Mis cinco libros de ciencia ficción (5)

Oveja mansaSoy un garbanzo negro en el fandom. Me admira que algunos aficionados puedan desgranar, con precisión y minuciosidad pasmosas, los motivos exactos que elevan el género por encima de todos los demás, o desmenuzar las características específicas que, a su juicio, concita la buena ciencia ficción (en ocasiones con tal vehemencia que diríase que las obras que incumplen determinados preceptos ni siquiera merecen su propia etiqueta y a lo mejor deberían ser consideradas otra cosa; cienciaficcioncilla, tal vez).

A mí, sin embargo, no me resulta fácil explicar las razones por las que la ciencia ficción suele resultarme tan satisfactoria. Las novelas que más me gustan, con independencia del género al que pertenezcan, son absorbentes, están bien escritas y, o bien me hacen reflexionar, o bien me descubren cosas sobre el ser humano, la sociedad o (en el caso de obras excepcionales) sobre mí misma. Así que la ciencia ficción que más disfruto me da todo eso, para empezar, pero además me aporta dos ingredientes extra de los que suele carecer el mainstream: esa heroína inofensiva que llamamos sentido de la maravilla es, supongo, el más disfrutable de los dos, aunque también hay algo especial en la posibilidad infinita de escenarios, personajes y situaciones (con la plausibilidad como única limitación) que brinda el novum.

Las novelas que recomiendo aquí tienen dos cosas en común: me encantan y las tengo frescas en la memoria (alguna, por si las moscas, la he releído específicamente para la ocasión). Como ya me he llevado más de un amargo desengaño al desempolvar viejos amores de juventud (ay, esas dolorosas costuras que descubrí en La trilogía de los trípodes), no me he atrevido a tirar de memoria, y algunos de los títulos que primero se me vinieron a la cabeza se han quedado fuera. Por eso no están aquí ni Campo de concentración de Disch, ni Quizá nos lleve el viento al infinito de Torrente Ballester, ni El doctor Moneda Sangrienta de Dick, ni Nova de Delany, ni El mundo sumergido de Ballard (ahora sí están, claro, pero solo porque acabo de hacer trampas de manera sutilísima). Recomiendo, mejor, estas otras cinco, de las que puedo afirmar sin miedo a equivocarme que a día de hoy, y por distintos motivos, me parecen maravillosas:

Nunca me abandones, Kazuo Ishiguro (2005): Hay algo en la prosa de Ishiguro que se te mete dentro y te marca para siempre. Nunca me abandones es ante todo una historia de amor, pero además revela mucho acerca de todos nosotros, de por qué a menudo nos resignamos en lugar de combatir, y de hasta qué punto nuestras circunstancias personales determinan la manera en la que afrontamos las cosas. Ishiguro va construyendo la tensión de forma magistral a lo largo de unas páginas que destilan nostalgia y desesperanza.

Oveja mansa, Connie Willis (1996): Divertidísima, original y narrada en un tono ligero que le hace parecer menos sofisticada de lo que realmente es, Oveja mansa se apoya en las ciencias sociales y la teoría del caos para ahondar en los motivos por los que surgen las tendencias y, de paso, poner de manifiesto el aborregamiento innato y la cortedad de miras de los seres humanos a la hora de identificar lo que nos pasa y por qué. La protagonista es una investigadora, Sandra Foster, que trabaja en un proyecto para intentar averiguar el origen de la moda del pelo corto en mujeres. Una secretaria incompetente, un colega que viste fatal y una burocracia infernal se conjuran para terminar desencadenando consecuencias inesperadas.

Siete EvasSeveneves, Neal Stephenson (2015): «La luna estalló sin aviso previo ni razón aparente. Estaba en fase creciente, a falta de un día para la luna llena. La hora era 05:03:12 UTC. Más tarde se convertiría en A+0.0.0, o, simplemente, Cero». Si no te engancha este arranque, es que estás muerto. Stephenson toma este punto de partida y lo desarrolla hasta sus últimas consecuencias (y digo lo de «sus últimas consecuencias» con toda la intención, porque el libro abarca mucho más de lo que cualquiera podría esperar, hasta el punto de que en cierto modo podría decirse que Seveneves no es una una única novela, sino más bien dos). Y, como no quiero revelar detalles de la trama (que bastante revienta ya su propio título), me limitaré a añadir que es trepidante, angustiosa, trascendental y épica.

Gran río del espacio, Gregory Benford (1987): Es la tercera novela de la ambiciosa «Saga del Centro Galáctico», pero puede disfrutarse de manera independiente y, de hecho, fue la primera que yo leí (sacada medio al azar de la biblioteca de mi pueblo, sin tener ni idea de que formaba parte de un ciclo). Describe un futuro lejano en el que una humanidad en decadencia y cercana a la extinción está constantemente hostigada por unas criaturas mecánicas, los mecs. La novela rebosa aventura y conceptos asombrosos (los humanos tienen tantos implantes cibernéticos que apenas parecen de nuestra propia especie, y la otredad de los mecs es fascinante). El protagonista, Killeen Bishop, rompe con el tópico de que no hay buenos personajes en el hard: un tipo carismático e imperfecto con el que es fácil simpatizar.

La historia de tu vida, Ted Chiang (1998): Puro sentido de la maravilla en vena, pocas antologías habrá más redondas e imaginativas que esta. El relato que da título al volumen es perfecto, fascinante y conmovedor, aunque, desde el punto de vista plástico, las imágenes más poderosas están quizá en sus dos historias de inspiración religiosa (ciencia ficción cosmogónica, me parece que lo llaman): una sobre la construcción de la torre de Babel y otra que describe un mundo en el que la existencia de Dios es incontestable. En cada cuento, Chiang sorprende al lector con un nuevo y enloquecedor «qué pasaría si…» No defrauda con ninguno de ellos.

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