Crímenes reales, de Samantha Kolesnik

Crímenes realesLa fascinación por el true crime lleva años entre nosotros. Las series (pseudo)documentales, los programas con reconstrucciones, los podcasts, la literatura construida a su alrededor, no parecen dar síntomas de agotamiento. Me he acercado a algunos, sobre todo en los orígenes de la ola en las plataformas (The Jinx, Making a Murderer, Asesinato en León, Cómo cazar a un monstruo…), pero en general me he mantenido a una distancia prudencial. La faceta dramática impuesta en el “montaje” y el inevitable sensacionalismo imprimen connotaciones pop a sucesos atroces y tiñen la dimensión emocional y humana con carices más incómodos, si cabe. Una vertiente sobre lo cual Samantha Kolesnik ha construido esta novela corta, traducida por Shaila Correa.

Su inicio es desagradable. En primera persona Suzy, una adolescente, cuenta lo que es la convivencia con su madre y Lim, su hermano, mientras padece de la primera todo tipo de malos tratos, abusos sexuales incluidos. Kolesnik no ahorra en detalles al representar esta dinámica iniciada en su infancia y desencadena pronto la respuesta por parte de ambos, en una explosión que les lleva a matar a su madre e iniciar una huida que termina con él en la cárcel y ella entregada a una familia adoptiva.

Sigue leyendo

Donde yo termino, de Sophie White

Donde yo terminoLa maternidad es uno de los muchos pivotes de la literatura de terror, más desde que el horror corporal ha colonizado la atención del público. Ejemplos hay incontables pero me resulta complicado de encontrar uno más polisémico que este Donde yo termino, de Sophie White. Una novela cuyo terror surge de algo tan cotidiano y socialmente elevador como el cuidado; de tus descendientes o los progenitores cuando no pueden valerse por si mismos, pero también de tus semejantes en una sociedad incapaz de protegerles y con un potencial para producir sufrimiento equivalente al de las personas.

La narradora de Donde yo termino es una joven, Aoileann, que relata cómo se ocupa de su madre. Por un motivo que tardará en descubrir, quedó atrapada en un estado próximo a la muerte en vida y necesita de la atención diaria de Aoileann y su abuela. Esta rutina, cómo ambas se encargan de su higiene, sus curas, su alimentación, adecentarla para las visitas del padre, se describe desde una obsesión por el detalle que dificulta mantener la mirada. Los primeros capítulos son una ordalía constante donde la narradora cuenta un ritual con un registro que no deja resquicios a la duda sobre su desagrado. Cada adjetivo, cada símil, cada imagen, entra en el plano de lo desagradable sin un atisbo de cariño. Basta decir que en su relato, su madre es “la cosa”. Desde que tiene recuerdos vive atrapada en ese purgatorio y la caldera de su mente acumula presión que sale con pequeñas manifestaciones de crueldad; psicológicas pero también físicas. Bolas de nieve que echan a rodar por la ladera y plantan las primeras reverberaciones de una resonancia cuyas consecuencias cuesta prever en estas primeras páginas.

Sigue leyendo

No temas a la parca, de Stephen Graham Jones

No temas a la parcaHe demorado la lectura de No temas a la parca tras la pequeña decepción de Mi corazón es una motosierra; una novela alejada de las cualidades de El único indio bueno, demasiado sostenida en su primera mitad sobre la ironía de uno de sus dos narradores. Este tono terminó por cargarme hasta el punto que, a pesar de la corrección del rumbo, dejó mi valoración en un simple bien. De ahí mi recelo, realimentado con sus propios fantasmas (esa extensión generosa, la promesa de repetir coordenadas de Mi corazón es una motosierra). Sin embargo, desde sus primeras páginas Jones acierta a imprimir su propia identidad a No temas a la parca. Un slasher apenas sin inclusiones de otro tipo que parece escrito para leerse en tiempo real.

Toda la novela transcurre en el mismo lugar narrativo, Proofrock, (el pueblo, el lago, la urbanización en construcción, el bosque) durante una noche invernal con tormenta de nieve. Un asesino en serie, Molino Oscuro Sur, ha escapado del furgón que lo estaba transportando y se ensaña con una serie de adolescentes que habían sobrevivido a la matanza al final de Mi corazón es una motosierra. De entre las víctimas de aquella aciaga proyección de Tiburón sobre el lago un cuatro de julio surgen también quienes dan un paso al frente para encontrarlo y terminar con él; sobre todo Letha Mondragón y Jade Daniels. La primera, ahora madre de un bebé, se ve obligada a recomponer la relación con Jade por la vía rápida ya que reaparece en su vida con la irrupción de Molino Oscuro Sur. Mientras, esta tiene que quitarse el sambenito del calvario judicial de los últimos años, sin llegar a librarse de las sospechas sobre su implicación en la masacre, en particular la muerte de su padre. Jade ha llevado a “normalizar” su comportamiento, alejándose de esa interpretación de su vida en clave de cultura popular. Hasta que los cadáveres empiezan a aparecer. A lo grande.

Sigue leyendo

Tenemos que hacer algo, de Max Booth III

Tenemos que hacer algoUna alerta de tornados lleva a una familia a encerrarse en el lugar más seguro de su casa: el baño interior. La madre, el padre y los dos hijos se enfrentan a lo que parecen unas horas de pánico ante la incertidumbre de si serán golpeados por lo peor de la tormenta. Pero va a ser más tiempo: un árbol cae sobre la casa y bloquea la única salida dejándoles incomunicados, sin comida y bien cargaditos de conflictos sin resolver; entre ellos y con ese mundo del que han sido separados de manera abrupta.

De los cuatro, Max Booth III se acerca sobre todo a Mel, la hija mayor. Es a través de su mirada y su bagaje mediante los cuales se observa ese espacio exiguo atestado por cuatro personas, condenadas a chocar en una incesante partida de billar sin troneras con disparadores como el alcoholismo del padre, el conformismo de la madre, la inocencia de un niño para el cual todo es un juego y una adolescente enamorada de una compañera en un lugar donde la homofobia es parte del menú. Los secretos no dejarán de acechar y saltar en ese espacio liminal convertido en un lugar que habitar, dispuesto a ser humanizado a golpe de incomprensión, ataques personales, amagos de reconciliaciones… En su revoloteo continuo alrededor del trauma , además de la hiel, Booth III deja márgenes para la ternura incluso en el comportamiento del padre. Fogonazos de cercanía y cariño que ayudan a entender por qué han seguido juntos.

Sigue leyendo

El hombre sin nombre, de Laird Barron

El hombre sin nombreAdemás de poesía, Laird Barron escribe regularmente al menos dos géneros. En España conocemos su obra de terror, caracterizada por El Rito y varios relatos, un par de ellos situados en el mismo universo que la novela publicada por Valdemar en su añorada colección Insomnia. Mientras, en 2018 debutó en el criminal con Blood Standard, una novela protagonizada por un mafiosillo (Isaiah Coleridge), inicio de una serie que cuenta hasta ahora con tres entregas y varias historias. La biblioteca de Carfax publicó en 2024 esta supuesta novela corta que viene a funcionar como síntesis de ambas facetas. Gran parte de su brevísima extensión se mueve en el terreno del relato de mafiosos para abrirse al relato de yokais en pequeños fogonazos hasta su explosión durante el tramo final.

Nanashi es un yakuza del sindicato Garza, en plena guerra más o menos soterrada con el sindicato Dragón. En una de las represalias en las que andan envueltos le envían junto a un pintoresco grupo para secuestrar a Muzaki, un viejo luchador a sueldo de los dragones. Lo que en principio parecía una estrategia para hacer presión, se sale de madre cuando los incapaces que acompañan a Nanashi la lían parda en un giro que terminará sacando a la luz la naturaleza oculta de Muzaki.

En una longitud más propia de relato largo, El hombre sin nombre camina por los derroteros de la historia de presentación de un personaje y su mundo. La narración, en una primera parte un tanto átona y con escasa mordiente, depara sus mejores momentos cuando Barron apuesta por el humor al relatar un golpe contra el sindicato Dragón llevado a cabo por Mizo y Jiki, parte del músculo que acompaña a Nanashi. Estos dos incapaces salieron triunfantes de una acción contra los Dragón en una seria de catastróficas desdichas que debieran haber terminado con sus huesos en las alcantarillas, bien porque los hubieran matado sus enemigos, bien como premio de sus jefes por su incompetencia. Esta pequeña locura y los flashes donde se vislumbra pequeñas roturas de lo posible, imágenes surrealistas que anticipan el pandemonium final, son lo poco destacable de El hombre sin nombre hasta las últimas 30 páginas. Ese momento en que dejas de preguntarte por qué aparece este título en La biblioteca de Carfax y deseas que su historia fuera un poco más larga.

Sigue leyendo

Temporada baja, de Jack Ketchum

Temporada bajaCuando los autores mueren sin haber afianzado sus libros en un mercado como el español es habitual no volverles a ver en una librería. Hay tantos ejemplos de esto que hasta me da reparo iniciar una enumeración. Por eso resulta sorprendente el logro de La biblioteca de Carfax con Jack Ketchum. Después de haber aparecido en tres editoriales diferentes hace una veintena de años, se le podía dar por amortizado tras su fallecimiento, más allá de la posibilidad de recuperar su novela más conocida, La chica de al lado. Sin embargo, esta editorial ha puesto en el mercado además de esta dos thrillers notables (Joyride y Perdición) y la versión íntegra de Al acecho, ahora publicada con una traducción más adecuada de su título original (Off Season). Una muestra que con un catálogo sólido, buenas traducciones y cercanía con su público hay esperanza para quebrar prejuicios.

En una nota final, Ketchum explica por qué esta edición de Off Season es la elegida para figurar en cualquier catálogo que publique su obra. Debido a intromisiones editoriales y su deseo de publicar (fue su primera novela), aceptó cambios sustanciales en su manuscrito original; un uso del lenguaje rebajado al describir la truculencia de una serie de escenas en las cuales explota el canibalismo y la violencia de la trama. El resultado fue un texto mutilado hasta traicionar su espíritu. No hay nada gratuito en esta afirmación. Todo ese contenido explícito abunda en una serie de cuestiones fundamentales por cómo exploran la faceta enfermiza de un texto que apela a la curiosidad más morbosa. Y, sobre todo, porque al describir los hechos más atroces, sin recrearse pero con plenitud de detalles, abunda en la naturaleza de un mal liberado contra un grupo de personas asediada por una comunidad indiferente a nuestros códigos, insensible al sufrimiento que produce.

Sigue leyendo

Acércate, de Sara Gran

AcércateEn su podcast Problema en Tritón,  mientras hablaba sobre El pescador, de John Langan, Juanma Morón se reconocía como turista en el género de terror. La expresión resume mi propia relación con este tipo de historias, cada año más presentes en mi dieta pero ante las cuales no siento que, a la hora de escribir sobre ellas, tenga el bagaje del que dispongo sobre la ciencia ficción y la fantasía. De ahí emana que me resulte más sencillo sorprenderme/quedar impactado ante lo que me encuentro en sus páginas. Incluso cuando, como en Acércate, cuenten algo tan aparentemente manido como una posesión.

Sara Gran se imbuye en los recuerdos de Amanda, una arquitecta de cierto éxito felizmente casada con Ed, para narrar una caída en un infierno vital empujada por una hermosa mujer que se le presenta en sueños. Desde una playa junto a un mar rojo sangre, esta figura empieza a hacerse notar en su vida a través de situaciones que podrían tener otra causa. Alguien deja sobre la mesa de su jefe unos planos que no se corresponden con los que ha estado trabajando. Comienza a oír un ruido molesto en su apartamento, que se acrecienta cuando Ed no está presente. Tras una convivencia más o menos placentera, el matrimonio inicia discusiones por los motivos más triviales. Estas son apenas algunas de las cuestiones que aparecen antes de la página 40 (y la novela ha empezado en la 20, después de una introducción de Mariana Enríquez). Un anticipo del pandemonium a punto de liberarse sobre Amanda.

Sigue leyendo

Mi corazón es una motosierra, de Stephen Graham Jones

Mi corazón es una motosierraSin haber leído Mestizos la prudencia me impide hacer afirmaciones maximalistas. Así que voy con algo más modosito: es fascinante cómo Stephen Graham Jones explora las secuelas contemporáneas del genocidio de los nativos americanos en El único indio bueno y Mi corazón es una motoriserra. Unas heridas expuestas mediante los mitos de estos pueblos en la primera y acudiendo a uno de las tradiciones actuales arraigadas por el hombre blanco en la segunda: el cine de slasher. Esas películas rollo Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street en las cuales alguien se venga de una comunidad asesinando sin piedad a una serie de personas con todo tipo de armas blancas. No entraré a discutir las peculiaridades de este tipo de historias. Esa tarea la afronta con entusiasmo Jade Daniels, la protagonista absoluta de la novela.

Jones intercala en Mi corazón es una motosierra dos planos. En el primero, un narrador en tercera persona cuenta los sucesos en los que está involucrada Jade cuando un asesino en serie pone de vuelta y media la pequeña ciudad de Proofrock, Idaho. Sin embargo, respecto a lo que había hecho en El único indio bueno, prescinde de la coralidad y lleva al narrador principal a participar de manera más decidida del relato. Su discurso se reviste de una voz que se inmiscuye en lo que cuenta como si fuera la propia Jade quien interpretara cada acontecimiento desde sus referentes culturales: un cine slasher en el cual se ha convertido en especialista y una historia del lugar que ha recibido de manera oral. Eso da lugar a una serie de percepciones, confusiones, prejuicios, que juguetean con el narrador no fiable de una manera más amplia que La noche de los maniquís.

Entre esos capítulos sitúa los ensayos que Jade escribe para su profesor de Ciencias Sociales, el señor Holmes. Necesitada de unos créditos para aprobar la asignatura y graduarse del instituto, Jade ha redactado una serie de textos sobre la naturaleza de los slashers, discusiones sobre su caracterización o cómo este género explicaría hechos traumáticos ocurridos décadas atrás en Proofrock. El más renombrado, el llamado Campamento Sangriento; una colonia veraniega durante la cual fueron asesinados cuatro jóvenes. Imbuido en el acto de analizar la tarea, se hace partícipe al lector del material necesario para comprender a Jade.

Sigue leyendo

La noche de los maniquís, de Stephen Graham Jones

La noche de los maniquísEn esa celebración del terror en que se ha convertido La biblioteca de Carfax, y que ha conseguido arraigar a pesar de establecerse en un mercado a priori más propicio para la fantasía y la ciencia ficción de fórmulas, no me había acercado todavía a su colección de novelas cortas. Sin trampa ni cartoné, en Démeter publican historias alrededor de 40-50 mil palabras, una extensión que soslaya los problemas de las novelas cuando un relato que no daba para tanto se extiende hasta alcanzar la longitud necesaria para su publicación como libro independiente. Como primer volumen de la colección eligieron la novela corta ganadora del Bram Stoker de 2020 escrita por uno de los mascarones de proa de la casa: Stephen Graham Jones. Una declaración de intenciones. Si bien La noche de los maniquís me parece parcialmente fallida, asienta un mensaje sobre lo que puede esperar el lector en esta colección: narraciones contemporáneas que van al pie.

Me gusta el subtexto y la manera en que Graham Jones establece el campo simbólico. Cómo ese grupo de adolescentes que inicia una serie de gamberradas centra el paso a la edad adulta y la ruptura de las amistades de la infancia. También ese agujero negro que suponen las pequeñas comunidades en EE.UU., en particular para los más jóvenes, condenados a ver muchas aspiraciones cercenadas por vidas que terminan siendo la repetición de las de sus progenitores. Una normalización subrayada por otros elementos, en particular la aparición a priori venial de una misma película como fondo de muchas de las acciones argumentales. A medida que se despliega, enfatiza la conversión del paisaje cultural y urbano en un mismo lugar uniforme. No importa dónde estés, ni qué pretendas vivir. La mayoría de experiencias/espacios terminan siendo los mismos.

Sigue leyendo

Zombi, de Joyce Carol Oates

ZombiEsta es una novela exclusivamente recomendada para quienes tengan interés en imbuirse en la mente de un zumbado de cojones. Su narrador, Quentin, deja en evidencia desde la primera página su falta de empatía mientras cuenta diferentes momentos de su vida, obsesionado por hacerse su propio zombi; un siervo dócil al que pueda viol… controlar sin resistencia. Este objetivo, pertinaz, imperturbable, es una de las guías más evidentes de Zombi; un relato descarnado que se ciñe a unos hechos desgranados de manera taxativa, sin graduarlos prácticamente con adjetivos. Cuando Quentin describe el proceso a aplicar para conseguir su meta lo hace como si fuera el manual de un procedimiento quirúrgico. Sus acciones y pensamientos se revelan desde la más absoluta asepsia. Le embargan emociones desbordantes, enfermas, retorcidas, pero el texto no se recrea en ellas. Esta precisión en la descripción del narrador ahonda en lo macabro de su comportamiento.

La autora de Blonde y La hija del sepulturero pone toda la carne en el asador de una derivada del horror corporal: el horror mental. Transmitir la abyección que se puede esconder dentro de ese vecino del tercero que te saluda cuando te lo cruzas en el ascensor y al que un día le encuentran un cadáver en el armario. La forma de iluminar la mente de ese personaje, funcional, capaz de vivir entre nosotros sin despertar recelos, crea una profunda incomodidad sobremanera porque las veces que están a punto de descubrirle se sale con la suya. Oates dedica su espacio a construir estos momentos de mímesis desde el abismo de estar abierto todo el rato a sus pensamientos. Unos razonamientos que abundan en sus permanentes obsesiones sexuales o una despersonalización que le lleva a hablar de sí mismo en tercera persona al separar su faceta social de esa esencia orientada a satisfacer sus deseos.

Sigue leyendo