Piranesi, de Susanna Clarke

Corría el año 2004 de nuestro Señor cuando Susanna Clarke irrumpió en el género fantástico como un Leviatán en una cacharrería con su extenso novelón Jonathan Strange y el Sr. Norrell, una fantasía de carácter extremadamente inglés sobre magos de la época georgiana, que, aunque construida con hechuras modernas, rendía entregada pleitesía a la literatura decimonónica anglosajona, algo que sin duda habrá hecho las delicias de los tres fundadores del steampunk. Personalmente, se trataba de una obra que tocaba varias de mis teclas; anglofilia literaria, mitología céltica y una fascinante exploración de una idealizada Inglaterra mítica, mágica y ancestral, de círculos de piedra, desolados páramos cubiertos de niebla, túmulos ominosos y secretos en el corazón del bosque. De cuando las fronteras con lo feérico eran extremadamente tenues para los habitantes de la aislada Albión y reinaba el pensamiento mágico no-racional que tan sólo sobreviviría posteriormente en organizaciones herméticas y esotéricas como la Golden Dawn. De este modo Jonathan Strange y el Señor Norrell se alineaba con esta tradición inglesa de cultivar el género explotando ese vínculo con lo oscuro y arcano que genera ese particular carácter loquérrimo y raro del fantástico que proviene de las islas. Eso que tantas alegrías nos ha dado a los señores mayores aquejados de anglofilia literaria desde que Los Cinco y el tesoro de la isla cayó en nuestras inocentes manos.

Así que cuando se anunció la siguiente novela de Clarke, Piranesi, la máquina de la expectación subió un poco por las nubes. Porque además del rollo que les he largado en la entradilla, el Piranesi del título remitía al grabador italiano del siglo XVIII, Giovanni Battista Piranesi, autor de las fascinantes ilustraciones de cárceles imaginarias que tanto han influido en cosas de lo más variopinto que coinciden en ser de mi gusto, desde las ilustraciones más arquitectonicas de M.C. Escher a mangas como BLAME! de Tsutomu Nihei, tebeos como la serie del capitán Torrezno, de Santiago Valenzuela o las películas más extrañas y fascinantes del expresionismo alemán. La novela prometía gente solitaria vagando por arquitecturas inmensas y ominosas, y yo muy a tope con eso.

Y, efectivamente, así es. Piranesi narra la historia de un hombre llamado, ejem, Piranesi, que habita una gigantesca estructura que equivale al Mundo y que él ha bautizado como «la Casa». Dicha Casa es un laberinto compuesto de vestíbulos con enormes escaleras y cientos, quizá miles, de habitaciones abarrotadas de estatuas de todo tipo que representan personas, acciones, animales u objetos, como si se tratase de un catálogo de la Creación. El laberinto, además, se estructura en tres pisos, uno superior que en numerosas ocasiones acaba cubierto de niebla por las nubes que acaban estacionadas allí como rebaños de brontosaurios, uno inferior ocupado por un océano de poderosas y devastadoras mareas, y el piso del medio, que es donde nuestro protagonista pasa la mayor parte de su tiempo y en el que atiende sus necesidades básicas tanto alimenticias como espirituales e intelectuales, conduciéndose como un buen salvaje, un ser inocente en plena conexión con un entorno con el que se relaciona en comunión espiritual. Como si de un entusiasta explorador victoriano se tratase, Piranesi vaga por la Casa investigando y anotando la estructura y naturaleza de su entorno de forma científica y metódica en unos diarios que son lo que constituye el cuerpo de la novela, lo que nosotros leemos. Aparte de nuestro protagonista, conoceremos a otro habitante de ese mundo, a quien Piranesi llama simplemente “el Otro”, un misterioso personaje con quien se entrevista un par de veces a la semana. Como un Robinson ilustrado enseñaba a Viernes, el Otro ha instruido a nuestro protagonista en el método científico para poder entender el Conocimiento Secreto de la Casa a través de él y Piranesi, a causa de su inocencia y necesidad de contacto humano, ha idealizado al Otro como amigo y colega científico, obedeciéndole ciegamente en todas las tareas de exploración que aquel le solicita. Por supuesto, las cosas no son exactamente lo que parecen y Piranesi irá descubriendo poco a poco la razón y la naturaleza de los misterios de la Casa.

Al principio tomé como principal influencia de Piranesi el breve relato de Jorge Luis Borges, “La casa de Asterión”. La relación era quizá perezosa por mi parte, puesto que el relato borgiano trata sobre una criatura de origen semidivino que nos relata en primera persona la soledad de vivir separado del mundo, prisionero en un inmenso laberinto. Sin embargo, y a pesar de que la influencia se nota en el concepto, el escenario y la ambientación, a diferencia de lo que ocurre en el proto-posmoderno relato de Borges, la misteriosa propuesta inicial de Piranesi se va diluyendo en una narración que sigue las claves del relato de misterio más convencional. Clarke ejerce un control total de la trama sembrando numerosas incógnitas que va cerrando implacablemente en beneficio del lector, sin dejar apenas espacio a lo inexplicable, restando fuerza al poder poético de sus imágenes. Lo que unido a la mecánica de ir iluminando el enigmático planteamiento inicial mediante el recurso del oportuno discurso que un tercero (ya sea otro personaje o la lectura de un diario del pasado) ofrece al extraordinariamente pasivo protagonista, genera una sensación artificiosa, la mano de Clarke quizá es demasiado visible tras los mecanismos argumentales y la dosificación de la intriga. Y aunque dentro de lo convencional Clarke se desenvuelve bien, puesto que resuelve con solvencia la difícil tarea de manejar la voz en primera persona de Piranesi creando un personaje con el que agrada empatizar y logrando a su vez que el desarrollo de la trama enganche y entretenga, uno echa un poco de menos algo más de la auténtica extrañeza que en un principio prometía el planteamiento de la novela.

Sin embargo, expectativas particulares aparte, más que el trabajo de pico y pala empleado en la narrativa, me ha resultado mucho más interesante indagar sobre el gran elefante en la habitación de Piranesi; la Casa. Para ello, tal y como señalaba al principio de este análisis, más que a Borges deberemos acudir a la tradición del fantástico inglés, y más concretamente al círculo de los Inklings de los años cincuenta del siglo XX, las tertulias donde se reunían J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, Charles Williams y, sobre todo, el muy influyente en todos ellos, Owen Barfield. Este grupo de intelectuales, sumergidos en la corriente del nacionalismo inglés originado en las clases altas de los años diez y veinte del siglo XX que, mediante la recuperación del folklore y gracias al éxito de óperas inspiradas en la tradición celta, crearon el mito de la idealizada Inglaterra pastoral que tan fácil es reconocer en la obra de Tolkien, veían con temor y ceño fruncido cómo el realismo materialista y la imparable máquina de la modernidad en forma de enormes ciudades mineras e industriales y el amenazante poder de las masas que las poblaban, cercenaban la ancestral relación de las personas con la naturaleza, entendida ésta como manifestación de la obra divina, y cómo la ruptura de ese vínculo digamos mágico, digamos espiritual, de la consciencia humana con su entorno, provocaba una fractura dañina e irreparable por la cual se despeñaba el siglo XX (sí, yo de chaval tampoco entendía qué pintaba Tom Bombadil en El señor de los anillos, ahora ya lo sé). Lamentablemente, este diagnóstico de los males de la modernidad de su época quedaba en un cómodo plano filosófico en el que no entraban las cuestiones incómodas de la cruda realidad materialista que llevaban en marcha desde hacía siglos, básicamente la acción del capitalismo moderno inglés alimentado por el expolio colonialista, el tráfico de esclavos y la expropiación de las tierras comunales del campesinado, condenando a las clases bajas al desarraigo, la emigración forzosa y forzada a las colonias y al trabajo en las fábricas.

Divagaciones marxistas aparte, Clarke ya nos indica claramente el camino desde el principio, abriendo Piranesi con una cita de El sobrino del mago, la sexta novela del ciclo de Narnia de C.S. Lewis y la primera en orden cronológico, una historia donde unos niños atraviesan un bosque que sirve de portal entre diferentes mundos fantásticos para acabar vagando por un palacio inmenso y desierto repleto de estatuas de reyes y reinas del devastado mundo de Charn. Pero además de esta referencia directa, Piranesi también se relaciona muy estrechamente con varias ideas que resultaban fundamentales en el círculo literario de los de Oxford. En primer lugar el rechazo a lo moderno y la dictadura de la novedad, algo sobre lo que se insiste varias veces en la novela, tanto por boca del Otro como por la relación del protagonista con la Casa, evocadora de la antes mencionada comunión del ser humano con su entorno. Piranesi habita un lugar que no es un mero escenario, un medio del que extraer un fin para luego ser desechado tal y como pretende el Otro, sino que se trata de un lugar sagrado de creación divina con el que se relaciona en una esfera mística, un espacio poseedor de su propia consciencia, que vela por él y que nunca podrá comprender del todo.

Por otro lado, la forma literaria en la que se integraron estas ideas en las obras de los escritores más conocidos de los Inklings, J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis, es decir, la fantasía escapista, es también reivindicada por Clarke. En el último capítulo de la novela nos daremos cuenta de que la Casa se ha convertido en una alegoría de los mundos fantásticos a los que accedemos mediante el poder de la literatura, un lugar al que escapar cuando la realidad resulta insoportable. Una idea nacida en un período de agorafobia social de la autora que recurría al palacio de Charn, un espacio de silencio y soledad, como calmante psicológico. Como el palacio de Charn, la Casa es un lugar que pertenece al mundo de las ideas, en el que disolvemos nuestro ego cuando accedemos a él y que resulta superior al mundo real, como argumenta ardientemente Piranesi, puesto que es eterno y puro, no está manchado por la sordidez y la entropía de lo real (resulta un ejercicio muy interesante comparar este último capítulo de Piranesi con el relato «El viaje de un joven a Viriconium», de M. John Harrison, la contundente declaración final del autor escocés sobre la fantasía escapista). Esta combinación del rechazo a la modernidad unido a la reivindicación del escapismo a mundos imaginarios consolatorios y anestesiantes en los que regresar a un peculiar estado de idealizado nirvana pastoral, heredero de la tradición pagana-mística domesticada por el nacionalismo inglés y el tradicionalismo cristiano-anglosajón de Barfield, Lewis y Tolkien, ubicarían a Piranesi muy cerca de las coordenadas de la fantasía reaccionaria cultivada por el círculo de Oxford.

Sin embargo, cuesta ver con antipatía la novela de Clarke, puesto que en su caso nos encontramos una obra que se aleja un tanto del enérgico espíritu reaccionario de las obras de Tolkien y Lewis. Piranesi se asemeja más al producto de un estado de ánimo desvalido y exhausto, muy de los tiempos que corren, reflejado en el propio Piranesi cuando se enfrenta al gran problema de asumir su verdadera identidad, de volver a la vida común y corriente, de encajar en la trivialidad y vulgaridad del mundo real, alguien cuyo único anhelo es huir y regresar a la Casa, la vuelta al estado beatífico de su Paraíso perdido. Lo que convierte a Piranesi en un reflejo depresivo y melancólico de sus modelos; una fantasía de lo pocho, del hastío y la resignación, con la que, tristemente, resulta muy fácil identificarse.

Piranesi, de Susanna Clarke. Ed. Bloomsbury (Septiembre 2020).
Rústica, 272 pp, 10,50 €.

2 comentarios en “Piranesi, de Susanna Clarke

  1. Un artículo inspirado, erudito y profundo, como Clarke merece. Estoy esperando que Piranesi aparezca en español. Y que llegue a la Argentina.

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