Los (otros) 10 mejores libros de ciencia ficción del siglo XXI

Amazon Zon Zon

Ya lo he contado alguna vez. Cuando limpio el kippel de mi ordenador, cosa que hago de Pascuas a Ramos, me suelo encontrar con textos jugosos que guardé en su día y que al poco desaparecieron de mi memoria. Pues bien, el olvido del artículo que finalmente ha dado origen a este texto es un caso especial. Su lectura provocó que me viera obligado a escribir instantáneamente una suerte de reflexión personal, casi un manifiesto con carácter contestatario. Lo acabé abandonando por no meterme en guerras absurdas en un momento en el que andaba bajo de ánimo por asuntos de índole personal. Al reencontrarme con él, casi un año después, he creído que contenía los suficientes puntos de interés y utilidad como para someterlo a una reelaboración. Aunque, para ofender al menor número de lectores posible, he eliminado las partes más polémicas.

Bajo el título “Los 10 mejores libros de ciencia ficción del siglo XXI”, el diario El Confidencial publícó en julio de 2020 una lista de recomendaciones literarias que les invito a leer antes de continuar. Aunque el artículo se encontraba dentro de la sección de Cultura, el contenido parecía elaborado con un espíritu claramente comercial, sospecha corroborada por la presencia de la palabra Amazon al principio del epígrafe. El caso es que encontré muchos puntos de interés en ese artículo, más que por las recomendaciones en sí, porque identifiqué en él algunas de las cosas que me habían estado rondando la cabeza durante los últimos años, pues hacía hincapié en una actitud del aficionado que se ha ido agudizando de manera notable en estos últimos años.

En realidad, a pesar del rimbonbante título del artículo, al que dan ganas de añadir entre paréntesis un evidente “hasta el momento”, esta lista recomienda diez libros que en España han sido o bien publicados por primera vez o bien reeditados en formatos más lujosos exclusivamente -y esto es lo reseñable- en sólo una de las décadas del siglo XXI, la segunda para ser concretos. La sensación de que se buscaron publicaciones recientes, fueran novedad o reedición, es inequívoca. De hecho, si uno coteja la lista con los libros presentes en la sección de ciencia ficción de cualquier librería importante, parece una wishlist de novedades de los últimos años que poder adquirir en el acto.

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Subsolar, de Emilio Bueso

SubsolarSiempre es difícil concretar la calidad individual de la novela que cierra una serie. Su valor intrínseco está estrechamente relacionado con la conclusión de la historia que se ha estado desarrollando en los libros anteriores. No debería ser así, pero el último volumen suele acabar ejerciendo la función de mero instrumento finalizador. Con Subsolar esto no ocurre, debido a una determinada particularidad. Mientras que la separación entre la primera y la segunda parte estaba bien delimitada, en esta tercera entrega no hay una marca diferenciadora con respecto a dónde dejó la trama al lector en el libro anterior. La última parte de la trilogía “Los ojos bizcos del sol” parece más bien la segunda mitad de Antisolar, sin pausas en la continuidad y sin otra diferencia que el cambio de escenario. Tampoco se dan los consabidos apoyos de oficio con los que se suele refrescar la memoria de lo sucedido en los libros precedentes, para que el lector recuerde cómo se llegó a esta situación hace ya más de un año, de tal modo que el principio invita a releer los últimos capítulos de la segunda novela. Así pues, la sensación de unidad es mayor y elude el peligro de parecer un mero apéndice. En ese aspecto, recuerda a aquellos volúmenes que Ediciones B dividía en dos entregas debido a su largo número de páginas (Neal Stephenson y otros tochos semejantes). En este caso, la extensión no parece ser el motivo del corte y tengo el convencimiento de que la publicación en un único tomo, hecho que sucederá pronto, será más satisfactoria.

Con independencia de cómo ejecuta la suerte suprema, asunto que trataré más tarde, Subsolar es una novela que se muestra a la altura de las precedentes, convirtiendo la regularidad en una de las virtudes de la serie. La historia sigue entreteniendo por divertida y original, aunque la sorpresa por el novum que hace interesante todo el ciclo —ese mundo en simbiosis con moluscos, insectos y ahora arácnidos— vaya a menos, como es normal. La peripecia es, quizás, la que menor variedad ofrece, pues lo que se desarrolla en sus páginas es un periplo continuado por el desierto con parada en varios núcleos de población, algo monótono en cuanto al viaje de los héroes, que hasta ahora había recorrido una gran diversidad de escenarios. Sin embargo, las diferencias entre esos distintos centros urbanos están bien marcadas, su exotismo bien trabajado. Como mandan los cánones de la fantasía, hay una gran batalla final que, contada desde el punto de vista del narrador, recordemos que en primera persona, produce un efecto de inmersión potente, sin que penalice el contra efecto inevitable de ocultar el plano general de la batalla.

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Regreso al Edén, de Paco Roca

Regreso al Edén

Como lector, tengo una relación especial con Paco Roca. Pude charlar por primera y única vez con él hace unos años, en la reconvertida ExpoComic, donde hice cola junto a decenas de admiradores para que me firmara el regalo que quería hacerle a un amigo. Era un ejemplar de Los surcos del azar, una novela gráfica que me había gustado mucho y en la que ya pude encontrar el respeto que el autor demuestra sentir por el pasado en cada una de sus obras. El dibujo con el que firmó aquel regalo, la fluidez y facilidad con la que las líneas salían de su pluma, me sorprendió y maravilló como siempre que veo trabajar a estos genios del arte secuencial. Con su talento y su amabilidad, Roca se ganó a un potencial lector para el futuro, un tiempo que no tardaría en llegar y que, de forma insospechada, estrecharía mi relación con su obra de forma directa. La lectura de tres de sus obras ha ido coincidiendo, con cierta sincronicidad, con momentos relevantes de mi existencia, estableciendo un vínculo con mi memoria pasada y presente. Arrugas, relato de un hombre obligado a vivir sus últimos días en un asilo de ancianos, llegó a mí un año después de tener que ingresar a mis padres en una de estas residencias. La casa, leída meses más tarde, reflotó en mi memoria recuerdos del pasado, de los veranos en el pueblo y de la relación con mis hermanos, más estrecha estos últimos años por las visitas compartidas a la residencia, que, precisamente, se encontraba en aquel mismo pueblo. Ahora, recién fallecida mi madre, víctima de la pandemia, Roca publica esta obra sobre la suya, sobre todas las madres de una generación que se nos muere, encerrada, recluida tras los barrotes, y que retoma en su última hora el padecimiento que les tocó vivir durante sus primeras décadas.

Regreso al Edén es una de esas obras que describen toda una época y que huyen de ese bigger than life tan afín a la narrativa. Nada es más grande que la vida, parecen pregonar este tipo de obras que, como un retablo, carecen de una trama de ficción al uso, ya que, en ellas, la trama es la vida misma. Magníficamente estructurada, la historia se va deteniendo en cada uno de los miembros de la familia y progresando por medio de sus vivencias individuales y de la relación entre ellos. La obra brilla en el devenir narrativo, aunque el ritmo se quiebra en los raros momentos en los que se entromete el frío dato histórico: Franco y su dictadura. Esta debilidad del relato hay que entenderla desde el éxito de Paco Roca, reciente ganador del Eisner, el gran premio norteamericano del cómic, a quien se le ha abierto el mercado internacional. Supongo que la publicación en otros países hace necesaria la introducción de un contexto en las obras históricas que aquí, en el país de origen, probablemente sobra. Y es que, más que los grandes datos, son los padecimientos de nuestros padres y abuelos, su quehacer diario, los que llenan de vida las páginas de un cómic que, como ocurre con gran parte de la obra de Paco Roca, toca el corazón.

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Ciclo del Centro Galáctico, de Gregory Benford

En el océano de la nocheAunque hayan estado más en boga que nunca en esta década que el maldito 2020 no acaba de cerrar, el gusto de la ciencia ficción por las series no es, ni mucho menos, algo reciente. Baste recordar que al mismísimo Julio Verne le gustaba establecer relaciones entre novelas y dar continuidad a ciertos personajes en distintas narraciones. Desde el principio, prolongar las historias y los universos en los que estas tienen lugar fue una beneficiosa estrategia editorial alentada por el propio autor, que contaba con las ventajas de tener ya ganados a muchos de los posibles lectores y de ahorrarse desgaste imaginativo y trabajo de documentación en la creación de sus mundos ficticios. El problema con las series vino con el paso de los decenios y la progresiva escalada del fenómeno, que ha acabado culminando en este siglo, tanto en la cf como en otros géneros de la literatura, en un abuso del concepto, en un fructífero estiramiento del chicle que ha producido monstruos, leviatanes de miles de páginas repletas de reiteraciones y de paja. Donde antes valía con una novela de 300 páginas, ahora no bastan ni 1200. La literatura al peso, de la que hay algunas muestras en el pasado, es hoy mayoritaria, hasta el punto de que una novela suele no ser algo independiente, sino sólo el primer paso. Si echamos un ojo a los premios a mejor novela en los últimos años, los Hugo, Nebula, Locus, etc., encontraremos que la novela ganadora de Cixin es la serie de Cixin, la novela de Jemisin es la serie de Jemisin, la novela de Leckie es la serie de Leckie y así todo.

En realidad, lo que ha aumentado es el número, la cantidad de obras planificadas previamente como inicio de algo mayor. Quizás antes no ocurriera con tantas novelas (ahora casi nadie se plantea algo unitario), pero sí con muchos de los libros más populares del año. Llama la atención, dado el éxito que tienen y han tenido las series, que tanto los medios como los aficionados de la cf le hayan dedicado un interés significativamente menor a la hora de elaborar listas, esos populares tops de grandes éxitos y mejores obras que tanto gusta publicar y discutir a críticos y lectores. Creo que el motivo viene dado por el desinterés actual por el pasado. Dada la salvaje diferencia entre esta década y todo lo anterior, debido a esa brecha temporal que se ha abierto entre la cf actual y la añeja, casi mundos aparte, se hace difícil practicar el ejercicio necesario de evaluación para aplicar comparativas y adjudicar puestos. ¿Están las series citadas más arriba a la altura de Dunes, Fundaciones e Hyperiones? ¿Resistirán el paso del tiempo como estas? ¿Serán recordadas? Difícil saberlo. Muchas de las series que en su día tuvieron gran fama y seguimiento hoy están semienterradas. ¿Los titerotes, los cheela, los pajeños? ¿Les suenan estos nombres a los aficionados más jóvenes? No lo creo. Hay una serie en concreto que, seguramente, muy pocos habrán leído, y que dudo que obtuviera lugar en una lista corta de las mejores series de cf de todos los tiempos. Sin embargo, yo le guardo mucho cariño, el suficiente para desempolvarla.

El Ciclo del Centro Galáctico, serie de seis novelas escrita por Gregory Benford, es peculiar en varios sentidos. Uno es el largo tiempo transcurrido entre la apertura y el cierre del ciclo, que va de 1977 a 1996, y que es incluso mayor si contamos la fecha de aparición en revista de la primera parte del primer libro, nada menos que 1973. Alrededor de veinte años a lo largo de tres décadas, en las que, sin mostrar influencias de la moda imperante en cada decenio y a pesar de los libros publicados por Benford entre medias ajenos a la serie, no se aprecia evolución en cuanto al estilo o modos de abordaje. La regularidad estilística es tan extraña como lo es su naturaleza narrativa, que, merced a un salto temporal enorme y a un cambio de los personajes protagonistas, divide en dos el arco central del ciclo, dedicando un par de novelas a unos personajes, tres a otros y una última a todos juntos. La serie es eminentemente hard, de ciencia ficción dura tal como se conocía en los 80, y progresa de principio a fin uniendo diversas subtramas, siempre dentro de las dos historias principales. Cada novela es diferente, y sólo uno de los libros parece prescindible. El tema central es la lucha de la Humanidad por la supervivencia en una Vía Láctea dominada por las máquinas, un argumento que, si bien ha sido tratado en bastantes obras del género (lo primero que me viene a la mente es Akasa Puspa), pocas veces se ha hecho con la profundidad y prodigalidad con que se muestra en esta serie. Veamos los libros uno a uno.

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Ecos postapocalípticos

Barcelona vacía

Haciendo memoria, me doy cuenta de la gran cantidad de libros de literatura postapocalíptica que he leído en los últimos años. No es nada extraño, se trata de uno de los subgéneros de la ciencia ficción que más me gustan. Además, su presencia en las librerías de todo el mundo ha sido apabullante durante las dos últimas décadas, imposible de resistir. Ahora que el confinamiento comienza a estar en el recuerdo, me ha parecido interesante hacer un somero comentario sobre los últimos libros de este subgénero que pasaron por mis manos. No quiero cansar a nadie, así que solo van a ser tres; no deseo hacer una lista de grandes recomendaciones, que ya se han visto demasiadas en los grandes medios, sino significar brevemente la poca conciliación que suele darse entre la ficción literaria y la realidad. Aunque, para qué voy a mentir, estas lecturas son apetecibles sin necesidad de utilizar subterfugios, por sí mismas. Confieso que soy un lector más bien de contraste, de los que prefieren leer aventuras en los mares del sur durante el invierno y relatos polares en verano, pero creo que la excepcionalidad de la situación que vivimos durante cien días y que aún sufre gran parte del planeta bien merece saltarse la norma, y que, por pura catarsis o por identificación escapista, también es sugerente leer ahora historias enmarcadas en escenarios tan singulares (y fascinantes si logramos abstraernos de lo trágico) como el que se ha extendido los últimos meses más allá de nuestras ventanas y hacia el futuro. Lo cierto es que jamás ha habido una atmósfera más propicia para sumergirse en este tipo de lecturas. Los libros son La ciudad, poco después, de Pat Murphy; La muerte de la hierba, de John Christopher y La sequía, de J. G. Ballard.

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El auge de la literatura postapocalíptica

La carretera del hambre

No es difícil dar con los motivos del auge que está teniendo en este siglo la literatura  postapocalíptica, el subgénero de la ciencia ficción que aborda el colapso civilizatorio y los hechos posteriores. Se trata de un tipo de narración propicio para tiempos convulsos y no hay duda de que el siglo XXI lo está siendo. En sus primeras dos décadas se han ido produciendo, uno tras otro, acontecimientos y situaciones globales que han calado en el imaginario colectivo, facilitando la aceptación de la fabulación catastrofista. Debido a ello, las mesas de las librerías, las salas de cine y las pantallas de televisión han venido exhibiendo, a lo largo de todos estos años, ficciones basadas en la supervivencia tras el desastre, narraciones postapocalípticas puras en algunos casos —el clásico survival tras la hecatombe—, y mestizas en otros, como las extendidas hacia la distopía o el fenómeno zombi. Ahora que el gran desastre en forma de pandemia ha relegado a la Humanidad a sus hogares, la expansión y aceptación definitivas de este tipo de literatura, incluso en los dominios del realismo, parecen inevitables.

El postapocalíptico, que a veces muestra el propio proceso apocalíptico y otras sólo lo utiliza como punto de partida, es uno de los subgéneros más distinguidos e importantes de la ciencia ficción, quizás el más antiguo. Está presente en la Epopeya de Gilgamesh (2500-2000 a.E.C.), la primera narración escrita que se conoce y en la que se alude a un diluvio universal anterior que casi acaba con la Humanidad. Si avanzamos en el tiempo, en julio de 1816, un mes después de la reunión de Villa Diodati en la que Mary Shelley concibió la semilla de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), obra que para algunos teóricos inicia la ciencia ficción, el anfitrión Lord Byron daría a conocer Darkness, un poema de esencia inequívocamente apocalíptica. Pocos años más tarde, la propia Shelley abordaría el subgénero con El último hombre (1824), novela que transcurre en un escenario apocalíptico y postapocalíptico. En ella, el novum es utilizado con intenciones alegóricas, tal como lo ha hecho en numerosas ocasiones la ciencia ficción. Más adelante, un autor de máxima relevancia como Edgar Allan Poe escribe lo que podríamos llamar proto ciencia ficción, con detalles apocalípticos en algunos de sus cuentos. Jules Verne y H. G. Wells, padres del género para otra facción de estudiosos, incluyeron de forma desigual la temática en sus obras, mucho más presente en la del segundo que en la del autor francés. El postapocalíptico entra con pie firme en el siglo XX mediante obras como La nube púrpura (1901), de M. P. Shiel, y La peste escarlata (1912), novela pandémica escrita por Jack London.

Durante los siguientes cien años, este subgénero corrió parejo a la agitación de los tiempos, pero también a la propia evolución del ámbito literario en el que fue enmarcado. Reivindicado como temática propia de la ciencia ficción, se convirtió, ya desde las mismas narraciones pulp, en una constante utilizada por la mayoría de sus autores. En la primera mitad del siglo XX cobraron importancia las distopías, ficciones políticas que utilizaban como punto de partida una crisis mundial, origen de un nuevo mundo. Nosotros, Un mundo feliz y 1984 pasarían, por su excelente calidad y el universal contenido de sus alegorías, a formar parte del catálogo de grandes obras de la ciencia ficción. Desde entonces, ya no dejarían de escribirse y filmarse narraciones postapocalípticas, y estas se constituirían en el dedo señalador de los temores y preocupaciones colectivos preponderantes en sus respectivas épocas. La Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el SIDA o el ecologismo de fin de siglo tuvieron su reflejo en el agente exterminador de los distintos relatos, que fue nutriendo su catálogo de cataclismos por guerras nucleares, virus pandémicos, asteroides destructores, catástrofes ecológicas y un sinfín de desgracias globales tras las cuales el hombre intentaba sobrevivir y volver a crear una civilización estable.

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Una soleada mañana de apocalipsis

Las calles de Madrid

El despertador me avisa algo más tarde que en un día laborable normal. Durante estas semanas, la ausencia de tráfico me ha permitido posponer la alarma quince minutos y prolongar un poco el sueño. Me levanto y realizo la rutina diaria de aseo y desayuno sin cambiar un solo detalle. Mientras me tomo el café con un dónut leo en el dispositivo móvil las noticias que trae internet, primero los diarios y luego twitter. Repaso los primeros consciente de sus correspondientes deudas ideológicas. El segundo lo ojeo con la mascarilla mental puesta.

Twitter es, en estos días de crisis, más estercolero que nunca. A pesar del callo que he criado con los años, hay ciertos comentarios y actitudes que me siguen afectando. Suelo limitar mi lectura a aquellos tuits que dan datos y opiniones desde una autoridad contrastada, pero la curiosidad me arrastra a veces hasta lugares dañinos, a través de los crecientes cauces de rencor político y desechos morales mal intencionados. Soy un ciudadano más, y doy por hecho que este malestar intelectual nos estará infectando, como el propio virus, a todos. Ya he asistido a algún enfrentamiento vespertino entre ventanas, entre compañeros y vecinos.

Mientras ella y el niño siguen durmiendo yo me visto, salgo a la calle y me sumerjo en este apocalipsis blando que estamos viviendo. La policía municipal está a cosas más importantes, así que aparcar cerca de casa ahora no supone un problema. El coche continúa donde lo dejé, encima del bordillo, a veinte metros del portal. Gracias a él, a lo largo de los años, he visto y vivido cosas extraordinarias, pero ninguna tan extraña como la que estamos compartiendo estos días. Subo al vehículo, compruebo que la mascarilla, los guantes y el gel sanitario están en su sitio y arranco.

Ruleteo un poco entre calles angostas y edificios silenciosos y me dirijo al puente de Santa María de la Cabeza. Me incorporo a la vía principal. Prolongo la vista y apenas se ven un par de coches hasta la glorieta, un kilómetro más arriba. Normalmente, cuando paso a diario por este primer tramo siempre me apetece mirar el río, pero el tráfico habitual me impide girar la cabeza. Estas dos últimas semanas he podido hacerlo sin problemas. Miro a derecha e izquierda y la tranquilidad del Manzanares, con su arroyuelo de agua, el creciente verdegal y las numerosas aves en vuelo me aporta sosiego. La primavera, sin duda, ha acabado de instalarse. Sonrío al pensar que este es solo el principio del festín contemplativo que me aguarda.

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Antisolar, de Emilio Bueso

Para muchos de sus lectores y unos cuantos críticos, los textos de Emilio Bueso producen el mismo efecto que un puñetazo en el estómago, un directo al hígado o un gancho a la mandíbula. Con estas frases lo reflejan en sus opiniones y reseñas. Para sus incondicionales, las historias de Bueso son revolucionarias, inesperadas idas de olla, una puta locura; leerlas, dicen, es apostarse el pellejo, jugar a la ruleta rusa y exponerse a una literatura nunca vista. ¿Por qué los libros de Bueso parecen afectar a sus adeptos hasta, por decirlo de algún modo, reventarles la patata? Gran parte de ese efecto, tan contundente como viral, habría que apuntárselo a la imagen que el propio escritor ha ido potenciando en sus discursos, pero la simple propagación por simpatía no es suficiente de por sí para provocar semejante emoción en tal número de personas. Hay algo más, y a poco que se fije, un lector atento podrá encontrar la explicación acudiendo al foco de origen, en novelas como Cenital, Esta noche arderá el cielo o la muy publicitada Transcrepuscular; y de forma más evidente aún, en Antisolar, su continuación. El secreto a voces reside, precisamente, en eso mismo, en la voz narrativa, de la que hablaré al final, después de referirme a una obviedad y acometer un breve análisis.

En una serie lineal como ésta, siempre es más complicado para el critico elaborar un texto largo sobre las continuaciones que sobre el libro que la originó. La materia de la que hablar se reduce, puesto que el escenario, los personajes y la trama ya fueron presentados en el libro anterior y tratados por el reseñador en el análisis que éste dedicó al primer volumen. Le queda entonces, para no repetirse, limitar el estudio a las novedades y a la evolución de lo ya planteado, a valorar cómo se desarrolla lo que quedó en el aire. Para el escritor la restricción es parecida. Sí, ya tiene “hecha” una gran parte del trabajo, pero eso, precisamente, coloca en primer plano su capacidad imaginativa, su pericia para introducir elementos originales que se integren bien con lo anterior y consolidar y hacer avanzar la trama principal mediante un correcto desarrollo de las distintas subtramas, sean estas heredadas o nuevas. El director de cine Juan Antonio Bayona, que acaba de estrenar con éxito Jurassic World 2, decía, hace unos días: “…hay algo gratificante en estas continuaciones y es que en estos episodios es cuando la historia se vuelve más compleja. Es el nudo de la historia. Coges las repercusiones de la parte inicial y las llevas de la forma más compleja posible a la tercera”. Y sin romper la coherencia con el mundo preestablecido, o al menos con cierta continuidad en la historia, apuntaría yo.

En los volúmenes intermedios de una serie, el lector espera que se dé una cierta evolución en la historia sin que cambie del todo el fondo que le sedujo en la primera entrega. Es decir, busca esa complejización y función de puente a la que se refiere el realizador español; tanto la confirmación de los valores que le gustaron en la primera parte como el crecimiento de aquello que los conforman: el escenario, las subtramas, los personajes e incluso el mensaje, que no siempre existe. ¿Qué hay de eso en Antisolar? Digamos que el relato de aventuras se mantiene, que los personajes evolucionan un poco, que las nuevas localizaciones fascinan por igual, que hay menos profundidad de contenido, que se añade poca información a la trama principal y, sobre todo, que la voz del narrador agudiza su presencia.

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Barbagrís, de Brian W. Aldiss

BarbagrísLo escribió Julio Numhauser y la cantó Mercedes Sosa, aunque ya lo sabíamos desde Heráclito. Panta rei, todo fluye, todo cambia; en la realidad y en la vida, en las costumbres y los hábitos. Y en los pequeños asuntos cotidianos. Si se compara el mercado del libro actual con el del pasado se percibe enseguida un claro contraste. Aquellas tendencias que hace treinta años apenas comenzaban a vislumbrarse, hoy son imperio. La necesidad de estar al día, de leerse lo último, esa novedad de la que todo el mundo habla, ha pasado de mero postureo a obligación. Las editoriales se encargan de que la dependencia sea intensa y esté bien cubierta. No puede ser de otra forma en nuestra amada sociedad capitalista. El negocio es el negocio. El caudal insostenible de novedades, así como la obligación autoinfligida de leer lo que hay que leer, acaba provocando un cierto estrés a ambos lados del libro. Como “ritmo demencial” lo denunciaba el escritor Guillem López, ganador de los dos últimos premios Ignotus en la categoría de novela española, en un tweet reciente. “Un día de estos, alguien tendrá que plantear el debate, porque no es normal y no está bien”, acababa diciendo.

Lo cierto es que, antes del cambio de siglo, aun existiendo el normal interés por la novedad, no se llegaba a estos extremos. Entonces pesaban más los nombres antiguos que los nuevos, uno quería leerse antes a los escritores consagrados que al autor del último hit, comentar las grandes obras antes que las novedades. Buscabas primero en la biblioteca y luego en la librería. Ahora sucede al revés, el orden se ha invertido y realiza más estar leyendo (e informar de que se está leyendo) lo últimísimo que hayan puesto a la venta las editoriales o los autores mejor promocionados. Las novelas con más de diez años solo son rescatadas por sucesos ajenos: alguna iniciativa de club de lectura, una película o, como ha sucedido con El cuento de la criada, de Margaret Atwood, gracias al éxito de una serie de televisión. Y esta displicencia se da con los clásicos, a los que es difícil ignorar debido a su pervivencia en las listas o en los escritos de los críticos viejunos; si vamos un paso más allá, encontraremos que las novelas con solera cuyo pecado fue el de ser “solamente buenas” están, a estas alturas, casi enterradas.

Llama la atención ese desafecto por lo anterior, el hecho de que atraiga más una novedad cuya calidad está por ver que un libro cuya bonanza literaria ha sido confirmada tanto por numerosas opiniones como por su perdurabilidad. Más cuando el descubrimiento de esos libros añejos por parte del devorador de novedades suele acabar con exclamaciones de sorpresa y satisfacción. Desentrañar las causas de semejante fenómeno no es labor de este texto, pero sí tratar de recuperar uno de esos libros a dos pasos de la excelencia. El fallecimiento de Brian W. Aldiss y algún comentario sorprendente sobre su irrelevancia no me han dejado opción a la hora de elegirlo.

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Transcrepuscular, de Emilio Bueso

Los ojos bizcos del sol 1

Para todo aquel que siga la literatura fantástica española y esté al día, debe de haber sido imposible sustraerse al fenómeno que la editorial Gigamesh, apoyada en una efectiva explotación del estado actual de las cosas dentro del mundillo, ha provocado. Supongo que el autor de Transcrepuscular, Emilio Bueso, estará muy contento con el despliegue y la efectividad de la promoción, pero, a mi juicio, esta ha producido un efecto colateral inverso, una mengua en la atención a la calidad real de la obra y la objetividad en favor de una devoción por el producto. Y como producto incluyo, dado su particular talento para la autoventa, el apellido del propio escritor.

Por decirlo de algún modo, cierta crítica que, aun haciendo el juego, no se reconoce (ni a veces se sabe) parte de la maquinaria publicitaria, se ha limitado a repetir, como si de un mantra se tratara, los argumentos, etiquetas y comentarios que el propio aparato editorial ha ido volcando a través de la sinopsis, de las entrevistas en los medios a editor y autor, de los blurbs, de los textos camuflados como opiniones en Goodreads y otras plataformas de internet. Instrumentos de propaganda que han vomitado una retahíla de conceptos tales como biopunk, evolución por simbiosis, road movie, worldbuilding, ida de olla y un puñado de sentencias más, todas en tono ditirámbico, y que aquellos lectores cortos de criterio han aceptado sin hacerse preguntas, considerando el conjunto como único argumento válido para imprimirle a la novela el marchamo de la excelencia.

Curiosamente, los pocos apuntes propios que he leído provenientes de los reseñadores hacen referencia al desconcierto que el peculiar estilo de Bueso, excesivamente coloquial, ha producido en ellos. Un detalle que, sin embargo, no parece pesar en sus valoraciones finales, derrotado ante el gran número de puntos a favor asimilados, copiados desde el argumentario del propio autor y la editorial. La afinidad de algunos de estos reseñadores con la casa y su escritor es responsable, también, de que el exceso de expectativas ni siquiera haya jugado a la contra, como sucede usualmente cuando se da tanto bombo previo a una obra.

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