Canciones de amor para tímidos y cínicos, de Robert Shearman

Canciones de amor para tímidos y cínicosMenudo órdago se lanzó Robert Shearman con Canciones de amor para tímidos y cínicos. Su título anuncia las guías que conectan sus relatos; historias con una base romántica donde Shearman explora la idea del amor en toda su amplitud: romántico, paterno-filial, tóxico, no correspondido… Esta variedad desacomplejada se acrecienta con las situaciones desde las cuales lo aborda, desde un fantástico que termina internándose en la fantasía o lo surrealista pasando por la autoficción o el terror. En ocasiones desde un punto absurdo que, aun cuando no termina de funcionar, demuestra una inteligencia, un vitriolo y, ocasionalmente, una mala hostia que afilan sus ideas en múltiples direcciones. Puede que ninguno llegue a resultar incontestable, de esos que alegremente solemos tildar como Obra Maestra, pero es fácil comprender a los jurados de los premios Británico de Fantasía y el Shirley Jackson cuando le otorgaron a Canciones de amor para tímidos y cínicos la categoría de Mejor Colección de Relatos el año de su publicación.

Shearman hace crecer sus ficciones siempre desde lo ordinario, con tres opciones de partida. Una es un principio cotidiano en el que irrumpe un suceso extraordinario destinado a darle una sacudida sin, por ello, abandonar ese entorno costumbrista. Sería el ejemplo de «Animal atropellado», el texto más largo de Canciones de amor para tímidos y cínicos. Se inicia cuando dos compañeros de trabajo, en un incómodo viaje por carretera durante el cual no fluye la conversación, atropellan un conejo que, para su sorpresa, cuenta con unas alas a lo murciélago. Lo insólito ejerce de rompehielos y terminan consumando en un motel de carretera la química recién aparecida entre ambos. Lo mejor de «Animal atropellado» llega de la caracterización del varón dentro de un patetismo extremo junto a un subtexto sobre la necesidad de aire fresco en relaciones estancadas por lo rutinario, pero no es suficiente para hacer olvidar su falta de regularidad. Lo descabellado de ese elemento fortuito, y su trivialidad, entorpecen bastante la recepción de una historia que avanza a salto de mata. Como otros cuentos, el desarrollo es errático y amenaza con devorar, si no devora, algunos de los logros. Por fortuna, otros se mantienen incólumes.

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Ōoku: The Inner Chambers, de Fumi Yoshinaga

Llega el momento de confesar que todo lo que sé, incluyendo valiosas lecciones vitales que aún hoy sigo a rajatabla, las he aprendido de los tebeos. ¿Política? El pitufísimo, ¿geografía, gastronomía, otras culturas? Las aventuras de Astérix y Obélix, ¿arte contemporáneo? El cuadro que se comió París, ¿deporte? Gatolandia ’76  ¿las neurosis de la vida moderna? La semana más larga. Con estas sólidas bases intelectuales y educativas, el manga no iba a ser menos, y si en la anterior entrada les deslumbré con mis amplios y profundos conocimientos acerca del shogunato Togukawa no es porque me lo copiara de la wikipedia como suelo hacer habitualmente (aunque también…), si no porque antes me había leído otro estupendo manga histórico, el exitoso y laureado Ōoku, de Fumi Yoshinaga, un ucronía ambientada en el período Edo, que vendría a ser el complemento en plan melodrama de época de la BBC a las desenfrenadas aventuras de Azumi. Título en el que además confluyen felizmente la ciencia ficción y el tebeo japonés, puesto que en el año 2009 Ōoku obtuvo el premio James Tiptree Jr. en virtud de su original planteamiento de las cuestiones de género.

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Series

2010

2010

Al contrario de lo que se suele afirmar, las continuaciones y requetecontinuaciones no son un fenómeno moderno dentro de la ciencia ficción, y ni siquiera original del género. Me temo que siempre que una creación ha cautivado la imaginación popular, su responsable ha sido asaeteado por demandas para prolongarla en alguna medida. Un género tan venerable como la épica tiene su origen en ese comprensible deseo de «saber más», empezando por el propio Homero, y hasta este siglo encontramos amigos de las series y continuaciones tan respetables como Cervantes, Shakespeare o Dumas.

Como literatura popular, la ciencia ficción usa las series como uno de sus principales ganchos desde su mismo nacimiento. Verne no se salvó del todo de la tentación –véase los dúos 20.000 leguas de viaje submarinoLa isla misteriosa y Robur el conquistadorDueño del mundo–, de la que sí escapó H.G. Wells. Pero después llegaron Edgar Rice Burroughs con sus series de Marte y Venus o E.E. «Doc» Smith con sus Lensmen y su Alondra del espacio y consagraron la popularidad de los seriales de ciencia ficción.

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