Hacía tiempo, mucho, que no se publicaba una colección con los mejores relatos de un escritor clásico de ciencia ficción. Y la situación entra en terreno desconocido cuando tienes en cuenta que el libro está confeccionado íntegramente desde España, con una misma persona encargándose de la selección, la traducción y un estudio introductorio exhaustivo que expone y contextualiza su contenido. Una edición de la cual no disponen en unos EE.UU. donde, ahora mismo, no parece haber masa crítica para algo remotamente parecido. Viendo el curso del mercado, lo más probable es que aquí tampoco, pero ya solo por lo comentado bastaría para utilizar el término imprescindible para calificar La plaga de Midas y otras distopías contra el capitalismo y dejar la recomendación en este simple párrafo. Un volumen sin cantos pintados ni más ilustraciones que la de su cubierta, obra de un inspiradísimo Alejandro Terán. Cualquier editor de ciencia ficción orgulloso de su labor se sentiría ufano de incluir un libro así en su catálogo.
Sí que, para disfrutarlo, demanda un cierto gusto por los relatos tal y como se concebían en las décadas de los 50, los 60 y los 70, cuando las recetas de taller no anegaban las revistas y La Idea y su desarrollo eran la columna vertebral de la mayoría de historias. Basta fijarse en “La plaga de Midas”, la novela corta de 1954 que abre el libro. Una prueba de cargo sobre el contenido político de la ciencia ficción donde Frederik Pohl mantiene el ardor guerrero de Mercaderes del espacio para abofetear al capitalismo fordista a mano abierta. Su intensidad hace pensar en los sopapos más sonoros de Bud Spencer.
Sátira de la racionalización industrial
“La plaga de Midas” explora una noción muy arraigada en EE.UU.; tanto como raro es que no la enuncie cualquier habitante de aquel país al que preguntes por esa necesidad de vivir a crédito. En gran medida, los cimientos de la economía dependen del gasto de toda la masa salarial, presente y futura, y el ahorro se considera un anatema que pone en peligro la fuente de la cual emana la riqueza. Poco importa que los productos (y ahora servicios) sean necesarios. La rueda continúa girando porque el dinero se pone en circulación nada más entrar en tu cuenta a base de adquirir un vehículo más grande, actualizar el modelo de teléfono, comprar el cuarto televisor para una casa que ya tiene dos más de los necesarios…
El entramado ideado por Pohl trae por el camino de la amargura a su protagonista, azorado para cumplir con la cuota mensual de gasto que tiene asignada su familia. Cada mes debe cubrirla para ser un ciudadano productivo y no ser sancionado con un incremento. El esfuerzo resulta tan abrumador que se ve obligado a todo tipo de triquiñuelas para evitar el castigo.
La inventiva para apretar a este Mitchell Courtenay de la vida es una de las mayores fuentes de diversión de “La plaga de Midas”, ya sea en ese objetivo de llegar al cupo o en su relación con su esposa; un matrimonio puesto en cuestión por la diferencia de clases, con su mujer proveniente de un estrato más alto, necesitado de satisfacer una contribución menor. En sus idas y venidas alrededor de ambos núcleos saca filo a una especulación que adquiere tintes kafkianos, particularmente aguzada al exponer las debilidades de la sociedad de consumo, sus desigualdades y, sobre todo, la imposibilidad de escapar a sus mecánicas. Hay rebelión contra un estatus injusto y una manifiesta imposibilidad de cambiar el sistema, o salirse de él. Como prueba en sus carnes, el capitalismo llega a asimilar la rebelión hasta convertirla en parte de la renovación de su propia maquinaria.
Es aquí donde empiezo a notar esta reseña influenciada por el excelente estudio que ha escrito Julián Díez, afinado por unas notas a cada relato donde termina de sacarles punta. Me resulta complicado aportar interpretaciones que no haya tratado antes, ya sean provenientes de su lectura o de los estudios/ensayos/textos diversos de no ficción que cita. Y esta es una de ellas. Seguramente haya más, así que pido disculpas de antemano.
Volviendo a “La plaga de Midas”, los entresijos de su argumento obedecen a dinámicas del consumo de masas post Segunda Guerra Mundial. Más allá de ese capitalismo capaz de colonizarlo todo, no hay un atisbo del postfordismo de este comienzos de siglo XXI. Sin embargo, la precisión de la trama, la inventiva detrás de la especulación y cómo revelan las contradicciones del sistema, la peripecia vital del protagonista y los giros a los que debe enfrentarse, convierten su medio centenar de páginas en un maquiavélico tour de force a la orden del día.
Otras distopías contra el capitalismo
Tras esta novela corta nos encontramos con “El túnel bajo el mundo” (1955), un relato que participa de la psicosis de los cuentos de la época de Philip K. Dick o novelas posteriores suyas o de Daniel F. Galouye, con un argumento ligado al mundo de la publicidad que Pohl conoció durante un breve periodo como redactor en una agencia de Madison Avenue. Su protagonista está atrapado en la repetición de la misma jornada, algo que se subraya con la cita de la misma fecha en los diferentes capítulos en los que está dividido, las sensaciones alrededor de algún tipo de trauma que ha padecido y otras reiteraciones, en su mayoría relacionadas con las técnicas para venderle determinados productos. Todo le conduce a empaparse de la paranoia que lo posee e indagar en las causas desde un extrañamiento que le dirige hacia un desenlace que aúna la imaginación pulp y esa instrumentalización de nuestras vidas por el capitalismo hasta que se convierten en parte del menú.
Esa alienación de los personajes es también evidente en otros cuentos como “Los censistas” (1956), un relato breve sobre el abismo burocrático detrás de la elaboración de un censo y lo que supone salirse de las normas. Lo desproporcionado de las situaciones que describen funcionan bien dentro de la sátira que preside estos primeros cuentos, la mejor representación de lo que Kingsley Amis etiquetó como comic inferno. “Los censistas” es, además, el primero de la media docena de relatos inéditos aquí incluidos. Si tenemos en cuenta que el resto apenas habían sido traducidos una o dos veces, en su mayoría en títulos con medio siglo a sus espaldas, se entiende la relevancia de La plaga de Midas y otras distopías contra el capitalismo.
Fijémonos en “El día que cerró la fábrica de carámbanos” (1960), con una publicación en uno de los tomos que dedicó la editorial Aguilar. Su vertiente distópica cuenta aquí con matices propios del capitalismo tardío causados por el cierre de la fábrica que sostenía la economía planetaria. Su producción se ha desplazado y quienes dependían de ella se han visto obligados a reinventarse a través de nuevos empleos en el sector servicios, con la opresión que supone ese trabajo aupado a un nuevo nivel de alienación. Este cariz desemboca en una trama judicial que Pohl mueve con pericia entre la ligereza de su imaginería pulp y la gravedad necesaria para atizar a la flexibilidad laboral, la dilución de la jornada de trabajo, la explotación, el paro como instrumento coercitivo…
Este cuestionamiento constante de la sociedad de su época es una manifestación del compromiso de Pohl. Miembro del partido comunista antes de la Segunda Guerra Mundial, alistado en el ejército para luchar contra el fascismo, evidencia su desasosiego ante una multitud de temas y su visión progresista al tratarlos. Y no se puede decir que haya mucha repetición en los dieciséis cuentos aquí recogidos. Como se cita en la cubierta trasera, aparecen
hiperconsumismo, la omnipresencia de la publicidad, la consolidación de las oligarquías, el uso de la tecnología para explotar a los trabajadores, el racismo, las pandemias, los límites éticos de la medicina, las nuevas mayorías resignadas y hasta las aplicaciones para encontrar pareja.
Con esta variedad, aunque haya una perspectiva de mundo coincidente, no hay dos relatos ni remotamente parecidos, lo que contribuye a la amenidad del conjunto.
La capacidad de sorpresa también se experimenta en la diversidad de giros finales, en su mayoría muy logrados, caso de “Cachiporra” (1961), con sus alienígenas interesados en practicar costumbres humanas a cambio de su conocimiento y tecnología. Pero también acierta a salirse de los raíles al transmitir una idea de una manera poco común, como en “Día Millón”. Considerado uno de los mejores cuentos de la historia de la ciencia ficción, esta extravagancia publicada en 1966 se establece desde un narrador que se lanza a degüello sobre los posibles prejuicios de género e identidad del lector a partir de la adaptación a nuevos entornos, la evolución y el transhumanismo. La construcción que hace del vínculo entre dos personas nacidas como hombres y que se han conocido dentro de unos cientos de años (ese Día Millón) puede sorprender, sobre todo porque apareció en la revista Rogue, con una audiencia no familiarizada con las elaboraciones habituales en el género. La elocuencia de su retórica y cómo conduce a la noción de futuro como compromiso con el cambio siguen funcionando como el primer día, sesenta años después de haberse editado.
Inéditos con sustancia
Hay un puñado de relatos que no habían sido traducidos hasta ahora. El mejor me ha parecido “Crecer en la ciudad límite”. Publicado en 1975 en la antología Epoch, es la historia más chunga de las aquí reunidas. Un relato sobre un joven que escapa de su ciudad para darse de bruces con lo que hay más allá de los muros que han construido a su alrededor y cómo se sirve de ese conocimiento. Pohl explota las consecuencias de la represión para crear monstruos. También muestra la metamorfosis de su estilo durante estos años en los cuales escribió sus mejores novelas en solitario. Sigue teniendo ciertas hechuras de cuento pulp de década y media atrás, con la sucesión de neologismos y descripciones precisas de esa vida en una sociedad futura apretada por un gobierno omnímodo. Pero prescinde del estilo ligero y humorístico del comic inferno para detallar una atmósfera más densa propia de un entorno sofocante en el que macerar la reacción de su protagonista, eficazmente desconectado de sus emociones humanas, de los opresores y del resto de oprimidos.
“De paseo por el festival de La Lotería” (1983) retoma la crítica a esos EE.UU. donde el contrato social ha saltado por los aires al cercenarse cualquier atisbo de estado del bienestar. Su retrato de cómo una familia se somete al más puro azar para encontrar un modo de subsistencia es un abismo incómodamente común para quienes estamos preocupados de terminar atrapados en la utopía de la escuela de Chicago. Quizás el final entra en la vía de lo demasiado efectista, pero hay una plausibilidad que sorprende por su afinado. Algo que se puede extender a “La paradoja de Fermi”, el relato breve con el que ganó el premio Hugo de 1986 donde plasma el miedo al apocalipsis nuclear de la época. Este cuento se impuso a relatos a mi modo de ver superiores como “Nieve“, de John Crowley, o “Cena en Audoghast” de Sterling, lo que incide en su popularidad.
Más juguetones resultan “Al servicio del pueblo” (1983) y “Criticidad” (1984), el primero sobre los derechos que ganan las máquinas hasta el punto de competir en unas elecciones con los políticos que se los dieron, y el segundo sobre un prestigio social sostenido sobre la continua valoración de las interacciones humanas. Ambos exhiben cómo Black Mirror se hacía décadas antes de Black Mirror con la misma efectividad sin caer en el tremendismo y combinando pesimismo con un afecto en las relaciones que los hacen mucho más humanos sin sacrificar su capacidad para señalar.
Las colaboraciones con Kornbluth
La prematura muerte de Cyril Kornbluth en 1958 truncó una de las colaboraciones más fructíferas de la ciencia ficción hasta ese momento. Es difícil saber cómo habría evolucionado si hubiera sobrevivido a aquel prematuro ataque al corazón, con ambos involucrándose cada vez más en el tejido editorial de las revistas de la época. Sea como fuere, es una suerte que Pohl se decidiese a terminarlos y acreditar a Kornbluth como coautor. El mejor me parece “La reunión”, premio Hugo al mejor relato corto de 1973; una muestra de cómo a partir de algo tan cotidiano y rutinario como una reunión escolar aparece lo insólito. Las dificultades de aprendizaje de un niño con serios daños neurológicos dan pie a un dilema ético con un desenlace sostenido sobre una decisión que no se afirma. Mola ese desarrollo desconcertante donde la ciencia ficción acecha y se libera desde ese novum que pilla de improviso, en un sondeo moral de la familia y del propio lector, abandonado al suspense y sus dudas.
En este sentido de ponerte en situaciones comprometidas a partir de un escenario denso opera “Tam, mudo y sin gloria” (1974). La recreación de la vida de un campesino en los inicios de la baja Edad Media, cuyas extenuantes jornadas de trabajo entre la pobreza y la brutalidad son rotas por ensoñaciones que apenas acierta a comunicar. Hacen pensar en él como una persona que en otro tiempo se habría dedicado a algo más creativo. Sin embargo, en este contexto, no hay escapatoria. La superstición y la violencia condenan a una existencia inmisericorde.
Los otros dos cuentos con Kornbluth son “Pesadilla con Zeppelines” (1958) y “El mundo de Myrion Flowers” (1961). Presentan de nuevo temas con mordiente (el colonialismo, la guerra fría, la segregación racial) desde tratamientos que cuesta encontrar en los escritos por Pohl en solitario. Sobremanera un pesimismo ontológico donde se separa lo que sienten o experimentan los personajes de lo que observamos como lectores.
Las diez de últimas
Llegado a estas alturas cabe preguntarse por el sentido de acercarse a un libro así en 2026, en un mercado donde hace ya tiempo que se consumió el quijotismo de dar quilates a un catálogo incluyendo clásicos, más allá de los nombres de siempre (y ponerle media docena de ilustraciones a página completa). Si lo escrito hasta ahora no fuera suficiente, me quedan dos argumentos.
La plaga de Midas y otras distopías contra el capitalismo es la demostración del compromiso que permite la ciencia ficción con una visión del mundo. Una característica que reafirma la idoneidad del género para tratar el presente y el futuro de nuestra sociedad. Es posible que en algún cuento eso ocurra de manera harto evidente y directa, con una estética muyyyyy de su tiempo. Sin embargo, como he afirmado, las ideas puestas en juego por Pohl, la mayoría de tratamientos, su incisivo sentido del humor, les permite a la inmensa mayoría conservar su pegada como si hubieran sido escritos ayer. En escasas ocasiones se encuentra un libro que, desde la ficción, abarque con esta amplitud e ingenio los problemas que desgarran la sociedad de su país y, por extensión, del resto del orbe occidental.
También es la oportunidad de reafirmar la pretendida madurez de la ciencia ficción en un mercado en decadencia. Mientras otros géneros como el terror son capaces de mantener una editorial como La biblioteca de Carfax, donde novedades y títulos con décadas a sus espaldas se suceden sin fricciones; o una colección como Gótica de Valdemar, con unos libros añejos que, desde el coleccionismo fetichista, abarcan la recuperación de grandes clásicos y autores menores, apostar por La plaga de Midas y otras distopías contra el capitalismo puede enviar el mensaje que desde la ciencia ficción también se desea algo así.
Además, lo que ha consumado Julián Díez en su condición de hombre orquesta es algo insólito de lo que debiera ser más común. No un estándar, porque llegar al nivel de su estudio inicial sobre la vida y obra de Pohl queda casi restringido a ediciones críticas como las de Letras populares de Cátedra. Pero sí como una dosis contundente para redescubrir el potencial para la ficción breve de un género que durante décadas se nutría casi exclusivamente de este formato.
Existe un universo alternativo en que en los próximos años nos llegan volúmenes con los mejores cuentos de grandes autores que merecen algo así y de los que por aquí casi nadie se acuerda (Leiber, Silverberg, Disch, Ellison) o se nombran más que se leen (Tiptree, Jr.; a lo sucedido con Una mirada a Alice B. Sheldon me remito). Nos merecemos vivir en él.
La plaga de Midas y otras distopías contra el capitalismo (Alamut, 2026)
Selección, traducción y estudio: Julián Díez
Tapa dura. 352pp. 24,95€
Ficha en la tienda Cyberdark.net
