Siempre me han atraído las novelas que tratan sobre cómo la aparición de una nueva tecnología trastoca la vida cotidiana de la gente. Este tipo de relatos me llamaban la atención incluso antes de que el futuro nos arrollara como ha sucedido en los últimos años. Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, es evidente que el uso generalizado del móvil y más recientemente la aparición de las llamadas IA han cambiado nuestras vidas. Ha ocurrido casi sin que nos demos cuenta, las nuevas tecnologías se han introducido en nuestro día a día, y el modo en que nos comunicamos, nos informamos, trabajamos y nos divertimos ya no es el mismo. La gran diferencia con respecto al dispositivo que concibe Sarah Pinsker para Somos satélites es que para poder utilizarlo es preciso una intervención quirúrgica. Siempre me he preguntado qué sucedería en ese caso, si la gente llegaría al extremo de dejarse hurgar la cabeza para mejorar sus capacidades mentales. Hace unos años habría dicho rotundamente que no, pero con la cantidad de personas que por una cuestión mucho más banal como es la estética —y no me refiero sólo a la cirugía— se deja tunear sin reparos el cuerpo tengo mis dudas.
Un dispositivo denominado piloto se extiende entre la población con una rapidez pasmosa, primero entre los jóvenes y luego entre los demás. A ello contribuyen las subvenciones del estado y las facilidades que proporciona la empresa fabricante, Balkenhol Neural Labs. Gracias a él, una persona puede concentrarse en varias tareas al mismo tiempo sin que ninguna de ellas se vea perjudicada. Estudiar Derecho Romano al tiempo que se despanzurra monstruos en la PlayStation es ahora posible. Una razón más para que todos los jóvenes se maten por ir a las clínicas de Balkenhol Neural Labs a que se lo implanten. Llevarlo supone, no cabe duda, una gran ventaja para el trabajo y para los estudios. Pero a pesar de todos los beneficios que proporciona, siempre tiene que haber algún agonías en contra, y no todos deciden ponérselo. Junto con el piloto se inserta una lucecita azul en la sien que facilita distinguir a los que lo llevan de los que no, lo que abre una puerta de doble hoja a la discriminación. Las empresas dejan de contratar a los que no lo llevan, y no tener un piloto termina por ser un estigma.








