Mis cinco libros de ciencia ficción (5)

Oveja mansaSoy un garbanzo negro en el fandom. Me admira que algunos aficionados puedan desgranar, con precisión y minuciosidad pasmosas, los motivos exactos que elevan el género por encima de todos los demás, o desmenuzar las características específicas que, a su juicio, concita la buena ciencia ficción (en ocasiones con tal vehemencia que diríase que las obras que incumplen determinados preceptos ni siquiera merecen su propia etiqueta y a lo mejor deberían ser consideradas otra cosa; cienciaficcioncilla, tal vez).

A mí, sin embargo, no me resulta fácil explicar las razones por las que la ciencia ficción suele resultarme tan satisfactoria. Las novelas que más me gustan, con independencia del género al que pertenezcan, son absorbentes, están bien escritas y, o bien me hacen reflexionar, o bien me descubren cosas sobre el ser humano, la sociedad o (en el caso de obras excepcionales) sobre mí misma. Así que la ciencia ficción que más disfruto me da todo eso, para empezar, pero además me aporta dos ingredientes extra de los que suele carecer el mainstream: esa heroína inofensiva que llamamos sentido de la maravilla es, supongo, el más disfrutable de los dos, aunque también hay algo especial en la posibilidad infinita de escenarios, personajes y situaciones (con la plausibilidad como única limitación) que brinda el novum.

Las novelas que recomiendo aquí tienen dos cosas en común: me encantan y las tengo frescas en la memoria (alguna, por si las moscas, la he releído específicamente para la ocasión). Como ya me he llevado más de un amargo desengaño al desempolvar viejos amores de juventud (ay, esas dolorosas costuras que descubrí en La trilogía de los trípodes), no me he atrevido a tirar de memoria, y algunos de los títulos que primero se me vinieron a la cabeza se han quedado fuera. Por eso no están aquí ni Campo de concentración de Disch, ni Quizá nos lleve el viento al infinito de Torrente Ballester, ni El doctor Moneda Sangrienta de Dick, ni Nova de Delany, ni El mundo sumergido de Ballard (ahora sí están, claro, pero solo porque acabo de hacer trampas de manera sutilísima). Recomiendo, mejor, estas otras cinco, de las que puedo afirmar sin miedo a equivocarme que a día de hoy, y por distintos motivos, me parecen maravillosas:

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Oveja mansa, de Connie Willis

Oveja mansaCiertos libros se me atragantan y termino enemistado, con ellos y sus autores. En C hay muestras de ello (¡hola, Kim Stanley Robinson!), y algo así me sucedió con Connie Willis y Por no mencionar al perro. Después de disfrutar de varios cuentos, las dos novelas cortas incluidas en Remake y sufrir (en el mejor sentido de la palabra) con El día del juicio final, tropecé con el premio Hugo de 1999; una comedia muy alargada que abandoné antes de terminar. Así, otros libros suyos se quedaron en la estantería y… hasta hoy. Mi deuda más evidente con Willis era Oveja mansa. Sobre todo porque cerraba la lista de mejores novelas de ciencia ficción realizada por un grupo de críticos capitaneado por Julián Díez para La Factoría de Ideas. Supongo que veinte años más tarde ya estaba maduro para deshacerme de estas líneas rojas y apreciarla. Además Willis pone de su parte con una extensión muy ajustada a su contenido para urdir una comedia alocada a la mayor gloria de clásicos del cine como Sucedió una noche, Primera plana o La fiera de mi niña.

Oveja mansa se centra en una serie de ideas alineadas con su argumento y su estructura: concretamente la investigación en entornos dependientes de la financiación privada en dos campos a priori sin conexión: las modas, sus posibles orígenes y cómo gobiernan nuestras vidas; y la teoría del caos. Ambos ejes se convierten en parte fundamental del propio relato, algo particularmente visible en el último ámbito. Toda la trama se construye como un caso práctico de la teoría del caos. Willis convierte las relaciones humanas y sus consecuencias en un atractor narrativo; uno de los escasos ejemplos que tenemos de ciencia convertida en algo más que un elemento del argumento. Además hay una parte especulativa sobre las modas que postulan Oveja mansa como una novela de ciencia ficción.

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Fracasando por placer (XVIII): Isaac Asimov Magazine nº 11. Forum, 1986

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Si sumáramos las cinco encarnaciones que ha tenido la Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine en castellano, resultaría ser la segunda revista con más números de la historia, sólo por detrás de Nueva Dimensión. Sin embargo, esa suma sería totalmente ficticia: cada una de esas etapas fue llevada por una editorial distinta, con propósitos y resultados dispares, sin casi nada más en común que el hecho de que el material anglosajón traducido en ellas fue publicado originalmente en la homónima estadounidense.

También coinciden en el empeño en hacer constar el nombre de Asimov bien gordo, como si fuera un talismán que, obviamente, nunca tuvo gancho suficiente como para llamar la atención de lectores ajenos al género y hacer viable el proyecto. Ya mencioné en otro artículo la extraña obsesión de los editores españoles durante varias décadas por pagar para contar con ese apellido que sólo ha tenido eficacia comercial dentro de la cf cuando se trataba de alguna obra «mayor». Y fuera de él, apenas en contados casos (pienso en la magnífica, al menos para mí como lego, Introducción a la ciencia, los muy amenos tomos de historia aparecidos en Alianza, e imagino que las primeras selecciones de ensayos en Bruguera). El resto, diría que tres cuartas partes largas de las versiones de publicaciones con la rúbrica Asimov en su portada, ha terminado más bien indignamente en las pilas de saldos, fueran antologías, novelas desarrolladas en su universo creativo y apadrinadas de manera discutible o ensayos científicos.

En el caso de las revistas, casi nunca dieron tampoco buenos resultados literarios. En sus números siempre parece haber material procedente del mismo lapso temporal, como si en el acuerdo con la editorial estadounidense, Davis, se incluyera alguna condición al respecto. La consecuencia es que lo traducido es muy irregular, como lo son en sí las revistas americanas de género, que publican tanto cada año que deben tener una manga mucho más ancha que una publicación española que pueda escoger lo que quiera de la fuente que desee siempre que pueda pagar la traducción. El caso extremo es el de la primera encarnación de Asimov’s en español, la de Picazo en 1979-80, que recogía de manera íntegra volúmenes estadounidenses, concretamente los doce primeros. Mala idea a varios niveles, porque la revista americana nació en 1977 y tardó varios años en cobrar fuste; estos números de arranque fueron pestilentes casi de manera íntegra. En 1983, Shawna McCarthy sustituyó a George Scithers, un viejo amigo de Asimov, y arrancó una orientación «literaria» de la publicación obviando totalmente la supuesta herencia del autor que daba nombre a la revista; un giro al que daría continuidad Gardner Dozois desde 1985. Asimov comentaría en alguna ocasión que no acababa de entender muy bien la revista en sus últimos años, pero que le parecía todo bien.

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