Y mañana serán clones, de John Varley

Y mañana serán clonesDe todos los escritores de ciencia ficción que surgieron en los 70 y han caído un poco en el olvido, John Varley es quizás el que más me duele. Sus excelentes relatos recopilados en La persistencia de la visión y Blue Champgane desaparecieron de la conversación años ha. Otro tanto de lo mismo ha pasado con sus novelas, la mayoría de las cuales tuvieron la extraña suerte de contar con reediciones (Y mañana serán clones, La playa de acero, El globo de oro, Titán). Y creo que merecería otra suerte. Es uno de los escritores que mejor representa el neoclasicismo al que se arrojó la ciencia ficción después del auge de la new wave. En su obra fue capaz de equilibrar el universo interior de sus personajes y elaboradas construcciones sociales con la grandeza de las ideas de, sobre todo, un escenario memorable: los ocho mundos. Un futuro en el cual la humanidad ha sido expulsada de la Tierra y ha necesitado adaptarse al resto de planetas/satélites del sistema solar, con una serie de alteraciones que están en la base de muchas de las historias a su alrededor.

Algunos de los mejores cuentos de Varley (“El fantasma de Kansas”, “Blue Champagne”) ocurren en este universo, pero al igual que sucede con los relatos de cf de George R. R. Martin es en el terreno de la novela donde mejor se desarrolló esta idea de mundo construido. En España se han publicado tres de las cuatro que emplazó en Los ocho mundos, siendo Y mañana serán clones la primera. Un título de lo más curioso: el original es The Ophiuchi Hotline, algo así como “La línea caliente/directa de Ofiuco”. La constelación desde donde lo que queda de la humanidad está recibiendo información fragmentada sobre la amenaza que la ha desplazado de la Tierra, tecnología biológica que facilita todo tipo de modificaciones… Supongo que al editor de Pomaire le debió parecer demasiado estigmatizador (o incomprensible) la connotación sexual y prefirió pautar más su lectura hacia la historia de clones, cambiando el foco hacia otra de sus cuestiones primordiales. Y en este caso no puedo decir que me parezca equivocado.

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Dan Simmons, In Memorian

Dam Simmons

El 21 de febrero falleció Dan Simmons. Cuando se conoció la noticia el pasado viernes 27, en la mayoría de los mensajes de pésame, pena, postureo, que vi en Bluesky se imponían dos líneas de recuerdo. La primera, la obligada referencia a Los cantos de Hyperion, el motivo central por el que se convirtió en uno de los autores clave de la ciencia ficción de finales del siglo pasado. La segunda, la deriva ideológica de sus últimos años, cuyo punto de inflexión puede situarse en el 11S y que dejó en las redes sociales mensajes como el que vertió contra Greta Thunberg después de su aparición en la cumbre climática de Nueva York en 2019. Los artículos que han ido apareciendo alternan esta segunda veta con los datos biográficos, siempre socorridos a la hora de contextualizar y llenar página. Para recordarlo aquí en C, fardar que algo lo he leído y validar el sentido de mantener un blog en los tiempos de las IAs, he preferido centrarme en un par de alternativas que enmarcan su manera de afrontar la escritura y por qué merece la pena recuperarlo a estas alturas del siglo XXI, casi 20 años después de la publicación del último libro que tuvo una acogida acorde a su popularidad: El Terror.

Esta alusión no es casual. El primer argumento tiene que ver con esta novela sobre la expedición Franklin y su desaparición mientras buscaba el paso del noroeste. En el momento de publicarse, 2007, todo eran especulaciones alrededor del final de los barcos, muchas de ellas razonables pero con un halo enigmático que convertían el suceso en un atractor para buscadores de misterios. Simmons entró fuerte en el asunto tramando su historia a la manera de las novelas de aventuras clásicas, algo a lo que volvería en The Abominable. Y a ese drama en una de las últimas fronteras, incorporó un elemento fantástico que con cada aparición reafirma cómo la ficción no realista puede acercarse a una experiencia vital de una manera más subyugante que la realista o la no ficción.

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El fugitivo, de Stephen King

El fugitivoMe voy abriendo paso, tomando apuntes poco a poco, entre los títulos que componen la saga de La torre oscura. Mientras tanto, para ir combinando Kings, voy intercalando obras más cortas, como es el caso de esta que comento ahora, El fugitivo (The Running Man): una de las cinco novelas escritas bajo el pseudónimo, como se sabe, de Richard Bachmann. Y sobre este y otros títulos no sé si hay mucho debate o no, pero el propio autor ya nos dijo, en el prólogo a la edición que manejo, que, en este caso, El fugitivo es narración pura y dura y que no quiere ser nada más que cuento, que historia, que relato, y que a la mínima que algo más atrevido se le entreveraba en la escritura, daba un bandazo para reorientarlo hacia el placer de contar una buena historia sin la necesidad de insuflarle ninguna pretensión añadida. “It’s nothing but story”, nos dice. Quiso escribir una buena historia para hacernos pasar un buen rato. También se trata de eso, la escritura. (He leído por ahí que la escribió en una semana).

Y podemos ignorar lo que dice el autor sobre su propia obra, claro que sí; es, de hecho, lo más recomendable, pero por una vez escojo escucharle y leer las páginas de El fugitivo como la sana, como la trepidante e inteligente historia de entretenimiento de acción que se propuso ser, y es. El fugitivo viene definitivamente del mismo rincón mental y emocional del que vino La larga marcha: Stephen King vuelve a ese mecanismo de dominación que es el ocio pagado, el ocio empresarial pensado para hacer de la muerte un espectáculo lucrativo. En ambas historias, que, como digo, se nota que vienen de la misma mente, vemos inmensas estructuras privadas o estatales (pero diseñadas y regidas como empresa privada), orquestando ocios televisados que giran en torno al sufrimiento y el dolor, en cuyo centro está la muerte para que los demás la gocen como espectáculo y se lucren con ella.

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