La plaga de Midas y otras distopías contra el capitalismo, de Frederik Pohl. Edición de Julián Díez.

La plaga de Midas

Hacía tiempo, mucho, que no se publicaba una colección con los mejores relatos de un escritor clásico de ciencia ficción. Y la situación entra en terreno desconocido cuando tienes en cuenta que el libro está confeccionado íntegramente desde España, con una misma persona encargándose de la selección, la traducción y un estudio introductorio exhaustivo que expone y contextualiza su contenido. Una edición de la cual no disponen en unos EE.UU. donde, ahora mismo, no parece haber masa crítica para algo remotamente parecido. Viendo el curso del mercado, lo más probable es que aquí tampoco, pero ya solo por lo comentado bastaría para utilizar el término imprescindible para calificar La plaga de Midas y otras distopías contra el capitalismo y dejar la recomendación en este simple párrafo. Un volumen sin cantos pintados ni más ilustraciones que la de su cubierta, obra de un inspiradísimo Alejandro Terán. Cualquier editor de ciencia ficción orgulloso de su labor se sentiría ufano de incluir un libro así en su catálogo.

Sí que, para disfrutarlo, demanda un cierto gusto por los relatos tal y como se concebían en las décadas de los 50, los 60 y los 70, cuando las recetas de taller no anegaban las revistas y La Idea y su desarrollo eran la columna vertebral de la mayoría de historias. Basta fijarse en “La plaga de Midas”, la novela corta de 1954 que abre el libro. Una prueba de cargo sobre el contenido político de la ciencia ficción donde Frederik Pohl mantiene el ardor guerrero de Mercaderes del espacio para abofetear al capitalismo fordista a mano abierta. Su intensidad hace pensar en los sopapos más sonoros de Bud Spencer.

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John Brunner e Idiocracia

Idiocracia

Como ya comentaba en un texto anterior, finalmente he terminado por llegar a la conclusión de que sólo hay dos respuestas de la cf a nuestra situación actual que mantengan alguna vigencia: parte de la obra de John Brunner y la semiolvidada película Idiocracia (aunque tenga cierto carácter de culto).

Sobre John Brunner, para hacerlo bien, debería sentarme y releer sus cuatro novelas fundamentales: Todos sobre Zanzíbar, El rebaño ciego, Órbita inestable, y El jinete en la onda del shock. También convendría un estudio un tanto serio sobre cómo un profeta vivió disfrazado de garbancero, o cómo un garbancero devino en profeta. En el origen de su carrera, que comenzó muy joven, enhebró una serie de aventuras espaciales de tercera que no le hacían destacar especialmente de otros autores británicos del momento (tipo Colin Kapp, J.T. McIntosh etc.). Escribía deprisa para poder ganarse la vida, y amontonaba publicaciones con títulos tan esperpénticos como Los súper bárbaros, Esclavistas del espacio o La amenaza psiónica. Sin embargo, ya con treinta años, la publicación de algunos textos más sofisticados como El hombre completo (1964) y Las casillas de la ciudad (1965) hacían suponer que podría ser algo más, una especie de Silverberg menor. Pero no anticipaban el aldabonazo que supondrían esas cuatro obras posteriores del periodo 1968-1974 (que se siguieron alternando con material adocenado de supervivencia).

Brunner no es el más grande, ni el mejor escritor, y de hecho en balance le veo inferior a Silverberg, por el que siento debilidad; pero por alguna razón ha terminado por ser el más pertinente de los autores de ciencia ficción. Este es un concepto que manejo con frecuencia, la pertinencia, en el sentido de capacidad de un texto de ciencia ficción de seguir siendo relevante y efectivo para un lector independientemente del momento en que se lea la obra, de la evolución de la sociedad, la edad del lector o cualquier otro factor.

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The Worlds of Robert F. Young

The Worlds Of Robert F. YoungYa he comentado en alguna ocasión mi admiración por el trabajo con los clásicos de Valdemar. Ha conseguido crear un (cierto) mercado más allá de los 20 títulos en perpetua reedición, recuperando nombres mayores o menores, más o menos populares, en unas ediciones que se reciben con una cierta expectativa, ya sea para leerlos o simplemente coleccionarlos. Mientas, la ciencia ficción continúa de cara a la pared y con las orejeras de burro bien puestas, abonada a un terreno donde más allá de una docena de nombres y un puñado de títulos extra, existe un yermo en el que se han visto sepultados una serie de escritores principales y secundarios, en un maridaje uniformador; desde el presente, sin un buen bagaje, resulta complicado discernir la relevancia de unos y de otros. Especialmente si escribiste sobre todo relatos, y agravado por haber permanecido alejado de los mentideros del fandom. Tal es el caso de Robert F. Young. Young desarrolló su carrera desde un cierto anonimato, fiel al formato breve hasta el punto que sus únicas cinco novelas comenzaron a aparecer cuando pasaba de los 60, la primera publicada en 1975 directamente en francés (la lengua en que está escrita). The Worlds of Robert F. Young fue su primera colección de relatos y abarca siete años de carrera literaria, los que van desde 1955 a 1962. Algo que no tiene mayor misterio; su primera edición fue en 1965.

Sin haber leído nada fuera de ese intervalo, es difícil hacerse una idea de lo representativos que pueden ser, pero invitan a abrir la cuestión de si el olvido en que ha caído es merecido, como el enésimo buen artesano perdido entre líneas de la historia de la ciencia ficción, o si en la escritura de relatos llegó a estar en la categoría de los Matheson, Sheckley, Bradbury… En estas páginas hay cuentos potentes que se zambullen dentro de la ciencia ficción de los cincuenta y ponen sobre la mesa las inquietudes de aquellos años, desde la fiebre por el consumo a la hipocresía detrás de los EE.UU. de los suburbios, pasando por otras cuestiones más personales como el origen del arte y las tensiones sobre su creación o su relación con la sociedad en la que emerge. En este sentido, la crítica de liberalismo económico evidente en una mayoría de cuentos ponen a Young como un narrador próximo a los valores de Sheckley, Pohl o Kornbluth, quizás sin su contundencia y filo, fiel a un trazo más melancólico cercano a Bradbury.

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The Penguin Science Fiction Omnibus, selección de Brian Aldiss

Science Fiction OmnibusLas antologías de ciencia ficción, y en general cualquier antología, corren un riesgo muy evidente: la irregularidad de su contenido puede desvirtuar el conjunto. También es cierto que esa misma heterogeneidad puede ser lo que atraiga, lo que anime a leer hasta el final por la esperada recompensa de encontrar algo bueno. Para eso es importante conocer el criterio de selección del libro, que ya puede ser un repaso cronológico o historicista al género, o tener un tema específico como eje vertebrador, o –y ahora paro con esta enumeración innecesaria–, ser una antología de los cuentos más representativos de alguna literatura foránea. La antología de este comentario, la Penguin Science Fiction Omnibus, no tiene, o yo no le he sabido ver, mayor motivación que la del libre criterio del antólogo: Brian Aldiss. Es la suma de tres antologías previas, también orquestadas por Penguin, preparadas también por Aldiss, y la selección viene a demostrar que, si los cuentos son buenos, y la mayoría siguen despertando sensaciones, ideas o imágenes tonificantes en nuestra imaginación lectora, entonces el mejor criterio puede ser también, o quizá debiera ser sólo, la excelencia de los textos.

No hay espacio aquí para ir cuento por cuento. Con más de 600 páginas, la antología se compone de 36 cuentos de 31 autores, y entre el más antiguo y el más reciente, vamos a decir “reciente”, mejor (porque es de 1962), hay una diferencia de 21 años. Hay, además, una presencia equitativa de los distintos subgéneros de la ciencia ficción, cosa que se agradece.

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Fracasando por placer (I): Nueva Dimensión nº 98, 1978

 

The Marching morons

Durante años, tuve la intención de contribuir a elevar el debate en el fandom español a través de mis reseñas, de conseguir llamar la atención de contenidos interesantes que pudieran pasar inadvertidos. El número de lectores no ha crecido (sí el de participantes en ese debate, hasta generar un nivel de ruido abrumador), el nivel tampoco ha mejorado, y en líneas generales se puede considerar que mis intenciones no tuvieron éxito alguno. Quizá por eso dejé de escribir ese tipo de material sin proponérmelo, por pura pereza. Sin embargo ahora se me ocurre que quizá todo se resuelve tan sólo si abandono toda esperanza relevante, si asumo el fracaso. Así que la idea que arranco aquí es la de hacer reseñas de contenidos que leo por gusto (discutible), por mucho que esos materiales no le importen a nadie. Y aprovechar el tirón para contar cosas que quizá sí interesen a alguien, pero que desde luego no aportarán nada significativo.

Nueva Dimensión

Bien, mi elección totalmente aleatoria y carente de justificación es en esta ocasión la de uno de los números de la etapa de transición en la que Nueva Dimensión, la más longeva revista de ciencia ficción nunca publicada en España, estaba a punto de irse al garete. La distribuidora les había hecho un agujero importante. Domingo Santos seguía trabajando en una sucursal bancaria (se explica en el propio correo de la revista), mientras los otros dos integrantes del triunvirato fundador, Luis Vigil (que se escribe un editorialito contra la pena de muerte) y Sebastián Martínez, estaban totalmente en otras cosas. Parece ser que Carlo Frabetti y Augusto Uribe llevaban una notable porción del trabajo, y poco después Santos se quedaría como responsable a tiempo completo, aunque no borrara de la mancheta de crédito a sus viejos socios Vigil y Martínez.

Es, por tanto, un número un poco de retalillos. Fue recordado luego, sobre todo, por la inclusión de un texto que el doctor José Botella Llusía había publicado unos meses antes en El País. Botella, ex rector de la Complutense, fundador de la Sociedad Española de Fertilidad y tío de Ana Coffee With Milk in Plaza Mayor, tuvo la peregrina idea de mojarse con la cuestión de la disgenesia bajo el título «¿Vamos hacia una subespecie humana?». Con frases de tan rico sabor a turrón como «temo que una de las consecuencias negativas de la, por otra parte, necesaria limitación de los nacimientos, sea una proliferación de los subnormales». Lo cual viniendo de un señor que estudió en los años treinta en Alemania digamos que ya tal.

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