El corcel, de Carol Emshwiller

El corcelDescubrí a Carol Emshwiller en el pico de mis aficiones tiptreanas. Consecuencia del fanatismo y la febril voracidad que te entra de vez en cuando por leer todo lo que haya podido escribir quien sea que te esté encantando en ese momento, busqué más autoras norteamericanas que, como Tiptree, Jr., hubiesen destacado en los cuentos, y así llegué, como digo, a la obra de Carol Emshwiller. Conocía como portadista a Ed Emshwiller, y bien, muy bien, pero la que me interesaba, a la que quería conocer, era a ella. Y no recuerdo dónde pero acabé encontrando, y comprando, el primer volumen de sus cuentos completos, con la elegante portada del marido, y lo que leí, que no fue todo sino sólo lo que me fue llamando la atención un poco a salto de mata, me gustó pero sin hacer grandes pirotecnias, por mi parte. Esperaba algo como lo de Tiptree, y no. O no tanto.

Pero esto no deja de ser una tontería, en realidad, porque ya ves qué significado puede llegar a tener esto (yo diría que poco, o ninguno), y además tendría que releer lo que leí, o leer entero, de hecho, el volumen de sus cuentos completos para poder decir algo con sentido. Pero bueno. La verdad es que lo que leí, no me encantó. Y dejé un poco de lado a la autora hasta que me encontré, hace nada, en una librería de segunda mano, esta novela suya de título extraño –The Mount, o El corcel– que ya reseñó Nacho en su día. Una novela corta –que tal vez se beneficiaría de un mayor recorte de páginas– con una fuerza y una complejidad que me han encantado.

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El corcel, de Carol Emshwiller

El corcelEl corcel es una novela a la contra. De los tiempos que vivimos, cuando cualquier texto de cf de más de 50 páginas destinado a tener éxito debe rendir pleitesía a la albaliñería de mundos, y del año en que se publicó originalmente; un 2002 en el que la ciencia ficción sostenida sobre la parábola llevaba décadas en retroceso. Su composición alegórica y juvenil parece más propia de los años 50 o los 60. Dicha construcción acarrea sus peajes: más allá del sabor añejo, la suspensión de incredulidad se mantiene en un equilibrio precario supeditada a nuestra capacidad de asumir el envite. Carol Emshwiller apuesta por un argumento dominado por la maduración de su protagonista que amenaza con encallar la lectura si la frustración de las aspiraciones de la niñez, una lenta apertura de mirada a la complejidad del mundo, una ambientación atrasada que ralla en lo pastoral, no conectan con nosotros.

Los chillones son unos alienígenas que se hicieron con el control de nuestro planeta hace siglos. Viendo el modo de vida que mantienen, parece del todo increíble: recuerdan a los nobles de la Inglaterra Georgiana, con una tecnología no demasiado superior a la nuestra más allá de un viaje interestelar que, en el escenario visto en El corcel, se antoja imposible. Tras transformar la vida de la Tierra, conservan los restos de la humanidad como si fueran sus vehículos personales; con unas extremidades inferiores infradesarrolladas que les impiden desplazarse largas distancias, se sirven de nuestros descendientes a modo de monturas. Su grado de selección ha sido tal que existen diversas razas (Seattle, Tennessee), cada una con sus puntos fuertes (velocidad, resistencia, fuerza) y débiles, diferentes grados de pureza… Hay comunidades “libres” que participan de una vida tribal en lugares alejados de las ciudades, pero los humanos de bien sirven a sus amos, supeditados a sus necesidades y a su función.

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