Me voy abriendo paso, tomando apuntes poco a poco, entre los títulos que componen la saga de La torre oscura. Mientras tanto, para ir combinando Kings, voy intercalando obras más cortas, como es el caso de esta que comento ahora, El fugitivo (The Running Man): una de las cinco novelas escritas bajo el pseudónimo, como se sabe, de Richard Bachmann. Y sobre este y otros títulos no sé si hay mucho debate o no, pero el propio autor ya nos dijo, en el prólogo a la edición que manejo, que, en este caso, El fugitivo es narración pura y dura y que no quiere ser nada más que cuento, que historia, que relato, y que a la mínima que algo más atrevido se le entreveraba en la escritura, daba un bandazo para reorientarlo hacia el placer de contar una buena historia sin la necesidad de insuflarle ninguna pretensión añadida. “It’s nothing but story”, nos dice. Quiso escribir una buena historia para hacernos pasar un buen rato. También se trata de eso, la escritura. (He leído por ahí que la escribió en una semana).
Y podemos ignorar lo que dice el autor sobre su propia obra, claro que sí; es, de hecho, lo más recomendable, pero por una vez escojo escucharle y leer las páginas de El fugitivo como la sana, como la trepidante e inteligente historia de entretenimiento de acción que se propuso ser, y es. El fugitivo viene definitivamente del mismo rincón mental y emocional del que vino La larga marcha: Stephen King vuelve a ese mecanismo de dominación que es el ocio pagado, el ocio empresarial pensado para hacer de la muerte un espectáculo lucrativo. En ambas historias, que, como digo, se nota que vienen de la misma mente, vemos inmensas estructuras privadas o estatales (pero diseñadas y regidas como empresa privada), orquestando ocios televisados que giran en torno al sufrimiento y el dolor, en cuyo centro está la muerte para que los demás la gocen como espectáculo y se lucren con ella.
(Películas como Rollerball, de Norman Jewison, vienen a la mente. O La carrera de la muerte del año 2000, de Paul Bartel. También, claro, la abeja reina de entre todas ellas: El malvado Zaroff de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, basada en el (aun mejor) cuento homónimo de Richard Connell. La genealogía de la novela es esta).
Como digo, esta novela de King jugando a Bachmann quiere ser historia, narración pura y dura sin dobles lecturas ni complejidades añadidas: sólo y únicamente cuento. Y sí, vale, pero leemos y vemos que el cuento se sostiene como tal y –además– se yergue sobre sus propias intenciones. Ambientada en un por entonces muy lejano 2025, en un mundo tan dañino, con un aire tan enfermo que provoca cáncer de pulmón a críos de cinco años, en un mundo donde, para poder optar a una cura, a unas medicinas, hay que delinquir o bien participar en programas de ocio televisado que hacen del crimen y de la muerte un espectáculo lucrativo, la historia no quiere ser sutil. Parásitos del dolor, esos programas televisivos; el escenario narrativo no quiere matizar mucho y el caso es que el protagonista participa para salvar a su hija. Y eso consiste en tener que huir de la organización del programa, y cuanto más tiempo dure huido, más dinero conseguirá, y, si le cazan, lo matarán entre vítores del público. Si no, si consigue escapar, ganará los mil millones del botín prometido. Esto es King pasándoselo bien, jugando un rato.
Si en esta novela hay dobles lecturas o no, o si se puede hacer una lectura social o política, lo dejo a elección de cada lector.
El imaginario de la novela y el frenético sucederse de los hechos es una delicia, y el final, en este tiempo post 11-S en que vivimos, sorprende y no creo que optase, o le dejasen optar, por esas soluciones a día de hoy. La novela tiene (digo ahora) esas lecturas políticas, sociales, que le dan una capa más de importancia, pero realmente prefiero escuchar al autor y seguir sus intenciones y prescindir, al menos por una vez, de esas otras lecturas, y adentrarme en esta historia por lo que tiene de ataque a una entidad superior, por el vértigo de la huida y por el gusto de odiar a quien hay que odiar hasta que todo dé igual.
Es curioso porque la adaptación al cine que hizo Paul Michael Glaser (en 1987), protagonizada por un Arnold Schwarzenegger en maillot amarillo, se aleja considerablemente de algunos detalles –como el final y la propia historia personal del protagonista– pero se mantiene fiel al corazón de la historia. La reciente adaptación olvidable del por otra parte gran Edgar Wright se ciñe más a los hechos del libro, pero también evita, cauto, el final. El uso de “La revolución no será televisada” de Gil Scott-Heron, como también hizo, hace poco, Paul Thomas Anderson en Una batalla tras otra, está ahí para alinearse con un pensamiento, con una poética de la revolución y de la acracia más que como guiño o sutileza de ninguna clase.
King como Bachmann era King divirtiéndose y con él nosotros: escribir así fue su divertimento de acción, su hora de recreo en el patio, su Hora punta, su Jungla de cristal, su Speed, su Arma Letal, su El último gran héroe, su Comando, su U.S. Marshalls, su 48 horas, su Tango y Cash, su Bad Boys, su Mentiras arriesgadas, su Cara a Cara, su Con Air, su Pánico en el túnel, su Le llaman Bodhi, su Top Gun.
Y todo eso está bien y bien está que así sea.
El fugitivo (Martínez Roca, Col. Gran Super Ficción, 1986)
The Running Man (1982)
Traducción: Hernán Sabaté
Rústica. 257pp.
Ficha en La tercera fundación