Seis planteamientos inconclusos

En un tiempo como éste, las ideas bullen en la cabeza. No falta tiempo; falta impulso ante la sospecha de que todo es más bien inútil, que la única posible consecuencia de un esfuerzo analítico es el desahogo, darnos de cabezazos contra las paredes.

Aquí presento ideas anotadas en mi libreta, que no tengo ánimo para desarrollar o investigar a fondo, pero que supongo serán representativas de lo que sienten otros lectores, y tal vez den pie a que alguien se extienda al respecto.

Aquel mes de marzo de 2020

1. La primera verdadera situación de cf (que yo haya vivido)

Cuando fui a comprar por primera vez a un supermercado tras el inicio del confinamiento, sufrí un shock escénico como no recuerdo otro igual en mi vida. Santiago Moreno presentó una situación similar en esta misma web, yo cuento la mía. Vivo en medio del campo; mi entorno siempre está casi vacío. Pero de repente, la siguiente vez que fui a comprar a la ciudad, días después del comienzo del confinamiento… La cola de gente cabizbaja aguardando turno para entrar en el centro comercial, las miradas huidizas, como si el contacto visual contagiara; los lineales con productos básicos vacíos; las mascarillas de algunos, el encogerse al paso de otros, gente con bufandas y guantes de fregadero… Caí de golpe en un mundo escondido en mis pesadillas, pero presentado con toda la falta de uniformidad y de épica propia del mundo real. Sabía de antemano que iba a encontrarme algo así, pero no es lo mismo que tenerlo delante, tras días de aislamiento en el que todo había cambiado. La última vez que había estado allí faltaba papel higiénico, pero todo lo demás era como siempre.

Fue la primera vez en mi vida que de verdad me sentí en un escenario de ciencia ficción.

Supongo que quienes asistieron a la llegada a la Luna tuvieron sensaciones similares. El impacto en la segunda de las Torres Gemelas, que vi en directo en el televisor del bar donde había ido a comer un menú con colegas de la prensa, fue algo profundamente conmovedor, que quitó el sueño. Pero era distinto, por inesperado, por lo relativamente limitado de su alcance por brutal que fuera. Esto nos acechaba, lo habíamos pensado alguna vez, y al fin llegó, y dejaba el regusto de suponer un cambio más definitivo.

¿Qué otros fenómenos afectaron de igual manera a otras personas? Recuerdo que Asimov comentó en alguna ocasión el tremendo impacto que le causó ver por primera vez Metrópolis. Sin embargo, ese es un momento de iluminación, de vértigo producido por el sentido de la maravilla (un «momento atiza», el síndrome de Stendahl privativo de la cf), y yo hablo de algo distinto.

Desde que existe la cf, se han producido al menos dos eventos históricos disruptivos que pudieron causar un impacto similar: el ya mencionado de la llegada a la Luna y la II Guerra Mundial, en particular su abrupto final con el lanzamiento de las bombas atómicas. ¿Dejaron sello en el género? A priori, diría que sí; la fe en la ciencia pareció decrecer en los años cincuenta, abriendo paso a propuestas no campbellianas, mientras que la carrera espacial sepultó a los space operas más simplones, que debieron refugiarse más allá de las estrellas para encontrar escenarios aceptables y se convirtieron definitivamente en una rama de la fantasía bajo disfraz futurista.

¿Cómo podrá entonces ser la cf post pandemia? La respuesta inmediata es que más oscura, pero creo que no es cierto: hay bastantes indicativos de que no se adaptará, sino que seguirá un camino progresivamente más apartado del mundo real. Que esta vez lo que ocurra será que el cambio de la sociedad sobrepase al del género, y la tendencia natural de la cf «canónica» al optimismo en su conjunto, frente a las distopías que casi siempre han nacido en la literatura general, derive en una forma de fantasía escapista y cerrada en sí misma.

Hacia las estrellas

2. El colapso vs. Hacia las estrellas

Esta impresión se ha visto reforzada porque, en las últimas semanas, leí la novela multipremiada del año pasado, Hacia las estrellas, de Mary Robinette Kowal, a la vez que veía una serie francesa de ocho capítulos que ha hecho algún ruido desde la plataforma Filmin, El colapso, rodada el año anterior. Una es un producto celebrado por el género, por el sector de lectores que tradicionalmente se han preocupado más por el futuro, por ver más allá de lo obvio; otra es una producción de un canal generalista por parte de unos cineastas con vocación de autor. Una es una fantasía complaciente, irrelevante, y otra el retrato preciso de las pesadillas que nos han invadido a muchos en este periodo, incluyendo un primer capítulo en un supermercado desabastecido.

Hacia las estrellas confirma mi impresión de que la extensión del uso de los temas prospectivos fuera del ámbito de la cf ha terminado por dejar a esta como un refugio para quienes quieren soñar con un futuro sin complicaciones; pura literatura consumista heredera de los pecados originales procedentes el pulp de los años treinta, con la única mejora de su respuesta vigorosa a contadas problemáticas, importantes eso sí, como las raciales o de género.

En medio de una década que ya de por sí era de cuestionamiento y fin de ciclo (¿alguien más, hace un año, pensaba que el tipo de tensiones sociales que vivíamos había desembocado en épocas anteriores en una guerra catártica?), la práctica totalidad de los autores de éxito dentro de la cf (con las honrosas excepciones de Ken Liu, Cixin Liu, Paolo Bacigalupi, Ted Chiang, Will McIntosh, Tade Thompson, Kim Stanley Robinson y varios más que estaré olvidando) se han desentendido de buena parte de la realidad por completo para hablarnos, en resumidas cuentas, de sus movidas. La cuestión es especialmente chocante por cuando coincide con un periodo de hegemonía femenina en el género, cuando fueron las mejores escritoras de décadas precedentes (Russ, Le Guin, Tiptree, Butler…) personas especialmente arriesgadas e inquietas. Sin olvidar que seguramente el autor más influyente (y de los mejores) en cuanto a influencia sobre la opinión pública desde una narrativa prospectiva, a día de hoy, sea otra mujer, Margaret Atwood. Tampoco faltan autores masculinos ramplones y triunfantes en la misma dirección estéril dominante, como es el caso del siempre pueril John Scalzi.

El fenómeno llega al paroxismo con Hacia las estrellas, una novelita que ha ganado todos los premios del género, de lectura fácil, situada en unos años cincuenta alternativos en los que la carrera espacial se ve acelerada por la caída de un meteorito, y las mujeres tienen un papel relevante en ella. En comparación con Para toda la humanidad, la serie de Apple TV con un planteamiento similar, es mucho menos madura en cualquier sentido en que queramos interpretar ese calificativo. Está obviamente dirigida a un público femenino y me recuerda en tono a lo poco que he visto de Outlander. Véase un párrafo en el que la aspirante a astronauta está retozando con su marido, ingeniero jefe de la NASA, sensible pero viril, atractivo y perfecto aliado del género femenino, y se hace una ¿ingeniosa? comparación entre lo que viene a ser la caidita de Roma con la cosa espacial.

Tiré de él y se deslizó entre mis piernas a la vez que me empujaba hacia atrás para que me tumbase en la cama con el calor de su cuerpo sobre mí. Le rodeé una pierna con el muslo, me apreté contra Nathaniel y cerró los ojos.

—No hay duda de que habrá calentamiento.

—Sí.

Se movió para meter la mano entre los dos. Con los dedos, encontró el bulto de placer entre mis piernas y activó la secuencia de lanzamiento. Todo lo demás tendría que esperar.

—Dios. Listos para el despegue.

¿Ha sentido alguien más vergüenza ajena? Pues no saben lo mejor, ¡más adelante repite! En ese caso, como prolegómeno a la fase horizontal del romance, la protagonista se declara «experta en cohetes» y dispuesta a demostrarle a Nathaniel que está capacitada para comprobar que el suyo «esté cargado y listo para el lanzamiento».

Frente a esta inofensiva gañanería de adolescente rijosa en internado de monjas (no ahondaremos en si hubiera quedado impune en caso de haber sido perpetrada por un maromo), El colapso es una virguería técnica, ocho planos secuencia demoledores situados en diversos momentos del proceso de caída de la civilización, que quizá algún día sean vistos como inmejorable testimonio de nuestro tiempo. Producen un profundo mal rollo, pero no son exactamente futuristas: se desarrollan hoy mismo, pero con las cosas yendo mal. No tiene desenlace obvio y no da respuestas de ningún tipo, como suele verse obligada a hacer la cf, si bien el último capítulo es un obvio manifiesto apriorístico.

Viaje a las estrellas

3. Max Brooks, sí, pero no

Me dieron que pensar unas declaraciones de Max Brooks, el autor de Guerra Mundial Z, que ha aparecido en varios medios ante la publicación de su nuevo libro, Involución. «La ciencia ficción te protege de las crisis, llámalo zombies, terremotos, pandemias, llámalo como quieras, pero funciona todo de la misma manera en cuestiones sociales», afirmaba. Seguidamente, ponía como ejemplo de sus aprendizajes para afrontar una situación como la de este año lo que había sacado en conclusión de Star Trek y Twilight Zone.

No soy especialmente fan de Star Trek, aunque admito que me identifico más con sus valores que con los de Star Wars (que, en cambio, me resulta más divertida); reconozco su relevancia histórica, etc. Más allá de eso, ¿puede alguien decirme qué tiene que ver con la situación actual o cualquier otra crisis que hayamos vivido? Efectivamente, comparto la idea de que el lector de cf tiene más presente en su cabeza la posibilidad de cambios radicales de paradigma, pero concretamente esos ejemplos… El mensaje de Star Trek es que la razón y la ciencia pueden sobreponerse a cualquier dificultad, y que quienes no atienden a ellas terminan por aceptar su error o fracasar, pero ese no es el mundo que nos rodea.

En líneas generales, esta pandemia ha motivado que la ciencia ficción haya estado mucho más presente en medios de comunicación, aunque con una torpeza y un desconocimiento por lo general abrumadores. Era lo que tocaba, simplemente. La lista de seis grandes autores que dio Babelia muy al arranque de este periodo tenía miga (ya he escrito que coincidía con ella), pero desde entonces se han acumulado reportajes de las mejores novelas, «conozca las obras que anticiparon nuestro momento» etcétera.

Como siempre que los medios de comunicación hacen estas cosas sin consultar a nadie un poco entendido, hay dos tipos de listas: las creadas a partir de obviedades, preferiblemente que hayan tenido adaptación audiovisual, o las que se hacen con los listados de lo último publicado que esté así como de moda. Pero, realmente, ¿lo más presentable de la cf es o bien Isaac Asimov, o bien Kameron Hurley? ¿Qué leches tienen que ver con la pandemia?

No hemos entrado bien en el mundo académico, ya no lo haremos, y hemos caído aún peor en la opinión pública.

Kim Jon-un no tiene superpoderes

4. ¿Obomi u Obama?

Hablando de medios de comunicación, en los últimos meses he recordado una y otra vez los titulares hiperbólicos, satíricos, que algunas novelas de ciencia ficción utilizan como herramienta para el infodump. Creo que podría ser divertido combinar realidad y ficción para crear un cuestionario en el que el lector debería escoger si el titular se corresponde a algo ocurrido en las últimas semanas o si pertenece a uno de esos libros.

Ejemplos: «¿Van a desaparecer los títulos de cortesía? Se estudia un código de sustitución de tres caracteres». «Nuevo fármaco reporta millones de dólares a sus fabricantes». «La catástrofe informática de Kansas golpea Chicago». «Los sin hogar se enfrentan a la ira de una coalición de partidos en Tokio». «La simulación informática de Vincent Van Gogh creada por la universidad de Pusan, vendida al Museo de Louvre». «La sequía agosta Siberia». «Un alto funcionario niega haber recibido sobornos para recomendar un fármaco».

Obomi era el nombre del presidente de Beninia en Todos sobre Zanzíbar, seguramente la novela en la que más se intuye el mundo de hoy. Los titulares que he dado, ¿son cf, son de un mundo de Obomis, o reales, de nuestro mundo de Obamas? La respuesta en este ejemplo que planteo es relativamente sencilla: todos los anteriormente mencionados proceden de Ora:cle, de Kevin O´Donnell.

Pero no creo que resulten ni más ni menos creíbles que una selección rápida cortesía de Google: «Quince mil personas se manifiestan en Berlín contra la vacuna, aún no descubierta, para la enfermedad que lleva 700.000 muertos». «Pastor evangélico de Texas dice que sólo los que han vendido su alma al diablo votarán al candidato opositor». «La principal empresa de homeopatía en el mundo recomienda que no se tomen sus productos para afrontar la pandemia». «La policía interviene para detener un partido de fútbol entre infectados y sanos». «Presidente de Brasil dice que llevar mascarilla para evitar contagios es de gais». «Presidente de Brasil infectado». «Siete ministros de Brasil infectados». Y si nos vamos a la web Not el mundo today, encontramos perlas que ningún autor podría haber puesto en sus novelas sin el temor a parecer un insensato: «Paciente de Covid muere porque sus familiares desenchufaron el respirador para ponerse un ventilador». «Compran todas las entradas de un cine y convierten a su película hecha en casa en la más taquillera de la semana en Estados Unidos». «Un hombre vive atemorizado porque lleva nueve años recibiendo pizzas que no pide». «La prensa de Corea del Norte admite que Kin Jong-un no puede viajar por el espacio-tiempo». Etcétera.

Vivimos en un mundo extraño y ridículo, que sólo una parte de la cf entrevió, y sólo parcialmente. En realidad, después de darle tantas vueltas a la idea de si la cf nos dio alguna pista de lo que vivimos o vamos a vivir, mi conclusión se resume en una doble respuesta: John Brunner e Idiocracia.

Pero cuando me puse a escribir el esbozo sobre esta idea, empecé a extenderme (al comenzar a escribir, este texto llevaba un siete como título), y al final eso ha sido otro articulito algo más extenso que el resto y aparecerá más adelante.

El amanecer de los muertos

5. La cf no se ha ocupado de las pandemias

Lo que hace más curiosa esa sensación de estar viviendo en un escenario de cf es que no hay cf destacada sobre pandemias. No al menos en el canon más o menos compartido mentalmente por los lectores, no que haya dejado huella. De los posibles escenarios catastróficos que pueden terminar con la civilización, el único menos cubierto por el género es el de algún tipo de reventón geológico.

¿Impacto de meteorito? Planeta errante de Leiber, El martillo de Lucifer de Niven y Pournelle, La fragua de Dios de Bear… ¿Colapso ecológico? Las torres del olvido de Turner, El rebaño ciego de Brunner, La muerte de la hierba de Christopher. ¿Desastre nuclear, zombis, superpoblación, derrumbamiento económico? Tantas como se quiera. Pero en la Encyclopedia of Science Fiction de Nicholls y Clute ni siquiera hay una entrada para «pandemia», más que la dedicada al juego de mesa originalmente publicado en 2007 (excelente, por cierto).

Varios medios internacionales han publicado listas con novelas sobre pandemias («Best Pandemic Books«; «Best Science Fiction Pandemic Books«; «The plague writers who predicted today«) que en su inmensa mayoría no son de cf, o no son de autores criados en el género (Crichton y Atwood en particular: como ya he dicho, está claro que Atwood es la autora de temas de cf más influyente con vida, le guste a ella o no, que nunca me aclaro) o simplemente es que son de zombis.

(Pese a las simplezas que se han leído al respecto, los zombis no son literatura pandémica. Su pervivencia sin alimentos les sitúa al margen de la ley de la conservación de la energía y les convierte en personajes tan fantásticos como los elfos, los hombres lobos, los indepes no supremacistas o la derecha española civilizada. Su éxito tiene como punto de partida que, como arquetipo terrorífico, se corresponden con un miedo contemporáneo: el temor a ser engullido por la masa).

El único libro citado con frecuencia que más o menos podría encajar como cf de manual es Estación Once, de Emily St. John Mandel, que personalmente me pareció un tostón sobrevalorado y en realidad tampoco va de pandemias, sino sobre lo mucho que a la autora le gusta Shakespeare, porque es tan bueno que su legado es incluso capaz de sobrevivir al fin de la civilización por una pandemia (cosa obviamente cierta). Al final, el libro en el que por lo general se han refugiado más personas ha sido claramente La peste, de Albert Camus, lo cual no es precisamente mala cosa.

Me intriga esa falta de dedicación a un tema tan obvio por parte del género. ¿Tal vez porque no tiene recorrido vistoso, más que llevándolo al terreno de la zombificación? ¿Quizá porque en realidad una novela sobre pandemias como la que vivimos es en realidad más bien realista, como La peste, o tal vez en el mejor de los casos un technothriller como La amenaza de Andrómeda o la mediocre película Contagio, y que el novum de cf necesita ser algo más espectacular que lo que estamos viendo? Si esto fuera así, una de las razones de ser de la cf, mostrar la respuesta de nuestra civilización a cambios científicamente verosímiles, quedaría por tanto invalidada, totalmente en manos de la narrativa general.

Otra teoría podría ser la de que la relevancia de los virus es el giro de tuerca de una novela seminal del género: La guerra de los mundos de Wells. Podría interpretarse como algo manido, obvio… Pero ¿no lo es mucho más aún la propia invasión extraterrestre y no hemos dejado de tenerlas a todas horas? Valdría la pena, quizá, reflexionar sobre todo esto y escarbar más en busca de ese cuento publicado en el número de agosto de 1967 de Worlds of If en el que algún buen autor poco recordado, tipo Katherine McLean, Mack Reynolds o Richard Wilson, hacía una especulación acertada. En realidad, por pura chiripa.

Balada de pájaros cantores

6. La literatura juvenil debe ser un refugio para los clásicos

Balada de pájaros cantores y serpientes, de Suzanne Collins, la precuela de Los Juegos del Hambre publicada el pasado junio, es una novela repleta de elementos interesantes: el rencor de una clase privilegiada por la pérdida de su posición, la indignidad como vehículo para el ascenso social, los orígenes de la maldad y el uso de los medios de comunicación como herramienta para el totalitarismo. En sus páginas hay canibalismo, traiciones, drogas y muertes crueles descritas en detalle. La novela es juvenil por cierto tono asequible para el lector, por la falta de sexo explícito y porque Collins no se molesta en dar verosimilitud al mundo que construye: esta vez, por ejemplo, tenemos una profesora de biología de instituto que crea mutantes, encarga redacciones políticas, manipula un concurso televisivo y todo hace indicar que es el poder supremo en la sombra de un Panem que por momentos parece tener bastantes menos habitantes que la provincia de Teruel. Para sus propósitos es suficiente, pero decir que el escenario no se sostiene es un comentario benévolo.

Con todo, es una novela mucho, mucho más compleja que el 95% de la ciencia ficción anterior a 1960. Y mucho más adulta, a secas, que casi el 100%. Habla más sobre nuestra realidad, aunque para ello en numerosas ocasiones opte antes por la alegoría que por la verosimilitud.

Por ese tipo de razones, inevitablemente, sólo hay un posible destino para los clásicos, para Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Clifford Simak o Jack Williamson: su publicación en colecciones de literatura juvenil. Fundación, El fin de la infancia, Ciudad, Más que humano… Juegan a estas alturas en la liga de autores que en su momento fueron bestsellers para adultos: Verne, Dumas, Stevenson, Wells, Conan Doyle etc. Lo cual en buena medida lo digo como una forma de elogio.

En tanto no se integren ahí, por cuestiones de derechos, prejuicios o lo que sea, los clásicos de la cf navegan en tierra de nadie. Como se ha visto reflejado en esta misma web, una excelente novela como La ciudad y las estrellas resulta por momentos de difícil digestión para un lector actual con un mínimo de callo. Su consideración como literatura juvenil posiblemente serviría para situarla en la perspectiva correcta y darle el nicho de lectores que corresponde; eso no quiere decir que no sea leída por adultos, pero sí que sea conveniente que lo hagan bajo cierto prisma. La vieja consideración de Thomas M. Disch de la cf como literatura infantil contiene un buen chorro de verdad, y si bien durante un tiempo fue más que eso (gracias a él, entre otros), hoy parece que volvemos por ese camino. Pocos destinos más gratificantes se me ocurren para esos libros que hacer que los adolescentes de hoy sientan una porción de lo que sentimos los de hace décadas.

11 comentarios en “Seis planteamientos inconclusos

  1. No estoy de acuerdo con el punto 5 de que la ciencia ficción no se haya ocupado de las pandemias.

    Creo que ya fueron citados por algún periódico al principio de esto, y a mi me vinieron a la mente en marzo dos libros de CF que tratan sobre epidemias. Son además dos libros muy buenos, y creo que razonablemente conocidos, no son rarezas para los muy especializados en el género: «La peste escarlata» de Jack London, y «El libro del día del Juicio Final», de Connie Willies.

    Este último a mi me ha sido personalmente de gran ayuda, y lo he recomendado varias veces.

    • Ah, y se me pasaba, en la línea de «epidemia tipo la sufrida por los nativos americanos que se carga una civilización antes vigorosa y espléndida» seguro que hay más, pero mi libro favorito de ciencia ficción (y de literatura en general) también toca el tema de las epidemias, aunque ya sé que para algunos no sería ciencia ficción: «Crónicas marcianas» de Ray Bradbury.

    • Totalmente de acuerdo en que he olvidado «La peste escarlata». No creo, sin embargo, que «El libro del día del juicio final» se aun libro sobre pandemias, como tampoco «Tiempos de arroz y sal». Hay una pandemia que determina la narración, pero no es el tema desde un punto de vista de género. Una es una novela sobre el shock del viaje en el tiempo y cierto parentesco con «Qué difícil es ser dios»; la otra, una ucronía que usa la peste como punto jumbar y se olvida bastante de ella.

  2. Julián, soy muy pesimista en el último punto. No sé si puede ser consecuencia de un efecto pigmalión alentado desde los departamentos de marketing y los centros escolares, pero la mayor parte de la literatura juvenil contemporánea tiene unas características muy marcadas donde la identificación lo es todo. Más allá de los planes lectores, los libros que mayormente se consumen por placer son primos hermanos de las novelas evento que todos tenemos en la cabeza (HP, Crepúsculo, Los juegos del hambre). Derrotista que soy, veo los autores que comentas tan distantes de esa realidad como lo están ya escritores y obras con las que hemos disfrutado una barbaridad: Wells, Rider Haggard, Stevenson (Secuestrado me sigue pareciendo una pasada de lectura)… El único futuro editorial que veo es que de alguna manera pueda surgir un Valdemar Gótica de la cf que empiece a dar cabida a estas obras. Una colección para gente de nuestra edad que sobre la base del libro coleccionable pueda arraigar e ir creando catálogo. No sé qué tal les va a Minotauro con esos libritos que está reeditando en bolsillo o Gigamesh en tapa dura. Pero carecen de esa idea de «fetiche» que tienen los Góticas (y que está detrás de su pervivencia)

    Sí que veo posibilidad para libros de cf que se ajusten un poco a esas coordenadas. Por ejemplo, La parábola del sembrador de Butler con 15 o 16 años se puede leer muy bien, por cómo está escrito, por el tipo de emociones que puede despertar, por lo actual que se siente, y por lo provocador que resulta (es un libro claramente creyente, aunque en una religión neocristiana; y la protagonista termina en una relación con alguien bastante mayor que ella). Pero sin esa conexión/posibilidad de identificación, aun asumiendo lo empobrecedor que resulta, me cuesta verlo.

    • Fíjate que digo que eso sería lo deseable; no que sea lo que vaya a pasar en un plazo corto.
      De todas formas, pienso efectivamente más en una colección tipo «Tus Libros», que no se nutre de las ventas de lecturas obligatorias en los colegios.
      Insisto, es más un deseo que la idea de que sea algo que vaya a pasar. Aunque creo que hay algunos títulos con los que ocurrirá con absoluta certeza: «Fahrenheit 451», por ejemplo.
      Tanto la colección de Minotauro como la de Gigamesh tienen buenos títulos, pero obviamente responden más a la necesidad editorial de reeditar periódicamente esos títulos para que estén en catálogo que a la de darles un nuevo valor. Para eso haría falta una sistemática; un estudio, nuevas traducciones en algunos casos…
      Para otro tipo de editoriales, sólo será viable cuando los derechos estén libres. Y para eso faltan décadas en casi todos los casos.

  3. Hola! La peste escarlata es un buen ejemplo aunque no deja de ser un relato largo. Dejo otras novelas que me vienen a la mente con pandemias o virus de por medio aunque cada una quizás tenga su peculiaridad.

    – Apocalipsis de Stephen King, aunque el principal aliciente quizás sea la lucha entre el bien y el mal.
    – El clamor del silencio del algo olvidado Wilson Tucker. Una novela que me pareció muy buena.
    – El último hombre de Mary Shelley nos habla de una plaga que asola parte del mundo. No la he leído, no sé la importancia que tendrá dentro de la historia porque me da que Shelley quiso profundizar más en la naturaleza humana que en la propia plaga.
    – La Tierra permanece de George R. Stewart, aunque la base de la novela trata de la supervivencia de la especie humana y de su capacidad de adaptación a la nueva vida.

  4. Por lo visto el que la clavó fue Dean R. Koontz en 1981 en «Los ojos de la oscuridad», y es que esto de la pandemia a mí también me suena más a technothrillers o bestsellers a lo Forsyth (o sátiras de cf al estilo de «Los huevos fatales» de Bulgakov). En la cf propiamente dicha hay varios postapocalípticos que son consecuencia de una pandemia pero en el fondo van a lo que mola, la destrucción, la supervivencia. La cf que llamamos «clásica» (aunque habría que delimitar el término), la que se nos viene a la cabeza rápidamente cuando hablamos de cf, es de obsesiones masculinas y cosas a lo grande, es literatura de flipaos, por eso en su mayoría es literatura infantil-juvenil ,como bien dice Disch.

    Por otro lado, a mí si me parece que se puede hacer una colección juvenil bastante decente de cf con «clásicos», si consideramos clásicos desde 1990 hacia atrás. Aparte de los típicos tipo Wells o Bradbury, a mí se me ocurren muchas novelas para hacer una colección tipo aquella estupenda de «Tus libros» de Anaya. Así a vuelapluma; «Las estrellas mi destino», «Nova», «Soy Leyenda», «El invencible», «Diarios de las estrellas», «El tapiz de cabellos», «Hyperion», «Snow Crash», «Pensad en Flebas», «El jugador», «Pórtico», «El señor de la luz», «Hagan sitio, hagan sitio», «Flores para Algernon», «La guerra interminable», «Muerte de la luz», «Neuromante»… Si nosotros en 1982 disfrutábamos de un libro escrito en 1923, perfectamente puede disfrutar un chaval ahora de uno escrito en 1984. Que la peli favorita de mi sobrino de 12 años es «Ready Player One», otra cosa es que ni se le pase por la cabeza leer la novela, que es el quid de la cuestión.

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