Tras el 11S

La crítica

Tras el 11S, alguien entrevistó a Umberto Eco y le preguntó qué opinaba sobre las causas y las consecuencias del atentado.

Eco respondió:

Imagino que me pregunta eso porque me considera un pensador, ¿no? Pues déjeme que lo piense.

Es una de las formas más exactas y sencillas con que he visto describir el trabajo intelectual: pensar mucho, durante mucho tiempo, aplicando sistemas de análisis.

Muchos críticos de cine o literatura o teatro o cómic ―de hecho, la mayoría― escriben sus juicios al poco tiempo de acabar la obra. No profundizan realmente en los textos, sino en sus impresiones inmediatas sobre los textos. Son dos tipos de acercamientos muy, muy diferentes a la realidad.

Hay críticos brillantes y experimentados que salvan bastante bien los muebles, pero ninguno de ellos negará que ni una sola de sus críticas escritas de ese modo está a la altura de un análisis cuidadoso de la obra. En los análisis cuidadosos, que requieren varias recepciones y examen riguroso de los diferentes elementos estéticos (personajes, estructura, imaginarios espaciales, temporales, voces narradoras, estilos, tradiciones, idiologemas…), la impresión cambia a menudo y, si no llega a cambiar totalmente, sí cambian numerosos elementos, salen a flote detalles no considerados, implicaciones inesperadas… Todo crítico sabe esto. Incluso cualquier estudiante de Filología debería saber esto.

¿Por qué entonces no solo los profesionales, sino casi todo el mundo, se muestra tajante y postulador e inflexible cuando emite un juicio sobre una obra que ha visto solo una vez?

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Corvus, de Paul Kearney

Paul KearneyHace siete años conté aquí mi experiencia con Los diez mil, la reelaboración de La anábasis durante la cual Paul Kearney me regaló con una de las batallas mejor contadas de mi vida lectora: una recreación de la batalla de Cunaxa donde los mercenarios grieg… digo macht salieron victoriosos después de una traición que los había abocado a una derrota casi segura. A la estrategia y la táctica de la guerra de falanges, Kearney le aportó una capa de verosimilitud sumergiendo al lector en la primera línea de escudos para bordar un tour de force que despliega un enfrentamiento entre ejércitos de la Edad Antigua en todo su sangriento y abominable esplendor. Ante este despliegue, sentía una cierta curiosidad sobre qué podría hacer Kearney para atraer de nuevo al lector en los dos siguientes libros de Los Macht, sin repetirse o caer en variaciones triviales, por otro lado inevitables. Aunque en el último tercio de Los diez mil ya se vio que la guerra convencional podía subvertirse por el escenario entre la fantasía y la cf de aventuras, no parecía que fuera a ser el camino elegido. Y claramente en Corvus, Kearney vuelve a mostrar sus buenas dotes en el relato de enfrentamientos entre ejércitos. Esta vez con un sitio.

Para llegar a él, hay que plantear el tablero de jue… la trama. La historia arranca dos décadas después de la anterior con el héroe a su pesar, Rictus, aupado a la categoría de leyenda viva al mando de sus mercenarios Cabezas de perro. Regresa a su hogar junto a su segundo tras una campaña que se ha alargado más de un año y allí deshiela la relación con su mujer y sus dos hijas mientras se prepara para el invierno. Estos planes se frustran tras la visita de Corvus, un joven tirano dispuesto a hacerse con las ciudades libres de los Macht y unirlas bajo su reinado. Su ofrecimiento es de la misma categoría del que ofrece a cada polis: servidumbre o muerte. Ante este dilema, Rictus alberga pocas dudas sobre su respuesta.

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Las bestias olvidadas de Eld, de Patricia McKillip

Las bestias olvidadas EldLos Hugo y los Nebula suponen un buen cartel de cara a la traducción de una novela. Los premios Mundial de Fantasía y, sobre todo, el de Terror son harina de otro costal. Sirva de ejemplo lo ocurrido con Las bestias olvidadas de Eld. Ganadora del primer Premio Mundial de Fantasía allá por 1975, su publicación fue desestimada en varios de los booms editoriales que nos han traído obras menos contrastadas. De hecho, quedó relegada por detrás de otra obra de su autora sin duda más arriesgada: la trilogía del Juego de enigmas. Ha tenido que llegar Duermevela, una nueva editorial ajena a la fórmula de publicar exclusivamente novedades, para rescatarla del olvido y poder apreciar esta fantasía juvenil escrita desde una sensibilidad alejada de las coordenadas de más éxito en la actualidad.

El primer capítulo de Las bestias olvidadas de Eld es toda una declaración de intenciones. Patricia McKillip enumera una serie de personajes y situaciones con la única finalidad de establecer la estirpe familiar de la protagonista, Sybel, la hechicera que habita la montaña de Eld. En ningún momento muestra la más mínima piedad por un lector probablemente abrumado ante la sucesión de nombres que, en su mayor parte, jamás volverán a aparecer en el libro. Este torrente afortunadamente se atempera una vez se ha establecido el tono: McKillip da forma a un cuento de hadas clásico dentro de una estructura novelesca. Para ello recurre no sólo a esta sobreabundancia de apelativos sino. también. a los animales parlantes de gran poder y profunda sabiduría, a enfrentamientos entre familias sin posibilidad de acuerdo, brujas aisladas que cultivan una imagen distante, séptimos hijos de séptimos hijos… Todos estos estereotipos son el lugar donde impulsarse para lanzar la historia y comenzar una pequeña revolución. No de una manera radical pero sí, al menos, con la contundencia suficiente como para mantener la atención del lector más bregado.

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Prospectiva, de Julián Díez

ProspectivaEn la introducción a Prospectiva, Luis G. Prado recuerda las virtudes que han convertido a Julián Díez en figura clave de la ciencia ficción española. Lo define como una de las fuerzas vivas del fandom y un promotor descomunal para, a continuación, enumerar algunas de sus aportaciones al panorama aficionado y editorial. Esta colección de ensayos y artículos glosa las que se refieren a su papel como escritor de no-ficción a través de una serie de textos que resumen su rol como impulsor y modelador de la divulgación y del análisis de la ciencia ficción en España. La propuesta parte con un handicap: por diversos motivos, la mayoría de sus mejores trabajos no están presentes en el libro. Muchos todavía están disponibles en otras ediciones (sus estudios para las ediciones de Cátedra), son demasiado extensos para un libro de este tipo (su monografía sobre la ciencia ficción española del año 2002 en su antología para Minotauro), se pueden encontrar fácilmente en internet o pertenecen a un género, la entrevista, que nunca se tiene en cuenta (y al cual Julián Díez ha hecho grandes aportaciones). La selección se sobrepone a estas limitaciones; Prospectiva es un compendio sólido de una labor de tres décadas en primera línea de la ciencia ficción en España.

El primer bloque, “Ensayos teóricos”, se centra en sus esfuerzos por caracterizar la ciencia ficción de su tiempo. Su preocupación por su faceta política queda expuesta en “La irresponsabilidad ética de la ciencia ficción”, una embestida contra la pérdida de compromiso ético y político de la ciencia ficción norteamericana contemporánea (década de los 90, caracterizada a través del ciclo de Vorkosigan de Lois McMaster Bujold o la obra de Orson Scott Card). Presentar este texto como el primero permite caracterizar también la escritura de Julián Díez. Frente a la redacción exhaustiva, el tono docto, el acabado de investigador universitario predominante en el ensayo actual, asienta la alternativa de la redacción periodística, sin rodeos e incisiva al plantear sus ideas. Con filo, argumentos, capacidad de síntesis, propuestas, frescura y algo de mala leche.

Además de una propuesta de definición del género, el bloque se cierra con dos de los textos más revolucionarios escritos en nuestra lengua: “Propuesta para una nueva caracterización de la ciencia ficción” y “Secesión”. Ambos recogen las cuestiones tratadas en “La irresponsabilidad ética de la ciencia ficción” y la enriquecen con el debate sobre lo apropiado o no de ciencia ficción para clasificar todo lo que los aficionados a la ciencia ficción entienden como ciencia ficción. Esta diatriba estuvo particularmente activa a mediados de la década de los dos miles y tiene que ver no sólo con el rechazo de muchos escritores y editoriales a utilizar el término para etiquetar sus libros, sino también al distanciamiento de los lectores de una serie de escritores y obras claves en su historia, particularmente los cultivadores de la new wave. Esto llevó a Julián Díez a proponer la alternativa de literatura fantástica prospectiva para narraciones de unas características determinadas.

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Afterland, de Lauren Beukes

AfterlandParece mentira que después de la atención concitada por Las luminosas durante los meses previos a su lanzamiento, y con la publicidad (relativa) lograda con la reciente adaptación por Apple TV, Afterland haya pasado tan desapercibida. Llegó a nuestras librerías a principios de 2021 de tapadillo sin apenas reseñas en medios especializados y su irrelevancia ha persistido; entre los aficionados a la ciencia ficción y, lo que es peor, entre ese público generalista al que, mirando el aspecto externo del libro, parecía estar destinado. Aunque siento afinidad por Beukes, encuentro una cierta alegría en esta invisibilidad: de sus tres novelas traducidas al español me parece, con diferencia, la más floja. Un peñazo a pesar de hacer uso de toda una serie de recursos que se dan por sentado como escape infalible del territorio modorra.

En Afterland Beukes regresa al thriller, aunque esta vez abandona la franja criminal “hay un psicokiller suelto” que tan buenos réditos le diera en Las luminosasMonstruos rotos. La intriga criminal y los toques de novela negra son aquí reemplazados por una historia de carretera: gran parte de la novela relata la huida de una mujer, Cole, y su hijo, Miles, por medio EE.UU. para regresar hasta Sudáfrica, y la caza por parte de su hermana, Billie, rezagada tras una desavenencia que casi termina con su muerte. Detrás de esta persecución no solo hay un deseo de venganza; Billie ha llegado a un acuerdo para vender a Miles. En un mundo en el cual una pandemia ha llevado al 99% de la población masculina al cementerio, ser varón te convierte en un bien muy escaso que interesa atesorar.

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Fracasando por placer (XXXIX). Universo 3, ed. Terry Carr. Andrómeda, 1978

Universe 3

Ya he mencionado alguna vez por aquí el curioso fenómeno por el que, a partir de la segunda mitad de los años sesenta, el eje creativo de la ciencia ficción se trasladó de las revistas a las antologías anuales. Por lo que he leído, la razón principal fue que el formato libro permitía pagos algo superiores, y además la influencia seminal de Visiones peligrosas (aunque las antologías Orbit de Damon Knight empezaron a publicarse un año antes) había dejado sellado que la cf más arriesgada encontraba mejor acomodo en esos tomos que en las publicaciones mensuales, algo menos comprometidas, procedentes en todos los casos de 1950 o antes. También la idea es que los contenidos, con periodicidad anual, fueran más selectos: como he dicho muchas veces, una revista de la época como Astounding publicaba más de cien relatos al año, y la verdad, buenos no podían ser todos. Ni una cuarta parte.

De las diferentes series de antologías, la que cosechó más premios y dejó más poso fue Universe, dirigida por Terry Carr desde 1971 hasta su muerte en 1987, y no voy a insistir (ya lo hice en una entrega anterior) en lo muy baranda del género que fue Carr en ese periodo. La razón de retomar mis chapas con otro contenido suyo es que he conseguido, por fin, aleluya, uno de mis griales bibliográficos, la versión argentina de la tercera entrega de esas antologías, que no había llegado a ver físicamente jamás. Sí, me la podría haber comprado en inglés en cualquier momento, pero ¿dónde quedaría entonces toda la gustera del hallazgo?

La editorial Andrómeda era una de esas firmas pequeñas que en los setenta-ochenta publicaron cf puntera y de manera bastante correcta en Buenos Aires, pero cuya distribución en España fue errática o simplemente casual. Entre el material que tradujo estuvieron las tres primeras entregas de Universo, de las cuales sólo las dos primeras se siguen encontrando hoy con relativa facilidad en el mercado de segunda mano. Cuando Jorge Sánchez, su responsable, pasó a dirigir Adiax en España, publicó la cuarta y quinta entrega. Pero la tercera, que justo parece que fue el último título de cf publicado por Andrómeda… Ay, en mis ya cerca de cuarenta años de cacerías, incluyendo unos cuantos en los que pasaba por la Cuesta de Moyano y por la librería Gigamesh más que de manera mensual, ni siquiera la había visto físicamente, y eso es algo que puedo decir de muy pocas publicaciones de cf que me interesen. Hasta hace muy poco, y naturalmente, emprender la lectura era un impulso inmediato.

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Crónicas marcianas, de Ray Bradbury (Ediciones Cátedra)

Crónicas marcianasCrónicas marcianas es uno de los libros clave de la literatura de ciencia ficción. En palabras de Santiago L. Moreno

Quien lee Crónicas marcianas por primera vez se encuentra con un libro cautivador, lírico, repleto de momentos mágicos y también terroríficos. En todos sus cuentos se encuentra un Marte imposible, que procede más de la fantasía que de la ciencia ficción, más de la imaginación que de la realidad. No hay hecho tecnológico, sólo paisajes geográficos y humanos, bellos y fantasmagóricos, y nostalgia por un futuro que se basa en un pasado que ni siquiera existió. La lectura de Crónicas marcianas deja, por encima de todo, un retablo de seductoras imágenes. Las ciudades marcianas abandonadas, los veleros que navegan desiertos, los ecos nocturnos del pasado, los canales vacíos y una fuerte melancolía, el lado romántico de una norteamérica soñada. Paralelamente a su poder de fascinación, Crónicas marcianas representa un canto al pasado y a una ciencia ficción distinta, una visión del género disidente, a años luz de las frías ecuaciones, dada de lado durante lustros por el canon del discurso racionalista.

Aparte de todas estas cualidades, su composición captura un momento, la ciencia ficción de los años 40 tal y como derivaba del pulp, y ejerce de declaración de principios de un escritor que llevaba una década batallando por dar a conocer sus relatos.

La dimensión alcanzada por Bradbury a raíz de Crónicas marcianas resonó con tanta fuerza que en 1955 Francisco Porrúa compró los derechos de este y otros de sus libros (El hombre ilustrado primero, más tarde Fahrenheit 451, El vino del estío Las doradas manzanas del sol) para publicar su obra en castellano. El mismo Porrúa se encargaría de traducirlos con el seudónimo de Francisco Abelenda, en una labor esencial para entender la edición de fantasía y ciencia ficción en nuestra lengua. Fueron gran parte de los primeros cimientos de Minotauro, una sello que durante décadas marcó los estándares más elevados en la ciencia ficción en nuestra lengua.

De un tiempo a esta parte, cuando se hablaba de diversos aniversarios alrededor de Bradbury o al recordar su figura tras su muerte, unos pocos reclamamos una nueva traducción. Habían pasado suficientes generaciones como para pensar en una reinterpretación de su obra desde unos estándares actuales. Al final no ha sido Minotauro quien ha abordado esta tarea sino Cátedra y Letras populares. Esta decisión fue muy bien recibida cuando se anunció, no sólo por esto o el habitual estudio crítico. Después de unos años en los que Letras populares se había acomodado a traer, sobre todo, libros con derechos de edición baratos, cuando no gratuitos, sus responsables apostaban por un clásico que continúa teniendo ventas considerables. Una promesa ilusionante por lo que supone si consigue calar, especialmente en diversos grados relacionados con la Literatura. Es inevitable fantasear con qué otros títulos pueden verse en la colección con una nueva traducción y un estudio exhaustivo sobre el contenido. Sobre todo si se enmienda el gran handicap de, esta, su primera edición de Crónicas marcianas.

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El lunes empieza el sábado, Arkadi y Borís Strugatski

El lunes empieza el sábadoEscasos autores no anglosajones han sido capaces de mantener un cierto interés para las editoriales contemporáneas más allá de Stanislaw Lem. Apenas Karel Čapek y los hermanos Strugatski, estos últimos, sobre todo, por su vínculo con el culto a Stalker, pero también por el arraigo en el canon de una novela repleta de lecturas como Qué difícil es ser dios, dos veces adaptada al cine. El resto de títulos traducidos no han corrido la misma suerte. Sus cualidades no son tan atractivas y, además, su acercamiento a la ciencia ficción se realiza desde ámbitos más extraños para el público occidental, muy afín a historias distópicas, postapocalípticas, de novums en la línea iniciada por Mary Shelley, Julio Verne y H. G. Wells. La sátira de Jonathan Swift cuenta cada vez con menos adeptos y, en general, es peor aceptada más allá de un par de nombres que han conseguido ganarse el corazón del público. El lunes empieza el sábado se abre camino en esta veta, el primer handicap para el lector contemporáneo.

El segundo es su composición: un fix-up de tres relatos que parece un punto de partida para una serie más larga, sin progresión argumental. Su base nace de la experiencia de Borís como informático en un observatorio astronómico. De ahí proviene el Nuevo Instituto Científico de Adivinación y Sortilegios (NICASO), una organización que investiga todo tipo de conocimientos y tecnologías para mejorar cuestiones mundanas (la traducción, la supervisión de funciones, los transportes), grandes aspiraciones (la felicidad) o logros ajenos a nuestra experiencia (viajes en el tiempo, desplazamiento a mundos ficcionales). Esta institución imposible se presenta en la primera historia, “Revuelo entorno al sofá”, mediante un narrador ajeno a ella: un informático llega hasta el pueblo de Solovets tras recoger a dos autoestopistas. Allí pasa la noche y observa todo tipo de situaciones extrañas capitaneadas por una moneda de 5 kopecs que regresa a su bolsillo después de gastarla y un sofá que desaparece. Dos misterios cuya resolución introduce las características del NICASO y del tipo de historia especulativa que abordan los Strugatski en El lunes empieza el sábado.

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Un apunte sobre Meridiano de sangre y la expansión hacia el oeste

Meridiano de sangre

Tuvieron que avanzar hacia el oeste. Así lo pareciera. Que fuera por fatalidad. El ir con mercenarios, ex soldados o fanáticos en cruentas batidas para ensanchar el territorio, para extender las fronteras y por tanto la dominación, pareciera cosa del destino. Pero ¿cómo se hizo? ¿Por qué esa expansión? ¿Qué argumentario se usó para justificar la aniquilación de los pueblos autóctonos y la posterior anexión de sus tierras?

Quizá tengamos una idea y una imagen juntando libros de dos autores a primera vista tan inconexos como Cormac McCarthy y Noam Chomsky.

Meridiano de sangre –estremecedora novela de los años ochenta tan bien pensada, tan bien escrita, tan atmosférica y tan gráfica a la vez, con personajes tan sobrecogedores que su presencia, apuntada a veces sólo con un par de palabras, modifica tu ánimo hasta pasado el tiempo de la lectura– explota en tus manos exacerbando todo lo que cabe en el largo espectro de la imaginación. Y es tan fascinante en su imaginario y tan intimidante en sus implicaciones y responsabilidades históricas que otorgarle el membrete de obra maestra parece casi un desdoro. Y si ahí tenemos, sobre todo, el imaginario de esa expansión hacia el oeste, en Estados fallidos. El abuso de poder y el ataque a la democracia, de Noam Chomsky, tenemos, entre otras cosas, la explicación de las motivaciones que llevaron a los blancos a expandir su voluntad anexionista y genocida, la demostración de que siempre se ha dado igual, y así, quizá, sumando lecturas, seguramente podamos encontrar también el común origen del que venimos todos.

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Soy lo que me persigue. El terror como ficción del trauma, de Ismael Martínez Biurrun y Carlos Pitillas Salva

Soy lo que me persigueLa mayoría de los libros que analizan un género suelen afrontarlo desde una perspectiva bien personal, bien académica, ajustándose sobre todo a cualidades narrativas, ideológicas, estructurales. En Soy lo que me persigue, Ismael Martínez Biurrun y Carlos Pitillas Salva no descartan esta base y, según avanzan las páginas, incrementan el acercamiento clásico al terror. Sin embargo, en su mayor parte se aproximan desde una herramienta utilizada en escasas ocasiones: la psicología. Algo insinuado con el subtítulo que acompaña al libro, El terror como ficción del trauma, pero que llega a tener una profundidad que cuesta anticipar. Esta propuesta rinde buenos frutos e ilumina nuevos recovecos de una poética bastante estudiada, sobre todo desde su reflejo de los acontecimientos históricos y sociales o su manera de despertar y alentar emociones de diversa índole.

En la primera parte del libro Martínez Biurrun y Pitillas Salva asientan las bases psicológicas del trauma. Lo inician con su equiparación con una fractura de Ronnie Janoff-Bulman, pasan por Freud, y llegan al meollo con el psicoanális de Lacan. Quizás la parte que más me ha costado aprehender por el uso de una nomenclatura (lo real, lo imaginario, lo simbólico) que tengo demasiado arraigada desde otros campos. Para proporcionar un asidero y una brújula al lector, cada concepto teórico se acompaña con su manifestación en el mundo de la ficción y cómo en el cine y la literatura han puesto de manifiesto cada una de estos aspectos. Así, por ejemplo, la mencionada ruptura les permite hablar del fenómeno de El doble o de las identidades diversas a través de películas como Enemy o La mitad oscura, o del cuestionamiento del yo como realidad sólida en La maldición de Hill House o La casa de hojas. Esa manera característica de dejar al espectador/lector inerme ante las atrocidades de las cuales puede ser capaz el ser humano, emergencias de un pasado olvidado y nunca dejado atrás, sucesos imposibles de conceptualizar… Todos los elementos habituales del terror desnudan sus significados y aportan claridad desde la psicología, siempre de la mano de los mejores ejemplos, en un equilibrio muy medido. Lo formal y sus representaciones se suceden con continuidad sin que ninguna de las dos partes monopolicen más de la cuenta un capítulo.

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