Carcoma, de Layla Martínez

CarcomaHola a todos, vengo a descubriros la pólvora. Vengo a contaros ahora —abril de 2026— que uno de los fenómenos literarios de 2021, Carcoma, de Layla Martínez; un libro publicado por una editorial pequeña (Amor de Madre) que ha vendido decenas de miles de ejemplares, ha sido traducido a veinte idiomas, tiene adaptación teatral, y cuya versión en inglés fue en 2024 finalista de uno de los premios más importantes de Estados Unidos, el National Book Award; es, efectivamente, notable.

Más que una novela corta —que también, porque no llega ni a las 150 páginas— podría decirse que Carcoma es una novela concentrada, como esas pastillitas de caldo que apenas ocupan nada en la alacena pero luego cunden mucho. Narrado a dos voces, con los pensamientos de una abuela y su nieta entrelazándose para desgranar la historia, Martínez recoge la tradición de los relatos de casas encantadas (la de Carcoma fue erigida por un proxeneta, a las afueras de un pueblo de Cuenca, poco antes del estallido de la Guerra Civil), y le da una vuelta de tuerca: a sus ocupantes no las atormentan los muertos que las visitan ni las sombras que se deslizan por los rincones, sino su pobreza, su frustración y su cólera por los agravios acumulados durante décadas.

La crítica social es el motor que propulsa una narración tremendamente visceral cuyos personajes parecen, más que individuos con agencia propia, vehículos de emociones descarnadas. La autora nos presenta la lucha entre opresores y oprimidos de forma casi arquetípica, sobre un trasfondo de injusticias que se perpetúan a lo largo de generaciones. La intensidad del texto, alimentada por una estética feísta y un resquemor infinito, no da al lector ni un respiro, y si este cúmulo de excesos logra funcionar es gracias tanto al oficio de Martínez como a su corta extensión.

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La maldición de Hill House, de Shirley Jackson

La maldición de Hill HouseMerced a sus adaptaciones a la gran pantalla (Robert Wise, 1963; la manifiestamente olvidable de Jan de Bont, 1999), La maldición de Hill House pasa por ser la obra más conocida de Shirley Jackson. Y junto a La casa infernal forma la dupla regente en el trono de la gran novela de casa encantada contemporánea. Tal consideración se debe a cómo manejan una serie de elementos recurrentes en estas historias: el grupo de investigadores reunidos para experimentar los sucesos paranormales; la caracterización de cada personaje se enriquece al ritmo de los encuentros con esas manifestaciones; se profundiza en el conocimiento del pasado de la mansión y sus antiguos habitantes… Sin embargo, a diferencia de la novela de Matheson (y los delirios de la adaptación de de Bont), La maldición de Hill House destaca por sus excelentes retratos psicológicos y su deliberada ambigüedad.

Dentro del grupo de exploradores de lo extraño, la posición central la ocupa Eleanor “Nell” Vance. Una mujer que vivió durante su infancia un supuesto suceso paranormal y, tras pasar años enclaustrada al cuidado de su madre, es incapaz de valerse por sí misma, sojuzgada a la voluntad de su hermana y su cuñado. Aunque La maldición de Hill House está contada en tercera persona, el narrador de Shirley Jackson sigue a Nell en todo momento. Es a través de ese acercamiento subjetivo mediante el cual entramos en contacto con el resto de personajes y sus experiencias en la mansión. Esta perspectiva deliberadamente sesgada fuerza al lector a preguntarse sobre la interpretación de numerosos acontecimientos, conversaciones o las relaciones entre unos personajes perfilados con maestría.

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