La maternidad es uno de los muchos pivotes de la literatura de terror, más desde que el horror corporal ha colonizado la atención del público. Ejemplos hay incontables pero me resulta complicado de encontrar uno más polisémico que este Donde yo termino, de Sophie White. Una novela cuyo terror surge de algo tan cotidiano y socialmente elevador como el cuidado; de tus descendientes o los progenitores cuando no pueden valerse por si mismos, pero también de tus semejantes en una sociedad incapaz de protegerles y con un potencial para producir sufrimiento equivalente al de las personas.
La narradora de Donde yo termino es una joven, Aoileann, que relata cómo se ocupa de su madre. Por un motivo que tardará en descubrir, quedó atrapada en un estado próximo a la muerte en vida y necesita de la atención diaria de Aoileann y su abuela. Esta rutina, cómo ambas se encargan de su higiene, sus curas, su alimentación, adecentarla para las visitas del padre, se describe desde una obsesión por el detalle que dificulta mantener la mirada. Los primeros capítulos son una ordalía constante donde la narradora cuenta un ritual con un registro que no deja resquicios a la duda sobre su desagrado. Cada adjetivo, cada símil, cada imagen, entra en el plano de lo desagradable sin un atisbo de cariño. Basta decir que en su relato, su madre es “la cosa”. Desde que tiene recuerdos vive atrapada en ese purgatorio y la caldera de su mente acumula presión que sale con pequeñas manifestaciones de crueldad; psicológicas pero también físicas. Bolas de nieve que echan a rodar por la ladera y plantan las primeras reverberaciones de una resonancia cuyas consecuencias cuesta prever en estas primeras páginas.