Poco a poco van cayendo los libros de La Magnífica editados en formato bolsillo. Con su calidad del papel, el tamaño de la fuente, las dimensiones de la caja de maquetación, los detalles gráficos, no solo se disfruta del texto. Exhiben un cuidado que dota al contenido de un valor extra por entre 12 y 15 euros. Una lástima que la complicada distribución y unas librerías centradas por supervivencia en los volúmenes que más margen dejan, tengan la iniciativa en la cuerda floja. Pero por historias como Forjador de universos se sale recompensado con una lectura de difícil publicación de otra manera; por su extensión entre la novela corta y la novela, pero también por su temática/enfoque.
Forjador de universos tiene mucho de novela juvenil en la acepción que había hace cerca de medio siglo, cuando Bruguera publicaba colecciones como Todolibro, orientando a un público joven obras escritas con un criterio más amplio. Por su carácter de presentación de algo accesible desde un enfoque que hace pensar en un lugar narrativo que, dependiendo de lo arraigado de ciertos bagajes, puede verse como ciencia ficción metafísica o fantasía. De hecho se articula alrededor de algo tan arraigado en los géneros proyectivos como esa estructura burocrática que gestiona el novum, a imagen y semejanza de la Eternidad de Asimov y el viaje en el tiempo, las invasiones dimensionales de la Lavandería de Stross, las secuelas de las peleas entre superhéroes de Control de Daños en Marvel o la gestión de lo sobrenatural del Bureau Federal de Control de los juegos de Remedy. Aquí la organización de marras se encarga de la fusión de dimensiones en el trámite de colisionar, un acontecimiento cuyas consecuencias cataclísmicas aplacan antes de que se produzcan.







