Una propuesta de lectura de El desaparecido, de Franz Kafka

Lo que podía haber sido es una abstracción
que queda como perpetua posibilidad
sólo en un mundo de especulación.

T. S. Eliot

El desaparecidoSe suele traducir ahora como El desaparecido pero a la primera novela de Kafka se la conoce también, y quizá mejor, como América. La interrumpió varias veces –una para escribir La metamorfosis, la otra para escribir El proceso, así, como quien no quiere la cosa–.  De hecho, está inconclusa. Vemos que la propia escritura del libro ya refleja un aire de imposibilidad, de frustración de las expectativas, que es uno de sus temas centrales. Por la imposibilidad de llegar a destino, por el cíclico impedimento-de-ser que sufre el protagonista, creo que se puede leer la novela en clave claramente postapocalíptica.

Rimbaud se preguntaba qué era la eternidad, y se respondía que la mar mezclada con el sol. En Kafka, la eternidad, lo que existe en perpetuo e inmutable estado de ser constante, es un sentimiento: el del ser racional rechazado por un entorno absurdo y hostil. En Kafka la eternidad es una cara sonriente que te pide que te mueras, y accedes. Por eso esta novela, en el sentido del progresivo e imparable deterioro de las expectativas, me recuerda al relato postapocalíptico, a la devastación de todo lo vivo que se ve en esas narraciones. Si en Kafka se percibe la eternidad en ese sentimiento de negación, en las historias postapocalípticas se percibe en la ruina eternizada de su imaginario. Contienen partículas de eternidad, estas historias, aunque cada cual se desarrolle luego por sus propias vías particulares.

Karl, el protagonista de El desaparecido, llega a Nueva York para empezar una vida nueva. Eso vemos en la primera frase. A partir de ahí, todo va mal. El desaparecido es la paradoja de Zenón: por mucho que se intente, por mucho que el objetivo que se quiere alcanzar vaya lento y parezca que esté a mano, nunca se llega (Borges definió la paradoja, en “Aquiles y la tortuga”, uno de sus ensayos en Discusión, con su habitual excelencia. Iba a citar el párrafo entero pero se alargaba demasiado). Karl sufre una serie de impedimentos, todos perfectamente evitables, que hacen que conocer Nueva York sea imposible: encontrarse con un tío, ir a su casa, de ahí a la casa de campo de otro, etcétera, haciendo de su voluntad una fuerza cada vez más laxa, de sus expectativas algo más irreal.

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El amor en el siglo cien, del Coronel Ignotus

El amor en el siglo cienEs muy conocida la frase de Borges: “el hecho es que cada escritor crea a sus precursores”. Nuestra lectura de Kafka –sigue Borges– “afina y desvía” nuestra lectura de textos anteriores a él, haciendo que reconozcamos su idiosincrasia, paradójicamente, en autores y autoras que no pudieron leerle. Lo que también es cierto es que, en la esfera de la creatividad humana, el tiempo no opera igual que en lo que por convención llamamos realidad. Vemos Futurama, vemos Interstellar, y, después, años después, acudimos, intrigados, a la novela El amor en el siglo cien, escrita por José de Elola y Gutiérrez en 1922, y comprobamos que algunos de los más encantadores logros de esas piezas audiovisuales ya estaban esbozadas en esta novela olvidada, y así vemos que, de alguna manera, serie y película han influido en tu entendimiento de esta novela porque la has asociado a unos logros que te son familiares. No es que serie y película hayan creado, como el genio de Kafka, a sus precursores: es que como en la esfera cultural el tiempo es, si queremos verlo así, circular, cíclico, Futurama e Interstellar, en nuestra red de lecturas acumuladas, vienen antes que El amor en el siglo cien y por tanto afinan y desvían tu lectura de la novela cronológicamente anterior –pero leída después– y, por tanto, intuitivamente posterior.

Aquí se amontonan varios temas; el primero y más acuciante, por supuesto, es que detrás del simpático nombre de Elola y Gutiérrez se esconde el Coronel Ignotus, nada menos, así que a partir de ahora le mencionaré como, simplemente, el Coronel. El segundo tema es: ¿vale la pena esta novela? Sí, claro, claro que vale la pena leerla. Estamos ante una novela de planteamiento original, que da pie a muchas ideas, a coloridos imaginarios futuros, sobre una pareja de bilbaínos que, como Fry en Futurama, se quedan congelados por accidente hasta el año diez mil. En la apertura de la novela, donde están las mejores páginas, vemos cómo la sociedad científica de ese futuro trata a la pareja criogenizada, casi, en ocasiones, como si fueran auténticas rarezas de circo: pasean sus cuerpos helados por todo el mundo hasta que, con el tiempo, cogen calorcito y empiezan a revivir. Hasta ahí, pese al castellano arcaizante y tosco del Coronel, todo bien.

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La puerta del cielo, de Ana Llurba

La puerta del cieloSerá tautológico pero lo diré igual: en todo relato postapocalíptico hay una involución. O dos. Por un lado, la física; por otro, la psíquica. Como ejemplo de la primera podemos escoger cualquier historia postapocalíptica, digamos Mundo desierto, de J. P. Andrevon, y veremos la devastación y las ruinas de nuestras ciudades y de nuestros pueblos; esa involución también puede ser física –en el sentido de corporal–, como la de los tumefactos cuerpos, estáticos y sedentarios, de la tripulación de la nave estelar en Wall-E; luego, como ejemplo de involución psíquica, quizá ninguna obra haya llegado tan lejos como Dudo Errante, de Russell Hoban, en la que el lenguaje mismo está capitidisminuido hasta el balbuceo. Esas involuciones se representan de manera particularmente escalofriante en algunos relatos, en algunas historias que, cuando nadie las ve, se juntan por afinidad y parentesco. Pienso en Plop, de Rafael Pinedo, en la ya mentada novela de Hoban, en Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas, en el cuento “Se han fundido las nieves, las nieves se han ido”, de James Tiptree, y ahora, para nuestra alegría desde su publicación en 2018, en La puerta del cielo, de Ana Llurba.

En la novela vemos los mecanismos de dominación de la autoridad, vemos las consecuencias de la superstición, el miedo a lo conocido y a lo desconocido, vemos cómo el lenguaje condiciona tu percepción de la realidad (sobre lo que luego volveré), vemos violencia, vemos la religiosidad como ralentización de la actividad neuronal. La involución en la novela está impuesta, no tanto por la situación de derrumbe global, sino por el Comandante, figura de autoridad que rige la vida en el refugio de setenta metros cuadrados, conocido como la Nave, con la promesa de llevar a las protagonistas –presas sin saberlo– a Betelgeuse. Como ejemplo de un humor abismal y de cómo actúa el Comandante, esta frase: “El Comandante también era bastante convincente en el uso de la fuerza física para persuadirlas de que no había quedado nada allá afuera”. Sí, está derruido el mundo exterior, pero más lo están las imaginaciones condicionadas por la palabra dictatorial del Comandante.

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Descenso literario a los infiernos demográficos, de Andreu Domingo

Descenso literario a los infiernos demográficosIván Fernández Balbuena ya lo advirtió en su blog –faro capital (para mí) de la crítica de ciencia ficción cuando empecé a escribir sobre libros y cine–: el libro de Andreu Domingo, ya en 2011, había pasado desapercibido para “la mayoría de la gente”. Hoy, en este cansado 2021, podríamos repetir sus palabras una vez más. Descenso literario a los infiernos demográficos, finalista del premio Anagrama de ensayo en 2008, vinculando ciencia ficción y ciencias sociales, no se ha leído como cabría esperar. Quizá sea porque el ensayo estudia cómo la demografía y las soluciones políticas y sociales que se le han encontrado (natalistas vs maltusianos, básicamente, sobre lo que volveré más tarde), se han reflejado en la ciencia ficción, y no es, por tanto, un acercamiento estrictamente literario a las obras escogidas. A saber. Pero es mejor así, en realidad: Domingo ha estirado el alcance de la ciencia ficción, ha demostrado que puede servir para explicarnos ciertas parcelas de la realidad social. Que sirve y es útil.

La relación principal que distingue Andreu Domingo entre demografía y distopía es que la distopía, “en su esfuerzo por diseccionar los mecanismos de dominación”, “se ve forzada a tenerla en cuenta” (a la demografía, se entiende), como factor potencialmente desestabilizador. Me parece una buena definición aunque, en el fondo, diga más sobre el gobierno futuro y cómo éste impone su control a las masas que lo que dice sobre las masas mismas. He mencionado a natalistas y maltusianos: los primeros ven en el aumento de la población un aumento de poder del país; los segundos, en cambio, ven ese aumento como “la razón y extensión de la pobreza”. Y es ahí donde la ficción ha entrado a explorar las posibles ramificaciones humanas de esa confrontación.

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Subculturas. El colonizador y los paganos

Slugs

Els ulls passats per aigua / i tornats a posar.
(Los ojos pasados por agua / y vueltos a poner).
Gabriel Ventura

 

Cuando se menciona la subcultura, nada: todo el mundo como si oyera llover. Pocas reacciones despierta lo que ya se preconcibe como algo torpe, como algo irrelevante, y las pocas veces que periodistas y críticos toman la palabra por una obra subcultural es para analizarla en tanto que cosa menor, para interpretarla en un contexto de creatividad renqueante que no puede producir más que obras fallidas, y así pasar, impacientes, a otros asuntos de mayor interés periodístico. El carácter residual de la subcultura parece inevitable. Por eso, a veces, creo que hay que redefinir la palabra hasta que pierda esa acepción peyorativa que tiene; y otras, en cambio, creo que ya está bien que exista una corriente de obras y autores subterránea, ajena a los fastos de la cultura oficial, aislada en su madriguera, pariendo títulos despreciados por no respetar las normas de representación y pensamiento habituales. No deja de ser estimulante, ese desequilibrio.

Si la condición subcultural es vocacional e intencionada, bien: puede ser liberadora y puede que, en las anchuras de sus cauces, encontremos una irreverencia y una libertad que inspiren. Pero si la marginación está impuesta por prejuicios y el poder de los medios, mal: lo subcultural es entonces un terreno disuasorio, de asfixia de la creatividad. Es la consecuencia de un abuso de poder, y todo lo que salga de ahí, de esa intolerancia asumida, estará sentenciado. Ese terreno se convierte, así, en un entorno endogámico y encogido, de autoindulgencia y rencor (se pueden dar estas pasiones como reacción al desprecio institucional, no las menciono como rasgos distintivos ni privativos de la subcultura). No se trata de envidiar las plataformas de la cultura oficial, sino de erigir otras, paralelas, sin el activo rechazo de los medios y la intelligentsia de siempre. Se trata de coexistir entre líneas horizontales.

La subcultura no es el único espacio reservado para quienes no se pliegan ante determinadas exigencias de guion, pero sí está compuesto exclusivamente por quienes no se pliegan. De la subcultura nace lo friki, lo contracultural, lo underground (en etiqueta ya francamente desusada), y cada matiz que aportan esas subdivisiones retrotrae a esa actitud, tan propia de la subcultura, de rechazo a la norma.

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El marciano, de Andy Weir, y Marte, según Drew Goddard y Ridley Scott

Marte

Recupero –adecentado para C–, un antiguo texto sobre la adaptación al cine de El marciano, de Andy Weir, aprovechando que se publica la traducción al castellano de Project Hail Mary, su nueva novela. Parafraseando al Rodrigo Fresán de El fondo del cielo, cuando matizaba que la suya no era una novela de ciencia ficción sino con ciencia ficción, podemos decir que Marte no es una historia sobre el planeta rojo, sobre sus características y potencialidades, sino ubicada en Marte. Nada más. De ciencia ficción tiene poco.

Es tanto el rigor, tanta la ciencia que desprenden las páginas de la novela, que lo imaginado no es un descabellado salto al vacío sino los siguientes pasos, muy documentados, de lo que la ciencia actual permitiría. Weir estudió la realidad de nuestro tiempo, el estado de las ciencias duras, llegó hasta el límite mismo de lo posible, y dio sólo un pasito más. Con eso y, sobre todo, con el sorprendente talento que tiene para la recreación literaria de la personalidad humana, consiguió una de las mejores novelas de ciencia ficción dura de lo que llevamos de siglo.

Artemisa, su siguiente novela (auténticamente soporífera), se centraba demasiado en los supuestos enigmas de una trama de contrabando y sabotaje, de corrupción y crímenes, que no acababa de funcionar: era aburrida y las páginas avanzaban sin gracia, salvo, otra vez, por la imantadora personalidad de su personaje principal, Jazz, que era carismática y chispeante. Weir dio un paso más en sus atrevimientos imaginativos, y así como en su ópera prima, como digo, se empapó de la última ciencia puntera y dio el siguiente paso lógico, autorizado por el conocimiento, respaldado por la empírica ciencia de sus estudios, para orquestar su situación de supervivencia en Marte, en Artemisa se atrevió a crear una sociedad lunar, dando así un buen salto imaginativo con respecto a la realidad contrastable.

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Esta noche arderá el cielo, de Emilio Bueso

Esta noche arderá el cieloDos de las cosas que siempre encontramos cuando leemos ensayos sobre ciencia ficción, casi como requisito indispensable para su existencia, son: primero, una historia del género, y, segundo, una (titubeante) definición del género. También existe la vertiente historicista del segundo requisito: historiar las distintas, y cambiantes, definiciones que ha tenido la ciencia ficción. Es inevitable. Abramos el libro que abramos, si habla de ciencia ficción, tendremos esos capítulos garantizados. Con Esta noche arderá el cielo, de Emilio Bueso, estamos ante un reto interpretativo que puede obligarnos a recurrir a esas reflexiones que los ensayistas del género han ido sembrando, puntuales, en sus libros: ¿es o no es ciencia ficción? ¿Será terror? ¿Fantasía macabra? Cada uno lo tiene claro a su manera.

Yo digo ciencia ficción, sin duda. Es tan buena que me gustaría adjudicársela al género como prueba de que está cogiendo forma, de que empieza a alzar el vuelo en nuestro idioma. En parte. Pero no sólo: el escenario de la novela es tan postapocalíptico como el de una novela que, esta sí, NO es del género pero coquetea con él: me refiero a Intemperie, de Jesús Carrasco. Bueso está a la altura. Bueso ha dibujado los bosques inhóspitos del Norte de Canadá –escenario original, silvestre, cautivador, “no por real menos imaginario y mitológico”, por decirlo con palabras ferlosianas– como un terreno devorado en el que sólo sobreviven animalillos perdidos, gente desorientada, locos. Son tierras arrasadas, deshumanizadas. Como abandonadas por todo. En este sentido, también se puede considerar directamente apocalíptica, como hace Elia Barceló.

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Oscura deriva, de Carlos J. Sánchez

Oscura derivaDos de los atrevimientos de Oscura deriva son de una osadía fuera de lo común: la narración en segunda persona, y la presencia permeante, casi diría que enaltecedora, de la rabia, del odio, la culpa y la venganza, en el corazón de la historia. Como motor de la historia. Hay que atreverse a erigir una primera novela sobre estos andamios (y que, como es el caso, no parezca una primera novela). Pero no basta con decir esto. Hay que explicar qué tienen de osado esas intenciones, qué tiene de valentía el autor, Carlos J. Sánchez, al haber parido una novela como Oscura deriva, que no intenta, ni quiere, congraciarse con nadie.

La segunda persona es un riesgo por la dificultad que encarna, porque esa voz se dirige a un tú odiado y por lo tanto a quien lee le llega esa voz narrativa como teledirigida, como personalizada, y en Oscura deriva, como decía, nos hablan desde unas coordenadas muy poco complacientes. Nos está desorientando, esa voz: hay una dirección única, es decir, hay alguien que tiene el control de la situación y no es precisamente el protagonista de la acción, sino una voz in absentia que nos habla desde un futuro no cartografiado, alguien a quien aún no hemos visto en acción pero que lo domina todo, y, en cambio, a quienes sí conocemos, como al capitán Thomas Shrike y su tripulación, no sabemos qué les pasa en tiempo presente ni por qué no responden a esa segunda voz de la dominación. La segunda voz es un desplazamiento.

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Las terceras trampas del relato breve

Aquí no es MiamiEs cierto que no sólo en el relato breve se esconden estas terceras trampas narrativas, pero el salto de sus resortes es más visible en el terreno corto, quizá porque en la novela hay más espacio para todo y no hay que acotar tanto la escritura. Pero bueno, a lo que vamos: esta tercera trampa que nos tiende la escritura es –además de eso, una trampa– una tentación especialmente irresistible, un comodín: me refiero a cederle al argumento, o al tema general, la contundencia emocional del cuento, confiando en que el tema mismo se encargará de tejer las inercias que impactarán o conmoverán a quien lea. Mi tema es tan serio que no puede (ni puedo) fallar, y el argumento que escojo para representarlo es tan extremo que me basta con mencionarlo para conmover. Pero lo que hace ese gesto es apartar el texto de ti y acercarlo a algo previo, existente, que no necesita de tus aportes.

Para hablar de la maldad humana escribiré un cuento sobre películas snuff, alejándolas del murmullo distorsionante de las leyendas urbanas, acercándolas a lo que nos queda cerca y conocemos mejor. A lo demostrable. Seré grave y mi escritura cruenta porque mi tema será cruento y grave. Hacer así es cómodo porque es una tentación descansar del esfuerzo de escribir. Y ante la garantía de que el tema, que es tan extremo, te asegura la transmisión del horror, te relajas, porque ya está todo hecho, y te sientas a ver el espectáculo de las reacciones lectoras. Acomodaticio, confías en que el tema lo hará todo por ti. Pero lo que estás haciendo es cederle a la realidad X (intolerablemente macabra), el peso y la potencia emocional del cuento, y no a tu talento. Que es quien debería transmitir esos tormentos. De adentro a afuera. Porque la contundencia no viene dada por la escabrosidad de lo narrado: decir películas snuff confiando en que ese submundo enfermizo será suficiente para que tiemblen las manos lectoras es quedarse afuera de la intención y del texto. Es nombrar lo que todos sabemos y no añadirle nada. Encontrar una situación cotidiana y extraerle ese mismo temblor a las manos lectoras es lo que hace el talento de verdad, que es un movimiento que, como digo, va de adentro a afuera.

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Breve pincelada sobre los cuentos de Robert Sheckley

Robert SheckleyEstamos ante un caudal de cuentos cortantes. Cuentos sin pulir, arenosos, recién excavados de una tierra húmeda y cienciaficcionesca (y por tanto verdosa y palpitante), una tierra que podríamos imaginar trufada de insectos alienígenas, de la que emergerían, con el tiempo, estos cuentos, estas redondeces escritas en un inglés rápido y duro. Cuentos bravucones y desacomplejados. ¿Cómo? ¿Una demostración? Sí, cómo no, aquí va un muestrario:

La espora que, paciente, viaja por el espacio exterior hasta dejarse seducir por los dulces aromas de la Tierra, para desesperación de la humanidad. Los ejércitos que se enfrentan suicidándose. Unas máquinas voladoras programadas para evitar asesinatos no se convierten, contra todo pronóstico, en el baluarte de la paz que tendrían que haber sido. La voz descorporeizada que oye un tipo en su cabeza, y cómo a partir de ahí se desmorona todo.

Los de Robert Sheckley son cuentos alejados de prestigiosas sofisticaciones literarias. La carga cienciaficcionesca estalla en nuestra cara, imprevisible e indisimulada, desde las primeras frases de cada cuento. No hay complejas teorías filosóficas ni ingenuas predicciones sobre el futuro de la tecnología, tampoco hay múltiples capas de lectura ni cruce de voces narrativas ni narradores infidentes, no hay posmodernidades: aquí lo que hay es el incorregible asalto de lo cienciaficcionesco en nuestra cotidianeidad lectora o, por decirlo como Harold Bloom en Cómo leer y por qué, en nuestra paranoia lectora. Una aturdidora carga cienciaficcionesca nos espera en cada cuento, un asombro luminoso en medio de nuestras lecturas rutinarias y funcionales. Robert Sheckley propagó con maestría el placer de lo cienciaficcionesco por lo puramente cienciaficcionesco. En la Enciclopedia de ciencia ficción no dudan en calificar Untouched by Human Hands, su pimer libro de cuentos, como uno de los mejores debuts de la historia del género. Ahí es nada.

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