La ciencia ficción es un caleidoscopio verbal

Imágenes de cf

Cómo llenarte, soledad, sino contigo misma
Cernuda

Una de las ventajas de leer ciencia ficción, si queremos verlo así, es que estás menos solo. Esto pasa con todo tipo de lecturas, claro, porque todas acaban siendo un lienzo de imágenes entrelazadas que puedes recordar. Pero con la ciencia ficción es un poco distinto. Un poco mejor.

El caleidoscopio verbal que es nuestro género se queda retenido en la memoria a la espera del disparador que lo haga florecer. Y el imaginario asociado está tan alejado de lo que nos rodea en nuestro día a día que es, en general, la propia ciencia ficción la que hará de acicate para que se activen sus bobinas verdeazuladas como en un cine. Como el cine que en el fondo son. Así, leer es un disparador de la memoria. Con otro tipo de lecturas puede suceder lo mismo pero la ciencia ficción, aunque tenga tanto y tanto subgénero, tiene en común la deformación de la realidad, y cada una de sus particularidades, cada deformación individuada, te puede retrotraer a otra.

Esa es, seguramente, la diferencia principal con el otro tipo de lecturas. Podemos leer alguna novela que quiera reflejar lo que llamamos realidad, y sus descripciones, limpias como espejos, nos podrán recordar muchas cosas. Pero evocarán tanto, tanta cosa diferente, que no las asociaremos a las otras literaturas de las que puedan venir. Con la ciencia ficción, en cambio, sí: está más acotada porque una descripción remitirá siempre a otra descripción perteneciente al género. Ese límite hace que los recuerdos sean ilimitados; entre la narrativa así llamada realista, que tiene menos límites porque lo incluye casi todo, nos perdemos, y la capacidad asociativa, por tanto, merma.

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A Choice of Gods, de Clifford D. Simak

A Choice Of GodsBusco, curioseado, en las dos enciclopedias de ciencia ficción que por suerte tengo en casa, y en la de Clute y Nicholls, bien, pero en la de George Mann descubro que le dedican un total de cero páginas a Clifford D. Simak. ¿Cómo puede ser? Busco varias veces por si me equivoco pero el orden alfabético facilita la tarea y aclara cualquier duda que pueda haber. Nada. No está. No lo entiendo.

Bueno. ¡Pues qué le vamos a hacer!

Me fastidia haber dicho ya que a quien más se parece Simak es a Miguel Delibes y, en inglés, a John Steinbeck, porque repetirlo ahora ya no tiene gracia y menos aún la validez de la novedad, pero leyendo A Choice of Gods me reitero: la ciencia ficción rural tuvo a su gran, a su mejor escritor, en Simak. La premisa de la novela recuerda a otros libros suyos (lo que no es tan raro), y a uno, impresionante, de Doris Piserchia: en la Tierra sólo quedan los restos de una humanidad huida a las estrellas, sin que sepamos cómo huyeron ni por qué. Eso y la tecnología, causante directa e indirecta de tanto desastre, son temas ya explorados por el autor (pienso en Herencia de estrellas, por ejemplo), pero lo que vemos ahora son las distintas mentalidades de la gente que se ha quedado. Simak pone el acento en cómo evoluciona la gente en ese mundo más que en la gente huida. Y más que gente huida, es gente que desapareció un día y se fue sin más a las estrellas (rareza que se explica más adelante en la novela y sobre la que no digo nada para no estropear posibles, potenciales lecturas).

Los robots en la novela han desarrollado una especie de religiosidad, y los humanos, los pocos que quedan, han vuelto a una relación pretecnológica con la naturaleza. Más respetuosa y clemente. La dicotomía es clara pero no entre humano y robot sino entre humano ido y humano quedado en Tierra. El que se queda, se queda por miedo o por devoción a un planeta envejecido. Y todos los humanos idos tienen ese llamado, esa profunda llamada de lo salvaje, por usar unas conocidas palabras de London. También los robots.

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Sobre Mastodonia, de Clifford D. Simak

MastodoniaNo hace mucho dije en estas páginas que Clifford D. Simak se parecía a Delibes y a Steinbeck, y sí, claro, sólo hay que leerles, pero la imaginería pastoral o rural de Simak no es sólo un escenario, un sugerente tapiz de fondo sobre el que contrasta, cienciaficcionesca, la historia o argumento principal. Ese tapiz es parte de una aleación final en la que la ciencia ficción y el campo se han entretejido hasta crear una tercera estética nueva. Vale. Pero leída, ahora, Mastodonia, la novela de 1976, veo que hay otro apunte que se puede hacer sobre la obra de Simak. Un apunte que se puede extraer de varias de sus novelas, no sólo de ésta –aclaro– y es el de que en la defensa de lo rural no sólo hay una crítica al capitalismo, sino que, además, en el caso de esta novela, lo que hay o hace Simak es fundir en sus páginas al capitalismo con su hermano siamés, el imperialismo, en un todo indesligable (como es indesligable el baile de la pareja que baila).

Veamos cómo lo hace.

Asistimos en la novela a la formación de ese ente de control y dominio que es toda empresa. Para resumir: en la Wisconsin más rural descubren los protagonistas unos pasajes en el tiempo (creados por Catface, el cauto extraterrestre de facciones gatunas, perdido desde hace siglos en la Tierra, esperando volver a casa). Y así es como Catface, que se comunica telepáticamente, les permite visitar el Cretáceo, y ahí es donde el resorte se dispara: el instinto humano por la depredación despierta, hambriento –como era de esperar–, al ver la oportunidad que les ofrece el pasado no para el estudio, claro, sino para lucrarse con la venta de viajes en el tiempo para cazar dinosaurios.

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Mis cinco libros de ciencia ficción (4)

Dr. BloodmoneyLa ilusión de que se te vayan ocurriendo tus cinco lecturas favoritas no tarda mucho en disiparse cuando te das cuenta de la cantidad de obras que tendrás que dejar atrás. Y es que acabas pensando más en las obras descartadas que en la injusta y sólo parcialmente representativa selección final. Haciendo malabares, sintiendo que he perdido muchos títulos por el camino, he optado por la vía cronológica del descubrimiento y la fascinación como vía rectora de este texto. (Otras vías posibles serían el idioma, el subgénero, u optar –la opción más tentadora– por un censo de obras infrarrepresentadas).

De todos los autores y autoras, Philip K. Dick fue el primero. Dr. Bloodmoney (1965) fue mi despertar al género. Esa cosa pulp, con la presencia de ese locutor más o menos a la manera de American Graffiti, los focomeli, el borrón del postapocalipsis (del que no me canso), y esas punzantes incisiones de Dick al mundo real hasta que consigue que dudemos de la plausibilidad de nuestro mundo real. Todavía estoy esperando olvidarla un poco más para releerla mejor. Una obra maestra, probablemente.

De James Tiptree, Jr. tendría que poner la obra completa pero como ya he sido muy pesadito con sus cuentos mencionaré lo que, de hecho, primero leí de ella, que es la aun por traducir Brightness Falls From the Air (1985). Una novela con trama de misterio en el planeta Damiem, con sus viajeros de paso y sus horrores ocultos. Cuánto, ¡pero cuánto!, sentido de la maravilla hay ahí entre esas páginas amalgamado. Y es Alice Sheldon demostrando que no sólo en los cuentos destaca como la mejor.

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Pinceladas (VII): las ensoñaciones del futuro de Gorodischer y Simak

TrafalgarCuando oímos ‘ciencia ficción’ lo más probable es que le asociemos, al instante, imaginarios propios de la space opera. Es el imaginario que con más fuerza invade nuestro pensamiento. Más, diría, que las sociedades robóticas o los viajes en el tiempo. Proclive a la monumentalidad, el subgénero, colosal e inabarcable, nos empequeñece como lectores. Nos abruma la envergadura y el alcance de sus imágenes, de su topografía sideral. Las distancias, los planetas, las civilizaciones, las tecnologías: es el imaginario de la aventura pero también el del ansia de conocimiento. Es la inmensidad de la mar océana.

Quizá podamos decir que en Argentina se haya escrito la mejor ciencia ficción en castellano. No lo tengo muy claro, pero se podría decir. Trafalgar es un conjunto de cuentos vagamente relacionados entre sí. Son las vivencias que le explica el propio Trafalgar a quien quiera oírle, y así, nosotros, al leer, tenemos el mismo estatus que los personajes oyentes que, fascinados y escépticos, le escuchan perorar ante sus siete cafés dobles. La idea de Angélica Gorodischer recuerda a los Cuentos de la taberna del ciervo blanco, de Arthur C. Clarke, aunque las historias son mejores. Hay humor y prosa rápida, y, cuento a cuento, aparte de adentrarse en las posibilidades que ofrece el imaginario de la ciencia ficción, se va afianzando la personalidad de Trafalgar Medrano. Es el retorno a la literatura oral. La pura inercia humana de expresarse, representada aquí en estos textos, en estas ensoñaciones del futuro.

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Pinceladas (III): “Exploradores” de Asimov, las hormigas de Bass y Simak, Eón y el arraigo de las ideas.

Cuentos completos vol. IIEl cuento “Exploradores”, de Isaac Asimov, es algo realmente digno de mención. Asimov tiene tantos, tantísimos cuentos en su haber, que para escribir sobre ellos uno tendría que acotar el terreno y enumerar los mejores veinte cuentos, o treinta cuentos, para que así, quien lea, conozca un poco mejor los criterios del reseñista, y sepa de qué Asimov estamos hablando, en qué parcela concreta hemos escogido aterrizar. En esa hipotética lista orientativa, “Exploradores” figuraría entre sus cinco primeros, mejores cuentos.

Aunque publicado originalmente en la revista Future Science Fiction en 1956, y después en el volumen Compre Júpiter, he leído “Exploradores” en el segundo volumen de sus cuentos completos publicados por Nova. Protagonizado por dos personajes moderadamente, amistosamente enfrentados por sus convicciones, el cuento avanza con las conversaciones sobre la precognición que tienen de camino a las estrellas, sobre lo que encuentran en un planeta, esas rarezas vegetales incomprensibles (y tan bien descritas), y sobre, más que los hechos, su interpretación de los hechos. Como ya he dicho en más de una ocasión, el diálogo es el eje principal del texto, como pasa siempre, hasta el punto de que es difícil encontrar, en todo Asimov, un tramo de página y media que no los contenga.

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Sirio, de Olaf Stapledon

SirioNueve años antes de la publicación original de Sirio llegaba a las librerías inglesas Juan Raro. Al compás de las publicaciones superheroicas que se iban haciendo más y más conocidas en los Estados Unidos, Olaf Stapledon ya proponía los dilemas morales a los que una persona fuera de lo común tendría que enfrentarse en su día a día. Los superhéroes comenzaban a despuntar y Stapledon, quien además de escritor de ciencia ficción también era filósofo, desarrollaba en aquella novela algunos de los problemas éticos y sociales a los que un personaje que se saliera del considerado patrón tendría que enfrentarse. Eso sin hablar de cómo sería visto por sus rivales existenciales.

Durante el tramo final de la Segunda Guerra Mundial, en 1944, Stapledon publicaba Sirio en el Reino Unido. En este caso el superhéroe no era un humano como el que presentaba en la anterior novela sino que el desarrollo extraordinario se situaba en un ser animal: un perro. Su nacimiento se produce gracias a los experimentos que su creador, el científico Thomas Trelone, está realizando en perros para lograr seres con las habilidades cognitivas por encima de lo normal logrando con ello animales que sirvan como pastores de manera más segura y confiable.

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Novecientas abuelas, de R. A. Lafferty

Novecientas abuelasLa R y la A que preceden al apellido Lafferty significan Raphael Aloysius. Novecientas abuelas, una de sus colecciones más conocidas, recuerda, en su tono directo y parco, a los relatos de Robert Sheckley. Son cuentos directos y expeditivos.

Alérgico a las complicaciones literarias, técnicas y reputadas de un Samuel R. Delany,  Lafferty se mueve con soltura en un terreno de cuentos generalmente cortos, imbuidos de un sentido del humor que sobrevive a las traducciones, eficaces en su aparente sencillez y contundentes en sus críticas.

El Robert Silverberg de Unfamiliar Territory o el Clifford D. Simak de All The Traps of Earth, por poner dos ejemplos de mi estantería elegidos al azar, cuidan más la escritura, le sacan más brillo a sus imágenes, e implantan sus imaginarios en lugares muy alejados de la ciencia ficción rutinaria, urbana y como de entre semana de R. A. Lafferty. Esto no lo digo como descrédito del autor: igual que Sheckley, a Lafferty le interesa insertar o sugerir el sentido de la maravilla los martes o los miércoles, no los festivos de guardar. Coge elementos “consuetudinarios que acontecen en la rúa”, o “lo que pasa en la calle”, como diría Machado, y les añade ese sutil toque de ciencia ficción con una prosa llena de bocinazos, timbres e ingenio.

James Tiptree, Jr., Cordwainer Smith, Ray Bradbury, Stanislaw Lem o hasta Walter Tevis –no tan conocido como cuentista–, han escrito mejores piezas literarias de ciencia ficción en formatos breves. (Cada uno tiene sus cuentistas favoritos, y estaría bien enumerarlos y explicar el porqué). Lo que le pasa a Lafferty, lo único malo de sus cuentos, es lo mismo que lastra la calidad de los textos de Isaac Asimov: su abuso del diálogo. Ese parece ser el único recurso literario que dominen. Siempre es todo diálogo, todo gira a su alrededor y eso no es tan sugestivo como una descripción, un monólogo o la simple pero inexplicable fuerza narrativa que implica el ir del punto A al punto B y del B al C.

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La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm

La estación del crepúsculoAborrecer lo ocurrido en las últimas décadas con la mayor parte de los premios a la mejor novela de ciencia ficción concedidos en EE.UU. no implica quitar valor a muchas de las obras agraciadas con él desde sus comienzos. De la mano de esta sensación camina otra idea; cómo el paso del tiempo y la dificultad para conseguir algunos de ellos en España ha desdibujado su relevancia. La estación del crepúsculo, traducida por Bruguera como Donde solían cantar los dulces pájaros, me parece uno de los ejemplos más relevantes. Apenas fue publicada una vez en la primera encarnación de la colección Nova, allá en 1979. Jamás fue reimpresa ni en esa editorial ni en su heredera, Ediciones B, y su reedición por Bibliópolis con una nueva traducción tres décadas más tarde se hizo desde una cierta clandestinidad. A la deficiente distribución de la casa se le unió una imagen de cubierta fea a rabiar. Por si esto no fuera suficiente, ha aquejado el desconocimiento de la figura de una autora, Kate Wilhelm, con apenas tres libros y un puñado de relatos traducidos hace ya demasiados años. Que una novela como Juniper Time, incluida por David Pringle en su lista de 100 mejores novelas de ciencia ficción en lengua inglesa, no haya sido traducida mientras nos han llegado multitud de títulos de autores de medio pelo da que pensar sobre los motivos que han llevado a esta situación.

Y eso que las primeras páginas de La estación del crepúsculo son un tanto decepcionantes: un narrador omnisciente relata cómo una familia muy numerosa, los Sumner, se prepara para el fin de la civilización en un recóndito valle de Virginia. Para no caer en los ladrillos informativos, Wilhelm pone en primer plano la historia de amor entre los primos David y Celia Sumner, al principio no correspondido para después acercarse al rollo “te quiero pero no puedo estar contigo”. En paralelo muestra el contexto del drama: una civilización en colapso muy de los 70, en la encrucijada de la catástrofe climatológica, la hecatombe nuclear y el apocalipsis demográfico de Hijos de los hombres o El cuento de la criada. Los Sumner afrontan este final con el optimismo de los tiempos de La edad de oro. Su reducto autosostenible se abastace de todo lo necesario para culminar las investigaciones punteras sobre clonación e iniciar un proyecto para atajar la creciente infertilidad.

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Ciudad, de Clifford D. Simak

CiudadAl igual que otros grandes autores que no cuentan con la bendición de las principales editoriales, la obra de Simak ha caído en el olvido. Mucho ha llovido desde que apareció la primera y única traducción al castellano de Ciudad, allá en los cincuenta. Fue reeditado en España por última vez en 2006 y hoy solo se puede encontrar en el mercado de segunda mano. Saturados como estamos por títulos cuya espectacular promoción muy rara vez se corresponde con las expectativas generadas, me pregunto qué podría suponer Ciudad para el lector actual de ciencia ficción. Por desgracia, las únicas alternativas con las que cuenta para averiguarlo son buscar en Internet, acercarse a una biblioteca o preguntar a un amigo benevolente, al menos mientras el sector editorial siga preocupándose más por los beneficios que por la calidad de los lanzamientos que coloca puntualmente en las mesas de novedades.

La ciudad… esta ciudad, todas las ciudades… ya están muertas.

A finales del siglo XX el desarrollo tecnológico ha llevado a la civilización a un mundo sin guerras. La amenaza atómica ha desaparecido, la nueva agricultura proporciona alimento en abundancia y el transporte y las comunicaciones han mejorado hasta tal punto que cualquiera puede ir de un sitio a otro velozmente y con total seguridad. En este contexto, la razón de ser de las ciudades como núcleo social se desvanece. La gente es libre de volver al campo y hacer realidad el viejo sueño de una existencia familiar y autosuficiente. Pero el cambio no ha sentado bien a todos: muchos trabajos han dejado de tener sentido, y quienes los desempeñaban deben ser asimilados al nuevo orden. Algunos nostálgicos, que recuerdan y anhelan los viejos días, se niegan a abandonar las últimas casas habitadas de las ciudades. Individuos como John J. Webster advierten que, a causa de la deshumanización y el aislamiento crecientes, el hombre corre el peligro de olvidar su propia identidad.

Así da comienzo Ciudad, crónica narrada desde un futuro remoto al que los ecos de la humanidad han llegado en forma de leyenda. A través de los siglos seguimos el hilo conductor de los Webster, una familia poderosa, un linaje que encarna los valores de toda la raza humana. Desde el punto de vista de unos seres —los perros— sobre los que nada sabemos inicialmente, el relato describe el ascenso y la caída del hombre, criatura mitológica que tal vez nunca existió.

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