El efecto práctica, de David Brin

El efecto prácticaA raíz del fallecimiento de Ian Watson recordé por aquí su manera de escribir a través de “Pájaros lentos”. En poco más de veinte páginas, el autor de Incrustados sometía al lector a un viaje vertiginoso por toda una serie de ideas encadenadas, insospechadas cuando lo estás comenzando y todo parece una historia bucólica en un paisaje postapocalíptico. Los lugares por donde te lleva después, racional y emocionalmente, es uno de los motivos por los cuales la ciencia ficción me parece algo único y las narraciones breves su forma más prístina. Aunque en este formato, generalmente, no se apuesta tanto por el carrusel de ideas sino por una carga conceptual más concentrada. Ir más al pie del novum, la idea que vehicula el mundo de ficción y desencadenaría esa reflexión del lector sobre su propia realidad. El extrañamiento.

Esas ideas tienen un recorrido; una serie de situaciones desarrolladas a su alrededor y cuya precisión/certeza es clave para el sentido de la narración (y su disfrute). Pero no siempre son suficientes para sostener la extensión extra de una novela, siempre necesitada de capas de escenario, personajes, trama, giros, estilo que lleven la historia hasta validar esa entidad. Aquí, hay ocasiones en las cuales los escritores son conscientes que pueden andar escasos de parte de ellos y apuestan por explorar ese novum desde varios relatos; varios cuentos que ahonden en el potencial de la parte especulativa sin tener que exponerse a construir una integridad a su alrededor que puede dilapidar el poder transformador de la idea. Hay multitud de ejemplos, como lo realizado por Bob Shaw con el vidrio lento en Otros días, otros ojos. También hay muestras de lo contrario, como esta novela de David Brin. Su noción central me parece arrolladora. Pero una vez se conoce, el conjunto entra en la categoría “suena mejor contado que leído”.

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Recuerdo de Ian Watson a partir de “Pájaros lentos”

Ian Watson y Cristina Macía presentando Putas de Babilonia en la Librería Gil

Tengo debilidad por los cuentos de ciencia ficción que se centran en una idea y te golpean con ella desde una faceta emocional. Sin ir más lejos, tres de mis relatos favoritos (“Otros días, otros ojos“, de Bob Shaw, “Nieve“, de John Crowley, y “16 de junio en Anna’s“, de Kristine Kathryn Rusch) conectan el sentimiento de pérdida con dispositivos que permiten recuperar el pasado desde esa melancolía devastadora de quien sabe que los mejores días de su vida no regresarán por mucho que la tecnología te facilite recuperarlos. Aunque no he leído muchos cuentos suyos (probablemente haya leído más novelas), las historias de Ian Watson se sostenían sobre otro eje: el poder acumulativo de un caudal de ideas lanzado sobre un lector, en general sin tiempo para digerirlas del todo, muchas veces forzado a macerarse en ellas mientras le llegaba otra nueva. Y otra. Y otra. Esa encadenamiento, a veces rayando lo vertiginoso, terminaba fraguando un conjunto congruente… si le dabas tiempo y espacio a que cuajara. En la línea de sus mejores novelas traducidas (sobre todo Incrustados, El kit Jonás, Embajada alienígena y Visitantes milagrosos) tiene un relato magnífico que consigue emocionarme a pesar de estar construido desde esa misma base, no en 200 páginas sino en poco más de 20. “Pájaros lentos”.

Publicado en el número 100 de la colección Super Ficción, cuando Alejo Cuervo recibió el timón de las colecciones de Martínez Roca, fue recuperado en la revista Solaris donde un equipo capitaneado por Julián Díez (Alberto Cairo, Cristóbal García-Castejon, Luis García Prado, Santiago L. Moreno, Javier Romero y Juan Manuel Santiago) seleccionó sus 100 mejores cuentos de la ciencia ficción (traducida). Lo he releído la semana pasada a modo de homenaje después de conocer su fallecimiento, y ver qué tal reconectaba con una historia que me produjo una profunda impresión.

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