Mierdificación, de Cory Doctorow

MierdificaciónEn el año 2008 Facebook era una ventana abierta a personas a las que hacía tiempo que no veía, sobre todo amigos que habían emigrado de Cantabria. Ante la ausencia de contacto cotidiano, servía de simulación de vínculo a través de un foro muy básico. Recuerdo lo que suponía cada evolución del interfaz. Llegado cierto momento, en general empeoraba la experiencia, no solo porque te forzara a habituarte a otra disposición de elementos. Hacía desaparecer funcionalidades para incluir otras nuevas a las que no veías el sentido. Aquí había bastante de renuencia al cambio pero también la imposición de una serie de cuestiones (publicidad creciente; contenido ajeno al que deseabas ver), vendidas como una necesidad para mantener la interacción y mejorar la información recibida. Detrás de todo se hacía evidente una mercantilización/manipulación del usuario hasta niveles difíciles de prever, hasta que no hubo manera de ocultarlas. Campañas de desinformación, socavamiento de los valores democráticos, promoción del odio o, en algunos países como Myanmar, el genocidio. Esta secuencia es una de las que Cory Doctorow disecciona en Mierdificación, una descripción pormenorizada de la degradación a la que ha estado sometida internet en los últimos tres lustros.

El inicio del libro es elocuente. A partir de cuatro empresas (Meta, Amazon, Apple y el iPhone y Twitter/X), Doctorow secuencia la degeneración de sus productos estrella en tres pasos: bueno para los usuarios, bueno para los clientes comerciales, un gigantesco montón de mierda. Una puesta en situación en apenas una decena de páginas por caso que delimita un patrón extensible a otras iniciativas en un cuadro que pone de manifiesto el sabotaje de características esenciales en los cimientos de Internet. La interoperabilidad de los sistemas informáticos; la neutralidad de la red; la privacidad de los usuarios están amenazadas por una voracidad de una serie de corporaciones que explotan todos los mecanismos disponibles para mantener a las vacas a ordeñar (usuarios, clientes) dentro de ecosistemas cerrados con el objeto de convertirse en monopolios y maximizar sus beneficios.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. La cf y los demás tecnoligarcas (2 de 5)

The Expanse

El principal competidor de Musk en la nueva carrera espacial privada, Jeff Bezos, parece haber tenido su principal inspiración de cf en el universo de Star Trek. Al punto de invitar gratis a subir en una de sus naves Blue Origin al protagonista de la serie de televisión original, William Shatner, que en octubre de 2021 se convirtió en el primer nonagenario en órbita, aunque fuera apenas por unos minutos. La condición de Bezos de trekkie puede ser vista como paradójica, puesto que en líneas generales se considera entre los aficionados estadounidenses que el universo Star Trek es más «liberal-demócrata» y el de Star Wars más «conservador-republicano». Desarrollar los motivos de ese etiquetado no del todo preciso (y contradicho recientemente por la serie Andor) daría para un artículo en sí.

Bezos también declaró su incondicional pasión por The Expanse, las novelas de Daniel Abraham y Ty Franck que firman conjuntamente como James S.A. Corey. Las tres primeras temporadas de su adaptación a televisión, desde 2015, fueron producidas por SyFy Channel, que la canceló en mayo 2018. Los fans de la serie recogieron 100.000 firmas y sólo dos semanas después Bezos en persona anunció en la International Space Development Conference que la serie continuaría en Prime Video, donde ha tenido otras tres temporadas. El argumento tampoco es exactamente el que cabría esperar del gusto de un magnate multimillonario, con gran protagonismo de proletarios huelguistas. Aunque, eso sí, esos pioneros del espacio retratados por la serie están muy inspirados por el individualismo del movimiento trascendentalista estadounidense: son verdaderos pioneros de frontera, desconfiados de cualquier estructura, libres e imposibles de controlar.

Quizá todavía más extraña es la predilección de Bezos por otra serie de novelas ya mencionada cuando escribí sobre Musk, La Cultura, del escocés Iain M. Banks. De los 25 libros que se destacan en la web Goodbooks como los favoritos de Jeff Bezos, diez son de La Cultura. Es decir, la serie completa.

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La supervivencia de los más ricos, de Douglas Rushkoff

La supervivencia de los más ricosTengo notas para escribir un puñado de artículos desde los tiempos de Cyberdark. Sin embargo, en estos 20 años apenas he escrito otra cosa que reseñas y comentarios de actualidad; me he habituado a formatos que puedo sacar rápido sin empantanarme unas semanas para darle forma. Uno apenas bosquejado trata sobre la figura del megalómano en la novela de ciencia ficción; esos moguls de las corporaciones del futuro cercano que se sirven de la humanidad para construir megaestructuras, propiciar su primer contacto con los alienígenas, empujarla hacia las estrellas… En el dramatis personae que vertebra el borrador sobresale Simeon Krug, el personaje dominante de La torre de cristal, de Robert Silverberg. El dueño de la megacorporación que controla el mercado de los androides y se ha embarcado en la construcción de un gigantesco emisor para responder a un mensaje alienígena. Un McGuffin que permite diseccionar la figura mesiánica de Krug desde una óptica cristiana, una de las claves centrales de la historia aparte de su actualización de R.U.R. y las dinámicas de explotación-sumisión, integradas en las cuestiones favoritas del autor de El hombre en el laberinto y Muero por dentro.

Esa condición de salvadores es una constante extendida entre los próceres actuales. Atrás quedaron los tiempos de los Rothschild, los Rockefeller y cualquier nombre de la realeza económica. Construir una fortuna familiar tiene que revestirse de otras facetas que desbordan la figura del magnate decimonónico por múltiples esquinas hasta auparlo a la categoría de visionario y mesías. Gates, Bezos, Page, Brin, Thiel, Musk… Los apellidos surgidos de las diferentes burbujas tecnológicas no sólo han amasado fortunas equivalentes al PIB de pequeños países europeos. Sus propósitos rebasan aspectos tradicionales (controlar el marco regulatorio, evitar sorpresas con sus mercados…); les llevan a salvar la libertad de expresión, acabar con el hambre, trasladar a la humanidad a otro planeta… Sin intermediarios. Sus empresas, sus productos, lo pueden todo sin la colaboración de unos sistemas políticos según su credo vetustos, telas de araña que limitan su crecimiento, condicionan su visión, atenazan la sociedad. Esa manera de ver el mundo, la ideología en la cuál se han criado y les guía a la hora de tomar decisiones, es la que Douglas Rushkoff desnuda en La supervivencia de los más ricos, recién traducido por Francisco J. Ramos de Mena para Capitán Swing.

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