To Be Continued, The Collected Stories of Robert Silverberg 1953-58

To Be ContinuedHace cinco años comencé el proyecto «leer los relatos de Robert Silverberg seleccionados por él mismo», una edición para Subterranean Press en nueve volúmenes con una implicación total del propio autor. Además de elegir el material, escribe el prólogo de cada volumen y una introducción para cada cuento. Todo con la idea de contextualizar su proceso de escritura y comentar las claves detrás de su publicación en un ejercicio de historia de la ciencia ficción de la mano del último superviviente de la generación de Dick, Sheckley, Ellison o Le Guin. Sin embargo, después de ciento y pico páginas de To Be Continued tropecé con lo inevitable: sus primeros años fueron mediocres. Quitando «Hacia el anochecer», el resto era material de fondo como el que se publicaba a millares en las decenas de revistas de mediados de los 50. Así que lo dejé a un lado esperando un momento más indulgente. Sabía que en este caso terminaría volviendo a él. Aprecio demasiado al autor de Muero por dentro y El libro de los cráneos como para pasar de estos primeros años, esenciales en su obra posterior. A principios de junio me puse de nuevo con este libro con la idea de leerme un relato al día a media tarde, como descanso entre memorias, informes de evaluación, entrevistas de entregas de notas… Mi impresión mejoró un poco; no lo suficiente como para recomendar su lectura, siquiera a los Silverberg zombies.

Sin duda el gran valor de To Be Continued reside en los textos de acompañamiento. Lejos de conformarse con una faena de aliño al hacer una retrospectiva de su obra breve, como la de Christopher Priest en Episodes, en To Be Continued apenas existen presentaciones que no transmitan lo que era ser un jornalero de la palabra en la década de los 50. No es ya que Silverberg cuente anécdotas sobre su vida creativa en aquellos años en los que compaginaba universidad y escritura. Su trabajo codo con codo junto a Randall Garrett o Harlan Ellison o las exigencias de ser un autor tan prolífico y sus consecuencias, positivas (una existencia holgada como pocos autores de la época que dependieran exclusivamente de la escritura se podía permitir) y negativas (el cierto resquemor entre esos autores que dependían exclusivamente de la escritura) aparecen ampliamente comentados junto a otros aspectos jugosos: detalles del extenso ecosistema de publicaciones que se mantuvo activo hasta su crisis en 1958; cómo se trabajaban sus contenidos, caso de los relatos que se escribían para dar sentido a las ilustraciones de cubierta que entregaban gente de la talla de Ed Emshwiller o Frank Kelly Freas; etcétera. Y en lo importante, los propios relatos, también hay sustancia.

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Fracasando por placer (VIII): Nueva Dimensión nº 46, mayo de 1973, y parcialmente Adventures in Time and Space, Raymond J. Healy y Francis J. McComas, 1946

Nueva Dimensión 46

Ahora es muy fácil, pero ser aficionado a estas cosas ha sido históricamente un calvario. El mayor problema, el más obvio, eran las traducciones, claro. Pero la edición ha sido muy mala, penosa. Las puñaladas te podían llegar de los lugares más inesperados. Uno podía pensar que tenía un libro estupendo, que había cubierto la obra de tal o cual autor, y mira, pues no. Porque resulta que en la edición española faltaban treinta páginas de la novela. Porque era una antología y no habían metido tres cuentos. Porque el editor prefería que sus libros tuvieran por lo general 196 páginas y no más. Y ni siquiera yendo a las fuentes originales se podía uno fiar. Aquí viene el ejemplo. Uno muy alambicado y que me ha mantenido en el engaño hasta hace cuatro días.

No leí en su momento el número 46 de Nueva Dimensión porque sabía que no era lo que decía en la portada. En ella se lee: «Aventuras en el tiempo y el espacio. Selección de Healy y McComas». Es un número muy delgadito, sin páginas verdes, sólo seis cuentos y un cómic tontorrón, apenas 128 páginas. Se debió vender mal o algo, porque era súper fácil de encontrar en su momento en la Cuesta de Moyano, y hasta la imagen de portada estaba muy vista; debió salir en algún 1984 o así. Es de una época en que la revista estaba como pachucha, sacaban solo material refritado. Después del cincuenta volvieron a cobrar vigor, escoger cuentos variados y hacer números a medida, con material informativo, ensayos y demás.

El caso es que Adventures in Time and Space es citada con frecuencia como la primera gran antología de cf de todos los tiempos, allá por 1946. Uno de sus promotores es un señor del que ustedes saben lo mismo que yo, este tal Healy. El otro, McComas, fue junto a Anthony Boucher uno de los padres de The Magazine of Fantasy & Science Fiction, razón por la cual me merece las máximas consideraciones.

El hecho es que yo sabía además que esa antología no podía componerse de esos seis cuentos: demasiado poco. Lo confirmé en una de mis visitas a una Worldcon. Buceando entre las maravillosas librerías de segunda mano que uno puede encontrarse por allí, conseguí un ejemplar de Adventures in Time and Space de la prestigiosa casa inglesa Grayson & Grayson, tapa dura, fechado en 1954 y con cuatro relatos más. Incluyendo clasicazos que los de Nueva Dimensión no tuvieron a bien incluir en una segunda entrega en la revista como, nada menos, Anochecer de Isaac Asimov, el considerado en muchas listas como mejor relato de cf de todos los tiempos. Un cuento que, por cierto, en mi mocedad me costó bastante encontrar, y que había sido publicado pocos años antes que este número de ND en un pestilente volumen de la colección Galaxia de Vértice, razón por la que me imaginé que no había sido incluido por la gente de Dronte.

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Doomsday Morning, de C. L. Moore

Doomsday MorningCuando se cumplen veinte años desde el arranque de la colección SF Masterworks, llega una nueva línea dispuesta a arrojar más luz sobre nuestras incipientes canas. Como su propio nombre indica, Golden Age SF Masterworks viene a cubrir una época denominada como la edad de oro de la ciencia ficción, marcada por la Segunda Guerra Mundial, que provoca división de opiniones a la hora de concretar su inicio, su final y sus principales artífices.

Doomsday Morning se publica por primera vez en 1957. Ateniéndonos a la cronología oficial, estaría a caballo entre esa edad de oro de la ciencia ficción y la new wave, la cual se situaría entre las décadas de los sesenta y los setenta. Sin embargo, nombres célebres como Robert Silverberg contradicen esta catalogación, añadiendo que la edad de oro no terminó en los años cuarenta, sino que los cincuenta también forman parte de la misma. Es cuando comienzan a publicar de manera más frecuente nombres como Jack Vance, Frederik Pohl, Arthur C. Clarke, C. M. Kornbluth, Ray Bradbury, Alfred Bester y otros muchos que han nutrido sus cabezas de ideas leídas durante los años previos en las revistas de género. Una de ellas, la célebre Astounding Science Fiction, editada por John W. Campbell desde finales de los años treinta.

No soy un experto en la historia de ciencia ficción, ni pretendo serlo, por lo que no voy a entrar en datos más exhaustivos o analizar en detalle el artículo de Silverberg que acompaña a Doomsday Morning. Sin embargo, valga esta introducción para fijar la difusa marca con la que la editorial inglesa Gollancz separará su existente ‘SF Masterworks’ y esta nueva colección a la hora de definir un catálogo que por el momento cuenta, entre otros, con E. E.´Doc´ Smith, Harry Harrison, Henry Kuttner o el caso que nos ocupa, C. L. Moore. No es casualidad que haya mencionado a Henry Kuttner en este listado de escritores. Catherine Lucille Moore se casa con Kuttner en el año 1940 y esto impacta directamente en el devenir de Moore y su obra.

Conocida como C. L. Moore para ocultar su género y poder ser publicada en una época desgraciadamente difícil para ser mujer, Catherine es, junto a otro puñado de mujeres, una de las pioneras en el arte de escribir y, con suerte, publicar ciencia ficción. Desde 1933 su obra comienza a verse en revistas pulp como Weird Tales o en la ya mencionada Astounding Science Fiction. Desde el momento en que se inicia la vida en común con Kuttner, Moore y su marido colaboran numerosas obras y relatos bajo seudónimos como Lewis Padgett o Lawrence O´Donell. Ella continuó, sin embargo, escribiendo algunos relatos, siendo en 1957 cuando apareció su primera y única novela, Doomsday Morning.

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