Piranesi, de Susanna Clarke

Corría el año 2004 de nuestro Señor cuando Susanna Clarke irrumpió en el género fantástico como un Leviatán en una cacharrería con su extenso novelón Jonathan Strange y el Sr. Norrell, una fantasía de carácter extremadamente inglés sobre magos de la época georgiana, que, aunque construida con hechuras modernas, rendía entregada pleitesía a la literatura decimonónica anglosajona, algo que sin duda habrá hecho las delicias de los tres fundadores del steampunk. Personalmente, se trataba de una obra que tocaba varias de mis teclas; anglofilia literaria, mitología céltica y una fascinante exploración de una idealizada Inglaterra mítica, mágica y ancestral, de círculos de piedra, desolados páramos cubiertos de niebla, túmulos ominosos y secretos en el corazón del bosque. De cuando las fronteras con lo feérico eran extremadamente tenues para los habitantes de la aislada Albión y reinaba el pensamiento mágico no-racional que tan sólo sobreviviría posteriormente en organizaciones herméticas y esotéricas como la Golden Dawn. De este modo Jonathan Strange y el Señor Norrell se alineaba con esta tradición inglesa de cultivar el género explotando ese vínculo con lo oscuro y arcano que genera ese particular carácter loquérrimo y raro del fantástico que proviene de las islas. Eso que tantas alegrías nos ha dado a los señores mayores aquejados de anglofilia literaria desde que Los Cinco y el tesoro de la isla cayó en nuestras inocentes manos.

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Las estaciones de la marea, de Michael Swanwick

De la caterva de escritores surgidos en la eterna ola del cyberpunk original, Michael Swanwick quizá no fuese de los más activos (tan sólo su cismatriana Vacuum Flowers podría encuadrarse en el subgénero), pero seguramente sí que era uno de los más espabilados, ya que no tardó en darse cuenta de que al hardboiled futurista bañado en neones no le quedaba mucho recorrido creativo. Suyo es el término neuromantics, propuesto con cierta sorna para rebautizar al movimiento, puesto que llegados a cierto punto el cyberpunk empezaba a convertirse en una mera imitación los clichés del Neuromancer de William Gibson. Y al contrario de otros ilustres compañeros de aventura literaria a quienes estaría feo señalar, logró desprenderse del protector celofán de clichés y manierismos cyberpunk antes de que Neal Stephenson y Bruce Bethke liquidaran el subgénero publicando la parodia y la parodia de la parodia respectivamente, Snowcrash y Headcrash. Tras un divertimento, Griffin´s Egg, una novela corta de metacachondeo sobre la ciencia ficción de los 50 ambientada en la luna, enfiló hacia la ciencia ficción y la fantasía literaria y rara, mucho más interesado en Gene Wolfe, James Branch Cabell o Hope Mirrlees que en Gibson o Tolkien. Así, ya en 1990 vio la luz Las estaciones de la marea, serializada primero en la Isaac Asimov Magazine y editada como novela al año siguiente; una obra que todavía aprovecha algunos presupuestos y conceptos muy queridos por el cyberpunk (las inteligencias artificiales, la realidad virtual, el problema de la tecnología y la información libre) insertándolos en una exótica, extraña y fantástica novela de ciencia ficción, que, como ocurre con todos los artefactos narrativos raros, bellos y estrafalarios, me tuvo intrigado y fascinado durante muchos años.

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Ōoku: The Inner Chambers, de Fumi Yoshinaga

Llega el momento de confesar que todo lo que sé, incluyendo valiosas lecciones vitales que aún hoy sigo a rajatabla, las he aprendido de los tebeos. ¿Política? El pitufísimo, ¿geografía, gastronomía, otras culturas? Las aventuras de Astérix y Obélix, ¿arte contemporáneo? El cuadro que se comió París, ¿deporte? Gatolandia ’76  ¿las neurosis de la vida moderna? La semana más larga. Con estas sólidas bases intelectuales y educativas, el manga no iba a ser menos, y si en la anterior entrada les deslumbré con mis amplios y profundos conocimientos acerca del shogunato Togukawa no es porque me lo copiara de la wikipedia como suelo hacer habitualmente (aunque también…), si no porque antes me había leído otro estupendo manga histórico, el exitoso y laureado Ōoku, de Fumi Yoshinaga, un ucronía ambientada en el período Edo, que vendría a ser el complemento en plan melodrama de época de la BBC a las desenfrenadas aventuras de Azumi. Título en el que además confluyen felizmente la ciencia ficción y el tebeo japonés, puesto que en el año 2009 Ōoku obtuvo el premio James Tiptree Jr. en virtud de su original planteamiento de las cuestiones de género.

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Azumi, de Yū Koyama

Llegados a la tercera entrega de la serie «tebeos japoneses que sólo me interesan a mí» ya va siendo hora de tocar un género clásico del manga y la cultura popular japonesa, el chanbara, o dicho en lenguaje llano, el de tíos con katanas machacándose los higadillos. Pero en este caso hablaremos de un chanbara un poco diferente, uno que no está protagonizado por uno de esos samuráis ahora considerados incorrectos por culpa de un exitoso videojuego, glorificados e idealizados por el nacionalismo japonés más facha debido su estricto código del deber y el honor. Hay que aclarar que esta fantasía bushido fue inventada de cara a los occidentales durante la época de restauración Meiji, entre finales del XIX y principios del XX, por lo general, el comportamiento del samurái en tiempos de guerra era pragmático e hijoputesco como el de cualquiera que se ganara la vida combatiendo a vida o muerte, con unos principios (o falta de los mismos) que hubieran hecho las delicias de Carlos Bilardo y otros titanes del ganar a cualquier precio. Flipamientos nacionalistas japoneses y caídas de guindo contemporáneas aparte, es fácil deducir que los samuráis se dedicaban a la labor tradicional de las castas guerreras a lo largo de la Historia como bien sabemos en Europa; ganar perras y estatus como mercenarios en tiempos de guerra, y coaccionar y someter al pueblo llano mediante la violencia en tiempos de «paz». Y este es el caso de Azumi, el manga del que hablaremos a continuación, una fantasía desmitificadora del samurái y el camino de la espada donde se entreteje la ultraviolencia más brutal con una visión humanista repleta de matices, enfoque muy influenciado en mi opinión por los jidaegiki o «dramas de época» del gran cineasta Masaki Kobayashi; Samurai Rebellion y, sobre todo, la maravillosa Harakiri.

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National Quiz, de Reiichi Sugimoto y Shinkichi Kato

Uno de los aspectos más agradecidos del manga japonés para el lector curioso, quizá un poco trastornado también, es su carácter de pozo sin fondo rebosante de propuestas insólitas, en el que, si rascamos más allá de los títulos más populares y los géneros habituales, seguro que encontraremos un manga sobre alguna obsesión de nuestro interés por muy rara que sea nuestra parafilia. Tráfico de órganos, competiciones de comida, manuales de agricultura, ucronías feministas, toreras lesbianas, futbolistas japoneses en el Betis, la vida cotidiana en una aldea uzbeka del siglo XIX, un trasunto del patito feo protagonizado por un bondadoso aparato reproductor masculino…, etc, etc, todo lo que la mente humana pueda imaginar. Sin embargo la sátira política no es algo muy común en Japón, tanto en el mundo del humorismo como en los mangas. No faltan, por supuesto, los tebeos políticos, alguno de ellos publicado en España, como el premio Eisner, Eagle de Kaiji Kawaguchi, donde se relata la carrera a la presidencia USA de un candidato de ascendencia japonesa, Santuario, de Buronson y Ryoichi Ikegami, el equivalente en manga a cuñadear a voces cocido de sake en la barra del izakaya a cuenta del corrupto sistema político japonés, o Akumetsu, de Yoshiaki Tabata y Yuki Yugo, la demencial, salvaje y catárquica historia de un sangriento vengador de corruptelas bancarias e injusticias económicas en un Japón del futuro cercano arrasado por la deuda y la crisis. Pero esto de echarse unas risas con el tema, pues poco. Así que hoy les presento una verdadera rareza hasta en su país de origen, National Quiz del escritor Reiichi Sugimoto y el dibujante Shinkichi Kato, una sátira política que parece el storyboard de una hipotética adaptación del V de Vendetta de Alan Moore y David Lloyd dirigida por un Paul Verhoeven japonés.

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Gambling Apocalypse Kaiji, de Nobuyuki Fukumoto

En los largos meses que he dejado de colaborar en C por pura vaguería, he comprobado con creciente alarma como el nivel de la página ha ido subiendo de forma imparable, siendo ya conocida en algunos círculos como Les Cahiers du Sci-Fi. «Lo llevo crudo», pensé cuando me picaron las ganas de volver a escribir, mientras barajaba algún tema que me exigiera poco esfuerzo. Menos mal que en mi larga experiencia de persona extremadamente perezosa he llegado a dominar las técnicas de la excusa barata, la autojustificación y el colar gato por liebre en mi interminable carrera hacia el sillón. Así que mientras voy poniéndome trabajosamente a la altura preparando sesudos artículos sobre temas tan apasionantes como la raíz gnóstica de la serie Dryco de Jack Womack o epistemología, consciencia y humanismo en la obra de Matthew De Abaitua, qué mejor para coger el ritmo que pasar completamente de la temática habitual de la página e ir regurgitando lo que más he leído y disfrutado desde hace ya bastante tiempo, esto es, mangas, la mejor manera de hinchar las estadísticas en Goodreads y ahuyentar a los lectores de la página. Pero como soy una persona que siempre decepciona, no se trata de mangas de cf o fantasía (bueno, alguno caerá), o de reputados artistas tipo Taniguchi, Takahashi o Urasawa ya de sobras conocidos, no, no. En este caso la intención inicial es reseñar algunos mangas no publicados en España, de autores muy desconocidos y temáticas variadas, cuando no directamente demenciales y cuanto más japonesas y ajenas a las formas de contar con las que nos encontramos cómodos en occidente, mejor. Y aprovechando su inminente edición en inglés, comenzaremos con uno de los mejores mangas que he leído en estos dos o tres años de atracón de tebeos nipones, el magnífico Tobaku Mokushiroku Kaiji de Nobuyuki Fukumoto.

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La ciudad, poco después, de Pat Murphy

Corrían los locos años ochenta y en la gran casa común de la ciencia ficción norteamericana las aguas bajaban revueltas entre las nuevas generaciones. Los bárbaros del cyberpunk habían irrumpido en el género con sus bromas de empollones, sus círculos de amigotes y unas ganas irreprimibles de meterse con todo el mundo, cayendo en gracia a crítica y público y conquistando hasta el último rincón del género. ¿Todo? ¡No! Una aldea de irreductibles humanistas resistían ahora y siempre al invasor; Kim Stanley Robinson, John Kessel, Orson Scott Card o Connie Willis, una caterva de escritores surgidos a principios de los ochenta que se negaban a darle un acabado de cuero negro y cromo brillante a sus futuros en los que, desde una óptica socialdemócrata o mormona, ofrecían una alternativa al callejón sin salida que encarnaba el nihilismo cyberpunk y sus Grandes Verdades Muy Jodidas Sobre Este Puto Mundo De Mierda. Esta alternativa humanista, heredera de Simak o Bradbury, recuperaría la esperanza en el futuro cimentada en las virtudes intrínsecas del espíritu humano, sus cuitas y sus cosas. Un pre-hopepunk, si gustan de tirarse el pisto en plan «bueh, esto ya lo descubrí yo en el 86». Y es que está visto que los ochenta no se han ido ni se irán nunca.

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El libro del Sol Nuevo, de Gene Wolfe

Hola. El aviso de siempre, en el análisis que van a leer a continuación se destriparán muchas de las claves, giros argumentales y, por supuesto, el final de El libro del Sol Nuevo, si todavía no la han leído y quieren hacerlo con la mirada limpia y acabar con la cabeza como un bombo, háganlo ya mismo y vuelvan luego. Para el resto, pongánse cómodos, ánimo y a por el ladrillaco.


«Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal».- Jorge Luis Borges («Tlön, Uqbar, Orbis Tertius»)

Recibía la semana pasada la noticia del fallecimiento de Gene Wolfe con cierta resignación estoica muy severiana; era de esperar. En algún artículo más o menos reciente sobre el escritor norteamericano, se le describía como un hombre cuya situación recordaba mucho a la de Allan Dean Weer, el desdichado protagonista de Paz, un anciano deprimido y solo, habitando una casa vacía tras la muerte de su esposa Rosemary a causa del Alzheimer en 2013, soledad aliviada únicamente por la visita de alguno de sus famosos fans. Para añadir sal a la herida he de reconocer que hacía años que no seguía lo que regularmente se iba publicando con su firma; tras un par de pinchazos, y como lector inmisericorde, consideraba que lo mejor de su producción había pasado ya, sumido en el pozo en la reiteración de temas y, sobre todo, técnicas narrativas, con independencia de que se ajustaran mejor o peor a lo que quería contar. No hay que descartar tampoco una cuestión de mezquindad lectora, Wolfe era uno de mis ídolos literarios de juventud en esto del fantástico (no exagero si digo que mi vida dio un vuelco comparable a que me atropellara un trailer de veinte toneladas el día que, a mis tiernos dieciocho años, adquirí de una tacada dos minotauros mágicos; Neuromante y La sombra del torturador), cuyas La quinta cabeza de Cerbero, El libro del Sol Nuevo o la serie de Latro me tuvieron fascinado y obsesionado durante años, libros en los que primaba la sutileza, el juego intelectual, la belleza estética de la prosa y la vívida recreación de extraños mundos futuros mediante la pericia estilística. Obras que me hicieron crecer como lector, estimulando mi curiosidad y mi participación activa en el acto de leer (me aticé los dos tochos de Los mitos griegos de Robert Graves sólo para desentrañar las claves de Soldado de la niebla, todavía tengo pendiente hacer lo mismo con las Historias, de Heródoto). Recuerdo con inocencia, casi con ternura, como al leer La quinta cabeza de Cerbero y descubrir alguno de sus entresijos, Wolfe, un escritor inteligentísimo y extremadamente culto, hacía que yo, jovenzuelo recién salido del cascarón, me sintiera más listo y mejor lector (he de recordarles que por aquella época yo era un pequeño Lovecraft con escasa autoestima, espero sepan entender estas tontadas de juventud). Pero, desgraciadamente, ocurre que muchas veces los lectores somos desagradecidos y mezquinos y exigimos nuestra ración de lo mismo de siempre, alucinar vivídamente con lugares extraños y exóticos, sentir de nuevo esa emoción de enamorarnos de un artefacto literario por primera vez. Y ése vértigo ya no lo tenían las siguientes obras de Wolfe que cayeron en mis manos; ni Puertas, ni, el por mí esperadísimo, Nocturno del Sol Largo (el primer tomo del Libro del Sol Largo cuya traducción quedó inconclusa), ni Especies en peligro, ni Castleview, ni Soldado de Sidón... Poco a poco mi infatuación con Wolfe fue decayendo sin remedio, con algún repunte como la inesperada traducción de Paz. Pero al enterarme de la triste noticia de su fallecimiento y sintiéndome ya como ese señor mayor al que sólo se le despierta alguna emoción medio muerta cuando encuentra a una amistad perdida hace años en las esquelas del ABC, no pude negarme al requerimiento del Señor de C; era el momento de acometer la tarea que siempre me pareció que estaba por encima de mis escasas capacidades y pagar mi deuda con Wolfe y con El libro del Sol Nuevo, una obra cuya fascinante ambientación y endiablado juego intelectual, me tuvo obsesionado durante años.

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Islas en la red, de Bruce Sterling

Un artículo-tipo que aparece de vez en cuando en los sectores menos ilustrados y más feos del periodismo cultural, es aquel en el que se le reprocha a la ciencia ficción su incapacidad para la predicción exacta del presente en general y la cacharrería tecnológica que esté de moda en ese momento, en particular. «NOOOOOO, SO BURROOOOOOOOOOS», me indignaba yo interiormente cuando leía en algún artículo la típica parida sobre los móviles en Neuromante, «la sagrada misión de la ciencia ficción es especular sobre el futuro a partir del presente, explorar la forma en que la tecnología influye en la sociedad y, A PARTIR DE TODO ELLO, REDEFINIR LA SITUACIÓN DEL SER HUMANO RESPECTO AL MUNDO» (en realidad estaba dando voces en la sala de espera del psiquiatra). Sin embargo, lo contrario también me parecía un poco trampa, es decir, no me resulta especialmente valioso que una novela de cf acertara en un detalle tecnológico u otro si luego el conjunto no estaba a la altura, literariamente hablando, o no cumplía los preceptos de la sagrada misión antes voceada, lo que no valía en una dirección no podía valer en la otra. Pero hete aquí que cayendo en una de mis innumerables contradicciones (o no teniendo nada mejor con lo que arrancar la reseña) he escogido Islas en la red para este clásico polvoriento porque lo acertó TODO sin que nos diéramos cuenta cuando la leímos en su día, aunque, y esto es, creo, clave de su caída en el semiolvido, sacrificaba parte de lo artístico (o literario) por el camino.

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Jurgen, de James Branch Cabell

Hay algo intrigante en las veleidades del gusto popular, en cómo escritores, músicos y artistas en general que, siendo inmensamente famosos en su época, acaban cayendo en el olvido. ¿Quién tira de los hilos, dicta los gustos, quien escribe la historia o cómo se aceptan unos relatos sobre otros? Intereses económicos de editoriales y medios, críticos literarios, prebostes académicos, historiadores del arte, árbitros del buen gusto, sociedades secretas… Sea quien fuere el responsable, el «ahora molas, ahora no» sí que es un lema que nunca se pasa de moda. Un ejemplo meridiano de esto es la novela que toca hoy, Jurgen, de James Branch Cabell, la obra más conocida de un escritor prestigiosísimo en el panorama literario norteamericano de los años 20 y 30. Nada menos que admirado por escritores y lumbreras del calibre de Mark Twain, Scott Fitzgerald (su esposa Zelda tenía a Cabell como su escritor favorito), Aleister Crowley o Sinclair Lewis, el primer autor norteamericano que ganó el Nobel, y quien reconoció la enorme influencia que Cabell ejerció sobre él en su discurso de aceptación del famoso premio sueco. Pero poco a poco, por desconozco qué razones, la popularidad de Cabell comenzó a menguar, convirtiéndose en el típico autor de culto en el género fantástico, un «escritor de escritores» en cuya fantasía humorística he podido reconocer a Fritz Leiber o Jack Vance (muy particularmente las dos divertidas novelas de la saga de Cugel pertenecientes al ciclo de La Tierra Moribunda) y, en su juguetona erudición mitológica, a Gene Wolfe. Por no hablar de los consabidos grandes nombres fascinados por Cabell en general y esta novela en particular, que adornan los textos introductorios y promocionales de esta edición, como Terry Pratchett, Robert Heinlein o Neil Gaiman. Así que estamos ante una obra más o menos olvidada pero importante por su influencia en el fantástico anglosajón. Pero, ¿sólo por eso?

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