El instituto, de Stephen King

El InstitutoEl vigor de un Stephen King ya septuagenario es digno de mención. Año tras año incorpora a su copiosa bibliografía nuevos libros y despierta entre sus lectores un animado diálogo sobre si son de los que merecen o no la pena. Poco puedo aportar a esta batalla de títulos, pero sí me veo capaz de valorar cómo esta novela de 2019 se vincula a la vertiente más pulp de su obra. Su argumento podría haber surgido de una tormenta de ideas tras un maratón en el Canal Historia; de hecho su trama nace de las sospechas más arraigadas entre los Trumpitas que asaltaron el capitolio con camisetas y gorras de Qanon. Un movimiento magufo que ha penetrado dentro de la arena política hasta el punto que sus seguidores empiezan a colonizar el partido republicano llevándose por delante a figuras no ya tradicionales sino incluso a los más afines al Tea Party. El instituto se sostiene sobre cómo una organización federal lleva décadas secuestrando niños con aptitudes para la telepatía o la telequinesis y los utiliza como herramientas en sus planes para controlar el destino de EE.UU. Una combinación donde se dan cita las historias sobre niños y adolescentes desaparecidos con ese pertinaz sentimiento «nuestro Gobierno nos oculta cosas».

King plantea El instituto como un drama en tres actos contado desde tres estructuras comunitarias. Por un lado, los jóvenes que llegan a la instalación secreta y conviven durante unas semanas; el tiempo de gracia mientras les hacen pruebas, antes de ser convertidos en carne de cañón. Su protagonista es Luke Ellis, un chaval sobredotado que, antes de entrar en la universidad con 12 años, es secuestrado y trasladado a la sede de la organización en lo más profundo de Maine. Más o menos en paralelo desarrolla la llegada del ex-policía Tim Jamieson a DuPray, Carolina del Sur, donde se convierte en el sereno. Este pueblo de un millar de habitantes, con su gente trabajadora, sus fiestuquis de fin de semana y algún aventado, ejerce de caso práctico de «los blancos del Bible Belt, por mucho que hayan votado a Trump, no son basura». Un camino de humanización bastante extendido en la actual producción de ficción en EE.UU. tal y como ratifica una película como The Hunt. Su reverso son el grupo de funcionarios que mantienen el día a día de El instituto. Un caso práctico de la inoperancia que suelen ver los liberales en estas estructuras públicas cuando quieren poner en valor su visión utópica de la empresa privada.

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La oportunidad detrás de lo raro y lo espeluznante

Welt am Draht

¿Alguien recuerda el seísmo en el mundillo aficionado cuando, tras la traducción de Nunca me abandones, se publicaron unas declaraciones de Kazuo Ishiguro negando que fuera ciencia ficción? Yo mismo escribí un fandomsplaining al reciente premio Nobel, de ese que empieza y termina en tu microburbuja de confianza y que, con el transcurrir de los años, te permite echarte unas risas; esa intensidad, esa pedantería. Quizá por la distancia y las canas, de un tiempo a esta parte miro con ternura los desgarros de vestiduras #FIAWOL cuando otro escritor se atreve a poner en duda que su nueva obra sea ciencia ficción, fantasía o terror teniendo elementos para ello, y la califica como distopía, ucronía, proyección deliverativa… Esa emanación de enojo socializado-«no tienes ni puta idea de lo que estás hablando. Ahora te explico lo que has escrito» sin importar los detalles que pueda haber detrás, como si siempre existiera una visión única del asunto y los matices fueran innecesarios. Total, ya no entran en esas dos frases que deben formar el mensaje. Como si términos como ciencia ficción, fantasía o terror fueran etiquetas con un nombre adecuado para catalogar todo lo que comúnmente sus aficionados situamos en su interior. Como si no hubiera problemas para calificar no ya obras que se mueven en la frontera, si no títulos abiertamente tenidos como tal y que hablan de historias alternativas, poderes mentales, futuros a cinco minutos vista…

En este sentido es una pena que aquella lectura tan certera sobre los «géneros que manchan» establecida por Julián Díez en su desaparecido blog, Soria de los palabras, se haya perdido. Exponía con elocuencia la tiranía de la ciencia ficción sobre cualquier otro género. Cómo, por poner un ejemplo, una historia de asesinos en serie repleta de escenas truculentas, persecuciones y suspense escrita desde un monólogo interior, por el simple hecho de que el psico-killer fuera el clon del narrador, se convierte en ciencia ficción. El terror, el thriller o el rollo criminal quedan automáticamente supeditados a esa etiqueta, sin importar el nivel de especulación.

Desde esta óptica se entiende por qué he disfrutado tanto de Lo raro y lo espeluznante. Una colección de ensayos en los cuales Mark Fisher se sirve de un puñado de obras, literarias, cinematográficas, musicales, para delimitar dos términos de recorrido crítico difuso: lo raro (weird) y lo espeluznante (eerie). Dos sensaciones de máxima trascendencia narrativa tal y como atestiguan la fascinación por el relato Lovecraftiano, la relevancia del extrañamiento en la literatura contemporánea, textos divulgativos como los que Ismael Martínez Biurrun ha escrito en esta web… Dominantes en una miríada de ocasiones, marcando de manera inapelable la recepción por parte del lector/espectador.

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El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro

El gigante enterradoHa pasado una década desde la publicación de Nunca me abandones, aquel fabuloso ejercicio de voz narrativa que más que una historia de clones funcionaba como alegoría sobre cómo se mantiene bajo control la sociedad occidental. Una novela construida, como suele ser norma en Ishiguro, a partir de un narrador que marca el tono y su devenir desde la primera a la última línea. Ese rol preponderante del narrador, cómo su elección determina hasta los aspectos más insospechados de su obra, vuelve a ser una de las señas de identidad de El gigante enterrado, su esperada nueva novela. Un trasunto de juglar relata cómo una pareja de ancianos britanos abandonan su guarida subterránea en busca de su hijo. Su modo de vida, el paisaje de la Inglaterra de la Alta Edad Media, la manera de orientarse en ese entorno… se enfocan desde una perspectiva actual y, casi diría, naif. Un discurso ajustado para lo que al principio parece una fantasía medieval adosada al mito artúrico, en el interregno entre la caída del Rey y la creación de los reinos sajones. Pero a medida que pasan las páginas y su senda se tuerce, el tono cambia de la mano de la mirada crepuscular y fantástica a ese mundo detenido en el tiempo.

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La casa de la muerte, de Sarah Pinborough

La casa de la muerteEn la explosión de literatura juvenil de ciencia ficción del último lustro se observan una serie de rasgos prácticamente repetidos de gran éxito en gran éxito, con cada historia moviéndose alrededor de un sistema social que coarta el desarrollo individual y gobernado por una elite tiránica, el enemigo a ser derrotado. Los protagonistas, sin demasiadas nociones de cómo se llegó hasta allí, lo combaten mientras se enfrentan a todo tipo de retos, retiran los velos de misterio que encuentran en su camino y profundizan en las complejidades de su realidad. En este contexto, La casa de la muerte se abre camino apostando por una alternativa, hasta el punto de poder hablar de una singularidad.

Llama la atención su brevedad: tiene menos de 250 páginas absolutamente autocontenidas; no hay que esperar continuaciones ni libros derivados porque toda la historia se encuentra en su interior. Asimismo destaca su apuesta por mantener un escenario mínimo: la novela transcurre en una isla inhóspita en la cual apenas se levanta la construcción que le da el título. Una especie de residencia juvenil donde un grupo de adolescentes aquejados de un mal, los defectuosos, aguardan la llegada del estadio final de su enfermedad; el momento de ser llevados hasta el sanatorio de donde nadie regresa. Por tanto, apenas interactúan con el mundo exterior. Su vida en familia anterior a su internamiento, la evolución de las sociedades británica, europea y mundial en ese futuro (aparentemente) cercano, permanecen como un enigma neblinoso que germina en escasas ocasiones. Una clara postura de Sarah Pinborough por explorar la relación entre los residentes.

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Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro

Nunca me abandones

Nunca me abandones

Siempre que aterriza en nuestro querido gueto una obra que rompe con la socarrona definición del género dada por Norman Spinrad (“ciencia ficción es lo que se publica en las revistas de ciencia ficción”) se reaviva una de esas discusiones atávicas e insolubles que se desatan de forma más o menos regular sobre qué es o qué no es ciencia ficción. Debate que, visto desde los verdes prados de la literatura general, donde desde hace muchos años se han asimilado otros “géneros populares” sin mayor problema (la novela negra p.ej.), debe asemejarse a las evoluciones de un psicótico gastando preciosas energías arreándose cabezazos contra las paredes acolchadas de su celda o dos boxeadores sonados lanzando torpes golpes al aire antes de despatarrarse sobre la lona del ring.

Mientras, fuera del manicomio, autores insignes de esos que copan los suplementos literarios adoptan, con mayor o menor fortuna, los hallazgos más felices de la ciencia ficción, libres de prejuicios hacia la literatura de género y sin el hándicap de encontrarse inmersos en un entorno literario tan cerrado que roza el solipsismo; Houellebecq, Cunningham, Murakami, Gosh, Casariego, Mosley,… son escritores que, además, no sólo aprovechan los elementos más típicos y superficiales de la ciencia ficción como la ambientación o la parafernalia. Es algo más, más profundo, más esencial. Es algo que la propia ciencia ficción ha dejado de lado demasiadas veces en favor de la bisutería pulp y la autorreferencia estéril. Su valor más importante, lo que justifica su existencia y reivindicación como género literario: la ciencia ficción como poderosa herramienta para examinar la condición humana y su relación con el mundo. De entre estos autores, Kazuo Ishiguro, sin la más remota intención de escribir una novela de ciencia ficción, ha entendido, quizá involuntariamente pero a la perfección, la esencia de lo que es el género para facturar una de las novelas más hermosas, tristes, emotivas de entre las publicadas el año pasado.

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