La maternidad es uno de los muchos pivotes de la literatura de terror, más desde que el horror corporal ha colonizado la atención del público. Ejemplos hay incontables pero me resulta complicado de encontrar uno más polisémico que este Donde yo termino, de Sophie White. Una novela cuyo terror surge de algo tan cotidiano y socialmente elevador como el cuidado; de tus descendientes o los progenitores cuando no pueden valerse por si mismos, pero también de tus semejantes en una sociedad incapaz de protegerles y con un potencial para producir sufrimiento equivalente al de las personas.
La narradora de Donde yo termino es una joven, Aoileann, que relata cómo se ocupa de su madre. Por un motivo que tardará en descubrir, quedó atrapada en un estado próximo a la muerte en vida y necesita de la atención diaria de Aoileann y su abuela. Esta rutina, cómo ambas se encargan de su higiene, sus curas, su alimentación, adecentarla para las visitas del padre, se describe desde una obsesión por el detalle que dificulta mantener la mirada. Los primeros capítulos son una ordalía constante donde la narradora cuenta un ritual con un registro que no deja resquicios a la duda sobre su desagrado. Cada adjetivo, cada símil, cada imagen, entra en el plano de lo desagradable sin un atisbo de cariño. Basta decir que en su relato, su madre es “la cosa”. Desde que tiene recuerdos vive atrapada en ese purgatorio y la caldera de su mente acumula presión que sale con pequeñas manifestaciones de crueldad; psicológicas pero también físicas. Bolas de nieve que echan a rodar por la ladera y plantan las primeras reverberaciones de una resonancia cuyas consecuencias cuesta prever en estas primeras páginas.

Confieso que cometí el error de ver El exorcista, la cinta seminal del subgénero de posesiones y familias amenazadas por entes diabólicos infernales, ya con veintimuchos y en plan listillo, así que he de reconocer que el relato de unos señores mayores fuertemente armados con rosarios, cruces, agua bendita y el Tubular Bells, enfrentándose a las gamberradas de un demonio que parecía un secundario de Desmadre a la americana o Los incorregibles albóndigas, no sólo no me impresionó demasiado, sino que además acabó por hacerme reír, convencido de que, muy probablemente, la película había sido generosamente financiada por el Vaticano. Visto ahora con la distancia y la serenidad de espíritu que da la vejez, es muy probable que la intención de William Friedkin fuese presentar de forma irónica el venerable relato que alimenta este subgénero; el de la autoridad divina y solar metiendo en vereda al impulso sexual femenino, libre y torrencial, que, sin la pertinente represión, amenazaría con sumir en el caos y la anarquía el orden social. Y es que si el género de terror anglosajón es, en general, y con excepciones, conservador en lo ideológico, este subgénero de posesiones, heredero moderno de la literatura gótica, es ya el epítome de los valores de la Iglesia y la reacción norteamericana; familias de bien amenazadas por demonios del averno que intentan subvertir el sagrado orden áureo familiar a base de tacos, gruñidos de death metal, chorreones de sangre menstrual y vómitos de colores. Algo que debió llamar la atención de Paul Tremblay, a quien imagino lanzándose a escribir 