Rojo sobre negro es una novela juvenil sobre secretos familiares y su descubrimiento que funciona mejor cuando la fórmula deja atrás la indefinición de su primera mitad. La cotidianidad de una joven, Carrie, con unos gustos alejados de los del rebaño y una habilidad, entrar en negro, que la separa todavía más del resto del alumnado del instituto al que acude. Allí es acosada por un grupito de compañeras que la llevan al punto de utilizar su poder en público, con unas consecuencias dramáticas. En un ejercicio de control de daños, sus progenitores la empaquetan en un vuelo a Londres hacia casa de su tío donde, alejada del maremagnum en que se ha convertido su vida, profundizará en su capacidad y ese legado desconocido del cual le han mantenido alejada por su propia “seguridad”.
Las primeras setenta páginas no me parecen la mejor llamada para cualquier lector interesado en la fantasía oscura, joven o no. Ese carácter estereotipado (el lugar narrativo carece de marcas identificativas) y la acumulación de sitios comunes dejan toda la personalidad a las referencias a la cultura popular y la cita de canciones; dos recursos a los cuales Isabel del Río acude con frecuencia que, por sí solos, no contribuyen a crear escenario y apenas potencian las emociones de los personajes. Funciona mejor la llamada del mundo secundario al cual Carrie se ve empujada cuando es perseguida por el grupo de acosadoras y al cual queda irremediablemente conectada con la catatonia de una de ellas. Es ahí donde Rojo sobre negro empieza a definir su idiosincrasia. Las relaciones familiares se descomponen por el peso de una serie de secretos que se han mantenido alejados de Carrie y la dejan desprotegida. La no asunción de las responsabilidades, el ocultamiento deliberado del bagaje familiar, el funcionamiento de una realidad con la que va a tener que vérselas sí o sí no detienen una iniciación irreversible, enlazada a través de los peligros de nuestra cotidianidad y esa realidad paralela que Carrie va a conocer mediante otros guías.



De una u otra manera mi trabajo como profesor ha alentado mi curiosidad hacia los libros orientados al público juvenil. Muy de cuando en cuando, entre las colinas de literafórmula e historias timoratas encuentro alguna narración que pone a prueba los estereotipos y se atreve a pivotar alrededor de temas alejados de las corrientes principales, con un potencial subversivo que pone en cuestión la corrección política sin la cual 