Somos satélites, de Sarah Pinsker

Somos satélitesSiempre me han atraído las novelas que tratan sobre cómo la aparición de una nueva tecnología trastoca la vida cotidiana de la gente. Este tipo de relatos me llamaban la atención incluso antes de que el futuro nos arrollara como ha sucedido en los últimos años. Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, es evidente que el uso generalizado del móvil y más recientemente la aparición de las llamadas IA han cambiado nuestras vidas. Ha ocurrido casi sin que nos demos cuenta, las nuevas tecnologías se han introducido en nuestro día a día, y el modo en que nos comunicamos, nos informamos, trabajamos y nos divertimos ya no es el mismo. La gran diferencia con respecto al dispositivo que concibe Sarah Pinsker para Somos satélites es que para poder utilizarlo es preciso una intervención quirúrgica. Siempre me he preguntado qué sucedería en ese caso, si la gente llegaría al extremo de dejarse hurgar la cabeza para mejorar sus capacidades mentales. Hace unos años habría dicho rotundamente que no, pero con la cantidad de personas que por una cuestión mucho más banal como es la estética —y no me refiero sólo a la cirugía— se deja tunear sin reparos el cuerpo tengo mis dudas.

Un dispositivo denominado piloto se extiende entre la población con una rapidez pasmosa, primero entre los jóvenes y luego entre los demás. A ello contribuyen las subvenciones del estado y las facilidades que proporciona la empresa fabricante, Balkenhol Neural Labs. Gracias a él, una persona puede concentrarse en varias tareas al mismo tiempo sin que ninguna de ellas se vea perjudicada. Estudiar Derecho Romano al tiempo que se despanzurra monstruos en la PlayStation es ahora posible. Una razón más para que todos los jóvenes se maten por ir a las clínicas de Balkenhol Neural Labs a que se lo implanten. Llevarlo supone, no cabe duda, una gran ventaja para el trabajo y para los estudios. Pero a pesar de todos los beneficios que proporciona, siempre tiene que haber algún agonías en contra, y no todos deciden ponérselo. Junto con el piloto se inserta una lucecita azul en la sien que facilita distinguir a los que lo llevan de los que no, lo que abre una puerta de doble hoja a la discriminación. Las empresas dejan de contratar a los que no lo llevan, y no tener un piloto termina por ser un estigma.

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Cuando falla la gravedad, de George Alec Effinger

Cuando falla la gravedadTengo la impresión de que George Alec Effinger le debe más a Dashiell Hammett y a Jim Thompson por Cuando falla la gravedad que a autores ciberpunk como Bruce Sterling o William Gibson por poner dos ejemplos. Empecemos por el escenario que se aleja de la habitual estética ciberpunk —todos tenemos en mente Blade Runner—, una babel futurista con calles transitadas por un hervidero de gente sobre la que refulgen anuncios gigantes y en la que se alzan edificios enormes de apariencia vanguardista, sedes de poderosísimas multinacionales. En una trama ciberpunk es muy posible que nos topemos con hackers, inteligencias artificiales o que nos sumerjamos en el ciberespacio, nada de esto hallaremos en la novela de Effinger. Su adscripción al ciberpunk se debe a dos dispositivos tecnológicos presentes en la novela que permiten a quien se los conecta alterar la mente. Pero más que nada es novela negra. Una etiqueta que nos evoca de inmediato crímenes, personajes marginales, ambientes decadentes, corrupción policial, alcohol y protagonistas de moral cuestionable, elementos todos ellos presentes en el libro. Es importante recalcar la gran influencia que el género negro tuvo en el ciberpunk. No sólo comparten un mismo interés por personajes marginales sino que utilizan técnicas literarias similares: frases cortas, descripciones a machetazos, mucha acción y un narrador en primera persona.

Cuando falla la gravedad se sitúa en un futuro no demasiado lejano en el que occidente se ha segregado en multitud de pequeños estados en favor de los países musulmanes. Los moddies y los daddies se han vuelto muy populares. Los primeros se utilizan para potenciar ciertas capacidades del cerebro o incluso proporcionar conocimientos concretos, como entender otro idioma. Los segundos permiten al individuo adquirir una nueva personalidad (normalmente de un personaje de ficción). El protagonista es Marîd Audran, un tipo que vive en el Budayén, un barrio muy poco recomendable de una ciudad al norte de África, lleno de garitos, delincuencia y drogas, y que se gana la vida básicamente como detective. Cuando se cita en un bar con un posible cliente, éste es asesinado por un individuo que lleva un daddy de James Bond. A partir de entonces los crímenes se suceden uno tras otro en un cerco que se estrecha en torno a Marîd. Algunos de estos asesinatos son cometidos con una saña y una crueldad desconocidas en un lugar como el Budayén, que no es ajeno a la violencia.

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El nacimiento del ciberpunk. Influencias externas (3 de 4)

Neuromante

En la introducción de Storming the Reality Studio: A Casebook of Cyberpunk and Postmodern Science Fiction, libro que reúne una magnífica selección de textos y artículos sobre la corriente, Larry McCaffery define el ciberpunk como “la respuesta del arte al entorno tecnológico que está produciendo la cultura posmoderna en general”. Buscar el campo de influencia externo del que se alimentó el movimiento invita a detenerse en figuras clave de la posmodernidad y la contracultura, los dos grandes elementos ajenos a la naturaleza de ficción del nuevo subgénero, fundamentales en la confección de su espíritu ideológico y motivo por el cual el ciberpunk logró trascender las fronteras de la ciencia ficción. No es extraño que el movimiento y su narrativa sintonizaran perfectamente con el espíritu de la época, que tuvieran eco en el trasfondo cultural de entonces, pues de él habían extraído su razón de ser.

Ya vimos que la literatura ciberpunk es narrada en numerosas ocasiones en clave de novela negra, y que de ella parte la configuración y manera de ser de muchos de sus personajes y entornos urbanos, como el Case del Ensanche en Neuromante o el Marîd Audran del Budayen en Cuando falla la gravedad, pero lo cierto es que el origen de esas actitudes y desarrollos es dual. Esas interpretaciones sintonizan también con la naturaleza de los individuos y arquitecturas de la posmodernidad. Los protagonistas ciberpunk son individualistas, carecen de preocupaciones sociales y se ven empujados por fuerzas externas, arrastrados por la marea de los acontecimientos e impelidos a escudarse en la ética del superviviente. Son personajes desencantados que pugnan por sobrevivir en remedos futuristas de las viejas junglas de asfalto. En ocasiones repletas de enormes edificios antiguos, a veces situadas en entornos urbanos exóticos, como ciudades orbitales o de ambientación no occidental, abigarrados, repletos o vacíos, pero siempre generosos al mostrar una tecnología deshumanizadora al servicio de la decadencia social.

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