An American Story, de Christopher Priest

An American StoryTenía serios prejuicios sobre An American Story. Su sinopsis invitaba a pensar que la conspiranoia se había apoderado de Christopher Priest y había escrito una novela sostenida sobre las especulaciones más extravagantes de lo ocurrido el 11S. Desde luego, resulta innegable que su argumento se apoya en algunos hechos incongruentes acaecidos aquel día; una serie de circunstancias apenas cubiertas u obviadas por la versión oficial. Sin embargo, su presencia obedece a un propósito más elaborado que apuntalar otro relato. En su gusto por explorar los márgenes más incómodos de nuestra realidad, Priest recupera el guante con el que escribió La separación, su novela de 2002 en la cual el extravagante vuelo de Rudolph Hess al Reino Unido en 1941 conduce a la firma de la paz separada con la Alemania Nazi y pone los cimientos de un escenario problemático: la Segunda Guerra Mundial toma un curso diferente, al que conocemos… y al de los horrores de un mundo dominado por el fascismo tradicional en las ucronías. Al mismo tiempo, An American Story es la novela de Priest más asequible para el gran público desde Experiencias Extremas, S.A y la más explícitamente contemporánea, por sus ideas fuerza, por la manera de abordarlas y por una escritura más directa de lo habitual. En multitud de detalles se asemeja a un thriller de expositor de tienda de aeropuerto.

Su narrador, Ben Matson, es un periodista que en los atentados del 11S perdió a la mujer de la que estaba enamorado, Lil. A lo largo de 20 años va y vuelve sobre ellos por su imposibilidad de clausurar el trauma: jamás se encontró su cadáver. Además, al conversar con Oliver Viklund, el exmarido de Lil del que estaba en trámite de separarse, sus palabras no coinciden con lo que él vivió. Asimismo anda por ahí un matemático ruso al que entrevistó a mediados de los 90 y al que regresa un poco por esas extrañas casualidades que tapizan las novelas de Priest. Estos mecanismos entre el azar y lo inevitable imbuyen al lector en una secuencia en la que se suceden el presente (un futuro cercano a unos meses vista) y los años posteriores al 11S. Un poco por la lógica interna de la evocación de Matson (algo despierta un recuerdo que se desarrolla a continuación), pero, sobre todo, como mecanismo para mantener la intriga y dosificar unas revelaciones convergentes que, todo sea dicho, tampoco resultan tan sorprendentes en su mayoría. Alrededor de esa cadena figura una realidad no moldeada por los hechos sino por su interpretación. Una idea que se explicita a través de una elaboración sociológica, el Teorema de Thomas, que va y viene en el testimonio de la mano de ese matemático ruso que bien podría haberse apellidado McGuffin.

De esta parte de la trama llega la enumeración de los asuntos más extraños de la narrativa oficial de aquel día, caso la increíble aproximación al Pentágono del Boeing o el destino de las diferentes cajas negras, incrementadas en el campo de la ficción con el descubrimiento en el fondo del océano de un avión que podría haber sido el que chocó con el Pentágono. Como apuntaba, lo interesante de este cuestionamiento no está en establecer una alternativa a la historia establecida. Priest cultiva la imposibilidad de alcanzar un cierre cuando existen situaciones abiertas a interpretación, explora la naturaleza de esa duda, los conflictos que despierta y los vincula con un paisaje floreciente en las últimas décadas: la conversión de las fuentes de información en terreno abonado a la opinión, sin separación entre lo factual y lo subjetivo.

11S PentágonoMatson recuerda su estupefacción ante varias pantallas de televisión el 11S y las jornadas posteriores cuando, en bucle, se repetían las imágenes de los acontecimientos. Cómo estas se diluían entre las voces de todo tipo de opinadores que insuflaban un marasmo de impresiones personales en un espectador en estado de shock. Ese acto de emergencia del relato erosionaba cualquier incongruencia, limaba la posibilidad de explorarse en la investigación posterior y modelaba un consenso que terminó justificando años de acción política mundial. Una forma de actuar que Priest refuerza con la irrupción de las redes sociales, herramientas alentadas para estimular sesgos y actuar sobre la opinión pública a modo de arcilla en el torno del alfarero.

La integración de la vida cotidiana y su implicación personal con la faceta profesional está hecha un poco a machacamartillo. Como ya ocurriera en The Gradual, Priest parece dominado por los temas que quiere tocar hasta el punto de descuidar el desarrollo de una trama que fracasa al ocultar su condición de excusa para tratar sus obsesiones. Un detalle particularmente visible en el cabreo que arrastra con el Brexit y que impregna la narración cada vez que Matson tiene que viajar desde una Escocia independiente y unida a la UE hasta una Inglaterra abúlica y ensimismada. Lejos de plasmar un estado de ánimo subsumido en su testimonio, algo que se veía en la primera mitad de The Gradual donde el caldo de cultivo del Reino Unido previo al referendum era evidente, en An American Story resulta brutalmente explícito. Suena a adolescente cabreado con una ruptura sentimental.

Pero esta elaboración con tendencia hacia lo perezoso me parece una tara menor frente a la valentía a la hora de fundamentar el argumento. Como está haciendo en otros títulos, Priest podía haber regresado al Archipiélago del Sueño y tratar este mismo argumento desde un escenario alegórico. Hubiera sido muy fácil coger ese enfrentamiento perpetuo entre potencias y plantar en medio el discurso básico de la extrema derecha, verbalizado en aquella abracadabrante entrevista a Newt Gringich donde rechazaba hechos sobre el descenso del crimen en EE.UU. en función a lo que él y sus seguidores sentían. El autor de La afirmación se apoya sobre el acontecimiento más transformador del siglo XXI hasta la aparición del COVID para plantear estas ideas sin mucho espacio para la interpretación desde una historia que se vive como un eco de las últimas novelas de Ballard.

Christopher PriestCuando media cf anglosajona salió a toque de corneta a defenderse de un ataque contra los premios Arthur C. Clarke del año 2012, Damian Walter fue particularmente hiriente en su respuesta. Abiertamente, se burló de esa situación en la que se encuentra Priest como escritor, demasiado mainstream para la ciencia ficción, demasiado ciencia ficción para el mainstream, caracterizándola a través de una supuesta pretensión de querer ser J. G. Ballard, obviamente no consumada. Entonces me pareció una meada fuera de tiesto. Diez años más tarde la comparación me parece más pertinente, pero no en el sentido de Walter. Escriba mejores o peores ficciones, Priest continúa fiel a sí mismo. Cada nueva novela cartografía un presente inabordable desde una narrativa alineada con los grandes acontecimientos que zarandean el orbe occidental, las preocupaciones que se cuecen en las entrañas de su maquinaria política y social y sus consecuencias sobre el individuo, la complejidad de encajar la experiencia subjetiva con el enorme caudal de información… En definitiva, explora los fundamentos sobre los que se sustenta la realidad consensuada, si esta existe; una problemática que atañe a los cimientos sobre los cuales se sostiene una parte de las novelas de cf y que, sin embargo, casi siempre termina supeditada al thriller o, directamente, la acción.

Independientemente de este nivel de lectura, existe otro igual de importante vinculado a su título. Con esa simbólica imagen elegida por la editorial para presidir su cubierta, todo parece referirse a los atentados en sí; no hay nada más estadounidense que una teoría de la conspiración como punto de apoyo de un fulcro histórico. Sin embargo, las idas y venidas de Oliver Viklund, su versión contradictoria de lo sucedido aquel día, su implicación en la exploración del Teorema de Thomas, arraigan otro sentido: el éxito en EE.UU. alcanza su máxima expresión cuando la vida se entreteje con un drama donde las pérdidas sufridas explican tu acción posterior; transmitir que, desde la voluntad de servicio, has sacrificado absolutamente todo por tu patria y apenas falta el máximo servicio para sublimarla: llegar a la Casa Blanca. Frente a este constructo no exento de humor, Priest teje su reverso durante las 300 páginas en las que Ben Matson se emplea en hallar un sentido a una existencia transformada por el mismo evento y continuada con una serie de causalidades, coincidencias, ecos, olvidos y malentendidos que comparten o no esa base y que, generalmente, imposibilitan la posibilidad de encontrárselo.

No puedo dejar de pensar que este discurso queda tocado en su verosimilitud por el giro vivido en 2015 con la entrada de Donald Trump en la carrera presidencial. Otra debilidad que sumar a la azarosa construcción de la novela. Aun así resulta desesperanzador el nulo eco logrado por An American Story. No ya en una España donde nos hemos acostumbrado a una ausencia desde hace casi 20 años. Priest mantiene su relevancia para una ciencia ficción necesitada de escritores capaces de pulsar las tensiones que desgarran el presente, sobre manera ese precario pegamento que une los fragmentos no coincidentes de ese cuadro que llamamos realidad. Un terreno donde apenas la figura de Philip K. Dick le hace sombra. Dependiendo de la obra a valorar, más por tradición y convención que por resultados.

An American Story, de Christopher Priest
Gollancz, 2018
320 pp. Tapa dura. £20

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