Canciones de amor para tímidos y cínicos, de Robert Shearman

Canciones de amor para tímidos y cínicosMenudo órdago se lanzó Robert Shearman con Canciones de amor para tímidos y cínicos. Su título anuncia las guías que conectan sus relatos; historias con una base romántica donde Shearman explora la idea del amor en toda su amplitud: romántico, paterno-filial, tóxico, no correspondido… Esta variedad desacomplejada se acrecienta con las situaciones desde las cuales lo aborda, desde un fantástico que termina internándose en la fantasía o lo surrealista pasando por la autoficción o el terror. En ocasiones desde un punto absurdo que, aun cuando no termina de funcionar, demuestra una inteligencia, un vitriolo y, ocasionalmente, una mala hostia que afilan sus ideas en múltiples direcciones. Puede que ninguno llegue a resultar incontestable, de esos que alegremente solemos tildar como Obra Maestra, pero es fácil comprender a los jurados de los premios Británico de Fantasía y el Shirley Jackson cuando le otorgaron a Canciones de amor para tímidos y cínicos la categoría de Mejor Colección de Relatos el año de su publicación.

Shearman hace crecer sus ficciones siempre desde lo ordinario, con tres opciones de partida. Una es un principio cotidiano en el que irrumpe un suceso extraordinario destinado a darle una sacudida sin, por ello, abandonar ese entorno costumbrista. Sería el ejemplo de «Animal atropellado», el texto más largo de Canciones de amor para tímidos y cínicos. Se inicia cuando dos compañeros de trabajo, en un incómodo viaje por carretera durante el cual no fluye la conversación, atropellan un conejo que, para su sorpresa, cuenta con unas alas a lo murciélago. Lo insólito ejerce de rompehielos y terminan consumando en un motel de carretera la química recién aparecida entre ambos. Lo mejor de «Animal atropellado» llega de la caracterización del varón dentro de un patetismo extremo junto a un subtexto sobre la necesidad de aire fresco en relaciones estancadas por lo rutinario, pero no es suficiente para hacer olvidar su falta de regularidad. Lo descabellado de ese elemento fortuito, y su trivialidad, entorpecen bastante la recepción de una historia que avanza a salto de mata. Como otros cuentos, el desarrollo es errático y amenaza con devorar, si no devora, algunos de los logros. Por fortuna, otros se mantienen incólumes.

Sigue leyendo

Ahora solo queda la ciudad, de Cristian Romero

Ahora solo queda la ciudadLa originalidad de los ocho relatos (siete cortos y uno largo) que integran Ahora solo queda la ciudad se manifiesta de muchas formas diferentes. La más importante de ellas —quizá también la más sutil— probablemente sea la pluma del autor, el colombiano Cristian Romero, que no solo escribe muy bien sino que, además, lo hace con un estilo propio, muy marcado y reconocible, que rezuma personalidad. El autor se expresa con frases breves y cortantes, manifiesta una cierta querencia hacia el feísmo y la mala baba, y demuestra una habilidad especial para retorcer mensajes que comienzan siendo amables, como si hubiera decidido dar un pequeño respiro al lector dentro de una trama cargada de tensión, y terminan siendo devastadores. En «Más allá de las ruinas», un personaje acaricia a un cachorrillo al que guarda en una caja, entre mantitas, para acto seguido revelarnos el destino de sus hermanos: «A los siguientes cachorros los hundió en un balde con agua. Luego se los comió asados.» En «Vientre», alguien alaba la belleza del paisaje con un «Mira qué lindo se ve el cielo» y a continuación se pregunta enseguida, en referencia al apocalipsis inminente que parece cernirse sobre ellos: «¿Cómo será cuando se chamusque?» Por poner solo un par de muestras sobre la capacidad de Romero para jugar con nuestras expectativas.

Del mismo modo, las tramas de sus cuentos rehúsan adaptarse a moldes o ideas preconcebidas. A lo largo de Ahora solo queda la ciudad me sorprendí en varias ocasiones asumiendo que el relato que acababa de empezar a leer iba de una cosa (una historia de vampiros, por poner un ejemplo, o un cuento de fantasmas de corte victoriano) para acabar descubriendo pocas páginas más adelante que los planes de Romero transcurrían por caminos muy diferentes de los que yo había anticipado. Y así, lo que yo había tomado por un vampiro resultaba ser el descendiente de una familia adinerada (y con acceso, por tanto, a costosas intervenciones de ingeniería genética) en un futuro post apocalíptico; y el supuestamente familiar escenario de terror clásico (mansión con muebles polvorientos y servidumbre a la que se llama tocando una campanilla) tampoco tardaba demasiado en romper mis esquemas entre salpicones de sangre y pus. (Ambos ejemplos, acabo de darme cuenta, corresponden a las dos primeras historias del volumen, y creo que es porque a partir de cierto momento el lector aprende a entregarse, sin más, a la idiosincrasia peculiar de esos relatos, a su —por así decirlo— cristianromeridad, y a disfrutar de las narraciones sin tratar de descifrarlas antes de tiempo, a sabiendas de que el autor le va a lanzar un gancho a la mandíbula en algún momento, pero abandonando toda esperanza de poderlo esquivar.)

Sigue leyendo