es ver cómo evoluciona todo. Si, por ejemplo, la película Un lugar tranquilo, de John Krasinski, hubiera seguido por esas vías en lugar de estancarse en una casa –literalmente– más sentido de la maravilla, más aventura y supervivencia hubiéramos visto. Más futuro destrozado. Esos vacíos agigantan lo (poco) que vemos.

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Contar es escuchar, de Ursula K. Le Guin

Contar es escucharEs curioso cómo, a pesar de su éxito y atreverse a publicar libros sobre Tolkien y ESDLA o la Guía del usuario para el nuevo milenio, de J. G. Ballard, Minotauro jamás editara ninguna de las colecciones de ensayos de Ursula K. Le Guin. Ni siquiera la que mejor maridaba con las obras que acumulaban reimpresiones y reediciones en su catálogo: The Language of the Night. Ha tenido que ser un sello alejado de la fantasía y la ciencia ficción, Círculo de tiza, quien se fijara en uno de estos títulos para publicarlo en castellano en una cuidada edición. En las características físicas del volumen y en la propia traducción, donde Martín Schifino mima cada aspecto de su labor, incluyendo las citas de múltiples fragmentos de otras obras, acudiendo a las ediciones más accesibles en castellano.

Contar es escuchar es la traducción de The Wave In The Mind, un conjunto de ensayos escritos entre 1988 y 2003. Individualmente aparecieron en todo tipo de publicaciones, fueron leídos en diferentes talleres o conferencias, y se corrigieron con vistas a su publicación en 2004. Divididos en cuatro apartados («Cuestiones personales», «Lecturas», «Discusiones y opiniones» y «Sobre la escritura»), su variedad se hace notoria en los dos primeros. Hasta el punto que, en la heterogeneidad de estas primeras páginas, los lectores menos interesados en su figura corren el peligro de distanciarse del contenido.

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Clásico o polvoriento

¡Están vivos!

El acercamiento a la ciencia ficción de muchos medios generalistas con frecuencia se me antoja mohoso. Sirva de ejemplo la recomendación de títulos básicos de Kiko Llaneras en Jot Down apostando por una lista embadurnada en naftalina, sin resquicio a la más mínima sorpresa; no sólo entendida desde la actualidad sino desde una aproximación diferente a lo esperado/lo-que-debe-ser-porque-siempre-ha-sido-así. Esta atención al canon con la C de clásico y caballero mientras se olvidan las últimas tres décadas en las cuales la ciencia ficción se ha convertido en moneda común en las ficciones de cualquier tipo, contrasta con otros hechos difícilmente cuestionables.

Al poco de conocerse la muerte de Brian Aldiss me dio por comprobar en la tienda Cyberdark.net cuántas de sus obras continuaban en catálogo. El resultado no por esperado fue menos desolador: apenas aparecían Un mundo devastado y Enemigos del sistema, no precisamente entre lo más memorable de su bibliografía. Esta carestía se ha convertido en norma en un mercado donde, salvo excepciones muy contadas, los «clásicos» en reimpresión se reducen a unas decenas de títulos. Los nombres fuera de circulación son tan abracadabrantes como que algunos de los logros más destacables de la ciencia ficción de todos los tiempos, desde El libro del sol nuevo, de Gene Wolfe, a la obra de Octavia Butler, pasando por los relatos de Cordwainer Smith, James Tiptree, Jr. o Robert A. Heinlein, no sólo no están disponibles. Sin peli, serie de televisión o presidente de EE.UU. que les haga un blurb, ni se les espera. Queda el consuelo de las bibliotecas con fondo, la segunda mano, la lengua de Ursula K. Le Guin o medios alegales. Aunque en las librerías uno espera algo más que novedades.

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Strangers, de Gardner Dozois

StrangersNo sólo esté descatalogada en inglés en su versión impresa (existe una edición digital disponible en Amazon); Strangers, obra de Gardner Dozois de 1978, sigue inédita en castellano. Pensar en Gardner Dozois es pensar en uno de los mejores editores y difusores de ciencia ficción de todos los tiempos. Pensar en él un poco más es caer en la cuenta de que no sólo ha antologado cuentos de ciencia ficción: también los ha escrito. También ha escrito ensayos y, como es el caso del libro que menciono, novelas. Su trabajo como editor y la modestia que desprende en las entrevistas puede ser una de las razones por las que no tengamos más libros de Dozois en nuestras estanterías. Dijo en una entrevista que en sus primeras lecturas infantiles buscaba “la visión de una vida que no era la mía”, y, cuando se dio cuenta de ello, empezó a leer ciencia ficción. Tal como lo dice, parece que su amor por el género sea un poco como el que pueda sentir un enfermo por la cura.

En Strangers hay una historia de amor en la que vemos, entre otras cosas, cómo los prejuicios, los sobreentendidos y demás derivados etéreos del lenguaje pueden acabar con una relación, o con el amor mismo. El de la novela es un amor entre dos seres que son alienígenas, el uno para el otro. A Dozois, en este sentido, se le nota la tremenda admiración (comprensible, por otra parte), que sentía por James Tiptree, Jr. La influencia de Tiptree a la hora de crear mundos alienígenas a todo color, en los detalles con que reviste su cosmovisión, o, sobre todo, en el tratamiento del amor interracial, es muy clara en esta novela. Como Tiptree, Dozois revela una mirada no sólo tolerante y de admiración por ese otro que es el alienígena, sino de abierta lascivia. Porque aquí también vemos cómo surge una sexualidad heterodoxa, derivada de un amor nuevo (consecuente con ese amor nuevo). Es un sexo que, aun siendo explícito, no pierde la ternura, y en ese sentido está más cerca de un John Varley que de un Philip José Farmer. El protagonista humano prefiere a su amante alienígena por encima de la humana. De todos modos, estoy diciendo algo mal: aquí el alienígena es el humano. Es la humanidad la que llega de visita a un planeta extraño, congelado, y no al revés.

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Verbum, selección de Susana Arroyo y Silvia Schettin

VerbumEn 2016 se publicaron tres antologías cuya lectura se me ha demorado un tanto: la selección de Concepción Perea para Fábulas de Albión, Cuentos desde el otro lado; el volumen recopilatorio anual de Cuentos para Algernon; y este Verbum, la primera colección de relatos escritos en castellano de Fata Libelli. Un selección heterogénea y con criterio donde destaca una labor de edición que para los más talluditos recuerda las tres últimas épocas de Artifex. Aquellas fantásticas selecciones de Julián Díez y Luis G. Prado (y Juanma Santiago en su última etapa).

Como todos los libros de la casa, sus primeras páginas recogen una introducción que sintetiza la propuesta de Susana Arroyo y Silvia Schettin. Aluden a cómo la globalización ha afectado a la literatura de fantasía, ciencia ficción y terror; el auge de una literatura transnacional con un bloque anglosajón cada vez más multipolar a medida que más autores provenientes de diferentes entornos culturales se incorporan a él. Desde esta visión, cuando llega el momento de establecer si tiene sentido hablar de una literatura fantástica típicamente hispana o si ésta ya no se puede entender sin la influencia foránea, llegan a la conclusión de que ambas coexisten sin tiranteces. Verbum puede tomarse como su defensa de este alegato.

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