Bioshock y el alma de Estados Unidos, de Alberto Venegas

BioshockEn ocasiones el trabajo editorial te impide disfrutar de un libro aun cuando su contenido tuviera mimbres para agradarte. Lo más habitual es que esta insatisfacción emerja de la ausencia de corrección ortotipográfica o de una traducción. Es más infrecuente encontrar menciones a la labor del editor sobre el borrador. Analizar el texto, valorar los puntos fuertes y débiles, observar si la estructura funciona, orientar la reescritura o la corrección… En resumen, ir más allá de la maqueta o el tamaño de la letra. Cuando ese trabajo está hecho, o ha sido innecesario, queda invisibilizado. Cuando falta, su evidencia clama desde prácticamente toda la extensión del libro. Tal es el caso de este Bioshock y el alma de los Estados Unidos.

Me atrae el universo Bioshock, una serie de tres juegos aparecidos entre 2008 y 2013. Sobre todo el primero. Recuerdo con agrado sus mecánicas de acción en primera persona con gotas de rol y combate táctico; cómo te empuja a adaptar tu estilo, las armas y habilidades a los enemigos que te encuentras. También cómo te ofrece la posibilidad de descubrir la historia del mundo aledaña a la de tu personaje; un relato que puede ser mucho más de lo que te lleva desde el comienzo al final. Las ciudades de Rapture y Columbia, los lugares narrativos donde tienen lugar, codifican una serie de características que las conectan con una visión del mundo esencial para entender los EE.UU. de las últimas décadas. Y, con pequeñas traslaciones, otras partes del mundo.

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Klara y el Sol, de Kazuo Ishiguro

Klara y el solEn una entrevista a raíz de El gigante enterrado, Kazuo Ishiguro reconocía su tendencia a escribir el mismo libro una y otra vez. Apenas he leído la mitad de sus novelas pero encuentro entre ellas tantas conexiones que me cuesta no darle la razón. De hecho su obra más reciente, Klara y el Sol, abunda en una mirada y una serie de temas inevitablemente ligados no ya a Nunca me abandones. Es fácil encontrar concomitancias con Los restos del día o, incluso, con la fantasía medieval de El gigante enterrado. En las ideas que aborda, en la aproximación a estas a través de su narrador, en la creación de su voz y su tono, y, sobremanera, en el estado que te puede dejar cuando la lectura se prolonga más allá de la última página. Aunque en Klara y el Sol todos estos efectos se sienten atenuados, mitigados por el proceso en el que parece volcarse más tiempo en la concepción de su obra: la elección de su narradora.

Klara es una Amiga Artificial, una ginoide con una inteligencia ideada para servir de compañera a niños o adolescentes. En la primera parte del libro la vemos sometida a las rutinas de la tienda donde aguarda su venta; básicamente ocupar distintas posiciones según las necesidades del vendedor. Mientras ocupa el escaparate se entrega a la observación de la calle. En primera persona, detiene su mirada sobre estampas ordinarias (el gran edificio que domina el paisaje e interactúa con el sol; el tráfico…) y extraordinarias (situaciones y gestos de las personas que atraviesan su campo de visión), y elabora su percepción de la realidad, limitada por los escasos conocimientos sobre las actividades humanas. Estas páginas suponen la inmersión en los ojos de ese narrador que, por su manera de percibir nuestra cotidianidad, necesita de una interpretación. Pero no es esta otredad la que complica tanto el conocimiento de ese futuro cercano y de los detalles específicos de la familia a la cual servirá; es su papel de acompañante de Josie, su dueña. Cuando es adquirida, su entorno queda reducido a los espacios donde está la adolescente y su información del contexto restringida a lo que pueda ver o escuchar en conversaciones llenas de referencias veladas, sobrentendidos, generalmente crípticas hasta que, por acumulación o un diálogo expreso, las sospechas cristalizan.

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El infinito en un junco, de Irene Vallejo

El infinito en un juncoEl infinito en un junco se ha convertido en el libro evento del último año y medio, «arrasando» en las listas de venta desde una posición poco común: el ensayo de divulgación. Más allá del club de lectura que mantenemos en la Tertulia de Santander, hacía tiempo que no veía a mi alrededor tal coincidencia de lectores enfrascados en el mismo libro con opiniones generalmente muy positivas, incluso desde quienes más se han significado contra los bestsellers. Además, mi curiosidad venía espoleada porque en el último año también he leído opiniones acres sobre la escritura de Irene Vallejo, quejosas sobre su nulo valor como ensayo, críticas con la levedad de su repaso a la historia de la escritura. Si hubieran podido ponerle un blurb se habría quedado con «síntesis de la Historia Universal de Asimov para el gran público copo de nieve del siglo XXI». Nada más lejos de lo que me he encontrado.

Algo de razón pudieran tener en este contexto donde se han sacralizado La Novedad y La Sorpresa como principales valores literarios. Desde esa perspectiva El infinito en un junco se hará exiguo. Más para ese lector formado en uno de sus puntos centrales: recontar el origen de la escritura, sus diferentes soportes hasta llegar al libro, y lo que ha perdurado y nos hemos perdido debido a su fragilidad. Aunque Irene Vallejo es muy hábil a la hora de huir del recorrido cronológico al estructurar su texto alrededor de dos instituciones: la Biblioteca de Alejandría, el gran legado de la cultura helénica, primer fenómeno de globalización de occidente; y la Roma sobre todo imperial; la dominadora de las costas del Mediterráneo durante varios siglos, continuadora de esa labor.

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Sobre algunos personajes de Dragon Ball

Dramatis Personae

…los personajes se desarrollan más que se despliegan, y se desarrollan porque se conciben de nuevo a sí mismos.

Harold Bloom sobre Shakespeare

Me doy cuenta que nunca he salido de esa frase, de la más significativa de los títulos de crédito finales de Bola de Drac (citaré en catalán porque es así como la vi, pero traduciré para aclarar): ‘vull viure d’aventures, i vull viure-les amb tu’. Es decir: quiero vivir aventuras, y quiero vivirlas contigo. Creo que esa frase condensa el punto de partida de la serie, una de las claves emocionales que dan pie a todo el despliegue narrativo posterior, a todo ese panteón de talentos para la lucha que tanto resuena y ha resonado en las generaciones adolescentes del mundo. Porque sí, claro, Bola de Drac es las luchas y los entrenamientos, los peligros y las heroicidades, pero la base de todo eso, el primer impulso que incoa la serie, son las puras ganas de vivir de algunos personajes. Akira Toriyama, creador de la serie que nos dio una mitología contemporánea, fue el primer nombre japonés en llegar a nuestros oídos (a los que nacimos en algún punto de los 80), y lo hizo con toda una lección de vida. Tanto por el modus vivendi que rezuma la serie como por la hondura de sus personajes.

Y el primer personaje que siente esa necesidad, esa salvaje necesidad de vivir y notar los vaivenes de la vida, todos sus zarandeos, es Bulma. La legendaria Bulma. Ella, joven heredera de un imperio tecnológico y científico como es la Capsule Corporation, que podría, por tanto, haberse quedado en casa, salió sin embargo un día a buscar las bolas de dragón. Bulma es un genio científico, pero también es alguien que se atrevió a rechazar las comodidades heredadas y juntarse con seres extraños e inconcebiblemente fuertes (y agresivos) para vivir una vida no tutelada. Se apartó de lo que se esperaba de ella. Siempre lo he pensado: si alguien entrevistara a Bulma ya de mayor, ¡la de cosas que podría contar! Ella, que jamás luchó ni pretendió hacerlo, tuvo sus romances (con Yamcha), viajó por el espacio, se enamoró de Vegeta (a quien supo entender y con quien tuvo paciencia porque era difícil), tuvieron a Trunks y siguió siempre su camino de inventora en el reino de la ciencia y la tecnología. Y siempre mantuvo su espíritu de aventura, su necesidad de conocer, de querer vivir aventuras y vivirlas contigo (siendo ese ‘contigo’ un grupo de amigos, o nadie en particular). Su valentía es superior a la de los demás personajes de la serie. ¿Cómo dices? Sí, porque se enfrentó con su cerebro a las hostilidades del universo y fue tan decisiva como quienes sí pudieron luchar. Su radar localizador le permitió conocer a Goku y de ahí las bolas de dragón. Más adelante inventó la máquina del tiempo. De ahí, el resto. Un resto que empieza con ella, de joven, saliendo de casa un buen día por la mañana en busca de las bolas de dragón. Con sus ganas de vivir aventuras.

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La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler

La parábola del sembradorEn el año 2006 Cormack McCarthy dejó a todos sin habla con una novela arrolladora que se titulaba La carretera revitalizando así un viejo género como el apocalíptico, que parecía ya no dar mucho de sí. En el fondo no contaba nada que no se hubiera contado antes, la historia no era otra cosa que el peregrinar de unos personajes en medio del desastre intentando sobrevivir como podían. En fin, nada que se saliera de lo habitual en este género. Lo que hacía grande la novela era esa prosa seca y precisa en la que cada palabra era como un latigazo. No conozco otro autor que haya sido capaz de transmitirme mayor desesperanza o que haya dado una visión más sombría y desencantada del ser humano que McCarthy.

Mucho antes obras como La nube púrpura (1901), de M.P. Shiel, toda una precursora del género apocalíptico, clásicos como La tierra permanece (1949), de George R. Stewart, o El día de los trífidos (1951), de John Wyndham, por destacar algunas, habían establecido las pautas por las que se regiría el género. En todas ellas se narraban los esfuerzos de un grupo de personas por sobrevivir después de que acaeciera algún hecho catastrófico en el mundo. Las causas eran muy diversas, desde un virus hasta una guerra nuclear, pero la intención solía ser la misma, la de abandonar a una serie de personajes a su suerte en un mundo en el que ya no hubiera otra autoridad que la del más fuerte. Para poder salir adelante los protagonistas se veían obligados a cometer todo tipo de indignidades como robar o matar. Es en circunstancias extremas como éstas cuando los seres humanos muestran lo peor y lo mejor de sí mismos. La carretera no se aparta ni un ápice de este guión pero si no cae en lo rutinario es gracias al estilo literario único de McCarthy. Dejo a propósito al margen a otros autores como Ballard o Aldiss, que abordaron el género desde una perspectiva muy diferente y alejada de los clásicos.

Por eso sorprende que La parábola del sembrador (1993), de Octavia Butler, se ciña tanto en contenido como en forma al esquema más tradicional sin introducir grandes innovaciones. La novela se publicó décadas después de los grandes clásicos y aunque se anticipó trece años a La carretera, al leerla hoy carece de la contundencia de ésta. Tal vez de haberme topado con el libro en los noventa, sin el recuerdo aún vivo de La carretera, me hubiera sorprendido mucho más de lo que lo ha hecho hoy. En cualquier caso, la primera parte del libro, una admonición de lo que nos espera de continuar así y que podríamos subtitular «Crónica de un apocalipsis anunciado», me parece estupenda. La novela está contada con esa sencillez engañosa que exhiben los grandes escritores. Redactada a modo de diario la historia fluye de manera natural, la notas escritas por Lauren Olamina nos introducen en ese mundo tan creíble y despiadado en el que le ha tocado vivir sin que apenas tengamos que hacer esfuerzo. Durante toda la primera mitad la desgracia se palpa, parece cernirse de manera constante sobre los personajes hasta que se abate sobre ellos sin compasión. A partir de aquí, devenida en típicamente apocalíptica, la narración deja de avanzar y es como un buque que tras embarrancar termina siempre agitándose en las mismas olas. Hubiera necesitado de algo más esta segunda parte, de algo que la distinguiera de otras novelas similares como supo hacer McCarthy. O quizás haya que esperar a su segunda parte, Parable of the Talents (1998), para apreciar la obra en su conjunto.

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Gideon la Novena, de Tamsyn Muir

Gideon la NovenaEn ese carrusel de expresiones manidas en el que demasiadas veces se convierte una reseña, «la primera novela» se mantiene como uno de los valores más seguros a la hora de establecer cualquier consideración cuando existe la oportunidad de utilizarla. Esa fuerza, ese vigor, esa transgresión que empujan al autor nuevo en el formato, ávido por culminar un caso práctico de que una fantasía innovadora es posible, con gotas de hibridación con la corriente X o el género Z mientras se incorpora lo aprendido del mundillo Y. En el caso concreto de Gideon la Novena ponen más carne en el asador de participar del estereotipo su aparición en los diferentes premios (finalista del Hugo, el Nebula y el Mundial de Fantasía), el texto de la cubierta trasera

El Emperador necesita nigromantes. La nigromante de la Novena necesita una espadachina. Gideon tiene una espada, unas revistas guarras y ninguna paciencia para tonterías con los muertos vivientes.

, los blurbs de rigor

«No habrás leído nada parecido.»
Forbes

«¡Nigromantes lesbianas exploran un palacio gótico encantado en el espacio!»
Charles Stross

y una serie de problemas narrativos acuciantes. Al final me va a resultar imposible escapar de esta marca.

Gideon la Novena abre la trilogía de La tumba sellada, la serie de libros que han dado a conocer a Tamsyn Nuir. A tenor de sus títulos, cada una tendrá una protagonista distinta vinculada con La Novena Casa, una de las facciones que, repartidas por los planetas de un extraño sistema, sirven al Rey Imperecedero. En el diezmilésimo año de su reinado este emperador inmortal ha convocado a los herederos de las ocho casas (la Primera es la suya) a una prueba en la Morada Canáan; una mansión de dimensiones colosales que dejaría como una humilde choza a un palacio real del barroco. Todos ellos, nigromantes avezados en diferentes artes, acuden en compañía de sus caballeros, sus mejores vasallos especializados no sólo en el manejo de armas blancas sino en entregarse en cuerpo y alma si así les es requerido. Ante ellos se abre una ordalía para determinar quiénes serán los lictores del Emperador. Todas las casas parecen mejor preparadas que la Novena. Su caballero, Ortus, ha desertado y su lugar ha sido ocupado por Gideon, una paria repudiada por su casa y con problemas para aceptar cualquier jerarquía: está enfrentada a muerte con Harrow, la nigromante a la que debiera servir. Pero sin este tipo de retos insuperables el space opera sería mucho más aburrido, ¿no?

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To the Dark Star, The Collected Stories of Robert Silverberg 1962-69

To the Dark StarA finales de los 50 Robert Silverberg estuvo alejado de la ciencia ficción cinco años. Entre 1958 y 1962 reemplazó los ingresos de la publicación de relatos de este género con la escritura de todo tipo de artículos y ficciones para revistas de diverso pelaje, desde el esoterismo a la literatura erótica, hasta llegar al campo de la divulgación histórica donde comenzó a abrirse camino como autor de libros en 1962. A pesar de este alejamiento, continuó vinculado a la ciencia ficción con la publicación del remanente de cuentos escritos entre 1957 y 1958 y a través de su relación con varios autores y editores. Uno de ellos, Frederik Pohl, fue quien le alentó para regresar a la ciencia ficción desde una concepción diferente a la que le había caracterizado en los años anteriores: reorientar su esfuerzo de cantidad hacia el cuidado en la escritura y lograr unas historias más memorables que cambiaran la percepción que se había labrado como mercenario de la palabra. En junio de 1962 escribió «To See The Invisible Man» / «Para ver al hombre invisible», y algo hizo click.

Leído con casi sesenta años a sus espaldas, «Para ver al hombre invisible» continúa siendo un pequeño hito. Por esa armonía de la ciencia ficción como literatura de ideas cuando se acompasan la concepción y la ejecución, y por lo paradigmático de su escritura: anticipa el camino que haría de Silverberg una de las figuras fundamentales del género. Esa inspiración en una historia clásica, una frase de «La lotería de Babilonia» que habla de la invisibilidad social durante un período de tiempo, una luna en el relato de Borges, un año en el de Silverberg; una faceta emocional en la base del novum: la condena al ostracismo por una incapacidad para manifestar emociones; una escritura generalmente en primera persona orientada a transmitir la subjetividad y los sentimientos de la experiencia, vivida como una montaña rusa, aquí desde la exaltación de los primeros momentos para pasar a la depresión y la soledad extrema de quien se siente aislado en un entorno densamente poblado; y una extensión certera, que lleva a «To See The Invisible Man» a sus últimas consecuencias sin emplear una línea de más.

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Fracasando por placer (XXIV): La rebelión de las masas y otros ensayos, José Ortega y Gasset. Alianza, 2014

La rebelión de las masas

Con los años, y en una incuestionable prueba de mi irreversible condición de pollavieja, voy apreciando cada vez más a esos intelectuales que florecieron entre finales del XIX y la guerra civil. La capacidad descriptiva o el experimentalismo de Azorín (cuando no se pone pelma), el naturalismo preciso de Pardo Bazán, el gigantismo de Galdós, la brutal honestidad intelectual de Unamuno, la exquisitez de Machado, el preposmodernismo inteligente de Lorca, la amenidad reflexiva de Baroja, la excentricidad creativa de Valle Inclán, la energía de Clara Campoamor, el genio de María Zambrano, la impecable formalidad de Gerardo Diego, la sencillez en la perfección de Rosa Chacel. el humor insuperable de Camba, Fernández Flórez, Jardiel Poncela, Muñoz Seca y Mihura, la campechanía talentosa de Josep Pla, el compromiso de Chaves Nogales, la capacidad infinita para la belleza de Cernuda o Salinas. Y Buñuel, Dalí, Ganivet, Sender, Concha Espina, Marañón, Madariaga, Ramón y Cajal, Ramiro de Maeztu, Miguel Hernández, Gómez de la Serna, Gutiérrez Solana, Miró, Zuloaga

Esa gente a la que (en su mayoría, porque también cuento ahí con algún nacionalista periférico no menos talentoso) le dolía España. Que eran, como dice Slavoj Zizek, auténticos patriotas: de los que se avergüenzan de los defectos de su país y quieren remediarlos. Que pensaban (bueno, luego unos cuantos se torcieron con la edad) que el honor era más importante que la fama, que la pluma podía vencer a la espada. Gente que defendía los valores buenos, sin que resultaran por ello anticuados o ridículos. He citado una lista enorme, y me falta gente, mientras que me sale una cortísima de las personalidades que me parecen de la misma pasta desde la guerra civil hasta hoy: Delibes, Julio Llamazares, Eduardo Mendoza, Torrente Ballester, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet, Buero Vallejo, Sánchez Ferlosio, José Hierro, Fernández Cubas, Juan Marsé. Quizá también Merino, los Goytisolo, Vázquez Montalbán, Muñoz Molina, Cercas. Y nadie más.

(Sí, he dejado sin mencionar a todos los galardonados con premios Nobel. Hemos tenido muy mala pata con los premios Nobel. En mi opinión, cada uno de ellos debería haber sido sustituido por otro de mucha mayor valía: Galdós por Echegaray, Unamuno por Benavente, Baroja por Juan Ramón Jiménez, María Zambrano por Aleixandre, y Delibes por Cela, por ejemplo. García Lorca, Salinas, Cernuda o Machado lo habrían merecido también más que los premiados, mucho más, pero murieron prematuramente).

Un mundoCuando me propusieron escoger una ilustración para la portada de mi antología de cuentos, Formas que adoptan mis sueños, no dudé en recurrir a alguien de esa época: Ángeles Santos, una de las Sin Sombrero de la generación del 27, que pintó su obra maestra, Un mundo, con sólo 18 años. La primera vez que vi ese cuadro en el Reina Sofía, hace unos cuantos años ya cuando alguien tuvo la buena idea de destacarlo en la colección permanente, me quedé ojiplático: no podía ser que no conociera esa maravilla hipnótica hasta entonces, no podía ser que ese sueño fantástico e inspirador hubiera surgido de la nada. Por cierto, hay otro pintor español de la época con cuadros “de género” en el mismo museo, aunque no tan impresionantes: el canario Óscar Domínguez.

De hecho, como han ido demostrando investigadores como Mariano Martín o Nil Santiáñez-Tió, efectivamente el nuestro fue un territorio más frecuentado de lo que parece por entonces. No fueron pocos los autores de preguerra que hicieron pequeños acercamientos a las temáticas de la ciencia ficción; sería largo detallarlo, y ya se ha hecho en numerosas ocasiones. Sin embargo, de un tiempo a esta parte alumbré la fantasía de que las cosas hubieran sido de otra forma. Aún más intensa. Quizá se pudiera escribir una ucronía sobre la rivalidad entre Sorprendente, revista de Ramiro de Maeztu, y Asombroso, revista de Ignacio Sánchez Mejía. Podríamos asignar algunos roles para los colaboradores más destacados: Unamuno como Heinlein, Camba como Sheckley, Azorín como Van Vogt, Ramón y Cajal como Asimov, Valle Inclán como Ellison, Azorín como Leiber, Sender como Jack Vance, Gómez de la Serna como Lafferty, Machado como Sturgeon. Después llegaría una siguiente generación con Delibes como Silverberg, Torrente Ballester como Zelazny, y la revolución femenina de Matute como Le Guin, Laforet como Russ o Martín Gaite como Tiptree…

Más allá de este juego, lo que sí pensé seriamente en más de una ocasión es en la posibilidad de que Ortega y Gasset hubiera sido nuestro Aldous Huxley. Que buena parte de sus especulaciones de carácter más sociológico y político las hubiera plasmado en una distopía, en lugar de en forma de ensayos y artículos. Que las hubiera estructurado como relato.

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