After Punk, de Alfredo Álamo

After PunkVerónica, Retrofuturo, Barriopunk… Una vez nos hemos alejado unas décadas, los años 70 y 80 se han convertido en terreno abonado para la fantasía oscura, el retrofuturismo, el terror, sin que la nostalgia sea (del todo) determinante. Las historias que allí se emplazan abundan, por no decir se solazan, en sus lugares y circunstancias más dolorosas: la violencia de la dictadura y el postfranquismo, la crisis económica, el consumo de drogas… No hay una idealización de ese tiempo en el cual la mayoría de sus autores crecieron al igual que, en general, sus lectores. Es una recuperación de un momento en el cual el fantástico en España apenas se hacía notar para alumbrarlo bajo otra luz, poner bajo su foco a unos protagonistas arrinconados; por la historia, por la ficción, tanto da.

Tal es el caso Miguel, Toni, Sento y Mara, los cuatro componentes de una banda de punk en el día de grabar su primera maqueta. La fortuna los sitúa en Chocolate, una de las discotecas más afamadas de las afueras de Valencia, donde sueñan tocar sus canciones. Su anhelo se templa con la llegada de una serie de seres sobrenaturales de otro tiempo. Un pandemonio en el que se van a ver atrapados junto a un DJ, un policía que es mucho más que uno de los retazos que colea del franquismo y las mareas de jóvenes puestos hasta las trancas, deseando bailar hasta al amanecer como cualquier otra noche. Aunque esta sea arena de otro costal.

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Matter, de Iain M. Banks

En 2008, ocho años después de la publicación de Look to Winward, apareció en el mercado editorial Matter, la octava novela de la serie de la Cultura. Preguntado en algunas entrevistas por las razones de esta larga pausa en la celebrada serie de anarquistas utópicos del espacio, Iain Banks ofrecía una serie de prosaicos motivos que se pueden resumir en “la vida es eso que pasa mientras andas ocupado en otros planes”. Que había estado muy liado con el proyecto de un libro sobre el whisky escocés que no llegó a ver la luz, que la redacción de The Algebraist, un tocho de considerable tamaño y exhaustivo worldbuilding, le había ocupado demasiado tiempo y que, para acabar de rematar, su matrimonio había atravesado una grave crisis, circunstancia que no le ayudó precisamente a encontrar el ánimo necesario para escribir. Y cuando en esas mismas entrevistas alguien le preguntaba si es que ya se había cansado de la Cultura, Banks declaraba que en absoluto, que precisamente le divertía muchísimo escribir sobre su más famosa creación, y que en Matter había disfrutado enormemente mostrando al detalle los entresijos de Circunstancias Especiales, ampliando todavía más el alcance galáctico de la serie y analizando las interacciones de las especies extraterrestres que entretejen la compleja jerarquía cósmica de su universo, una ambición que juega un poco en su contra como veremos más adelante.

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Fracasando por placer (XLIII): Volúmenes de relatos completos

Relatos Completos

Una de las causas por las que esta sección ha quedado en hiato es que en los últimos tiempos he variado mis hábitos de lectura de relatos cortos. La razón fue una reorganización de mi biblioteca. La cantidad de veces que escojo libros por motivos totalmente circunstanciales y ajenas al texto (que me apetezca un formato determinado; el número de páginas según lo que tengo previsto leer en un viaje; que no me entre uno más de una colección que llena un estante y quiera despachar alguno para que los demás encajen; simplemente que esté a mano) no es algo muy erudito, pero no deja de ser una realidad.

En general, organizo mis libros por colecciones, por motivos prácticos de tamaño de los estantes, y sólo excepcionalmente dedico rincones a temas concretos. Sin embargo, decidí hacer algo para movilizar mis tomos de cuentos completos, que tenía muertos de risa desperdigados por distintos rincones. La razón estuvo en una súbita nota de realismo en mi visión del futuro (no hablo de la muerte, que también): nunca me voy a leer un tomo de 800 páginas de cuentos de F. Scott Fitzgerald a machamartillo, un relato detrás de otro, hasta dejarlo leído y ponerlo después en algún lugar poco accesible para dar paso a otros libros con mejores perspectivas de lectura. Por añadidura, estos volúmenes se abren frecuentemente con relatos primerizos y se suelen cerrar con otros repetitivos, derivativos o incluso chocheantes. Todo esto es una obviedad, pero por algún motivo no lo había trasferido a términos organizativos, y una vez ocurrió me vi empujado a un cambio de tratamiento de esos tochos: lo aconsejable era tenerlos a mano y picotear. Señalar a lápiz en el índice qué cuentos cuyo título podía no recordar ya quedaban despachados (preferiblemente con algún indicador si me parecían especialmente buenos) y asumir que esos libros siempre estarían por ahí, a mano y como un refugio ocasional.

Con las revistas y antologías es posible agarrar una y terminarla, pero por mucho que te guste Chejov, los cuatro tochos de Páginas de Espuma con todos sus relatos no se los puede empapuzar uno de principio a fin ni siquiera como proyecto de años, porque al cabo de las primeras mil páginas empiezas a tomar compulsivamente arenques y vodka mientras añoras la calidez del roce de la rodilla de Tatiana junto a aquel samovar. Sin embargo, acudir a Chejov de vez en cuando, ay, amigos y amigas lectores y lectoras, eso es algo que cualquier persona con un mínimo de sensibilidad agradece en extremo. O aunque no se haga, qué tranquilizador y hermoso es saber que puede hacerse.

Si cabe decir algo así de Chejov, que al fin y al cabo es quizá el más sensible y empático de los narradores de todos los tiempos, ¿qué decir de nuestra alegre muchachada cienciaficcionera? ¿Realmente se ha leído alguien del tirón los cinco tomos de los Cuentos Completos de Philip K. Dick y ha vivido para contarlo conservando la condición de persona cuerda y razonable? Porque hablo no ya de sumergirse durante cientos de páginas en una paranoia dickiana, sino en una sucesión de distintas paranoias dickianas, cada una con sus propias leyes y pautas.

Y ya que menciono a Dick, él es obviamente uno de los autores presentes en mi nuevo y accesible estante de obras completas. ¿Quiénes son los otros escritores del género que han conseguido el reconocimiento que supone una publicación intensiva así? ¿Cuántos valen la pena por su obra en conjunto o cuáles nada más que firmaron algunos buenos relatos dentro de un volumen con un montón de páginas de completismo injustificado? Me limito a un rápido repaso por orden alfabético de las opciones disponibles en español, que por supuesto son bastante más reducidas que en inglés.

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Las huellas del sol, de Walter Tevis

Las huellas del solCuánto puede cambiar una misma voz. Walter Tevis, en Sinsonte, consiguió una novela redonda, sorprendente, llena de momentos memorables, con un sentido de la maravilla cruzado por la necesidad de transmitir sus esperanzas y sus miedos a través de nuestro caleidoscopio verbal, y creó un personaje –el dulce robot Spofforth– que es de lo mejor que se ha escrito jamás. La ciudad de Nueva York y todo el territorio, de hecho, por el que se desplegaba la novela, estaba viva y enriquecida por ese imaginario de ciencia ficción, por esa distorsión de la realidad que hablaba de nuestra soledad y de nuestra prepotencia. También de nuestra necedad.

Luego lees la posterior Las huellas del sol y te preguntas, como digo, cuánto puede cambiar una voz. Ya no sólo la consistencia de una novela, que esté mejor o peor lograda, sino eso tan difícil de identificar como los motivos que hacen que un texto de alguien que no conoces personalmente te genere antipatía o simpatía. Aquella era tierna; esta no. Aquella, Sinsonte, era una novela de consistencia infrecuente, osada, una novela de personajes muy bien dibujados; esta, desmadejada, tiene un personaje protagonista –el narrador– pícaro y no muy agradable (aunque esto no es un demérito del autor, es simplemente el natural carácter del personaje), con sus obsesiones y delirios de grandeza. Aquella tenía un recorrido y una evolución; esta tiene una mirada crítica indisimulada, frontal y poco sugerente. Y tiene, Las huellas del sol, una estructura bifronte y nada sorprende demasiado en el recorrido de sus planteamientos.

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Alice B. Sheldon, de Julie Phillips

Alice B. SheldonLa edición de este libro en España habla por sí misma de su calidad. Cuando apareció en 2007 la última publicación de James Tiptree, Jr. en solitario se había impreso 22 años antes. Y fue Circe, una editorial ajena a la ciencia ficción y especializada en biografías, quien la trajera a España en un catálogo donde figuran libros sobre la vida de Coco Chanel, Frida Khalo o Sylvia Plath. Poco más se puede añadir para enfatizar la importancia del texto en sí. Su publicación fue reconocida con la condición de finalista de los dos grandes premios del momento, el Ignotus y el Xatafi-Cyberdark. Lástima que no se llevara ninguno. Duele especialmente el segundo. El jurado que hizo la selección decidió poner por delante dos reediciones que cualquiera podría afrontar (bueno, la de Edhasa y Moorcock solo si tenías dinero a mansalva) en vez de un texto único que nadie más podría haber traducido y que deja al descubierto los procesos creativos de una escritora que marcó la ciencia ficción, de su época y la que se hizo después.

Julie Phillips contó con amplio material para relatar la vida de Alice “Allie” Bradley Sheldon. Además de medios fácilmente accesibles (documentos públicos, conversaciones con personas que la trataron), dispuso de sus diarios, sus notas y su amplia correspondencia con multitud de personalidades de distintos campos (psicología, literatura, aficionados). Esto le permitió contrastar sus recuerdos y sus ideas con un variado grupo de personas con la que se escribió, particularmente en la segunda mitad de su vida. También consultó el material escrito por su madre, Mary Bradley, escritora y, de nuevo, con un nutrido archivo de notas que alumbraban detalles íntimos de un vínculo muy estrecho. Con estas herramientas Phillips perfiló un sólido retrato de su vida de puertas hacia fuera e iluminó su interior como no siempre es posible sin penetrar más de la cuenta en el terreno de la interpretación. Algo particularmente necesario en la obra de una autora con abundantes relieves sobre los que tantas veces se pasa de puntillas para poder adecuarla a un discurso. Y esta es al parte donde esta biografía asentó su condición de obra maestra.

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Soñar de otro modo. La reinvención de la utopía, de Francisco Martorell Campos

Soñar de otro modoEn un contexto en el cual la ciencia ficción sigue cómoda en brazos de la distopía (y lo apocalíptico), Francisco Martorell ha escrito un dueto de libros que propone enmendar esta primacía. Ya recomendé aquí Contra la distopía, un ensayo que alumbraba las trampas de este subgénero y su realimentación con ciertas ideas arraigadas (su censura del presente; su valor como herramienta de cambio…). Ahora he podido disfruta de Soñar de otro modo, un libro complementario que sugiere recuperar la utopía como lugar para contar historias. El texto original era anterior a Contra la distopía, y Martorell ha aprovechado lo aprendido en los cinco años desde su publicación para abordar una nueva edición; una actualización de peso, más allá de cambiar la ilustración de cubierta y modificar su introducción.

Para mi la utopía era un terreno resbaladizo. Mi concepción partía de la lectura de alguna utopía clásica, particularmente Noticias de ninguna parte y lo que pude aguantar de Erewhon y El año 2000. Más que ficciones dramáticas, libros de viajes a sociedades pretendidamente perfectas, muy densos y problemáticos. Como censura de la sociedad de su época tenían un pase; como propuesta de una nueva, su dogmatismo y sus ideas fundacionales me llevarían a situarlas en los campos de la distopía.

Martorell propone desprenderse de estos lastres mediante una resignificación de la utopía: eludir sus facetas dogmáticas para dar rienda a su papel de catalizador del anhelo de futuro. Las primeras se tratan en los tres grandes capítulos del libro: “La naturaleza”, “La historia” y “La sociedad”. Los segundos son un eje vertebrador que va y viene en una lucha contra paradigmas de nuestro tiempo como el fin de la historia, el no hay alternativa y el presentismo. Así, desde la posmodernidad y con una base marxista, Soñar de otro modo busca quebrar tradiciones arraigadas y plantea alternativas a partir de los (contados) casos prácticos que encuentra en la ciencia ficción contemporánea.

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Crepúsculo en Budapest. Hungría en los tiempos de Orbán, de Luis G. Prado

Crepúsculo en BudapestEl auge del populismo de derechas tiene una referencia para quienes desean reproducir su modelo más exitoso: Viktor Orbán. No hay partido de la fachasfera europea que no anhele importar a su sistema político el marco húngaro que, primero, le llevó al poder y, posteriormente, le ha permitido mantenerse en él. Una red de clientelismo convenientemente oculta detrás de unas capas de tradicionalismo cuyos valores harían sentirse orgulloso a un requeté. Las particularidades de este régimen nos llegan generalmente de manera inconexa a golpe de titulares, “noticias” de minuto y medio o, si hay suerte, algún artículo de fondo. Para quien desee profundizar un poco en la historia detrás de su método, Luis G. Prado ha escrito dos libros sobre el asunto: Vida en un clima iliberal y Crepúsculo en Budapest.

Prado es sobre todo conocido por su labor detrás de Bibliópolis, Alamut y otros sellos que en los últimos años articula a través de la librería Cyberdark. Atrás quedaron sus estudios en Derecho y unas oposiciones a la carrera diplomática que no salieron bien pero que, sin duda, están detrás de todo lo interesante que tiene Crepúsculo en Budapest. Sobre todo para quien desee conocer la idiosincrasia de un país y un personaje sin convertirse en especialista a base de meterse en vena textos más extensos y exhaustivos.

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Japan Sinks. El hundimiento de Japón, de Sakyo Komatsu

Japan SinksDentro de la línea de literatura asiática iniciada por Minotauro, Japan Sinks desempeña una doble función: traduce una novela de hace cincuenta años con el pedigrí de clásico y permite tomarle la temperatura a un subgénero, el de catástrofes, que fundamentalmente ha llegado a España desde Japón a través del manga (Aula a la deriva, Dragohead, Hellstar Remina) y el cine (Godzilla), con una diferencia crucial: lo apegado a la realidad del texto. Su especulación emerge de la geología de la década de los 70, sin dar cancha a una imaginación siempre supeditada a las riendas de la posibilidad científica del momento. Aunque su elemento inspirador es el mismo que explica la pasión en Japón por estas historias: ser la diana de las dos bombas atómicas que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, la posición del archipiélago sobre una de las zonas geológicas más activas del planeta.

Las manifestaciones de la energía interna de la Tierra asolan década tras década diversas zonas del país, directa o indirectamente (el gran incendio de Tokyo de 1923). Además, en el momento de escritura de El hundimiento de Japón, la tectónica de placas estaba en plena ebullición. Cuatro décadas después de la desaparición de Alfred Wegener (1930), las causas detrás del movimiento de los continentes, la actividad sísmica y volcánica, acumulaban evidencias sobre sus causas mientras mantenían suficientes enigmas como para especular con ideas no corroboradas. El tipo de historia entre el tecnothriller y el (cierto) culebrón con cataclismo setentero del cual esta novela se reivindica como un preámbulo.

Las primeras páginas marcan el curso de la mayor parte del relato. Un grupo de científicos traban conocimiento mientras se dirigen hacia una isla en la parte más meridional de Japón; el lugar del océano pacífico entre los archipiélagos de Torishima y Owasagara ha desaparecido sin dejar ni rastro. A su cabeza está Toshio Onodera, piloto de batiscafo responsable del reconocimiento submarino. Lejos de esclarecer las dudas, los testimonios de quienes se encontraban sobre la isla y la observación de su relieve ya bajo el agua acrecienta la zozobra de los presentes.

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Pepe Carvalho, pulp fiction de primera

Manuel Vázquez Montalbán

El ciclo Carvalho de novela negra me parece una de las aportaciones culturales más importantes del último tercio del siglo XX en España. Tanto los personajes en sí, con Pepe Carvalho al frente, y secundarios memorables como Charo, Biscuter o Bromuro –a quienes tanto queremos– como la descripción de la propia ciudad de Barcelona, las recetas descritas para paladares apetentes y el comentario perspicaz y documentado sobre la cultura de su tiempo, son los rasgos –algunos de los rasgos– más idiosincrásicos del conocido ciclo de novelas de Vázquez Montalbán. En sí mismos ya le dan consistencia e identidad al ciclo, y casi personalidad humana, diría, una a la que te gusta volver, que quieres frecuentar.

La última novela que leí (antes de este apunte) del ciclo Carvalho fue, en 2018, El premio. Menor, francamente menor (con una escena de sexo tan mal descrita que acabas dudando de si el autor tuvo –hijo aparte– algo que decir alguna vez sobre actividades nocturnas), pero igualmente divertida y cumplidora. Aunque no sea una gran novela –ni siquiera una buena novela– la idea central sí que lo es, y acaba siendo pertinente la crítica que hace a la cosa cultural (recuerda a El banquete de las barricadas, de Pauline Dreyfus, o a esa catedral buñuelesca que es El ángel exterminador). Y aparte de esa idea central están los personajes, con su pesimismo social, con su amargura y, debajo, con su brillantez siempre crítica.

A menudo se habla de las novelas de kiosco, de la narrativa publicada en papel barato, en pulpa de papel cutre, y eso es precisamente lo que es este ciclo: su personalidad es puramente pulp. Llegó a miles de lectores en toda Europa con su escritura desenfadada, su crítica social y por cumplir, también, con unas normas internas, con unas expectativas que adscribían su escritura al imaginario de la novela negra y la insertaban en la narrativa pulp de éxito comercial pero también literario. Un inmenso mosaico social e histórico sobre Occidente, eso es el ciclo. Y sumadas las piezas, queda el pensamiento crítico y el marco histórico subsumido, hasta el punto de poder decir, como he hecho en la apertura de esta nota, que el ciclo de novela negra de Vázquez Montalbán es una de las aportaciones culturales más importantes de la transición y, de paso, del último tercio del siglo XX. Sí que hay títulos sueltos que son, en sí mismos, excelentes novelas. Pero quizá ninguno destaca como destaca el conjunto general que subsume todos los aciertos hasta el punto de opacar los fallos o las torpezas, casi siempre expresivas, verbales, y no estructurales o temáticas, de la serie de novelas.

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El mesías de Dune, de Frank Herbert

El mesías de DuneEsto ya me había pasado otras dos veces. La primera, tras leer Dune, allá en los ochenta. La segunda, tras releerlo para escribir un prólogo que ya recuperé en esta misma web. Ver la reciente entrega final de la adaptación cinematográfica de Denis Villeneuve me ha hecho emprender el tercer y definitivo intento con El mesías de Dune, la continuación de la novela seminal que se anuncia que el cineasta canadiense va a llevar al cine.

Unos instantes para poner en situación, aunque creo que ya he contado esto unas cuantas veces. Realmente me gusta Dune. Tanto la novela como esta última adaptación. No voy a entrar en si es una machirulada o si es el ejemplo postrero y definitivo del mito hoy indudablemente casposo del «salvador blanco»: es una historia que está bien por sí misma y que si se publicara originalmente ahora se percibiría en parte superada, pero es que se escribió hace sesenta años. Me niego a juzgar contenidos por partes del argumento que chirrían con la perspectiva actual, obviando los valores puramente artísticos. O la diversión. O eso tan difícil de definir (y posiblemente reprobable si lo juzgamos con según que parámetros) que es la épica. En términos artísticos, de producto cultural, me funciona. La película, que es una adaptación notablemente fiel y espectacular como pocas, la disfruto en consecuencia.

Sin embargo, mi experiencia con Frank Herbert ha sido terrible, terrible. Ya he relatado en numerosas ocasiones que con Estrella flagelada aprendí, a los 18 años, a dejar libros a la mitad, algo que en realidad debo agradecerle bastante. Apenas conseguí terminar otro par de sus rollos. El estilo de Herbert es monocorde: generalmente solemne, por no decir pomposo, repleto de sutilezas y recovecos que más bien son puñetitas difíciles de seguir (las famosas fintas dentro de las fintas que yo creo que nadie entiende del todo aparte de él), con un gusto por la grandilocuencia que raramente se justifica en lo relatado. Apenas tiene relatos que sirvan para congraciarme con él. Hay que agradecer especialmente a Villeneuve que haya introducido en esta segunda parte un par de momentos de leve ironía, curiosamente centrados en el personaje de Stilgar, que como fanático religioso parecería el menos indicado, pero Javier Bardem resuelve el compromiso con solvencia.

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