Para un bloguero de pro, los fenómenos literarios en tus territorios son algo digno de comentario… si consigues entrar en ellos. Los grandes, como La península de las casas vacías o Alas de sangre, y los más pequeños, como este La división de antimemética no existe, obra de un tal QNTM, del que me daba una pereza enorme ver qué hay detrás hasta que el bueno de Jean Mallart se preocupó de ponerme al día (y un par de podcast se encargaron de rellenar los huecos). Porque el libro ha sido bastante comentado a mi alrededor. Y ha gustado entre mucho y muchísimo, no solo por motivos crematísticos, como la maquetación del volumen, o esa idea central que se aproxima a lo sublime desde un terreno poco habitual: la existencia de entidades de una naturaleza ominosa que traumatizan a quienes las ven desde el olvido; de haber estado en contacto con ellas, de haber descubierto aspectos que permitían combatirlas, de situaciones de tu vida cotidiana, de nociones del día a día como tocar un instrumento o cocinar un huevo frito, del recuerdo de nuestra primera cita, de respirar…
Este acercamiento a lo inabarcable diverge del de Lovecraft y todas las historias que siguen sus pautas, a día de hoy con un arraigo que hace pensar si seguimos atrapados en la neurosis de hace un siglo o si ante las preocupaciones del nuevo milenio sentimos nostalgia por ellas. En el autor de Las montañas de la locura y sus acólitos, el conocimiento, la visión, la interacción con sus antiguos y sus construcciones arrastran a los personajes a un estado de estrés más allá de su punto de ruptura y toman conciencia de su lugar en el universo. La lucha es por la propia supervivencia y cuando esta se compromete es meridiano que nada se puede hacer frente a estas manifestaciones para las cuales la presencia humana va de lo servil a lo irrelevante. Se asume que la resistencia es fútil y el recuerdo del contacto permanece de manera directa o indirecta, pudiendo llegar a romper la barrera del tiempo y afectar a las generaciones futuras a través de algún tipo de modificación larvada.
Frente a esto, en su interacción con una serie de entidades incognoscibles denominadas Incógnitas, QNTM plantea una serie de consecuencias más “esperanzadoras”. Para combatirlas se ha creado una división dentro de la Organización que nos protege de ellas. Y han desarrollado toda una serie de protocolos, instalaciones, armas, para triunfar en un terreno donde resultaría impensable lograrlo. A ello se dedican con denuedo aun sabiendo que ganar es prácticamente imposible, empatar el mejor resultado, y no se puede dejar de jugar. Un híbrido entre las historias de la lavandería de Charles Stross se pasan por el Bureau Federal de Control, más concentrado en explorar las tensiones de lo sublime y no tanto en la imaginería pop a su alrededor, con una veta importante de la burocratización de lo maravilloso. Una oda de admiración a los funcionarios como seres capaces de lidiar con lo inimaginable gracias a su trabajo sistemático, repetitivo, protocolario, basado en su saber hacer para sobrevivir a la experiencia.
Antes he dicho que La división de antimemética no existe es una novela. Más bien sería un fix-up; en general de relatos entrelazados acompañados de pequeñas estampas y “fichas” de personaje para enriquecer su historia focal: la lucha a lo largo de décadas con la I-3125. Una criatura que es una amenaza para el mismo tejido de la existencia y a la cual la división desafía utilizando todo tipo de medidas, a cada cual más desesperada, para darle la vuelta a una tortilla inamovible. La propia conceptualización de su existencia hace su llegada más inevitable. Comprender su manera de obrar es convertirse en su agente.
Los mecanismos de combate, el tipo de soportes que se utilizan para acumular información y albergar cualquier mínimo éxito en el siguiente enfrentamiento, los recursos que generan o disponen los agentes para salir adelante de situaciones en apariencia irreversibles… es una de las guías centrales de las historias y uno de los motivos que el libro se vaya a las 400 páginas de extensión. La otra tiene que ver con Marie Quinn, la directora de la división durante gran parte de la novela, y su marido, Adam. La lucha decidida de la primera, la relación con su esposo, sus sacrificios mutuos y, sobre todo, el relato del último acto cuando la derrota es total y la misma naturaleza del mundo ha cambiado.
Desde los primeros escarceos, la estructura se fija en una reiteración de armazón argumental con pequeñas variaciones alrededor de esta batalla. Agentes que descubren una incógnita y su manera de actuar, la sensación sobrecogedora de inferioridad, el acceso a un conocimiento anterior de cómo hacerla frente, el triunfo o la derrota aparejada… En esta secuencia han tendido a atraerme más las historias centradas en Marie y Adam, sobre todo porque son los únicos personajes con una entidad sobre los cuales se trabaja. Hay progresión, cesiones, símbolos, abnegación, más allá de una idea y vuelta sobre un esquema iterado hasta la extenuación protagonizado por agentes intercambiables cuyo papel es tan vehicular como enfatizar la complejidad de su tarea o mostrar la ocurrencia del autor.
Es divertido ver cómo en la lectura dilatada a lo largo de dos semanas he padecido el olvido de muchos pequeños embates, la desaparición de mi mente de las heroicas acciones de personas devoradas por las incógnitas, la búsqueda por recordar hechos ya contados, pequeñas alteraciones entre lo sucedido y lo que recordaba… Me he convertido en uno de los protagonistas del libro en un efecto me temo no siempre buscado, logrado en ocasiones por esa insistencia en un esquema sin mucha variación, personalidades intercambiables, parquedad en detalles, y un cierto capricho en las soluciones.
Las normas establecidas llegan a saltar o subvertirse por recodos cuya justificación cuesta ver; no porque tengan un sustrato conceptual complejo sino porque invita a asumir con fe una alteración del mundo físico al que continuamente parece apelar QNTM. En este giro, cambiar la redacción del teorema de incompletitud de Godel para apoyar ciertos sucesos extemporáneos, o convertir una vez más el poder del amor en la gran idea que define la experiencia humana, degrada el materialismo que está en la base de lo que mejor funciona de la novela, transformando esa sensación de vértigo hacia lo insondable en escepticismo de ver demasiado al titiritero que mueve los hilos.
Una vez más me encuentro ante enfoques personales de la ciencia ficción y la manera en que funciona mi recepción, pero en este caso hay más detalles que me han cargado. Y aviso de spoilers.
Hace meses salieron a la luz las instrucciones que los guionistas que escriben para producciones de Netflix reciben de la empresa. Cómo los personajes tienen que contar lo que están haciendo en todo momento para que un espectador que no esté siguiendo con la máxima atención la serie/película no se pierda. Acción e interpretación/traslación a nuestra realidad. Esto también pasa en la literatura. No es algo nuevo, tampoco creo que sea algo más frecuente, pero en este tipo de historias cuyo impacto estético es contundente me fastidia en especial.
Durante gran parte de La división de antimemética no existe, QNTM es reiterativo para que no te pierdas (y ya digo que si dilatas la lectura no lo consigue del todo XD). Y al final termina por asentar la conexión entre su libro y este principio de siglo XXI que nos ha tocado vivir, asociando la I-3125 a una tecnología que está erosionando y haciendo saltar por los aires el tejido social, alterando la percepción sobre problemas que muchas veces no lo son, acentuando diferencias entre personas según su posición política, alejándoles de los suyos, fomentando la lectura superficial, el olvido, el aislamiento, el individualismo… Apenas le falta llamar al malo Elon Musk.
¿Quiebra este discursito de las últimas páginas lo logrado? No mucho. Pero se podía haber ahorrado esa literalidad que sesga un trabajo que ya permitía esta interpretación. Y que deja que el propio lector haga en otros aspectos, como el continuo uso de la hiperstición sin necesidad de unos párrafos explicativos sobre el tema. En todo caso, bien por QNTM que se ha llevado el premio de una popularidad de la que está disfrutando a la espera de, seguramente, quedar aparcado en cualquier propósito de sobrevivir al paso del tiempo. Porque para empezar, la lectura en papel está amenazado por su propia entidad. Y este libro solo tiene sentido impreso en un libro, a ser posible con los cantos sin decorar.
La división de antimemética no existe, de QNTM (There Is No Antimemetics Division, 2020)
Trad. Óscar Sendín
Editorial Hidra (2025)
428 pp. Tapa dura. 22€
Ficha en la web de la editorial