La caja infinita, de Víctor Conde

La caja infinitaLa ciencia ficción nace y golpea por su fondo. Esa es la maravilla de la ciencia ficción.

Es necesario un mundo moderno para que surja y se desarrolle y, quizás por eso, son los más jóvenes quienes pueden iniciarse mejor en el género y quienes se muestran más audaces con lo que ese fondo les permite hacer.

Muchos artistas, según van madurando, abandonan la experimentación formal más compleja para ir a «lo esencial». Vemos en dibujantes de cómics cómo su trazo se vuelve más escueto, cómo los fondos se desdibujan, como el último Frank Miller; vemos cómo los pintores tienen más al abocetamiento o a lo insinuado, como los últimos cuadros de Velázquez; vemos cómo muchos directores de cine tienen al plano secuencia y a la sobriedad fotográfica, como le pasó a Berlanga… En la ciencia ficción, muchos incluso son incapaces de conquistar sus éxitos de juventud, como Isaac Asimov y Arthur C. Clarke. Quizás tras experimentar en los primeros años, conocen tanto la técnica que encuentran el camino más directo para ir a las ideas que quieren expresar como artistas.

Precisamente la experimentación temática y formal fue una de las características más elevadas e interesantes de la cf española conocida como la «Generación HispaCon» (Vaquerizo, Aguilera, Marín, Barceló, Mallorquí, Martínez…), a la que el novelista pertenece y cuyo espíritu algunos de sus protagonistas mantienen en sus últimas obras. ¿Ha terminado aquella experimentación formal?

Si tuviera un editor tradicional para esta apuesta de Alamut, escribiría una crítica de escuadra y cartabón, entrando en La caja infinita por su argumento, pero no me sale.

Porque la forma es el fondo (lo he dicho ya, ¿no?).

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La mitad que sangra, de María Zuil y Antonio Villarreal

La mitad que sangraImpartir Biología en 3º de ESO lleva consigo una responsabilidad extra; en muchos casos, es la única vez que dentro del temario de una asignatura se pueden abarcar con amplitud temas relativos a la salud en Secundaria. Y si no se incluye la salud sexual en tutoría o se acude a formación externa, la única ocasión para tratar las enfermedades de transmisión sexual, los métodos anticonceptivos y todo lo referente a la menstruación dentro del currículo. Algo que constreñido en una asignatura de 2 horas a la semana, unas 65 clases durante el curso, hace que esté todavía más compactado de lo que a cualquier docente le gustaría si quiere tratar el desconocimiento general o las numerosas ideas preconcebidas que colonizan las cabezas del alumnado. De estas cuestiones, la menstruación sale muy mal parada, quedándose muchas veces arrinconada a una o dos clases dedicadas a acercarse a las cuestiones hormonales, anatómicas y de higiene. Esta superficialidad y el desconocimiento aparejado es uno de los puntos de partida de La mitad que sangra. El libro escrito por María Zuil y Antonio Villarreal para contar todo lo que se sabe sobre la menstruación y las múltiples zonas plagadas de conjeturas y desconocimiento. Y por qué cuesta tanto cerrarlos.

Es interesante el enfoque a partir del cuál Zuil y Villarreal conciben La mitad que sangra. Los autores ponen en valor su acercamiento periodístico a partir de una encuesta que realizaron 900 mujeres. Sus respuesta se diseminan a lo largo y ancho de una decena de capítulos, dialogando con lo que cuentan. Esta presencia de todas las experiencias habidas y por haber sobre cómo afecta a las vidas de las mujeres marida bien con las personas (médicos, investigadores, divulgadores, políticos) a las que han entrevistado y llevan la voz cantante. Hay una labor de encaje fino que mantiene la diversidad de voces y la complejidad del problema sin caer en redundancias o simplificaciones.

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La división de antimemética no existe, de QNTM

La división antimemética no existePara un bloguero de pro, los fenómenos literarios en tus territorios son algo digno de comentario… si consigues entrar en ellos. Los grandes, como La península de las casas vacías o Alas de sangre, y los más pequeños, como este La división de antimemética no existe, obra de un tal QNTM, del que me daba una pereza enorme ver qué hay detrás hasta que el bueno de Jean Mallart se preocupó de ponerme al día (y un par de podcast se encargaron de rellenar los huecos). Porque el libro ha sido bastante comentado a mi alrededor. Y ha gustado entre mucho y muchísimo, no solo por motivos crematísticos, como la maquetación del volumen, o esa idea central que se aproxima a lo sublime desde un terreno poco habitual: la existencia de entidades de una naturaleza ominosa que traumatizan a quienes las ven desde el olvido; de haber estado en contacto con ellas, de haber descubierto aspectos que permitían combatirlas, de situaciones de tu vida cotidiana, de nociones del día a día como tocar un instrumento o cocinar un huevo frito, del recuerdo de nuestra primera cita, de respirar…

Este acercamiento a lo inabarcable diverge del de Lovecraft y todas las historias que siguen sus pautas, a día de hoy con un arraigo que hace pensar si seguimos atrapados en la neurosis de hace un siglo o si ante las preocupaciones del nuevo milenio sentimos nostalgia por ellas. En el autor de Las montañas de la locura y sus acólitos, el conocimiento, la visión, la interacción con sus antiguos y sus construcciones arrastran a los personajes a un estado de estrés más allá de su punto de ruptura y toman conciencia de su lugar en el universo. La lucha es por la propia supervivencia y cuando esta se compromete es meridiano que nada se puede hacer frente a estas manifestaciones para las cuales la presencia humana va de lo servil a lo irrelevante. Se asume que la resistencia es fútil y el recuerdo del contacto permanece de manera directa o indirecta, pudiendo llegar a romper la barrera del tiempo y afectar a las generaciones futuras a través de algún tipo de modificación larvada.

Frente a esto, en su interacción con una serie de entidades incognoscibles denominadas Incógnitas, QNTM plantea una serie de consecuencias más “esperanzadoras”. Para combatirlas se ha creado una división dentro de la Organización que nos protege de ellas. Y han desarrollado toda una serie de protocolos, instalaciones, armas, para triunfar en un terreno donde resultaría impensable lograrlo. A ello se dedican con denuedo aun sabiendo que ganar es prácticamente imposible, empatar el mejor resultado, y no se puede dejar de jugar. Un híbrido entre las historias de la lavandería de Charles Stross se pasan por el Bureau Federal de Control, más concentrado en explorar las tensiones de lo sublime y no tanto en la imaginería pop a su alrededor, con una veta importante de la burocratización de lo maravilloso. Una oda de admiración a los funcionarios como seres capaces de lidiar con lo inimaginable gracias a su trabajo sistemático, repetitivo, protocolario, basado en su saber hacer para sobrevivir a la experiencia.

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Aburridísima, de Izumi Suzuki

AburridísimaEl fandom se centra tanto en loar la publicación de libros sin necesidad de promoción que muchos que sí la requieren vuelan por debajo del radar. Pongan como ejemplo El libro de Keanu, una de las novelas más flojas de China Miéville cuya traducción recibió una atención innecesaria; el hecho de contar con el actor detrás de John Wick en la cubierta ya era suficiente para que tuviera a los dioses de la mercadotecnia de su parte. En este contexto, es frustrante ver cómo cualquier excrecencia de Sanderson, Abercrombie, Tchaikovski recibe una difusión irrelevante para alcanzar a su público. Mientras, libros como este o El príncipe de Annwn, de Evangeline Walton, se las ven y se las desean para llegar a sus lectores potenciales. Para empezar, porque los que nos dedicamos a estas tareas de la prescripción de nuestros gustos estamos mirando el dedito de lo canales de prensa del emporio Planeta Random House Minotauro Mondadori Destino Nova Austral “lo que hayan absorbido”. En este caso fue un artículo de El País con una elaboración muy, por así decirlo, mercadotécnica (campaña navideña; ideas vagas tomadas de diversas fuentes; la Le Guin japonesa cuando no tiene nada que ver) el que me pusiera sobre la pista de Izumi Suzuki. Y después de leer el libro en cuestión, con sus cosas, me siento afortunado de haberme cruzado con aquella promoción.

La vida de Suzuki parece alineada con sus relatos. Actriz de cine erótico y de teatro de vanguardia, camarera en locales de alterne, fue pareja de un saxofonista que murió por una sobredosis. Ella misma se ahorcó todavía joven, a mediados de los ochenta, dejando una hija de nueve años y una serie de obras de las cuales esta es la primera que se traduce en España gracias a Consonni y Tana Oshima. Siete cuentos gestados en la intersección entre la ciencia ficción de los 70 y 80 y la aspereza de un Gekiga protagonizado por una trasunto de la propia Suzuki; como si Tsuge o Abe trabajaran con historias sobre sociedades sin hombres; acceso a realidades virtuales y drogas; sujetas a invasiones sutiles o alienígenas obsesionados con reproducir la cultura occidental; en el marco mental del M. John Harrison de El mono del hielo o El curso del corazón. El sufrimiento de sus protagonistas no viene de estar sumidas en un apocalipsis o una distopía sino de darse cuenta que no les gusta su existencia y no pueden huir de ella por mucho mecanismo de escape a su disposición. La falta de pasión por sus parejas, los engaños en sus relaciones, lo consciente que sean del simulacro, son un paquete completo y abrazarlo es un paso previo a solucionarlo… si no es la única solución porque no hay salida.

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La suerte del Bufón, de Robin Hobb

La suerte del bufónCualquiera que lea las reseñas que tengo en C de las dos novelas anteriores de la trilogía El profeta blanco, pensará que hay mucho de cabezonería en continuar en esta serie. Siempre hago mención a lo prolijo en la narración de una Hobb fiel hasta el tuétano a la forma que ha elegido para relatar esta historia. Una primera persona apegada a un personaje empecinado en plasmar su existencia de manera obsesiva, lo que le lleva a describir con detalle también el lugar y el tiempo que le ha tocado vivir. Una servidumbre que implica narrar lo determinante para la trama que viven otras personas cuando él no está delante. Y así, lo que con otro tratamiento serían 300 páginas para él son 900, implicando un esfuerzo que otras novelas no requieren porque Hobb cae en agujeros evitables.

Ahora bien. Sin este estilo pormenorizado donde cada elemento, incluido el escenario, acentúa el paisaje emocional, no se podrían tener estos personajes principales y secundarios. Personas definidas con agudeza desde su mismo nombre que despliegan una variada gama matices a medida que tratan con Traspié hasta componer uno de los repartos más heterogéneos de la fantasía épica. Una docena y media larga de caracteres que, en la mayoría de los casos de La suerte del Bufón, son propios de esta trilogía y han crecido libro a libro, en particular el príncipe Dedicado. Pero también un puñado que desaparecieron en la trilogía previa y ahora regresan. Todos focalizados en mostrar la transición a nuevas fases de su vida además de permitir a Traspié cerrar los matices de los temas sobre los cuales ha pivotado esta segunda trilogía/etapa de su existencia: la entrega y el cuidado.

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La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

La lluvia amarilla

El agua se aprende por la sed.
(…)
El Amor, por el Hueco de la Memoria—
Los Pájaros, por la Nieve.
Emily Dickinson

El poeta Rafael Banegas fue muy claro, cuando, sentados, una tarde de hace poco, en una terraza, me dijo: si te gusta Cormac McCarthy, te gustará este libro. Y el libro al que se refería era La lluvia amarilla de Julio Llamazares, y por su aire de abandono y por esa atmósfera de huida, por la ruina y por la absoluta soledad sin esperanza, tenía toda la razón del universo.

Evocadora, fascinante, lúgubre, se acaba de reeditar en Austral, en tapa dura, con un prólogo, casi como no podría ser de otra manera, de Jesús Carrasco, esta novela que te dura nada en las manos y que ojalá tuviese más lectores, algo más de repercusión de lo que ha tenido hasta ahora y que a ver si esta reedición contribuye a que la novela se encuadre por fin entre los reconocidos clásicos de la narrativa de los años ochenta.

Ya la misma apertura de La lluvia amarilla, es decir, la primera frase, recuerda y es comparable al inicio del Pedro Páramo de Juan Rulfo y al de Volverás a Región de Juan Benet. Así de contundente, de sugestiva, es esa puerta que se entreabre al despoblado de Ainielle. Son, las tres, menciones encantadas a lugares específicos que por algún motivo, ya en esas aperturas, resuenan míticos, ancestrales. Todos fantasmáticos. El caso es que la Ainielle (oscense) de Llamazares, a diferencia de la Comala rulfiana y de la brumosa invención regionata de Benet, existe.

La fascinación por llegar, implica, por necesidad, la idea de viaje, de un largo regreso del que quedamos, por otro lado, excluidos en esas narraciones. Así como en las novelas de Rulfo y de Benet sí que hay un retorno y lo que leemos, entre otras cosas, es la fatiga del viajero que vuelve, aquí, en La lluvia amarilla, en cambio, lo que se novela no es ese retorno –aunque lo pueda parecer al principio– sino la negativa a marcharse. La ratificación de un lugar. La constatación de su inmovilidad. No hay retorno porque la voz que narra nunca quiso salir, y sólo nos queda su duro juicio a los que sí se fueron. Al entrar en la novela llegamos a Ainielle, pero en Ainielle no hay nadie. Nada. Sólo pasado.

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