La Cultura, muerte y resurrección de la space opera

I. Introducción

Normalmente, cuando el lector ajeno a la ciencia ficción contempla, lee o escucha alguna referencia al género, lo primero que se le viene a la cabeza son descomunales batallas entre naves espaciales, imposibles haces de láser resplandeciendo en el vacío y fanfarrias imperiales de fondo. Podemos explicarles pacientemente que la ciencia ficción es mucho más que eso, podemos hablar de las ucronías, las distopías, el hard, el soft, la new wave, el cyberpunk y lo que haga falta, pero en el subconsciente colectivo del resto de la humanidad en lo primero que piensa cuando se menciona la ciencia ficción es en La Guerra de las Galaxias. O sea, en la space opera. Y es que la tan denostada space opera es, para qué nos vamos a engañar, la temática, el epítome y el estigma pulp de la ciencia ficción, con sus desenfrenadas aventuras espaciales, sus escenarios deslumbrantes y su melodrama épico. Y, sobre todo, es el lugar donde se destila el sentido de la maravilla en su estado más puro, esa sensación adictiva que nos convirtió en aficionados a la mayoría y que nos hace volver una y otra vez a las estanterías marcadas con el letrero de ciencia ficción.

0078Banks.jpg El escocés Iain M. Banks era uno de estos aficionados, criado entre lecturas de Heinlein, Vance y Bester, cuando a mediados de los setenta decidió emular a sus ídolos pergueñando las aventuras de Zakalwe, la figura trágica de un mercenario socarrón y cabronazo contratado por «los buenos» para limpiar atascos en las cloacas de la alta política intergaláctica. Banks, a la hora de dotar de un trasfondo político y social a la parte contratante, decidió retorcer los elementos característicos de la space opera con el objeto de llevarlos al terreno de sus preocupaciones como escritor y en consonancia con las corrientes contraculturales izquierdistas de aquel momento. ¿Por qué no dar una vuelta de tuerca a los clásicos que se limitaban a proyectar en el futuro distante un reflejo simplista del mundo tal y como era en la época? Así, en vez de crear un universo poblado de recios cadetes espaciales de nombres anglosajones al servicio de Federaciones o Repúblicas de carácter inequívocamente norteamericano, tendríamos uno lleno de anarco-hedonistas de nombres exóticos e imposibles de pronunciar que poblarían la civilización ideal en la que a Banks le gustaría vivir: La Cultura. Inoculando de paso dolorosas dosis de realidad en la space opera mediante esa inyección letal llamada Pensad en Flebas, bofetada que despierta dolorosamente a todo el subgénero de un dulce sueño de aventuras irresponsables. Y una vez cometido el crimen sólo quedaba aprovechar el cadáver como fértil humus de donde extraer nueva vitalidad para que la space opera creciera fuerte y vigorosa de nuevo, capaz de hablarnos de cosas que nos afectan y nos importan, más allá del mero entretenimiento escapista.

¿Y qué es La Cultura? En el fondo no es sino otra variante del sueño maquinista. Es decir, usar de manera racional la tecnología y los recursos sin fin que ofrece el espacio para crear una sociedad anarquista, igualitaria y colectivista en la que no exista la explotación de humanos o máquinas por otros humanos o máquinas. En La Cultura todo es libre y gratis, las Máquinas –en este caso las Mentes, unas IAs autoconscientes y con status de ciudadanos libres– se encargan de cubrir todas las necesidades de sus habitantes administrando un sistema económico perfectamente planificado en una situación casi de simbiosis con los ciudadanos humanos. Más aún, a medida que avanza la serie queda cada vez más claro que son precisamente las máquinas las que manejan el cotarro mientras los humanos viven inmersos en una fiesta infinita. Pero una fiesta a lo grande, donde la población habita naves inmensas de kilómetros de largo o grandiosas estructuras orbitales que proporcionan millones de kilómetros útiles y libertad de movimientos sin tener que estar atados a un planeta, cosa vista como un poco pasada de moda y de civilizaciones atrasadas. Una sociedad donde se nace perfeccionado genéticamente, en la que puedes llegar a vivir más de cuatrocientos años en distintos cuerpos cuyas glándulas son capaces de generar todo tipo de drogas o pasarlos inmerso en mundos virtuales donde hacer reales tus fantasías por extrañas que sean. Donde puedes cambiar de sexo o aspecto cuando y como quieras. Incluso de la que puedes marcharte si ya te ha aburrido. Y en el que no existen las leyes. En caso de haber cometido algún delito de sangre, se sufre un ostracismo peculiar; ya no es uno invitado a más fiestas, lo que constituye un motivo de vergüenza gravísimo para un habitante de La Cultura. En definitiva, una sociedad que permite la total libertad a sus habitantes para decidir cómo ha de ser su vida. Irónicamente esta Dictadura del Robotariado administrada por Inteligencias Artificiales quizá sea la razón por la cual La Cultura resulte algo muy cercano a la Utopía, una civilización racional y humana en vez de una distopía de pesadilla, que es lo que suele ocurrir cuando los seres humanos ponemos en marcha sociedades ideales.

Pensad en Flebas

Pensad en Flebas

De modo que los habitantes de La Cultura llevan una vida mimada. Pero eso no quiere decir que no existan conflictos ni zonas oscuras, como iremos viendo según la serie avance y nuestra percepción de ella evolucione. Una de las fuerzas fundamentales que mueven a La Cultura como sociedad son las Buenas Acciones –la otra es la pura diversión–. Tal y como se explica en Pensad en Flebas, un sentimiento mezcla de mesianismo y culpabilidad por el bienestar del que goza, impulsa a la Cultura a tutelar civilizaciones inferiores, lo que constituye una interesante extrapolación de una neurosis muy típica de la sociedad occidental actual. Mediante Contacto –y Circunstancias Especiales, los servicios secretos, la agencia encargada de estos asuntos–, se ejerce una influencia discreta y, en principio, benéfica sobre las sociedades «atrasadas» de la galaxia conocida. Influencia que, como va descubriendo el lector, también tiene mucho de control social galáctico que incluye técnicas de eficacia contrastada tales como la manipulación, las mentiras, el chantaje y, si hace falta, el asesinato de masas. De ahí la afirmación del propio Banks acerca de que los conflictos en la serie de La Cultura son de tipo ético más que meras crisis de supervivencia.

Así que sobre este esplendoroso escenario galáctico se desarrollan las historias de La Cultura, donde, a pesar de todo, tienen más importancia las cosas que les ocurren a las personas que los acontecimientos a escala cósmica. Porque Banks tiene muy claro que las grandes historias las protagonizan esas mismas personas, aunque sobrepasen los cuatrocientos años de edad o tengan forma de maletín y floten en el aire. De esto se trata en la serie de La Cultura, de personas. Y de los libros, que trataremos a continuación.

II. Las novelas 

Pensad en FlebasPensad en Flebas (Consider Phlebas) – 1987

La obra da comienzo presentándonos a su protagonista cubierto de mierda hasta el cuello –literalmente– como si fuera una sutil metáfora de lo que le espera. Y a partir de ahí las cosas no hacen sino empeorar…

En este primer título de la serie Banks emplea el patrón clásico spaceoperístico que seguro les suena. En plena gran guerra cósmica entre dos fuerzas enfrentadas –La Cultura (humanoides buenos) contra los Idiranos (unos bichos feos, fanáticos y malos)–, Horza, un agente secreto capaz de cambiar de forma que trabaja para los Idiranos, intenta por todos los medios a su alcance, recuperar una Mente perdida de La Cultura con la que lograr alguna ventaja en la guerra. La primera en la frente; Banks se molesta en crear toda una civilización utópica y en el libro de presentación la vemos a través de los ojos del enemigo.

Pensad en Flebas podría ser el ideal platónico de la novela de aventuras galácticas que explota alegre y desvergonzadamente todos los tópicos del género; si vas a hacer una space opera hazlo a lo grande y con todas las consecuencias. Banks te da todo lo que esperas y más, espectáculo sin límites de presupuesto y cuanto más grande mejor; barcos gigantes navegando por orbitales en pleno desguace, batallas de naves dentro de naves de kilómetros de largo, grandes dosis de exotismo á la Vance, destrucción masiva a todos los niveles… Aventuras, diversión, humor perverso, incluso un toque macarra a lo «travesura de chicos». Es tan divertida como tener diez años y pasarse una noche con los amigotes en un hipermercado de juguetes para acabar rompiéndolos todos, tan divertida que seguro que tiene carretadas de defectos de los que soy incapaz de darme cuenta cuando la leo porque estoy demasiado ocupado pasándomelo en grande. Es la película de aventuras en el espacio que siempre quisiste ver. Pero…

Como ya veremos, los títulos de la serie de La Cultura no están escogidos a la buena de Dios y en este caso menos aún. Pensad en FlebasConsider Phlebas en el original–, pertenece a un verso de La tierra baldía [i], la famosa obra de T. S. Eliot sobre el desastre de la I Guerra Mundial –entre otras cosas–, lo que nos da una pista de por dónde van a ir los tiros, nunca mejor dicho. Flebas era un orgulloso marino fenicio que acabó por morir ahogado muy joven, un símbolo de la fugacidad de lo que ahora es altivo, vigoroso y bello. Y al acabar la novela reconoceremos a Flebas en la civilización Idirana, la misma Cultura o en nosotros mismos y en el ruido y la furia que vamos dejando a nuestro paso en un universo indiferente. Incluso en el epílogo, después de apabullarnos con las mastodónticas cifras de la guerra Iridiana, se nos aclara que fue una guerra breve y de poca importancia en el orden cósmico de las cosas.

Este tema de la futilidad se repite a escala más pequeña en la historia de Horza, relato de una lucha desesperada por llevar a cabo una misión por puros principios, luchando por lo que uno cree y obviando todo lo demás, hasta el punto de sacrificar aquellos a quienes ama por un objetivo que, en uno de los finales más emotivos que he leído, acaba revelándose inútil, sin sentido, incluso absurdo. Porque Banks, después de habernos entretenido con baratijas y golosinas, descarga el golpe brutal que venía preparando astutamente, frustrando todo lo que el aficionado a la space opera espera. Sí, nos lo hemos pasado muy bien con los juguetes, pero al final la realidad está ahí, tozuda, imparable como un tren de millones de toneladas de acero lanzado a toda velocidad contra nuestra cara, triturando los sueños de una infancia que al final se revelan falsos y desoladores. Porque Pensad en Flebas es una canción de amor a la space opera pero también un epitafio para comenzar de nuevo.

El jugadorEl Jugador (The Player of Games) – 1988

Una vez liquidado el trámite de hacer tábula rasa con la space opera, Banks ya es libre para comenzar con su particular visión del subgénero. Así que, después de haber contemplado La Cultura desde fuera nos sumergimos plenamente en ella, tratando un tema muy querido por Banks; los juegos. En concreto las estructuras políticas y económicas, las relaciones sociales y de poder contempladas como un conjunto de reglas que podrían considerarse como el juego definitivo y supremo.

El jugador más grande de La Cultura, Jernau Gurgeh, aburrido de su éxito y sintiéndose algo alienado respecto a sus contemporáneos, es invitado por Contacto a participar en un torneo de Azad, el juego nacional del Imperio de Azad cuyo ganador es coronado como Emperador. Un juego tan complejo como la vida misma y que vendría a ser un Civilization [ii] a lo bestia en el que uno no tiene muy claro si es el Imperio el que ha creado el juego o si es el juego el que da forma al Imperio como la coincidencia de nombres indica. Así, seguiremos las peripecias de Gurgeh a través de una frenética sucesión de partidas-enfrentamientos, tejemanejes de La Cultura, pullas de su robot asistente Mawhrin-Skel y las manipulaciones que sufre el propio Gurgeh y nosotros mismos como lectores hasta el apoteósico final donde importará más el conocimiento interior que gana Gurgeh que la victoria en el juego del Azad. Y nunca tenemos claro quién es el Jugador del título; si Gurgeh, el dron que le acompaña, Contacto o el mismo Banks.

En esta novela Banks nos ofrece quizá el título más sólido de la serie y el que constituye la favorita para la mayoría de los fans. Huye de fuegos artificiales, tanto de parafernalia spaceoperística y espectáculo como de estructura y forma, y el argumento enseguida adquiere una dirección muy clara, al contrario de lo que sucedía en Pensad en Flebas, construida a base de varias mini-aventuras hilvanadas alrededor de un leve mcguffin. Por supuesto, es adictiva, divertidísima, brillante y derrocha imaginación, incluso no escatima toques de crítica social; en el pasaje de la novela en que Mawhrin-Skel acompaña a Jurgeh a los peores barrios de Azad, Banks enfrenta de algún modo a su Cultura –la utopía colectivista– contra un Azad reflejo de los valores de la Inglaterra thatcheriana, vigente en la época de redacción de la novela, en un literario y curioso ejercicio de ajuste de cuentas político.

Definitivamente ésta es la mejor novela para iniciarse en la serie de La Cultura si no quieres o no puedes leerlas cronológicamente. Si no te gusta El Jugador no te va a gustar ninguna.

El uso de las armasEl uso de las armas (Use of Weapons) – 1990

Ésta fue la primera historia de La Cultura que escribió Iain Banks a mediados de los setenta, una novela de estructura muy compleja que según el propio Banks era imposible de comprender a no ser uno fuera capaz de pensar en seis dimensiones. Para alivio de los futuros lectores, el manuscrito inconcluso cayó en manos de Ken McLeod, quien sugirió a Banks que modificase el momento clave de la novela –que en el original estaba situado a mitad– siguiendo el clásico modelo «sorpresa final que cambia todo lo que has leído hasta entonces». Y lo demás es historia.

El uso de las armas trata sobre eso mismo, las armas. Pero todo tipo de armas, desde el mismo protagonista, Cheradenine Zakalwe, un mercenario contratado por Circunstancias Especiales, hasta una silla, pasando por un destructor, una riada, un dron o palabras que pueden hacer más daño que un misil cuchillo. Es la novela más compleja de la serie con la excepción de Excesión. Su estructura es de cuidada y artificiosa construcción que ya de por sí acaba con un Prólogo que da nuevo significado a todo lo que habíamos leído hasta entonces.

En El uso de las armas se van alternando dos historias que en un principio no tienen mucho que ver entre sí hasta que no ha transcurrido buena parte de la novela; una principal, que va de presente a futuro en el tiempo narrativo, protagonizada por Dziet Sma, una componente de Circunstancias Especiales cuya misión es encontrar a Cheradenine Zakalwe, antiguo mercenario al servicio de la Cultura actualmente en paradero desconocido, con el objeto de que convenza a Tsoldrin Beychae, un político antiguo amigo de Cheradenine, para que vuelva a la actividad y así evitar una guerra civil en el sistema Voerenhutz. Intercalada con esta trama se despliega otra, que va remontando la corriente temporal narrativa de presente a pasado y que nos relata diversos episodios bélicos sufridos por Cheradenine, cansado y aburrido de la guerra, de las intrigas y manipulaciones de Circunstancias Especiales y de la vida misma, a la vez que nos va iluminando sobre su pasado, su familia y el horror que le produce la visión de una simple silla.

Ambas líneas argumentales colisionan en un momento cumbre; la resolución del misterio de la silla, no apto para estómagos débiles. Es la piedra maestra que sostiene la novela y que nos revela la verdadera dimensión del personaje de Cheradenine. Además, dos codas finales rematan la historia dejando abierta la interpretación de la novela: cómo la historia de Cheradenine puede o no afectar a Sma y si el mismo Cheradenine queda libre o no de la carga de su pasado.

La mayor fuerza y la mayor debilidad de El uso de las armas reside en esa sorpresa final que resulta quizá demasiado artificiosa; enseguida nos damos cuenta que la historia principal no es más que un mcguffin sin importancia destinado a dar algo de cuerpo aventurero a la novela. Porque, como ocurre en otras aventuras de La Cultura, no es la peripecia, la acción y el premio final lo que importan, sino el conocimiento que obtiene Cheradenine sobre sí mismo y sus actos. Es la aventura vista como descenso a los infiernos del conocimiento espiritual para acabar descubriendo que ese conocimiento sobre nosotros mismos que deseamos con tanto ahínco, es un regalo envenenado y la condena es seguir con la misma vida que uno detesta, privado del descanso, el amor y la redención.

ExcesiónExcesión (Excession) – 1996

La novela surgida de una partida al Civilization. Andaba un día Banks enfrascado en el Augusto Juego cuando apareció el destructor de una civilización rival en las prósperas costas de sus dominios; ¿cómo vérselas con él si no disponemos de otra cosa que patéticos barquichuelos de vela? Ahí se originó el concepto central de Excesión, el Outside Context Problem –Problema de Contexto Externo–, un objeto desconocido de tecnología extremadamente avanzada que aparece en nuestro universo de repente, surgido de la nada, sin que conozcamos su origen y su propósito.

Esto es, básicamente, el conflicto de Excesión. Banks, consciente de que está convirtiendo a las Mentes –y La Cultura por extensión– en seres infalibles e implacables, las enfrenta a un acontecimiento peligroso de verdad por lo incomprensible e imprevisible. Una gran esfera negra en el papel estelar de Outside Context Problem aparece de repente en los confines de la galaxia y toda la maquinaria –nunca mejor dicho– de La Cultura se enfrenta al enigma de cómo tratar un objeto misterioso que es impermeable a todo intento de comunicación. En medio de una complicada maraña de conspiraciones entre diferentes bandos de Mentes, se intenta localizar a la única superviviente de una expedición que tuvo contacto con dicho objeto un par de milenios en el pasado de la acción. Lamentablemente dicha superviviente vive en el interior una nave renegada que vaga por el espacio sin destino conocido. A partir de ahí se desata la aventura desenfrenada y exuberante, el poder y la gloria de la space opera en su máximo esplendor para acabar descubriendo que, ¡ay!, ese objeto inanimado que no hace absolutamente nada en toda la novela no es más que el símbolo, la horma del zapato, a cuyo lado toda la poderosa maquinaria de La Cultura no es nada.

Esta es la novela de La Cultura más ambiciosa. La cantidad de detalles e información que te arroja es impresionante; La Afrenta, la raza galáctica más despreciable que haya pasado por un libro de ciencia ficción, descomunales batallas espaciales entre naves inmensas, una extraña historia de amor, la existencia de razas galácticas para las cuales el universo es sólo uno más de los estados del ser hacia la definitiva sublimación al Nirvana Cósmico, personajes que aparecen sólo para morir un par de capítulos más tarde, cambios de sexo de uno de los protagonistas, la cosmología del universo donde se desarrolla La Cultura, mocosas pijas y naves, sobre todo naves espaciales, montones de naves, las niñas mimadas de Banks.

Las máquinas son los personajes principales de la novela y acaban por resultar más interesantes que los humanos, revelando la verdadera dimensión del papel de éstos en La Cultura. Asistimos a divertidísimos intercambios de correos electrónicos entre naves, naves de guerra psicópatas que llevan nombres tales como Sincero intercambio de ideas [iii], naves marginadas –meatfuckers, bonito palabro– que manipulan los cerebros humanos y recrean gigantescos dioramas de batallas en su interior. Hasta visitamos la realidad virtual donde las Mentes se divierten, su Civilization particular; the infinite fun space y aprenderemos hasta dónde pueden llegar para combatir el aburrimiento. Y por encima de todo nos daremos cuenta de cómo la abrumadora inteligencia de las naves y las Mentes que las gobiernan no necesariamente las convierte en frías e implacables, sino en seres complejos, falibles, incluso débiles.

Cuando leí por primera vez Excesión me superó. Tal y como presagia el título, exceso es la palabra. Si ya es difícil no liarse entre qué es una GSV, una GCU y una GOU, o una LSV y una ROU [iv], aquí la cosa llega al extremo. Todo lo que se cuenta es importante, los subargumentos se van enredando sin descanso alrededor de la trama central que va difuminándose progresivamente en una colorida textura de historias más pequeñas. Incluso Banks se permite lujos tales como introducir personajes con un importante papel en el devenir de la historia pasados dos tercios de la novela. La estructura es más complicada aún –y más caótica– que en El uso de las armas y el continuo cambio de escenarios puede llegar a resultar agotador.

No es el libro más indicado para iniciarse en el universo de La Cultura. Pero quien se atreva con esta novela compleja hasta el delirio verá recompensado su esfuerzo con el sentido de la maravilla en su máximo esplendor, el space opera luciendo toda su majestuosa pompa. Porque todo este complicado despliegue tiene una razón de ser; el mismo Universo es exceso en su estado más puro y definitivo. Y ya lo dijo un sabio; por el camino del exceso se llega a la sabiduría.

0158Inversiones.jpgInversiones (Inversions) – 1998

Después de visitar los más altos niveles cósmicos, Banks decide, con la clara voluntad de evitar rizar el rizo, descender a realidades más mundanas y ofrecernos el punto de vista de las civilizaciones «inferiores» que toman contacto con La Cultura. Una situación fácilmente extrapolable a las relaciones y conflictos que las sociedades occidentales mantuvieron –y mantienen– al entrar en contacto con culturas menos avanzadas.

En Inversiones los capítulos se van alternando con dos escuetos títulos. Primero El Doctor, que narra la historia de la doctora Vosill, médico del Rey –de origen divino, claro está– Quience, vista a través de los ojos de su ayudante Oelph, nativo de ese mundo y que constituye un retrato entregado y enternecedor en su admiración y amor soterrado por la doctora. Y El Guardaespaldas, donde el mercenario DeWar se las ve y se las desea para mantener a salvo de sus numerosos enemigos al Protector General UrLeyn, figura progresista y republicana rival del Rey Quience. En ambas historias se desarrolla una trama de intrigas palaciegas de ambiente medieval sin, aparentemente, ningún elemento de ciencia ficción. Donde ambos dos protagonistas ejercen cierta influencia en sus gobernantes y de los que adivinamos muy pronto lo que realmente son; agentes de La Cultura con puntos de vista contrarios sobre cómo tratar con esas civilizaciones atrasadas; la influencia benévola propugnada por la Dra. Vosill o el libre albedrío como sostiene DeWar.

De la conclusión del libro podemos extraer que la opinión de Banks coincide con la de Vosill pero, para variar, no puede evitar la ironía. Así, mientras la doctora consigue mejorar las condiciones de vida del reino donde ha trabajado, ese logro no deja de ser a costa de una grave pérdida emocional. Y el guardaespaldas, que no logra demostrar la veracidad de su punto de vista, pasa el resto de su vida viviendo feliz con la mujer que ama, dejándonos ante un juego de paradojas, como el antiguo símbolo del yin y el yan. Y aquí es cuando el título cobra todo su sentido.

Por cierto, esta es la novela por la cual NO hay que comenzar a leer la serie de la Cultura. No te vas a enterar de nada, no vas a coger ninguno de los chistes y las crípticas referencias a La Cultura te van a sonar a chino.

0161LooktoWindward.jpgLook to Winward – 2000

Cerrando el círculo. Ésta podría ser muy fácilmente la última novela de La Cultura. De nuevo el título está extraído del mismo fragmento del poema de T. S. Eliot que dio título a Pensad en Flebas y de nuevo ecos de la guerra iridiana de la primera novela de la serie.

La estructura, construida mediante tres líneas argumentales que se van alternando, ya es muy familiar. La luz originada en la destrucción de dos soles con sus superpoblados orbitales incluidos –tragedia que recuerda al bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, abundando en la comparación USA-Cultura– durante la guerra Iridiana está a punto de llegar al orbital de Masaq. Para conmemorar el acontecimiento, la Mente del mismo orbital Masaq, que fue responsable de esta destrucción, encarga a Ziller, un compositor que ha desertado de la raza Chelgrian, una obra musical que se estrenará en el mismo momento en el que la luz de los soles destruidos llegue al orbital. Al mismo tiempo Quilan, un militar chelgriano que ha perdido a su pareja durante la guerra de castas chelgrianas, llega a Masaq con el objeto de llevarse consigo a Ziller a su planeta de origen, además de ser el peligroso portador de otra misión secreta. Finalmente, en una aerosfera –dicho a lo bruto; una burbuja de aire grande como un planeta que flota en medio del espacio–, los behemothaurs, enormes criaturas aéreas, llevan una pacífica existencia intentando llevar a cabo sus rituales de apareamiento mientras son estudiados por Uagen, un habitante de La Cultura modificado genéticamente para habitar en dicha aerosfera.

La diferencia con las anteriores entregas de la serie, se nota enseguida, está en el ritmo. Lo que antes eran vertiginosas novelas de aventuras se transforman aquí en un pausado relato de tono crepuscular y melancólico marcado por los temas fundamentales del libro: el sentimiento de culpa de los supervivientes, los límites de la venganza, la responsabilidad de los actos que cometemos, la desolación ante la pérdida y la muerte y las distintas maneras de superar dicha pérdida y seguir adelante cerrando las heridas y encontrando la redención –o no–. Incluso Banks se aparta de la ambigüedad de anteriores novelas: La Cultura no sale muy bien parada y queda claro que la Utopía de marras no es más que otro paso intermedio en la escala evolutiva de las civilizaciones cósmicas.

A pesar del ritmo cadencioso y que, por momentos, parece que estamos en un recorrido turístico por el orbital Masaq donde no pasa nada, la novela es, como siempre, entretenidísima, de un poder imaginativo deslumbrante, teñida de una hermosa luz; los escenarios de Masaq, los behemothaurs y la ecología de su planeta aéreo sólo están al alcance de la imaginación superlativa de Banks. Además comparte con Pensad en Flebas otro de esos finales que ponen un nudo en la garganta, tremendamente triste y emotivo, logrando que te emociones ante la redención de dos personajes que ni siquiera son humanos.

0164TheStateoftheArt.jpgThe State of the Art – 1989

Una recopilación de relatos relacionados con La Cultura y un par de experimentos que vendrían a ser el equivalente literario de un recopilatorio de caras B. El núcleo de la antología es el mismo que le da título; “The State of the Art”, donde se nos cuenta cómo La Cultura tomó contacto con nuestra Tierra en 1977 y uno de los tripulantes de la nave exploradora deserta y quiere vivir como nosotros, los humanos. Otro giro irónico –a nosotros humanos nos encantaría poder vivir en La Cultura, por lo menos a mí–, que le sirve a Banks para examinar temas como el libre albedrío, el progreso y lo que significa realmente ser humano. Lo mejor; cuando uno de los tripulantes de la nave de la Cultura descubre La Guerra de las Galaxias y se fabrica un sable láser.

Los otros dos relatos relacionados con la serie son “A Gift from the Culture”, donde un renegado de La Cultura es chantajeado para atentar contra una nave. Un atentado que ha de llevar a cabo con un arma de la propia Cultura. Y “Descendant”, un entretenido cuento sobre un miembro de La Cultura naufragado en un planeta desierto con la única compañía de su traje-mente. Los demás cuentos no pertenecen a La Cultura y van de lo divertido y original –“Cleaning Up”– al minicuento humorístico tipo Brown un poco tuno –“Odd Attatchment”–, pasando por lo directamente incomprensible –“Road of Skulls” y “Scratch”–.

Pero la Cultura no se acaba aquí. En una recientísima entrevista al diario británico The Guardian, a cuenta de la publicación de su última novela mainstream The Steep Approach To Garbadale, Banks confiesa estar trabajando en una nueva entrega de La Cultura: Matter. Una novela «rompe-estanterías» de más de doscientas mil palabras sin contar glosario y apéndices que, según el ídolo, va a superar en complejidad y ambición todo lo que haya escrito hasta ahora. ¿Genio?, ¿loco? Habrá que esperar a febrero de 2008 para comprobarlo.

Independientemente de lo que nos depare el futuro, La Cultura quedará como una de las mejores, si no la mejor saga de space opera de la historia. La space opera que, asumiendo conscientemente la parafernalia más aparatosa, toda esa cacharrería que la mantiene en las catacumbas del ghetto, es capaz de hablar cosas que nos afectan e importan como insignificantes seres humanos perdidos en un universo inconcebiblemente vasto. Y, sobre todo, capaz de divertirnos muchísimo. Porque en la diversión está la esencia de la serie de La Cultura. En propias palabras de Banks: «la creatividad es un juego lúdico, ya sea un hobby trivial o el Gran Juego de la Vida».

III. La Cultura en España

La serie de La Cultura en España ha sufrido de una edición irregular y a trompicones. Las tres primeras novelas fueron editadas a principios de los noventa por Martínez Roca. El cierre de la línea de ciencia ficción de esta editorial y la complicada situación contractual de Banks –cuyas novelas «no de ciencia ficción» son editadas regularmente en España por Mondadori–, impidieron hasta hace tres años la continuación de la serie. Con Excesión, publicada doce años después de El uso de las armas, La Factoría de Ideas retomó la edición tanto de las novelas de La Cultura como de las otras obras de ciencia ficción de Banks. Ya han aparecido Inversiones y la reedición de Pensad en Flebas, y en la segunda mitad de este año aparecerá Look to Windward. Es de esperar que en breve se reediten El Jugador y El uso de las armas y, por qué no, se publique The State of the Art.

Naturalmente en inglés se han reeditado varias veces, la última una edición en rústica con solapas bastante bonita. Si se manejan con el idioma atrévanse.

IV. Enlaces

Libros de la serie de La Cultura traducidos en la biblioteca de la Tercera Fundación
Libros de Iain Banks traducidos en la biblioteca de la Tercera Fundación
Libros de Iain Banks en la Tienda de Cyberdark

Web oficial de Iain Banks (en inglés)
Entrada sobre La Cultura en la Wikipedia (en inglés)
A Few Notes on the Culture (en inglés) – Ensayo de Iain Banks
Culture Clash: Ambivalent Heroes and the Ambiguous Utopia in the Work of Iain M. Banks (en inglés) – Ensayo de David Horwitch


[i] En concreto, los versos donde aparece el título de la novela son éstos:

Gentile or Jew

O you who turn the wheel and look to windward,

Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.

[ii] Civilization es el clásico juego de estrategia creado por el legendario programador Sid Meier para PC -originalmente era un juego de tablero- que consiste en, tal y como dice el título, establecer tu civilización desde la primera chabola hasta llegar a las estrellas, administrando tus recursos militares, económicos, políticos y científicos en constante competición con otras civilizaciones a las que hay que machacar sin piedad. Es altamente adictivo -¿a quien no le han dado las siete de la mañana bombardeando termonuclearmente a sus odiados enemigos?- y directamente, una obra de arte. Banks es fanático del Civilization II en concreto, aunque supongo que a estas alturas habrá actualizado a la última versión. Como curiosidad, su adicción a este juego provocó un retraso de varios meses en las fechas de entrega de su última novela, como reconoció avergonzado el propio Banks.
[iii] Lo de los nombres de las naves en La Cultura es un reflejo del humor gamberro de Banks que impregna toda la serie. En un divertido pasaje de Look to Winward se nos explica la divertida metodología mediante la cual se les da a las naves esos nombres tan peculiares -curiosidad: los nombres de naves que aparecen en este libro originalmente fueron enviados por los lectores de The Culture, un extinto webzine sobre Banks-. Mis favoritos son; Se acabaron las contemplaciones, El tamaño no lo es todo, Pasaba por aquí y, por supuesto, la nave de guerra Sincero intercambio de ideas.

 

[iv] Estos son los tipos de nave que existen en La Cultura según sus siglas en inglés. GSV es un General Systems Vehicle, o sea, una nave monstruosa autosuficiente de kilómetros y kilómetros de largo. Si la nave no pasa de tres kilómetros y medio es una MSV (Medium Systems Vehicle). Si es ya pequeñita sería una LSV (Limited Systems Vehicle). Una GCU es una General Contact Unit.

Respecto a las naves de batalla; una GOU es una General Offensive Unit, un destructor a lo bestia. Una LOU es una Limited Offensive Unit, que es más pequeña (con su clase Hooligan). Y finalmente una ROU es una Rapid Offensive Unit que sería una especie de caza y que incluye las dROU (demilitarized Rapid Offensive Unit) con sus diversas clases, de nombres tan sonoros y bonitos como; Abominator, Psycopath, Inquisitor, Killer, Torturer… También habría que incluir superlifters y naves menores de diversas clases pero ya paso porque esto está empezando a quedar demasiado friki. Lo siento, no he podido evitarlo.

Un pensamiento en “La Cultura, muerte y resurrección de la space opera

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