Jesús Torbado y las gracias de la ucronía

En el día de hoyDe todas las posibles formas de impugnar la realidad que heredamos, es probable que la ucronía sea la que lo haga con más radicalidad. La ucronía propone una alternativa paralela, un escenario aparte, que es, en sí mismo, una refutación en bloque de lo que asumimos como historia. Se puede impugnar la historia con intenciones reparadoras, justicieras; o se puede jugar a imaginar, con la historia, algo aún peor de lo que tenemos. Por tanto, es fácil deducir que hay dos tipos de escenarios: las ucronías positivas y las negativas. El caso más conocido de ucronías negativas seguramente sea el de la novela El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, y, dentro de nuestras letras, el caso inverso sería, imagino, el de la novela En el día de hoy, de Jesús Torbado. En la de Dick asistimos a una realidad en la que los alemanes y los japoneses ganan la Segunda Guerra Mundial; en la de Torbado, una en la que la República gana la Guerra Civil.

(También está claro que la ucronía positiva, como En el día de hoy, puede ser, para algunos –no tan pocos– la peor pesadilla).

La ucronía usa de la historia como elemento narrativo principal; en palabras del ensayista David Seed en Science Fiction. A Very Short Introduction, sobre El hombre en el castillo, hay, en la ucronía, una “escéptica atención a la historia como constructo narrativo”. Claro, se atreve el ucronista a descreer de lo que ve (de ahí que Dick entendiera tan bien las posibilidades y la envergadura del subgénero), y ven la historia como un lienzo dúctil que se puede destejer para volver a tejerlo, después, con otros propósitos libres, críticos o lúdicos. Al contrario que en la novela histórica, la historia es aquí la pared de frontón sobre la que rebotan, irónicamente, los hechos ucrónicos: hablan e interactúan creando unas sinergias que se espesan, alejadas de la oficialidad, para configurarse en un ente paralelo, alejado y autónomo, que descree de su modelo.

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Pinceladas (IV): Imágenes y poesía en la obra de Cordwainer Smith, Octavia Butler, Zenna Henderson y Philip K. Dick

La dama muerta de Clown TownSólo son pinceladas. Ideas e imágenes que parpadean un momento, momentáneos deslices de patinador sobre el hielo. Sus autores no se explayan, no tiran de ningún hilo: siembran sus ideas, sus imágenes que son ideas, y se van. Y si, como decía el poeta William Carlos Williams, “no hay ideas sino en las cosas”, y cualquier cosa, para ser representada, necesita de una imagen, entonces podemos adaptar sus palabras y decir que, a veces, la ciencia ficción es poesía.

En La dama muerta de Clown Town, de Cordwainer Smith, leemos: “Soy una máquina, pero fui una persona, hace mucho, mucho tiempo”. El caso es este: el alarmante talento de una mujer visionaria, migrado a los programas y circuitos de una máquina para conservarlo eternamente, para que siga orientando a las generaciones del futuro. Toda la personalidad de esa mujer preservada en una mente robótica. Ese es el caso.

Idea fascinadora, nos sume en una atmósfera de hermética, impermeable soledad. Nos hace pensar en el tedio de la inmortalidad. En la nostalgia de un tiempo sin duda mejor (por más cálido y, literalmente, humano). En la claustrofobia de estar vivo, plenamente consciente, en un espacio limitado y limitador (como quien se consume en un trabajo ingrato), sin poder disfrutar de nada. Nos hace pensar en lo odioso que es el talento (si te esclaviza, o si te esclavizan por él). Y hace verdaderas las palabras de Rimbaud: “La verdadera vida está ausente”. Esta máquina que es una mujer que es una máquina, es una pieza más del engranaje que, totalitario, domina el mundo de Cordwainer Smith. Exactamente no sabemos qué es ella. Porque si bien no es una máquina propiamente dicha, puesto que tiene recuerdos de su pasado humano, tampoco es un humano propiamente dicho, puesto que por sus venas (que ahora son cables) no hay sangre sino flujo de información. La Instrumentalidad –ese engranaje cordwaineriano– legó una difícil paradoja. Sería mejor hacer un quiebro y decir que, ni máquina ni mujer: estamos ante un triste oráculo que quiere morir. (Suena cursi pero es cierto).

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Pinceladas (II): Arthur C. Clarke, Philip K. Dick y el Nobel a Dylan

The City and The Stars¿Cómo? Pero ¿a qué te refieres cuando hablas del sentido de la maravilla? Muy sencillo. Imaginemos un universo muy posterior al de La máquina del tiempo, Star Wars, Dune, Fundación o al de la saga de Los señores de la Instrumentalidad. Imaginemos cómo sería la humanidad tantos miles de milenios después de esos futuros concebidos por la ciencia ficción más colorida. Imaginemos, ahora, cómo sería ese mismo universo millones de años, muchos millones de años después de esos miles de años que sucedieron a Star Wars y compañía. Pues bien, en un futuro aún más alejado que ese se sitúa La ciudad y las estrellasde Arthur C. Clarke. El imaginario de Star Wars sería el pasado remoto, desenfocado, de esta novela, como para nosotros lo son esas primitivas bacterias marinas que originaron la vida en la Tierra. Clarke ya escribió en 1953 El fin de la infancia, una de las novelas más tristes del siglo XX, con una invasión alienígena, muy a nuestro pesar, constructiva y necesaria. Muy a nuestro pesar, insisto. Y en Cánticos de la lejana Tierra describió el funeral más bonito que recuerde haber leído (sin que, todo hay que decirlo, recuerde haber leído muchos más), en los arrecifes de su amada Sri Lanka; un personaje asciende, incinerado, a las estrellas. Por segunda vez. De nuevo en La ciudad y las estrellas, y como ejemplo de lo que es, y lo que consigue, el sentido de la maravilla, los humanos alzan la vista y en el cielo nocturno ya no hay luna, la luna cayó hace tiempo pulverizada hacia la inexistencia. No a todos les gusta esa etiqueta, pero eso –eso tan sencillo– es el sentido de la maravilla: la incontenible fascinación que nos provoca lo extraño. Es un concepto delicado por lo que tiene, inevitablemente, de subjetivo, de relativo a los gustos de cada uno. En la Enciclopedia de ciencia ficción le dedican una entrada (sensata), que termina así: “el sentido de la maravilla es un fenómeno de la juventud, pero eso no lo convierte en menos real”. Antes de eso razonan por qué es, o se da, ese fenómeno entre los lectores más jóvenes, y es, dicen, porque se dejan encantar por lo vistoso sin saber ver que el contexto es torpe y poco literario. Yo creo que el sentido de la maravilla nos abstrae de nuestro entorno racional –encantándonos– y que devolvernos esa mirada alucinada de la infancia es, precisamente, uno de los mayores logros literarios del género. Este párrafo se puede escribir, como ejemplo de lo que es ese sentido de la maravilla de la ciencia ficción, con Clarke en mente, como acabo de hacer. También con todos los demás autores del género. (O casi todos).

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Terror y ciencia ficción

FrankensteinEl terror y la ciencia ficción, como mínimo en cine, han hecho muy buenas migas. Alien, Terror en el espacio, La cosa, Scanners, Terminator, Horizonte final, Cube o The Faculty son unos pocos ejemplos de lo bien que ligan las idiosincrasias del terror y la ciencia ficción, de lo mucho que se llegan a nutrir la una de la otra hasta lograr esas obras híbridas que son lo que son, y algo más. Salvo excepciones, el idilio ha sido mucho más rico en cine que en literatura, y más estimulante, como decía en el texto anterior, que el del humor y la ciencia ficción. ¿Por qué más en cine que en literatura? A eso, la verdad, no tengo mucha respuesta.

Pero si la ciencia ficción es, como dije en el texto sobre Los jugadores de Titán de Philip K. Dick, la deformación plausible de la realidad, quiere decir que, si prescindimos, por un momento, de los escenarios metafísicos del terror paranormal, veremos que la relación entre avance científico y terror, o entre futuro y terror, es muy natural. Veremos que un género se deriva ágilmente del otro, da igual el orden, y que el terror, así, contribuye también a esa misma deformación plausible de la realidad. Los robots rebelados o el salvajismo que brota en una situación desesperada de sociedad postapocalíptica nos plantean posibilidades de horror fascinante más allá del simple slasher (es un decir), porque el caso es que la ciencia ficción ensancha las posibilidades y el imaginario del terror extendiéndolo a través del tiempo y del espacio en la misma medida en que el terror modifica y matiza los logros que normalmente le atribuimos a la ciencia ficción, acercándola más, con sus espantos, a lo sublime. Se retroalimentan, vemos.

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Humor y ciencia ficción

¡Tierra!El predominio anglófono en la literatura de ciencia ficción está completamente aceptado. Hasta hace unos años, al menos. De todos modos, eso no nos tiene que hacer olvidar una tarea que viene implícita en la aceptación de esa realidad: descubrir lo que está sepultado por esas obras en inglés que acaparan las estanterías de nuestro género. Fuera del idioma están Stanislaw Lem, Jean-Pierre Andrevon, Rafael Marín y otros muchos, sí. Pero hay más. Y, de entre esas figuras que destacan en la multitud, está, algo olvidado, el italiano Stefano Benni y su novela ochentera ¡Tierra!

Después de la sexta guerra mundial, la Tierra queda cubierta por una aplastante capa de hielo, y robots y humanos, al recibir la noticia de un capitán medio loco que ha encontrado un planeta con condiciones para la vida, saltan a las estrellas para llegar hasta allí, colonizarlo y sobrevivir. A la vez, descubren en las ruinas de Cuzco una fuente de energía que, quién sabe, podría llegar a restaurar los recursos perdidos de la Tierra.

Parecida en sus descripciones de una Tierra congelada a La nave de los hielos, de Michael Moorcock, o a la extraña novela Hielo, de Anna Kavan, ¡Tierra! plantea un escenario de protagonismos compartidos. Desde una primera pincelada melviliana en la que unos personajes se embarcan en una nave capitaneada por un émulo de Ahab, hasta las diferentes naves que compiten, por así decir, para llegar primero al extraño pero esperanzador descubrimiento de Van Cram –el capitán medio loco–, tenemos en ¡Tierra! una novela coral, humorística y atrevida, que se mete en distintos frentes sin perder el nervio y la garra. Nos describe partidas de ajedrez con fichas alienígenas que se aprenden los movimientos por sí solas, o cómo y por qué se reciclan las partes de un robot, o el ciclo infinito de piratas que roban a los ricos para dárselo a los pobres, que a su vez acaban haciéndose ricos hasta que llegan otros piratas para robarles y darles su riqueza otra vez a los pobres, y así para siempre en un bucle infinito; todo esto de camino al planeta nuevo.

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Fracasando por placer (XII): Zikkurath nº6, enero de 1982

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La historia de la ciencia ficción está muy condicionada por dos factores relacionados: la relevancia de la participación de los lectores, más significativa que en cualquier otro campo literario hasta tiempos recientes, y la división fundamental que existe entre ellos. Hay tres tipos de personas atraídas por la cf: las que buscan en esencia literatura de aventuras en un escenario futurista o exótico, una temática que durante un prolongado periodo se refugió casi únicamente en nuestro campo, y en rigor es la fundadora del género en cuanto a tal; las que quieren encontrar especulaciones científicas sólidas, que satisfagan su imaginación, que llegaron sobre todo de la mano de Astounding y su revolución, a partir de 1939, y que fue la chispa impulsora de pioneros como Mary Shelley o Verne; y quienes piensan que la cf es una literatura de posibilidades, no convencional, igual que poco convencional para nuestro entendimiento será el futuro (y no hay más que mirar el presente), una puerta que vislumbró Poe en Eureka, a la que quitaron el cerrojo Galaxy y The Magazine of Fantasy & Science Fiction en los cincuenta y que se abrió de par en par en los sesenta.

Por supuesto, hay lectores y escritores que suponen intersecciones de esos conjuntos (el propio Poe escribió también el primer gran cuento hard de la historia, «Un descenso al Maelstrom»), pero los integrantes más fieles de uno u otro bando suelen mirar a los demás con desconfianza. Mi impresión es, además, que cada uno piensa que en realidad los otros dos se entienden entre ellos, con acusaciones claras; para los primeros, los otros dos son finolis que leen cosas difíciles y poco entretenidas; para los segundos, los demás no entienden lo que es la cf de verdad, que se llama CIENCIA ficción al fin y al cabo; y para los terceros, el resto tienen visiones parciales y limitadas de hasta dónde puede llegar un género que hable de lo no real pero verosímil. La convivencia en el mismo territorio de estas distintas versiones es, sin duda, la que dificulta tanto una definición unificada de la cf: se pueden hacer propuestas que atiendan como mucho a dos de esos criterios, pero no a los tres.

En líneas generales, la parte más positiva que creo que aportamos al género los terceros (no creo que a estas alturas nadie que me conozca tenga dudas de en qué grupo me sitúo a priori, por generalizar) fue la ruptura de convencionalismos a distintas escalas. Siempre con lo injusto que resulta hacer generalizaciones, mientras los herederos de Edgar Rice Burroughs y de John W. Campbell estuvieron al mando del cotarro, es cierto que la cf fue hija de su tiempo y de sus convencionalismos; desde el punto de vista de hoy puede considerarte tirando a machista, ocasionalmente xenófoba, sin gran interés por los aspectos literarios etc. Pero, como ya he comentado aquí, eso quedó atrás hace cincuenta y cinco años, se dice pronto. Fue entonces cuando un autor negro y homosexual, Samuel R. Delany, empezó a acaparar premios; cuando uno de los grandes de las etapas anteriores como Frederik Pohl publicaba un relato, «El día millón», que fue considerado casi un clásico instantáneo y hablaba con normalidad de transexualidad, entre otras muchas cosas; cuando toda la comunidad de autores supo que Arthur C. Clarke era homosexual y guardó un respetuoso silencio; cuando empezaron a proliferar las mujeres en las páginas de las revistas, y el feminismo se convirtió en un tema central en la parte del género que más interesaba a la crítica y tiraba del carro creativo.

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En busca de Philip K. Dick, de Anne R. Dick

En busca de Philip K. DickNo me atrevería a llamarlo biografía. En busca de Philip K. Dick, de Anne R. Dick –que firma con el apellido prestado– entra y sale de varios géneros, con menos intención que naturalidad, hasta el punto de fijar su inicio no en el nacimiento de Philip K. Dick, como cabría esperar, sino en 1958, cuando Anne y Phil se conocieron, y en ese sentido es menos una biografía que una memoria de su vida compartida. Como tal memoria que es, no es solo un complemento a la literatura crítica sobre Dick: En busca de Philip K. Dick es una grabación en super-8 de nuestro autor sentado una tarde de verano en el salón de su casa. (Si le he llamado Phil es porque la misma autora usa el diminutivo para referirse a él; a ella la citaré por el nombre de pila para diferenciarla de las menciones a Dick, Philip K.).

Anne da menos contexto e indaga menos en la infancia de Dick que Emmanuel Carrère en Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Porque no estamos ante un libro sobre Dick, en realidad, sino ante uno de Anne sobre ella misma, sobre cómo era Phil en casa y sobre cómo era el vivir con él, sobre cómo le veía, y en ese sentido es un tipo de texto nuevo, diferente, sobre cómo vive un escritor, y sobre cómo influyen sus derivas emocionales en la gente de su entorno. Hay menos palos a Dick de lo que podríamos esperar, y el tono de Anne es, a veces, como el de esa persona que quiere justificarse, o el de esa persona que quiere dejarse bien a sí misma y desdecir lo que otros han escrito sobre ella (aunque sea bajo la distorsión literaria de unos personajes novelescos). Todo esto es comprensible dada la imagen, algo brusca y tiránica, que tenemos de ella si leemos a Carrère o si sabemos encontrar las alusiones a ella en las novelas de Dick.

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Literatura de ideas

Mundo simulado

Hace unos años quedé sorprendido al leer la novela Simulacron-3 de Daniel F. Galouye, publicada en 1964, en plena era de las computadoras de tarjetas perforadas. La novela, para el que no la conozca, anticipa la realidad virtual de una manera que me pareció realmente admirable. Galouye, según leo en la Wikipedia, era periodista, así que supongo que el crédito de semejante presciencia debe ser casi exclusivamente de su imaginación. Todo lo que se ha escrito después sobre realidad virtual, incluidas novelas como Ciudad permutación o El experimento terminal o los guiones de la serie Matrix son refritos más o menos actualizados y más o menos inteligentes de la idea de Galouye, o del autor que la tuviera en primer lugar, puesto que no conozco suficiente la historia de la ciencia ficción para saber si alguien se le anticipó.

Lo que sucede con la realidad virtual no es un caso aislado. Lo cierto es que, si nos ponemos a revisar la historia de la cf, hay muy poquitas ideas básicas que hayan surgido después de los años sesenta. Tanto es así, que uno se pregunta si lo de centrarse en el espacio interior en vez de hacerlo en el exterior, el recurso a temas tabú y todas esas cosas que casan bien con la década, no surgirían porque no se les ocurría nada realmente original. Da un poco de vértigo pensar que la primera historia de Fundación data de los años cuarenta. Los imperios galácticos no son nada nuevo por más que nos los sigan presentando en gran variedad de tamaños y colores. Los viajes en el tiempo existen desde 1895 si le damos el crédito a H.G.Wells, o desde 1887 si se lo damos al anacronópete de Enrique Gaspar. La idea es de las que más juego pueden dar, incluyendo al sub subgénero de la ucronía que data también como poco de los años treinta.

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Revolución, de Juan Francisco Ferré

RevoluciónDesde las primeras entrevistas que concedió Juan Francisco Ferré sobre Revolución, el autor intentó transmitir cuál tenía que ser la orientación del lector a la hora de acercarse al libro: la novela es ciencia ficción contemporánea en un mundo donde el humanismo ha sido superado por las nuevas tecnologías. Sin embargo, obvió uno de los aspectos más importantes que vertebra gran parte de la historia: su experiencia como catedrático para narrar las encarnizadas guerras que se viven en los claustros.

Revolución es una novela de resumen sencillo pero estética compleja. Se sitúa en un futuro cercano donde la tecnología y la domótica ha llegado a donde apuntan las charlas TED y conferencias publicitarias de las grandes empresas. En ese entorno se cuenta la historia en la que, simplemente, un matrimonio con sus hijos acaban por mudarse al campus en el que el padre va a trabajar.

El matrimonio vive ajeno a los acuerdos que suelen conllevar estos lazos y mantiene una clara apertura sexual. Esto es interesante, ya que las relaciones en la obra de Ferré se han reajustado para sustituir el amor por poder y someter cualquier contacto en base a este, con la incógnita como único percance a superar. Además, los niños con los que conviven son enigmáticos y se nota la distancia generacional entre ellos, a pesar de que sean padres avejentados en comparación con la sociedad en la que viven.

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Fracasando por placer (VII): Breve antología de ciencia ficción. Selección de Paula Labeur y Claudia Moreno, 1995

Breve antología de ciencia ficción

¿Por qué estáis siempre haciendo antologías?, me preguntó mi mujer al verme leer este libro. Bien, quizá su visión está levemente influida por el hecho de haber terminado conmigo, que he hecho unas cuantas antologías y me paso el día leyendo cuentos. Pero lo cierto es que ningún otro género, salvo quizá la poesía, es tanto de hacer antologías como la ciencia ficción. Se me ocurren varias razones: la más bonita está en el protagonismo de los formatos cortos en la cf. Hay mucho material bueno, que vale la pena reeditar. Luego hay otras menos edificantes: por ejemplo, la facilidad con la que se consigue que las editoriales tengan la sensación de producir un libro importante pero por cuatro perras, fundando además la decisión en su completa ignorancia de los incontables intentos previos. El adanismo es un curioso fenómeno recurrente en un género que para otras cosas es tan autoconsciente de sí mismo, aunque fundamentado en que periódicamente llega un enterao que no sabe nada y tiene el entusiasmo del converso para transmitir su iluminación. También está el ego de los antologistas, vicio en el que espero no haber incurrido nunca y que me pone especialmente nervioso cuando veo a esos tipos que hablan de cómo han escogido cuentos como si eso fuera ingeniería atómica, una labor incluso más relevante que la de los propios creadores. Aunque en una era en que hemos llegado al fenómeno de los correctores de estilo estrellas, y en la que no descarto que lleguemos a ver a los repartidores de la distribuidora con galones, que dejen su impronta en el libro (ESTE LO REPARTIÓ PACO EL DE ZARZAQUEMADA), tampoco es muy de extrañar.

En particular, hay una descomunal cantidad de antologías con LOS MEJORES CUENTOS DE NUNCA JAMÁS, un fenómeno casi anual. En policiaco, por ejemplo, yo creo que sólo conozco cinco o seis, mientras que de cf debo tener unas treinta. Todas están bien, todas vienen a publicar casi lo mismo, y todas tienen alguna tarita por la cual no resultan del todo definitivas. La del año pasado, The Big Book of Science Fiction, a cargo de los VanderMeer, tenía pinta de ir a por todas con la inclusión de una gran cantidad de material no anglosajón. Sin embargo, la elección como contenido español de un cuento tontísimo de Miguel de Unamuno, malo desde el punto de vista de género y sin ninguna representatividad, le resta credibilidad al hacer temer que el resto de las decisiones tomadas sobre otros países sean igualmente absurdas.

Un subgénero también casi específico de la cf es el de las antologías introductorias. No creo conocer ninguna antología de relatos románticos planteada como una justificación para que usted, que no lee novela romántica, pueda darse cuenta de que al fin y al cabo no es la basura que cree. En cambio, ha habido unas cuantas en este plan de «descubra que la cf no es la porquería que piensa». Esta a la que me vengo a referir hoy es una versión mucho más simpática de ese concepto, al tratarse de una recopilación dirigida a un público juvenil. Sí, en Argentina han ido tan por delante de nosotros en este tema que se publicó en una editorial importante un libro para que los estudiantes leyeran ciencia ficción, incluso con material académico complementario al que no he tenido acceso; y además hubo ediciones para Colombia (que es la que ha llegado a mis manos), Venezuela y Ecuador.

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