La maternidad es uno de los muchos pivotes de la literatura de terror, más desde que el horror corporal ha colonizado la atención del público. Ejemplos hay incontables pero me resulta complicado de encontrar uno más polisémico que este Donde yo termino, de Sophie White. Una novela cuyo terror surge de algo tan cotidiano y socialmente elevador como el cuidado; de tus descendientes o los progenitores cuando no pueden valerse por si mismos, pero también de tus semejantes en una sociedad incapaz de protegerles y con un potencial para producir sufrimiento equivalente al de las personas.
La narradora de Donde yo termino es una joven, Aoileann, que relata cómo se ocupa de su madre. Por un motivo que tardará en descubrir, quedó atrapada en un estado próximo a la muerte en vida y necesita de la atención diaria de Aoileann y su abuela. Esta rutina, cómo ambas se encargan de su higiene, sus curas, su alimentación, adecentarla para las visitas del padre, se describe desde una obsesión por el detalle que dificulta mantener la mirada. Los primeros capítulos son una ordalía constante donde la narradora cuenta un ritual con un registro que no deja resquicios a la duda sobre su desagrado. Cada adjetivo, cada símil, cada imagen, entra en el plano de lo desagradable sin un atisbo de cariño. Basta decir que en su relato, su madre es “la cosa”. Desde que tiene recuerdos vive atrapada en ese purgatorio y la caldera de su mente acumula presión que sale con pequeñas manifestaciones de crueldad; psicológicas pero también físicas. Bolas de nieve que echan a rodar por la ladera y plantan las primeras reverberaciones de una resonancia cuyas consecuencias cuesta prever en estas primeras páginas.
Esta rutina se rompe con la llegada de Rachel y su hijo recién nacido Seamus. Aoileann queda fascinada por ella; por su aspecto, su trabajo como artista y, sobre todo, por lo que atañe a su entrega al niño, en sus hábitos, en la energía dedicada, en los peajes de su cuerpo, el cariño que muestra en público… Y ahí empieza un acercamiento y cortejo en el que se van a desencadenar toda una serie de comportamientos destinados a realimentarse con su “cuidado” de “la cosa”. Establecen un diálogo cuya incomodidad va a crecer hasta niveles rayano lo insoportable cuando, en el último tercio de la novela, sea Seamus el sujeto de su atención.
No utilizo gratuitamente el calificativo de insoportable. White se emplea a fondo a la hora de crear esa textura enfermiza en la descripción de los quehaceres de la narradora con la elección de cada palabra, muchas veces poniendo en duda que alguien con esa crianza tenga tal amplitud de vocabulario o gramatical; orales o escritos, tanto da. Y en el catálogo de conductas. Primero con su madre, después en su acecho a Rachel, posteriormente en su intimidad cuando esta le abre las puertas, y finalmente en la resolución. En lo pormenorizado de su testimonio, en un comportamiento exento de culpabilidad, en lo inquietante de sus justificaciones y en unos efectos que hacen pensar que los escasos juicios que llegan desde fuera (su abuela, el resto de habitantes de la isla) terminen pareciendo acertados.
Este es el sustrato del cual germinan las vertientes sobre la maternidad sembradas en Donde yo termino, caso de los vínculos con el lugar donde has nacido y la realimentación con sus costumbres, su cultura y su pasado. Esta capa se intuye a través de alguna tradición que la narradora cuenta a Rachel, pero también en las reacciones de los habitantes de la isla cuando se topan con Aoileann o la clandestinidad del modo de vida en su casa, de espaldas al resto de la isla, implícita y explícitamente, en un feedback constante con las otras relaciones materno-filiales.
El entramado de significados habla de crecimiento, sacrificio, dedicación, altruismo y culminación, pero también de abnegación, sufrimiento, ansiedad, riesgo y peaje. En los vínculos hay una reciprocidad cuyo peso depende de circunstancias internas y externas expuestas en toda su amplitud sin llegar a enfatizarlas y sacarlas del subtexto. Soterradas, a la vista para quien desee rascar, aumentan esa acción insidiosa mientras se enroscan a las más fehacientes, conduciendo hacia la metamorfosis final. Ese momento en el cual los pecados del pasado, imposibles de dejar atrás, quedan al descubierto y se produce una catarsis liberadora, en la línea de clásicos de la literatura neogótica centradas en el crecimiento y los ritos de paso como Siempre hemos vivido en el castillo o La fábrica de avispas.
Es interesante esta lectura por cómo se afronta esa suma de lugar, tradición, hábito, amor desde la primera persona de quien descubre el mundo con una percepción viciada de origen, pero también como ficción del trauma tal y como Ismael Martínez Biurrun y Carlos Pitillas describían en Soy lo que me persigue. En este aspecto el trabajo de White es meritorio, con capas llenas de enjundia, caso de los atisbos legendarios/sobrenaturales sobre la procedencia de Aoileann y el mal que la rodea. Enriquecen una narración por otro lado materialista, directa y al pie. Algo a valorar en estos tiempos tan dados a los tochales gratuitos.
Donde yo termino, de Sophie White (La Biblioteca de Carfax, 2025)
Where I End (2022)
Traducción de Natalia Cervera
240pp. Rústica. 22 €
Ficha en la Tercera Fundación