Huérfanos de la Tierra había dejado la historia de La arquitectura final en todo lo alto. En la contienda contra los Arquitectos se había descubierto que estos seres responsables de la destrucción de la Tierra y que han regresado para arrasar con prácticamente cualquier planeta, no solo son conscientes de cómo sus acciones terminan con la vida de miles de millones de seres inteligentes. Su cruzada contra las especies inteligentes de la galaxia obedece a la presión que reciben de alguien superior a ellos y los empuja hacia un progromo cuya conclusión presumiblemente solo llegará con el final de toda civilización inteligente. Apenas los planetas donde existen ruinas/artefactos de los Originarios parecen a salvo. La naturaleza de estas construcciones y por qué son capaces de mantener a raya a los Arquitectos; qué inteligencia está lanzando a estos contra las especies sintientes; la posible colaboración entre civilizaciones en esta lucha, son algunas de las cuestiones guía para esta segunda novela de la trilogía. Y, la verdad, no hay respuestas demasiado concluyentes, quedando la mayoría abiertas para Amos del nospacio, la última novela de La arquitectura final. Un modus operandi entendible aunque en ocasiones frustrante.
Adrian Tchaikovsky tiene buena cabeza para idear escenarios más grandes que la vida. Basta leer lo planteado en el párrafo anterior, alguna posible solución a esta batalla con ese enemigo intratable o zambullirse en Infierno de Criccieth, el escenario donde transcurre el clímax de La mirada del vacío; un tártaro en las proximidades de un horno de radiaciones donde florece un ecosistema adverso, parte fundamental de un apasionante desenlace. Tchaikovsky alardea una vez más de su condición de biólogo contador de historias.







