La ciencia ficción nace y golpea por su fondo. Esa es la maravilla de la ciencia ficción.
Es necesario un mundo moderno para que surja y se desarrolle y, quizás por eso, son los más jóvenes quienes pueden iniciarse mejor en el género y quienes se muestran más audaces con lo que ese fondo les permite hacer.
Muchos artistas, según van madurando, abandonan la experimentación formal más compleja para ir a «lo esencial». Vemos en dibujantes de cómics cómo su trazo se vuelve más escueto, cómo los fondos se desdibujan, como el último Frank Miller; vemos cómo los pintores tienen más al abocetamiento o a lo insinuado, como los últimos cuadros de Velázquez; vemos cómo muchos directores de cine tienen al plano secuencia y a la sobriedad fotográfica, como le pasó a Berlanga… En la ciencia ficción, muchos incluso son incapaces de conquistar sus éxitos de juventud, como Isaac Asimov y Arthur C. Clarke. Quizás tras experimentar en los primeros años, conocen tanto la técnica que encuentran el camino más directo para ir a las ideas que quieren expresar como artistas.
Precisamente la experimentación temática y formal fue una de las características más elevadas e interesantes de la cf española conocida como la «Generación HispaCon» (Vaquerizo, Aguilera, Marín, Barceló, Mallorquí, Martínez…), a la que el novelista pertenece y cuyo espíritu algunos de sus protagonistas mantienen en sus últimas obras. ¿Ha terminado aquella experimentación formal?
Si tuviera un editor tradicional para esta apuesta de Alamut, escribiría una crítica de escuadra y cartabón, entrando en La caja infinita por su argumento, pero no me sale.
Porque la forma es el fondo (lo he dicho ya, ¿no?).