Dos décadas del blog antes conocido como C, el hijo de Cyberdark. Ahora, simplemente…

El primer logo

Con el ajetreo de este marzo que termina mañana no encontraba tiempo para escribir una celebración de las dos décadas de C. Un aniversario que, si nos atenemos a las fechas del primer dominio que ocupó, se cumplió el veinticinco de marzo. Porque corría el año 2006 cuando apareció este anuncio; un texto escrito por una persona en la que ya apenas me reconozco por mucho que algunas facetas de la vida permanezcan. Era una etapa de una afición más activa, de asistencia a HispaCones y Semanas Negras (y encuentros en Valdeavellano), colaboración con otros medios, escritura casi diaria en un blog y planes para organizar todo tipo de actividades en Santander que podrían haber culminado con una EuroCon para 2016. No, no me he venido arriba. Hay un vídeo de una presentación que hice junto a Carmen Pila de este proyecto al Ayuntamiento de Santander en 2009… que fue borrado como se borran estas cosas en la actualidad, sin prestar atención a la memoria.

La terrible treintena es lo que tiene.

Pero ahora ya estoy en los cincuenta, y el panorama ha cambiado. Mismamente, la entonces boyante blogsfera a estas alturas del siglo XXI se asemeja a un yermo plagado de lápidas y grandes socavones donde antes había yacimientos de conocimiento, borrados por esas disfuncionalidades de internet asociadas a la falta de mantenimiento y el comportamiento de los nuevos dueños del cercado. Y me he dado cuenta que jamás había escrito sobre su origen. Así que voy a aprovechar la efeméride para dejarlo negro sobre blanco, tal y como lo recuerdo (mentira más, mentira menos), para que al menos una vez pueda aparecer en el Internet Archive por si acaso este sitio se va por el sumidero. Y después voy a dar mis dos céntimos sobre por qué me merece la pena seguir con el esfuerzo en esa lucha perpetua contra otras formas de ocio, la pereza y las nuevas costumbres de la red de redes.

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The Orville: Sympathy for the Devil, de Seth MacFarlane

The Orville: Sympathy for the DevilTengo a Seth MacFarlane por uno de los destacados genios de nuestro tiempo. Hubiese tenido que ir tomando apuntes, estos años, sobre la creciente admiración que me despertaba su obra, sobre todo las series Padre de familia y The Orville, dos verdaderos portentos del siglo XXI, pero como no lo hice tengo que tirar ahora de memoria más que de apuntes pausados, estructurados, para esta nota más o menos crítica.

Tomando como modelo series anteriores (Los Simpson para Padre de familia y Star Trek para The Orville), MacFarlane crea sus propios mundos, con su propia consistencia de realidad, alejados del modelo principal pero con enlaces emocionales y temáticos a la creatura madre, como suele ser el caso de las influencias bien digeridas por la personalidad creativa fuerte. Su modus operandi parece ser algo así: coge una serie o una obra que le gusta, la estudia a fondo, coge, luego, el poso que esa obra dejó en él, lo regurgita pasándolo por el cedazo de su personalidad y de su intención artística, y lo reformula en función de unas coordenadas nuevas pero visiblemente, intencionadamente deudoras de su modelo, en constante diálogo, homenaje y concomitancia, en simbiosis perpetua con esa creatura artística anterior que perdura renovada en su nueva obra que se aleja por la misma senda que sus predecesores pero con dirección a nuevos horizontes. Más o menos así, yo diría.

Su humor abarca la faceta gamberra y descerebrada de Padre de familia y la más amable, la más dulce de The Orville, con lo que destaca como humorista de más amplio repertorio, con una gama más rica de variantes que un Jerry Seinfeld, por decir uno de alcance más limitado. Su voz, además, tiene un registro totalmente fuera de lo común, dado que, como sabemos, no sólo está detrás de cantidad de personajes de voz histriónica en sus series de animación sino que canta y creo que tiene buena voz y llega donde muchos no llegan.

Pues bueno. The Orville llegó a su fin y una de las historias que tenía que ser episodio la convirtió MacFarlane en novela corta, en una nouvelle que es un regalo para los añorados entusiastas de la serie orviliana: esta Sympathy for the Devil que en ningún momento hace referencia a la conocida canción de los Rolling Stones es una historia de la segunda guerra mundial que se me hará difícil comentar sin destriparle el relato a nadie.

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Víbora, de Andrzej Sapkowski

VíboraDespués de dos sagas tan extensas y complejas como las de Geralt de Rivia (1990-1999) y Las guerras husitas (2002-2006), se entiende que Andrzej Sapkowski escribiera Víbora. Una novela mucho más breve y, en apariencia, sencilla, que se puede despachar en un par de blurbs: “un relato antibélico en la invasión soviética de Afganistán” o “el drama de un soldado atrapado en una guerra en la que no desea luchar”. No le estaría haciendo justicia. En poco más de 170 páginas, el escritor polaco se las apaña para introducir una serie de capas que la convierten en algo más que una historia de pelotón soviético asediado en un puesto aislado en lo peor del conflicto afgano. Aunque la base de la novela sea esa.

A mediados de los años 80, el pelotón de Pavel Levart se ve atrapado en una emboscada. La inexperiencia, el hastío, la lucha por la supervivencia llevan hasta el límite la instrucción recibida y la pertenencia al grupo. La mezcla entre soldados profesionales, reemplazos y condenados por motivos políticos es el caldo de cultivo para comportamientos equivalentes a los vistos en las historias más cruentas de la participación de EE.UU. en la guerra de Vietnam. El sentimiento de alienación de Levart se acrecienta cuando es destinado a un nuevo puesto. Una llamada lo conduce hacia una garganta para encontrarse con la serpiente que le pone en contacto con las visiones de soldados que experimentaron en sus carnes sus mismos fracasos, la sumisión a unas órdenes que no tienen nada que ver con sus vidas, la desesperación de verse atrapado sin posibilidad de escape. Otros extranjeros que llegaron al país como parte de las invasiones británica y helénica, eslabones de una cadena de extrañamiento enfatizada por esta faceta onírico-fantástica.

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Y mañana serán clones, de John Varley

Y mañana serán clonesDe todos los escritores de ciencia ficción que surgieron en los 70 y han caído un poco en el olvido, John Varley es quizás el que más me duele. Sus excelentes relatos recopilados en La persistencia de la visión y Blue Champgane desaparecieron de la conversación años ha. Otro tanto de lo mismo ha pasado con sus novelas, la mayoría de las cuales tuvieron la extraña suerte de contar con reediciones (Y mañana serán clones, La playa de acero, El globo de oro, Titán). Y creo que merecería otra suerte. Es uno de los escritores que mejor representa el neoclasicismo al que se arrojó la ciencia ficción después del auge de la new wave. En su obra fue capaz de equilibrar el universo interior de sus personajes y elaboradas construcciones sociales con la grandeza de las ideas de, sobre todo, un escenario memorable: los ocho mundos. Un futuro en el cual la humanidad ha sido expulsada de la Tierra y ha necesitado adaptarse al resto de planetas/satélites del sistema solar, con una serie de alteraciones que están en la base de muchas de las historias a su alrededor.

Algunos de los mejores cuentos de Varley (“El fantasma de Kansas”, “Blue Champagne”) ocurren en este universo, pero al igual que sucede con los relatos de cf de George R. R. Martin es en el terreno de la novela donde mejor se desarrolló esta idea de mundo construido. En España se han publicado tres de las cuatro que emplazó en Los ocho mundos, siendo Y mañana serán clones la primera. Un título de lo más curioso: el original es The Ophiuchi Hotline, algo así como “La línea caliente/directa de Ofiuco”. La constelación desde donde lo que queda de la humanidad está recibiendo información fragmentada sobre la amenaza que la ha desplazado de la Tierra, tecnología biológica que facilita todo tipo de modificaciones… Supongo que al editor de Pomaire le debió parecer demasiado estigmatizador (o incomprensible) la connotación sexual y prefirió pautar más su lectura hacia la historia de clones, cambiando el foco hacia otra de sus cuestiones primordiales. Y en este caso no puedo decir que me parezca equivocado.

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Dan Simmons, In Memorian

Dam Simmons

El 21 de febrero falleció Dan Simmons. Cuando se conoció la noticia el pasado viernes 27, en la mayoría de los mensajes de pésame, pena, postureo, que vi en Bluesky se imponían dos líneas de recuerdo. La primera, la obligada referencia a Los cantos de Hyperion, el motivo central por el que se convirtió en uno de los autores clave de la ciencia ficción de finales del siglo pasado. La segunda, la deriva ideológica de sus últimos años, cuyo punto de inflexión puede situarse en el 11S y que dejó en las redes sociales mensajes como el que vertió contra Greta Thunberg después de su aparición en la cumbre climática de Nueva York en 2019. Los artículos que han ido apareciendo alternan esta segunda veta con los datos biográficos, siempre socorridos a la hora de contextualizar y llenar página. Para recordarlo aquí en C, fardar que algo lo he leído y validar el sentido de mantener un blog en los tiempos de las IAs, he preferido centrarme en un par de alternativas que enmarcan su manera de afrontar la escritura y por qué merece la pena recuperarlo a estas alturas del siglo XXI, casi 20 años después de la publicación del último libro que tuvo una acogida acorde a su popularidad: El Terror.

Esta alusión no es casual. El primer argumento tiene que ver con esta novela sobre la expedición Franklin y su desaparición mientras buscaba el paso del noroeste. En el momento de publicarse, 2007, todo eran especulaciones alrededor del final de los barcos, muchas de ellas razonables pero con un halo enigmático que convertían el suceso en un atractor para buscadores de misterios. Simmons entró fuerte en el asunto tramando su historia a la manera de las novelas de aventuras clásicas, algo a lo que volvería en The Abominable. Y a ese drama en una de las últimas fronteras, incorporó un elemento fantástico que con cada aparición reafirma cómo la ficción no realista puede acercarse a una experiencia vital de una manera más subyugante que la realista o la no ficción.

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El fugitivo, de Stephen King

El fugitivoMe voy abriendo paso, tomando apuntes poco a poco, entre los títulos que componen la saga de La torre oscura. Mientras tanto, para ir combinando Kings, voy intercalando obras más cortas, como es el caso de esta que comento ahora, El fugitivo (The Running Man): una de las cinco novelas escritas bajo el pseudónimo, como se sabe, de Richard Bachmann. Y sobre este y otros títulos no sé si hay mucho debate o no, pero el propio autor ya nos dijo, en el prólogo a la edición que manejo, que, en este caso, El fugitivo es narración pura y dura y que no quiere ser nada más que cuento, que historia, que relato, y que a la mínima que algo más atrevido se le entreveraba en la escritura, daba un bandazo para reorientarlo hacia el placer de contar una buena historia sin la necesidad de insuflarle ninguna pretensión añadida. “It’s nothing but story”, nos dice. Quiso escribir una buena historia para hacernos pasar un buen rato. También se trata de eso, la escritura. (He leído por ahí que la escribió en una semana).

Y podemos ignorar lo que dice el autor sobre su propia obra, claro que sí; es, de hecho, lo más recomendable, pero por una vez escojo escucharle y leer las páginas de El fugitivo como la sana, como la trepidante e inteligente historia de entretenimiento de acción que se propuso ser, y es. El fugitivo viene definitivamente del mismo rincón mental y emocional del que vino La larga marcha: Stephen King vuelve a ese mecanismo de dominación que es el ocio pagado, el ocio empresarial pensado para hacer de la muerte un espectáculo lucrativo. En ambas historias, que, como digo, se nota que vienen de la misma mente, vemos inmensas estructuras privadas o estatales (pero diseñadas y regidas como empresa privada), orquestando ocios televisados que giran en torno al sufrimiento y el dolor, en cuyo centro está la muerte para que los demás la gocen como espectáculo y se lucren con ella.

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