Descubrí a Carol Emshwiller en el pico de mis aficiones tiptreanas. Consecuencia del fanatismo y la febril voracidad que te entra de vez en cuando por leer todo lo que haya podido escribir quien sea que te esté encantando en ese momento, busqué más autoras norteamericanas que, como Tiptree, Jr., hubiesen destacado en los cuentos, y así llegué, como digo, a la obra de Carol Emshwiller. Conocía como portadista a Ed Emshwiller, y bien, muy bien, pero la que me interesaba, a la que quería conocer, era a ella. Y no recuerdo dónde pero acabé encontrando, y comprando, el primer volumen de sus cuentos completos, con la elegante portada del marido, y lo que leí, que no fue todo sino sólo lo que me fue llamando la atención un poco a salto de mata, me gustó pero sin hacer grandes pirotecnias, por mi parte. Esperaba algo como lo de Tiptree, y no. O no tanto.
Pero esto no deja de ser una tontería, en realidad, porque ya ves qué significado puede llegar a tener esto (yo diría que poco, o ninguno), y además tendría que releer lo que leí, o leer entero, de hecho, el volumen de sus cuentos completos para poder decir algo con sentido. Pero bueno. La verdad es que lo que leí, no me encantó. Y dejé un poco de lado a la autora hasta que me encontré, hace nada, en una librería de segunda mano, esta novela suya de título extraño –The Mount, o El corcel– que ya reseñó Nacho en su día. Una novela corta –que tal vez se beneficiaría de un mayor recorte de páginas– con una fuerza y una complejidad que me han encantado.
Convengo con Nacho cuando dice que en ocasiones te imaginas a la autora guiñándote el ojo en busca de una complicidad por lo hecho, por lo dicho, pero si dejamos esto aparte, la novela crece, y las implicaciones de la historia se van haciendo más complejas. Lo que iba pensando al leer el libro es cómo habrá conseguido la autora forjar esta voz; narrada mayormente por Charley, la historia y la descripción del mundo y sus estructuras internas nos llegan a través de una voz francamente, pero inocentemente, antipática. Luego me explico.
Ya en la apertura del libro vemos que el mundo, nuestro mundo, está arrasado, desde hace siglos, por los Chillones, o Hoots, raza alienígena dominante pero de movilidad lamentablemente reducida dado que sus enclenques piernecillas no les permiten andar y por eso doman –doman y jerarquizan en función del físico– a los seres humanos para que les lleven de aquí para ahí, cómodos en sus monturas, como nosotros hacemos y hemos hecho siempre con los caballos.
El narrador (preadolescente) se ha criado en esta reconfiguración mental y física de las estructuras sociales del mundo y entiende y le parece bien que así sea; la da por sentada y se lanza al servilismo esperado con total entrega acrítica. La claudicación de su voz y su cosmovisión vienen de él mismo. Auspiciado por un entorno que le inculca, con toda naturalidad, que hay ‘corceles’, como él, que valen, y otros en cambio que simplemente no valen nada, sí, pero sin oponerle ninguna resistencia a ese pensamiento. Y esa es la voz narrativa, que ciertamente evoluciona, pero Emshwiller, durante buena parte del libro, consigue erigir su relato con una voz y una cosmovisión retrógradas y pese a ello queremos seguir.
El progresivo desprenderse de esos pensamientos anquilosados es menos admirable que el hecho de poder narrar tan bien con la voz cambiada, por así decir, y menos admirable, también, que el hecho de plantear un mundo postapocalíptico y ruralizado sin el catálogo de referencias habituales en la descripción de esos escenarios.
La de este libro es una ciencia ficción rural que me hace pensar menos en Zenna Henderson que en el por estos lares menos citado H. Beam Piper y las figuras (¿figurines?) de su Little Fuzzy. No hay en El corcel grandes descripciones ni menciones a imaginarios estelares: lo que hay es un mundo invertido, un orden cambiado, pero la autora pone el enfoque en algo terrorífico: en lo que no cambia, en lo que perdura siempre, que es la dominación.
Es poderosa, la metáfora de este libro, si bien no la más sutil del mundo. Y más que lecturas animalistas o ambientalistas, que también se pueden hacer, prefiero, como digo, la lectura que hace sobre el poder, su mirada al poder. Sobre cómo se impone el imperio sometiendo al resto pero con la ayuda del resto porque sin ser una gran novela, El corcel mira de frente no sólo los mecanismos del poder y la dominación, sino las cómplices, menos evidentes facilidades que otorga el sometimiento voluntario.
Y por cierto que ponerse a leer este libro después de terminar algún episodio de Yellowstone es todo un involuntario acierto. Tanto caballo, tanto caballo…
Tocará volver ahora a esos cuentos que en su día marqué con una X en el índice del primer volumen recopilatorio, y seguir luego descubriendo los hallazgos y hechuras por fin leídas del talento de Carol Emshwiller.
El corcel (Bibliópolis, col. Bibliópolis fantástica nº22, 2009)
The Mount (2002)
Trad. Tina Parcero
208 pp. Tapa Blanda. 18,95€
Ficha en La Tercera Fundación