Toda trama de ciencia ficción tiene un componente político. Este es un aspecto que suele pasar inadvertido, incluso dentro del propio género, pero que es necesario explicar antes que nada.
La ciencia ficción (en adelante usaré las siglas cf) tiene muchos problemas para definirse, pero hay un elemento que podemos considerar común: la práctica totalidad de sus tramas se desarrollan en el futuro, aunque sea muy cercano. Y los escenarios futuros suponen la asunción de un cierto curso en los acontecimientos del presente. En ocasiones, además, para proyectar un porvenir más o menos factible, en una rama que hemos dado en llamar «literatura prospectiva». Pero también se da el caso en una simple aventura situada en un entorno espacial.
Por ejemplo: cualquier argumento escrito hoy que transcurra en la Tierra dentro de un siglo contendrá soterrada una respuesta sobre el cambio climático. Si la vida en el planeta continúa más o menos como la conocemos, el autor deberá al menos dedicar una línea a explicar cómo ha sido posible: tendrá que decir como mínimo «en un momento dado se afrontaron medidas de éxito contra el cambio climático», o bien «el cambio climático no se produjo, en contra del consenso científico». Sí, puede obviar el tema, pero si el entorno en que se desarrolla la trama mantiene una situación como la nuestra, eso también puede interpretarse sin muchas cábalas como un posicionamiento.
Doy por sobreentendido que las obras en las que el cambio climático ha devastado la Tierra, o China es la potencia hegemónica, o la humanidad se ha expandido por el espacio reproduciendo nuestro modelo capitalista sin necesidad de variantes, o la reducción de las vacunaciones ha provocado pandemias, o las megacorporaciones han derribado a los gobiernos como principales actores internacionales… En todas ellas se manifiestan, evidentemente, especulaciones de carácter político, considerando que en el mundo de hoy casi cualquier cosa (incluso obviedades del ayer como la necesaria calidad de la educación o la sanidad públicas) conlleva un posicionamiento político.
Como género en el que se incluye cualquier relato que se desarrolle en el futuro, la cf puede tener elementos de terror, humor, aventuras, misterio etc. Pero siempre, siempre que haga un mínimo desarrollo de escenario tendrá ese contenido político, muy explícito o implícito.
La novedad es que hoy ya resulta manifiesto que ese factor puede tener un mayor impacto del que pensamos, como substrato que ha forjado el pensamiento de los hombres más poderosos del mundo. Muchos de los cuales fueron en su adolescencia, o hasta hoy, lectores y espectadores de obras de cf que es razonable pensar (y en algunos casos ellos mismos lo reconocen) que ha determinado en parte su enfoque del mundo actual. En un episodio de hace unos quince años de la serie Modern Family en que la hermana posh se burlaba de la hermana nerd, ésta sentenciaba: «Algún día mis fans serán los jefes de tus fans». Y efectivamente: el friki de ayer puede que esté modelando hoy el mundo conforme a esos sueños pasados.
Es curioso que en casi cada ocasión que los medios generalistas han intentado ofrecer una panorámica de la cf, se han centrado en los aciertos predictivos: desde el submarino de Julio Verne hasta el futuro hiperconectado del ciberpunk, pasando por la detención en 1944 del semidesconocido Cleve Cartmill por esbozar en un relato mediocre el proceso de fabricación de la bomba atómica. Personalmente soy un tanto escéptico sobre los éxitos de la cf en ese terreno. En las décadas de mitad de siglo, en Estados Unidos se publicaban mensualmente una decena de revistas; desde los años sesenta, cientos de novelas además. Casi cualquier avance que se haya producido después está oculto en algún lugar de esa ingente cantidad de literatura, o forma parte del atrezzo de alguna película, o está esbozado en el fondo de alguna viñeta. Pero no hay verdaderas profecías globales, y muy raramente (aunque hay algún caso) descripciones de una sociedad con un aire de similitud a la nuestra.
Hasta muy recientemente no se ha empezado a revisar, de manera complementaria, la posibilidad de que la cf no haya iluminado el sendero de la humanidad, sino que en alguna medida lo esté trazando. Es la idea de que las especulaciones de la cf tengan, en un paralelismo con la terminología para los enunciados del lenguaje del filósofo inglés John Langshaw Austin, un carácter performativo: que el hecho de haberse enunciado esos posibles futuros suponga un primer paso hacia su cumplimiento (Judith Butler en su conocida teoría de la performatividad del género hace una adaptación del mismo concepto en el territorio del feminismo). El sociólogo Robert K. Merton propuso al respecto el término self-fulfilling prophecy, profecía autocumplida, pero creo que tiene implicaciones que no resultan tan adecuadas para los propósitos de este texto.
Por poner un ejemplo no del todo preciso pero que se puede entender sin grandes explicaciones: la idea de que la psicohistoria de la serie de novelas Fundación de Isaac Asimov (la posibilidad de predecir el futuro a partir de modelos matemáticos) influyera en Peter Turchin para su concepción de la cliodinámica. De hecho, en el extenso epílogo de su ensayo Final de partida, Turchin no sólo menciona a Asimov, sino sobre todo a la novela En el país de los ciegos, de Michael Flynn. Ambas obras tuvieron por tanto un efecto performativo sobre Turchin. Fundación es una referencia continua entre los protagonistas de la actualidad, si bien doy por conocida su trama y su posible influencia en los «largoplacistas» (hay que recordar que la serie de televisión no respeta en absoluto la obra original),
Por supuesto, no es un fenómeno nuevo, ya que varios de los pioneros de la astronáutica, como el alemán Wernher von Braun o el ruso Konstatin Tsiolkovsky, eran lectores de lo que en su época todavía se conocía como «romance científico». Sucesivas legiones de estudiantes de ciencias han entrado en esos campos a través de la ficción. Hoy incluso hay universidades como Georgia Tech o el MIT que ofrecen cursos concretos de cf para científicos.
Sin embargo, es en las últimas décadas, desde el encumbramiento de Steve Jobs como gurú mitad genio de las finanzas, mitad visionario tecnológico, cuando la cf pasa a tener un efecto performativo en un rango social más amplio, al haber modelado la ideología y visión de futuro de los hombres más ricos y poderosos del planeta. Por extraño que resulte, buena parte de lo que ocurre en el mundo actual es el fruto de lecturas adolescentes de un género literario considerado menor, a veces no del todo bien digeridas.
El afán de Elon Musk por llegar a Marte, que se considera una de tantas excentricidades del milmillonario, puede rastrearse a sus lecturas juveniles, lo mismo que buena parte de sus enfoques de la sociedad actual o futura. Entre los libros que Musk ha citado reiteradamente como grandes influencias en su vida, se cuentan varios de cf: la ya mencionada Fundación, La guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams, la serie de La Cultura de Iain Banks, Dune de Frank Herbert, el relato «La máquina se para» de E.M. Forster o La Luna es una cruel amante, de Robert A. Heinlein. Este nombre es especialmente importante en su caso.
Cuando Musk habla del tipo de sociedad que quisiera construir en Marte, sus declaraciones tienen un aroma que recuerda mucho a la Luna de la obra citada de Heinlein (publicada originalmente en 1966). En ella, un grupo de colonos lunares, «anarquistas racionales» en el libro (idénticos a lo que hoy conocemos como anarcocapitalistas), encabezan la rebelión contra la Tierra, retratada como un lugar hiperburocratizado y parasitario. El eslogan de los «anarquistas racionales» es «There Ain’t No Such Thing As A Free Lunch!», que incluso hoy todavía se ve en alguna que otra camiseta MAGA con sus siglas TANSTAAFL. La expresión se popularizó después de que Milton Friedman (que reconoció la influencia de Heinlein) la usara como título de uno de sus libros de ensayos en 1975.
Heinlein fue hacia los años sesenta del pasado siglo encumbrado como uno de los «tres grandes» de la literatura de cf, junto a Isaac Asimov y Arthur C. Clarke. El juicio de sus obras desde la perspectiva actual, tras la aparición de nuevos autores y novelas importantes, ha convertido ese triunvirato en un lugar común obsoleto, aunque el paso del tiempo a mi juicio especialmente cruel con Heinlein. Por ejemplo, en España no hay más que una novela suya actualmente en catálogo, la juvenil Ciudadano de la Galaxia.
A ese olvido también ha contribuido la ideología progresivamente reaccionaria de Heinlein, que en las últimas décadas de su vida, en los setenta y ochenta, salpicó sus novelas con cuestiones tan espinosas como una reiterada obsesión con el incesto, que sus defensores vienen a enmarcar como una consecuencia de su libertarianismo extremo. Conviene reconocer que Heinlein es consecuente en su juicio a cualquier otra alternativa sexual, y consideraría un fruto natural de su éxito la poligamia no muy encubierta de Elon Musk (o las relaciones con menores que pueden acabar salpicando a otros personajes de actualidad, y que también aparecen en sus obras, con varios ejemplos de grooming).
Sin embargo, el afán de libertad del que Heinlein presume de manera muy ostentosa, que tiene ecos en nuestro mundo de hoy, encuentra siempre límites: sus argumentos están construidos para demostrar que lo más adecuado cuando llegan dificultades es la obediencia y sumisión a los protagonistas. Estos son figuras patriarcales resolutivas y de infalible sabiduría, que no dudan en cortar nudos gordianos sin miramientos allá donde se les presenten. Como le dicen al protagonista de la novela Farnham’s Freehold / Los dominios de Farnham (1964), «Daddy, you have always the annoying habit of being right».
Esta ideología prototrumpista, de hombres fuertes que hablan sin parar de su libertad para no pagar impuestos con los que mantener a hordas de vagos y aprovechados, tiene una plasmación anterior en las novelas de Ayn Rand, de las que La rebelión de Atlas es incuestionablemente ciencia ficción. Rand es, por supuesto, lectura de cabecera de cualquier tiburón financiero desde hace décadas, y los tecnoligarcas la tienen también en un altar.
Presagio de las ideas de la Ilustración Oscura, paradigma de los temores de las clases dirigentes ante la proliferación y el entorpecimiento que supone una posible clase baja parasitaria, hablaron de la influencia de Rand y de su empuje a la iniciativa individual personalidades como el propio Musk, Steve Jobs o como no, Peter Thiel. Para quienes les interese este enfoque de la futura «descomposición de la democracia por triunfo de la mediocridad», personalmente recomiendo un cuento que resume esas ideas en apenas seis folios, «Harrison Bergeron» de Kurt Vonnegut. Mucho mejor que los cientos de páginas literariamente cuestionables y apestosamente clasistas que le cuesta a Rand explayarse.


Magnífico, como siempre, Julián! Y gracias por la sugerencia del relato s Vonnegut. No lo conocía y es espantosamente certero.
Qué tiempos nos ha tocado vivir! Antes, solo los leiamos…
Dándole la razón a Julián, el mismo lunes Musk demostró su conexión con la cf diciendo que quieren hacer Star Trek real en una presentación de su empresa Space X
https://www.youtube.com/watch?v=A_glZliJDvE
https://gizmodo.com/star-trek-real-hegseth-praises-grok-for-allowing-users-to-fight-wars-2000709787
Queda por ver si entendió Star Trek; está pensando realmente en hacer soldados de las guerras clon y ha cambiado la referencia; le tira el punto de exploración del universo que tienen las series de TV frente a cualquier otra consideración…