Fracasando por placer (XXVIII): The Magazine of Fantasy & Science Fiction, octubre de 1969. También Ciencia Ficción, Selección 20, Bruguera, 1976

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Ya he explicado varias veces que no me parece que pueda considerarse que la Edad de Oro de la cf se sitúe en los años cuarenta, como ha sido el convencionalismo impuesto durante décadas. En años sucesivos, la práctica totalidad de los mejores autores anglosajones de esa primera época publicaron buena parte de sus obras más destacadas (Sturgeon y Heinlein en los sesenta, Asimov, Pohl y Clarke en los setenta), a la vez que se consolidaban como figuras también los mejores de los aparecidos en los cincuenta (Silverberg, Dick, Ballard, Aldiss), y los posteriores se encontraban en una prematura plenitud (porque Le Guin, Zelazny, Disch, Delany, Niven o Tiptree nunca superaron el nivel de sus primeros quince años de carrera). Aunque el final de los ochenta y comienzos de los noventa presenció la hegemonía de una nueva aristocracia (Gibson, Willis, Robinson, Vinge…) posiblemente nunca como en ese periodo entre 1965 y 1980, aproximadamente, se produjo un cruce de talentos generacional tan importante dentro del género.

Y así podían producirse fenómenos como que The Magazine of Fantasy & Science Fiction se marcara un número de aniversario con un cartel como este: Asimov, Bradbury, Dick, Sturgeon, Aldiss, Ellison, Zelazny, Niven y Bloch. Creo que ningún número de revista en la historia del género ha presentado una alineación tan poderosa, ni siquiera la propia F&SF cinco años después, cuando en sus bodas de bronce incluyó algunos nombres para mí de menor interés como los de Anderson, Dickson, Merrill o Bretnor. Si bien ese 25 aniversario entraría a la historia quizá más que este número que vengo a comentar por distintas razones: un Hugo para Ellison, el maravilloso “Tam, mudo y sin gloria” de Frederick Pohl sobre notas de Cyril Kornbluth (uno de los mejores relatos poco conocidos de la historia del género, para mí), y un cuento infame de Dick que sus seguidores preferimos olvidar, “Las prepersonas”, que generó gran polvareda al hacer montar en justa cólera a Joanna Russ, entre otras. Pero esa es una historia para otro día.

No había conseguido este número del 20 aniversario hasta hace muy poco, en perfecto estado con su cubierta negra mate y su papel de mala calidad, pero en la compra me cegó su fulgor: todos los cuentos están en el número 20 de las selecciones de Bruguera, salvo el de Bloch, que apareció en el último número (el 4) del extraño experimento de selecciones de fantasía que hizo la misma casa. Por tanto, había leído tiempo ha todos los cuentos. La razón de que me pasara inadvertido en detalle fue que, mientras el Selección 25 destacaba desde la portada que remitía al número aniversario correspondiente (del que se saltaban varios cuentos), en esta selección 20 sólo había una mención al detalle en la contraportada. El propio Carlo Frabetti, en el prólogo, anda bastante a por uvas soltando una perorata sobre la falacia de identificar progreso con calidad de vida, que es un tema que solo se toca en alguno de los cuentos incluidos. Incluso manda su típico mensajito izquierdosillo que yo compro como el rojete de cuarta categoría que soy, mencionando “la trama de intereses creados que desvían el progreso lejos y a menudo en contra del bien común”. El hecho de presentar el mejor sumario que había tenido nunca sus antologías no parece despertarle a Frabetti ni frío ni calor.

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Una mirada a la oscuridad, de Philip K. Dick

Una mirada a la oscuridadEn 2005 la revista Gigamesh le dedicó un número a Philip K. Dick. Entre material de calado, caso de un ensayo de Damien Broderick sobre sus conexiones con el movimiento transrealista o una completísima bibliografía elaborada por el añorado Juan Carlos Planells, se incluía un Hit-Parade donde 12 lectores poníamos nota a sus novelas. La mejor valorada fue Una mirada a la oscuridad. Confirmaba una condición que se ha ganado como obra más sólida de su carrera, uno de los inexcusables lugares de paso para conocer a Dick con Tiempo desarticulado, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, UbikFluyan mis lágrimas, dijo el policía. De hecho se puede considerar como uno de los grandes compendios de sus inquietudes. Aunque no llega a abarcar la totalidad de las cuestiones que lo interesaron durante sus tres décadas de escritura profesional, la mayoría quedaron adosadas a una narración que funciona como semblanza de la vida de un drogodependiente en la California de los 70.

Su protagonista, Fred, actúa de agente infiltrado entre adictos a la sustancia D. Esta droga aniquila la personalidad de quienes la consumen en un proceso que, en su caso, le ha llevado a disociarse del personaje a través del cuál ejerce encubierto: Bob Arctor. Esto es algo evidente desde el segundo capítulo cuando Dick borda uno de esos momentos tan «suyos» durante los cuales quiebra el sentido de la realidad: mientras Fred expone en una conferencia su infiltración y cómo un dispositivo permite cambiar su aspecto hasta el punto que nadie puede reconocerlo, Bob Arctor se materializa en el relato y da su opinión despectiva de la audiencia desde su perspectiva de adicto a la sustancia D. Esta dislocación, por el momento oculta para Fred, sus compañeros y superiores, se hace más evidente cuando desarticular a Arctor se convierte en el objetivo principal de su misión. El policía no es consciente que esa persona a la que observa por las cámaras de vigilancia y cuyas andanzas documenta con todo detalle resulta ser él mismo.

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An American Story, de Christopher Priest

An American StoryTenía serios prejuicios sobre An American Story. Su sinopsis invitaba a pensar que la conspiranoia se había apoderado de Christopher Priest y había escrito una novela sostenida sobre las especulaciones más extravagantes de lo ocurrido el 11S. Desde luego, resulta innegable que su argumento se apoya en algunos hechos incongruentes acaecidos aquel día; una serie de circunstancias apenas cubiertas u obviadas por la versión oficial. Sin embargo, su presencia obedece a un propósito más elaborado que apuntalar otro relato. En su gusto por explorar los márgenes más incómodos de nuestra realidad, Priest recupera el guante con el que escribió La separación, su novela de 2002 en la cual el extravagante vuelo de Rudolph Hess al Reino Unido en 1941 conduce a la firma de la paz separada con la Alemania Nazi y pone los cimientos de un escenario problemático: la Segunda Guerra Mundial toma un curso diferente, al que conocemos… y al de los horrores de un mundo dominado por el fascismo tradicional en las ucronías. Al mismo tiempo, An American Story es la novela de Priest más asequible para el gran público desde Experiencias Extremas, S.A y la más explícitamente contemporánea, por sus ideas fuerza, por la manera de abordarlas y por una escritura más directa de lo habitual. En multitud de detalles se asemeja a un thriller de expositor de tienda de aeropuerto.

Su narrador, Ben Matson, es un periodista que en los atentados del 11S perdió a la mujer de la que estaba enamorado, Lil. A lo largo de 20 años va y vuelve sobre ellos por su imposibilidad de clausurar el trauma: jamás se encontró su cadáver. Además, al conversar con Oliver Viklund, el exmarido de Lil del que estaba en trámite de separarse, sus palabras no coinciden con lo que él vivió. Asimismo anda por ahí un matemático ruso al que entrevistó a mediados de los 90 y al que regresa un poco por esas extrañas casualidades que tapizan las novelas de Priest. Estos mecanismos entre el azar y lo inevitable imbuyen al lector en una secuencia en la que se suceden el presente (un futuro cercano a unos meses vista) y los años posteriores al 11S. Un poco por la lógica interna de la evocación de Matson (algo despierta un recuerdo que se desarrolla a continuación), pero, sobre todo, como mecanismo para mantener la intriga y dosificar unas revelaciones convergentes que, todo sea dicho, tampoco resultan tan sorprendentes en su mayoría. Alrededor de esa cadena figura una realidad no moldeada por los hechos sino por su interpretación. Una idea que se explicita a través de una elaboración sociológica, el Teorema de Thomas, que va y viene en el testimonio de la mano de ese matemático ruso que bien podría haberse apellidado McGuffin.

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Future Noir. The Making of Blade Runner, de Paul M. Sammon

Future NoirNo recuerdo a qué tuitero le leí la primera referencia a Future Noir. Debió ser poco después del primer trailer de Blade Runner 2049, el festín visual con el que Denis Villenueve dividió a crítica y público en otoño de 2017, en una recepción prima hermana de la que tuvo la película original en 1982. El libro fue traducido allá en 2005 a partir de su primera edición y me da un poco de pena que volara por debajo de mi radar; no hay tema discutido una y mil veces sobre Blade Runner ausente de sus páginas, desde todas las personas que se interesaron por adaptar ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (¡Martin Scorsese!) a la razón de las diferentes versiones de su montaje, pasando por los grandes clásicos: ¿Es Deckard un replicante? ¿Quién escribió el soliloquio de Roy Batty? ¿Se comportó Harrison Ford como un mamón con Sean Young? ¿Qué hay detrás de las incongruencias del guión?

Periodista en Hollywood, Sammon estuvo involucrado en la cobertura de Blade Runner desde el inicio de la producción y cuenta con abundante documentación, desde ángulos en ocasiones sorprendentes caso del seguimiento del guión o del rodaje por Philip K. Dick antes de su prematura muerte, meses antes del estreno de la película. Ese marcaje, lejos de concluir tras el estreno, se ha extendido posteriormente, por ejemplo en el regreso a varios cines de EE.UU. de otro montaje a comienzos de los 90 o las reediciones del propio Future Noir, con nuevas entrevistas de seguimiento incluso a participantes con los que no había podido conversar. Este trabajo, acumulado y sistematizado, ha conducido a una tercera edición, la que actualmente se puede conseguir en inglés.

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El idioma de la noche. Ensayos sobre fantasía y ciencia ficción, de Ursula K. Le Guin

El idioma de la nocheLeer los ensayos de un novelista es verle algo más de cerca, como cruzar la puerta para entrar en su casa, como (atreverte a) hablar con él o con ella después de una conferencia. No tiene por qué quedar expuesta la urdimbre de la escritura misma en esos ensayos, pero las opiniones, las filias y detracciones, el ángulo desde el que se escribe y cómo entiende el mundo, sí queda, en general, expuesto, y así entendemos mejor la mente que ha imaginado otros mundos, esos ficticios mundos reales. La inteligencia de Ursula K. Le Guin (aunque no siempre la humildad), está a nuestro alcance gracias a Círculo de Tiza, que ya editó, en 2018, Contar es escuchar, y, ahora, más cerca aún, gracias a Gigamesh, que recupera El idioma de la noche en una edición impecable, bonita y cuidada (como para regalar o lucir en un espacio destacado de tus estanterías), de esta colección de ensayos de 1979.

Contar es escuchar no me gustó para nada. Tengo que admitirlo. Aparte de decir cosas sensatas y muy bien vistas, que las dice, claro, me pareció que incurría a menudo, muy a menudo, en una actitud condescendiente y ofensiva hacia los escritores jóvenes (página 340, página 364), hacia la crítica literaria (página 232), e incurría, también, en una molesta tendencia a dar por sentadas ciertas cosas sin necesidad de matizar nada, como cuando dice “Los lectores devoran libros. Las películas devoran a los espectadores”, en la página 359, por poner sólo un ejemplo. E incurría también en la obviedad facilona, como cuando se pregunta, retóricamente, “¿Cómo podría escribir si no leyera?”, en la página 370, y todo esto hizo que avanzar por sus páginas fuera desesperante. Pero Le Guin es perfectamente libre de decir lo que quiera, y eso es, realmente, lo único que importa. Tampoco quiero obviar el hecho que más me gustó: la defensa desacomplejada y por otra parte bien argumentada de Tolkien. ¡Defiende tus gustos, claro que sí!

El idioma de la noche es una colección de ensayos y prólogos más amable (en el sentido de que no trasluce actitudes arrogantes ni perdonavidas, o al menos no tanto). Traducido por Ana Quijada e Irene Vidal (a un castellano que fluye y suena natural, como la prosa de la autora), el libro contiene ensayos atrevidos, que intentan explicar fenómenos difíciles de explicar como por qué la fantasía no gusta, o no acaba de gustar, a los norteamericanos (en “¿Por qué los norteamericanos tienen miedo a los dragones?”), o el secreto mecanismo de relojería de la ciencia ficción en “Mito y arquetipo en la ciencia ficción”, donde tiene una de esas frases bomba con las que te quedas: “El escritor que no bebe de las obras y los pensamientos de otros, sino de sus propios pensamientos y de su ser profundo, hallará material común”. Aunque como frase bomba estrella, ésta, del prólogo a su propia La mano izquierda de la oscuridad: “La ciencia ficción es metáfora”.

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Ciudad nómada, rebaño miseria, de Pablo Loperena

Ciudad nómada, rebaño miseriaImaginativa, compleja y original, hay mucha tela que cortar en Ciudad nómada, rebaño miseria, primera novela de Pablo Loperena, publicada en 2020 por la editorial Insólita y cuyo germen es el relato del mismo nombre que ganó el premio Alberto Magno en 2016. Su principal virtud es el universo en el que se desarrolla, su complejidad y la minuciosidad con la que el autor construye cada detalle: estructura social, sistemas político y económico, lenguaje, valores, historia, mitos… Paradójicamente, el motivo por el que su lectura se me hizo, en ocasiones, cuesta arriba, está relacionado precisamente con esto: el suministro de información al respecto es constante y prolijo a lo largo de toda la narración (unas veces a través del narrador, otras mediante personajes que se explican cosas los unos a los otros) y acaba resultando abrumador. En general, da la sensación de que la trama es, más que el motor de la novela, la excusa para presentarnos el escenario en el que todo sucede con el mayor detalle posible.

Ciudad nómada, rebaño miseria transcurre en un mundo en el que la humanidad ha transformado el planeta en un gigantesco campo de cultivo (gracias a un proceso global denominado “Reparcelación”) que es trabajado incesantemente por monstruosas ciudades-máquina que lo recorren sin parar sembrando, cosechando y procesando los productos. La inmensa mayoría de la población mundial reside en el interior de estas “ciudades nómadas”. Pero en el exterior, en torno a ellas y en perpetuo movimiento para no quedarse atrás, se arraciman los marginados de la sociedad, los “rebaños miseria” del título, que reutilizan como pueden los desperdicios de la ciudad y se insultan entre sí con expresiones tan molonas como “sesoseco”, “chuscado” o “saco de costras”. La obra se centra fundamentalmente en la vida de los “rebaños miseria” a través de las andanzas de Salvaje, una niña paria que se ha consagrado en cuerpo y alma a una misión de venganza, y Diantre, el tecnomago que la toma bajo su protección. Un porcentaje de la acción, no obstante, se produce en las ciudades, que Loperena nos muestra a través de los ojos de Bo, un ciudadano de clase media, y Nat, una mecaingeniera perteneciente a las capas más bajas de la sociedad urbanita.

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Blade Runner 2: El límite de lo humano, de K. W. Jeter

Blade Runner 2Cuando el tiempo de ocio estaba más repartido entre distintas artes, a alguien se le ocurrió la idea de que K. W. Jeter escribiese Blade Runner 2: El límite de lo humano. Esta novela es la secuela de la película de Ridley Scott. Para mí, que no estoy acostumbrado a estos movimientos, me resulta extraño que se escriba una secuela de la película y omita en todos los planos la novela original de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, pero lo cierto es que el autor lo consigue y resulta algo peculiar por motivos que van más allá de lo literario.

K. W. Jeter era junto a Tim Powers una de las personas cercanas a Philip K. Dick. No un conocido más, sino de los que acostumbraban a ir su casa y formaban parte de esa especie de círculo literario llamado el Grupo de California. Durante la lectura, no han sido pocas las ocasiones en las que he valorado esta circunstancia y si Jeter pensó mucho en Dick, si tuvo dudas sobre el legado de su amigo, pero también en cómo es realmente este autor de segunda línea que apenas conozco. En todo caso, Blade Runner 2 se publicó en 1995, trece años después del fallecimiento de Dick y el estreno de la película y la experiencia debió convencer al sector editorial, ya que escribió otras dos secuelas más de la película.

En lo que respecta a la novela, Blade Runner 2 es una obra que, adelantaré, resulta de segunda fila. Por situarla, empieza meses después de la huída de Deckard y Rachael de Los Ángeles. El deterioro de la replicante ha sido tal que Deckard la mantiene en una especie de ataúd y la enciende una vez cada dos meses. Un día recibe la visita de la mujer en que se basaron a la hora de crearla, la Rachael original, que no es otra que la hija de Eldon Tyrell y actual dueña de Tyrell Corporation. Tras un extraño encuentro entre los dos, ella le informa de que existe otro replicante más que llegó junto a los de la película original y que lleva todo ese tiempo viviendo como un ciudadano cualquiera. Deckard acepta cazarlo por unos motivos que resultan más lujuriosos que otra cosa, decisión que resulta muy extraña.

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Jesús Torbado y las gracias de la ucronía

En el día de hoyDe todas las posibles formas de impugnar la realidad que heredamos, es probable que la ucronía sea la que lo haga con más radicalidad. La ucronía propone una alternativa paralela, un escenario aparte, que es, en sí mismo, una refutación en bloque de lo que asumimos como historia. Se puede impugnar la historia con intenciones reparadoras, justicieras; o se puede jugar a imaginar, con la historia, algo aún peor de lo que tenemos. Por tanto, es fácil deducir que hay dos tipos de escenarios: las ucronías positivas y las negativas. El caso más conocido de ucronías negativas seguramente sea el de la novela El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, y, dentro de nuestras letras, el caso inverso sería, imagino, el de la novela En el día de hoy, de Jesús Torbado. En la de Dick asistimos a una realidad en la que los alemanes y los japoneses ganan la Segunda Guerra Mundial; en la de Torbado, una en la que la República gana la Guerra Civil.

(También está claro que la ucronía positiva, como En el día de hoy, puede ser, para algunos –no tan pocos– la peor pesadilla).

La ucronía usa de la historia como elemento narrativo principal; en palabras del ensayista David Seed en Science Fiction. A Very Short Introduction, sobre El hombre en el castillo, hay, en la ucronía, una “escéptica atención a la historia como constructo narrativo”. Claro, se atreve el ucronista a descreer de lo que ve (de ahí que Dick entendiera tan bien las posibilidades y la envergadura del subgénero), y ven la historia como un lienzo dúctil que se puede destejer para volver a tejerlo, después, con otros propósitos libres, críticos o lúdicos. Al contrario que en la novela histórica, la historia es aquí la pared de frontón sobre la que rebotan, irónicamente, los hechos ucrónicos: hablan e interactúan creando unas sinergias que se espesan, alejadas de la oficialidad, para configurarse en un ente paralelo, alejado y autónomo, que descree de su modelo.

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Pinceladas (IV): Imágenes y poesía en la obra de Cordwainer Smith, Octavia Butler, Zenna Henderson y Philip K. Dick

La dama muerta de Clown TownSólo son pinceladas. Ideas e imágenes que parpadean un momento, momentáneos deslices de patinador sobre el hielo. Sus autores no se explayan, no tiran de ningún hilo: siembran sus ideas, sus imágenes que son ideas, y se van. Y si, como decía el poeta William Carlos Williams, “no hay ideas sino en las cosas”, y cualquier cosa, para ser representada, necesita de una imagen, entonces podemos adaptar sus palabras y decir que, a veces, la ciencia ficción es poesía.

En La dama muerta de Clown Town, de Cordwainer Smith, leemos: “Soy una máquina, pero fui una persona, hace mucho, mucho tiempo”. El caso es este: el alarmante talento de una mujer visionaria, migrado a los programas y circuitos de una máquina para conservarlo eternamente, para que siga orientando a las generaciones del futuro. Toda la personalidad de esa mujer preservada en una mente robótica. Ese es el caso.

Idea fascinadora, nos sume en una atmósfera de hermética, impermeable soledad. Nos hace pensar en el tedio de la inmortalidad. En la nostalgia de un tiempo sin duda mejor (por más cálido y, literalmente, humano). En la claustrofobia de estar vivo, plenamente consciente, en un espacio limitado y limitador (como quien se consume en un trabajo ingrato), sin poder disfrutar de nada. Nos hace pensar en lo odioso que es el talento (si te esclaviza, o si te esclavizan por él). Y hace verdaderas las palabras de Rimbaud: “La verdadera vida está ausente”. Esta máquina que es una mujer que es una máquina, es una pieza más del engranaje que, totalitario, domina el mundo de Cordwainer Smith. Exactamente no sabemos qué es ella. Porque si bien no es una máquina propiamente dicha, puesto que tiene recuerdos de su pasado humano, tampoco es un humano propiamente dicho, puesto que por sus venas (que ahora son cables) no hay sangre sino flujo de información. La Instrumentalidad –ese engranaje cordwaineriano– legó una difícil paradoja. Sería mejor hacer un quiebro y decir que, ni máquina ni mujer: estamos ante un triste oráculo que quiere morir. (Suena cursi pero es cierto).

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Pinceladas (II): Arthur C. Clarke, Philip K. Dick y el Nobel a Dylan

The City and The Stars¿Cómo? Pero ¿a qué te refieres cuando hablas del sentido de la maravilla? Muy sencillo. Imaginemos un universo muy posterior al de La máquina del tiempo, Star Wars, Dune, Fundación o al de la saga de Los señores de la Instrumentalidad. Imaginemos cómo sería la humanidad tantos miles de milenios después de esos futuros concebidos por la ciencia ficción más colorida. Imaginemos, ahora, cómo sería ese mismo universo millones de años, muchos millones de años después de esos miles de años que sucedieron a Star Wars y compañía. Pues bien, en un futuro aún más alejado que ese se sitúa La ciudad y las estrellasde Arthur C. Clarke. El imaginario de Star Wars sería el pasado remoto, desenfocado, de esta novela, como para nosotros lo son esas primitivas bacterias marinas que originaron la vida en la Tierra. Clarke ya escribió en 1953 El fin de la infancia, una de las novelas más tristes del siglo XX, con una invasión alienígena, muy a nuestro pesar, constructiva y necesaria. Muy a nuestro pesar, insisto. Y en Cánticos de la lejana Tierra describió el funeral más bonito que recuerde haber leído (sin que, todo hay que decirlo, recuerde haber leído muchos más), en los arrecifes de su amada Sri Lanka; un personaje asciende, incinerado, a las estrellas. Por segunda vez. De nuevo en La ciudad y las estrellas, y como ejemplo de lo que es, y lo que consigue, el sentido de la maravilla, los humanos alzan la vista y en el cielo nocturno ya no hay luna, la luna cayó hace tiempo pulverizada hacia la inexistencia. No a todos les gusta esa etiqueta, pero eso –eso tan sencillo– es el sentido de la maravilla: la incontenible fascinación que nos provoca lo extraño. Es un concepto delicado por lo que tiene, inevitablemente, de subjetivo, de relativo a los gustos de cada uno. En la Enciclopedia de ciencia ficción le dedican una entrada (sensata), que termina así: “el sentido de la maravilla es un fenómeno de la juventud, pero eso no lo convierte en menos real”. Antes de eso razonan por qué es, o se da, ese fenómeno entre los lectores más jóvenes, y es, dicen, porque se dejan encantar por lo vistoso sin saber ver que el contexto es torpe y poco literario. Yo creo que el sentido de la maravilla nos abstrae de nuestro entorno racional –encantándonos– y que devolvernos esa mirada alucinada de la infancia es, precisamente, uno de los mayores logros literarios del género. Este párrafo se puede escribir, como ejemplo de lo que es ese sentido de la maravilla de la ciencia ficción, con Clarke en mente, como acabo de hacer. También con todos los demás autores del género. (O casi todos).

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