Fracasando por placer (XIX): Antologías que más o menos pretendían ser globales y/o definitivas

New Está lleno de estrellas

Voy a ir un paso más en el comentario previo acerca de esa obsesión por hacer antologías tan propia de la ciencia ficción, centrándome en las que se han consagrado a presentar el género en su conjunto. Hay unas cuantas. Supongo que por un lado tienen gancho comercial dentro, y por otro pueden atraer a algún curioso completista de fuera. El caso es que van unas cuantas, y aunque ya hablé extensamente de la que tal vez sea la primera, Adventures in Time and Space, permítaseme un repaso breve a todas las que poseo, que creo que podrá ser útil a algún lector con el mismo tipo de trastorno psicológico (en realidad, lo hago porque seguro que aparece alguien que conoce otras que me faltan), o bien para quienes vayan a escribir un ensayo para un medio generalista sin tener ni idea de la historia del género y quieran tener la honradez intelectual de informarse mínimamente leyendo alguno de estos tochos.

Excluyo de este repaso a las antologías muy limitadas de alguna forma (a un año, a una revista, a un premio, a una temática), para ir a las que se supone que han escogido a calzón quitado los mejores relatos de la historia, o de un periodo suficientemente amplio, al parecer del seleccionador. También me salto las que han sido bautizadas en español con títulos rimbombantes pero en realidad se corresponden a contenidos menos ambiciosos: el caso más notable es el de Los mejores relatos de ciencia ficción, prologados por Narciso Ibáñez Serrador, que tuvo varias ediciones en Bruguera y se correspondía a dos antologías de buenos cuentos escogidos por Groff Conklin, puestas una detrás de otra.

Y no, no las he leído todas enteras, pero sí son para mí un muy útil material de referencia, por supuesto. Las coloco por orden de publicación original, aunque en muchas ocasiones tengo ediciones posteriores. Me abstengo de mencionar la ocasional inclusión de Cordwainer Smith por no insistir siempre en lo mismo.

Prepárense para el chaparrón de namedropping, estimados amigos, porque esta vez va a ser de órdago. 

 

 

A Century of Science FictionA Century of Science Fiction, ed. Damon Knight, 1963.

Knight, una de las figuras decisivas de ese momento, agrupa los relatos escogidos por temas que hoy parecen una subdivisión algo extraña (robots, viaje en el tiempo, espacio, otros mundos y gentes, extraños entre nosotros, superhombres e invenciones maravillosas) y mezcla creo que por primera vez de forma tan convencida autores de género con antecesores venerables, no sólo los obvios Wells y Verne, sino también Fitz James O’Brien, Mark Twain o Ambrose Bierce. En una prueba de que la cosa de las antologías andaba todavía en pañales, se combinan relatos con varios extractos de novelas en algunos casos un poco traídas de los pelos, caso de Mundos de imperio de Keith Laumer o Juan Raro de Stapledon. La selección tiene varios momentos rarunos, como incluir al francés Claude Velliot (del que, literalmente, no se acuerdan ni en Francia) o al ignoto Will Stanton (un señor que publicó como diez cuentos allá por los cincuenta), al lado de elecciones de las de cajón de Asimov o Clarke. Su apuesta por autores jóvenes refleja la esperanza que despertaron en su momento nombres que luego no prosperaron mayormente, caso de los por otra parte muy interesantes Katherine McLean o Theodore L. Thomas. En general, se nota la voluntad de hacer un volumen de referencia con la inclusión de un prólogo teórico, una bibliografía contemporánea e introducciones razonablemente informativas a cada cuento. Sin olvidar un fenómeno que veremos repetido en casi cada uno de estos tomos: meter un poco porque sí cuentos del gusto del seleccionador porque le hacían ilusión, y a veces resultan un bajonazo.

 

Modern Masterpieces of SFModern Masterpieces of Science Fiction, ed. Sam Moskowitz, 1965.

De la pichipandi neoyorquina que se reunió en torno a John Campbell y Astounding, Donald Wollheim y Sam Moskowitz fueron los que tomaron el camino de no escribir más que ocasionalmente ficción, sino convertirse sobre todo en editor el primero y en gran factótum crítico/historiador el segundo. En esta, su antología más ambiciosa, que desde el prólogo intenta presentarse como un muestrario de lo que realmente importa, Moskowitz nos reproduce el canon de la ortodoxia campbelliana: prácticamente todos los incluidos son colaboradores habituales de Astounding (menos Bradbury y Farmer), todos son estadounidenses salvo los seguidores británicos de ese mismo sendero (Arthur C. Clarke, Eric Frank Russell y John Wyndham, que era un francotirador solitario pero reconocido gracias al éxito de sus novelas), todos son señores salvo C. L. Moore, etc.

Pero en la selección faltan autores obviamente importantes del periodo: Blish, Knight, Merril, Pohl y Kornbluth. Ello se debe a que, allá por 1939, estos cinco formaron parte de una escisión encabezada por Wollheim en el seno del fandom neoyorquino, los Futurianos, de corte izquierdosillo. Moskowitz fue el organizador de la primera Worldcon y prohibió el acceso a los futurianos; parece que para 25 años después las aguas no se habían calmado. De hecho, Moskowitz da en el prólogo muestras de una cierta inclinación, y bastante audacia y desconocimiento, al decir que no se escribe cf en los países comunistas. El único futuriano al que perdona la vida Moskowitz es a Asimov, que era en el momento de la secesión un muchachito simpático que tendía a llevarse bien con todo el mundo, y con el que mantuvo la amistad durante años.

Imagine aquí el amable lector una parrafada que puede resumirse con un «en todas partes cuecen habas». Por otra parte, ese tipo de decisiones creo que han condenado a Moskowitz a ser una figura menos reconocida de lo que merecerían sus restantes esfuerzos.

Decir que esta antología no está bien sería una boutade por mi parte, porque los cuentos son en su mayoría buenos (aunque, curiosamente, casi ninguno el que se escogería hoy de sus autores, salvo quizá «Con los brazos cruzados» de Jack Williamson), pero resulta muy alicorta por las ya citadas ausencias y el enfoque decididamente anticuado incluso para el momento de la publicación. Para 1965, cuando se publicó este volumen originalmente, escritores como Robert Silverberg, Philip K. Dick, Walter Miller, Harlan Ellison, Robert Sheckley o Poul Anderson ya eran nombres sobradamente establecidos, pero Farmer es el único incluido que empezó a publicar después de 1949.

Hay dos ediciones en castellano de este volumen: como Treinta años de ciencia ficción en Rumeu (1970) y como Obras maestras de la ciencia ficción (1974) en la piratesca e inaprensible Dronte argentina.

  

100 Years of SFOne Hundred Years of Science Fiction, ed. Damon Knight, 1968.

Cito la edición original, aunque tiene española, bastante más difícil de encontrar: el décimo tomo de las Antologías de Novelas de Anticipación de Acervo, que elimina en la traducción un cuento bien conocido de Wells. Esta segunda intentona de Knight tuvo mucha mayor carrera comercial aunque da más la impresión de que es un rejuntar cosas que tenían por ahí pero con una etiqueta llamativa. Se hace un poco rara una selección de este tipo a esas alturas sin Asimov, Bradbury ni Heinlein, para dar cabida en cambio al olvidable único cuento de cf de un señor llamado Thomas Mc Morrow, así como autores taaaan perdidos en la memoria como Gerald Kersh o Ralph Williams. Por primera vez (y vendrán otras cuantas), el criterio falla sobre todo al escoger autores más recientes: en este caso elige a Kris Neville y Sonya Dorman (que por un muy breve periodo pareció que iba a ser lo que luego fueron Le Guin, Russ o Wilhelm) antes que a Delany, Zelazny, Ellison etc. En su defensa diré que por ejemplo es la primera vez que vi ligado el nombre de Rudyard Kipling al género.

 

The SF Hall of FameThe Science Fiction Hall of Fame, ed. Robert Silverberg (tomo uno) y Ben Bova (tomos 2A y 2B), 1970.

Estos libros son los que hay que tener para conocer lo que podríamos llamar «la sabiduría convencional aceptada por la tribu viejuna del género». Los contenidos fueron escogidos en votación por la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de América en un momento muy concreto (45 de los 48 textos están escritos por varones anglosajones blancos: las excepciones se corresponden a dos señoras, C.L. Moore, grande siempre, y Judith Merril), pero la selección tiene valor por sí misma tanto desde el punto de vista histórico, para saber cómo era el género en ese momento, como literario, porque casi todos son buenos cuentos. Poquitas sorpresas en el tomo de Silverberg consagrado a los relatos: «Una odisea marciana» de Weinbaum, «Anochecer» de Asimov, «Los nueve mil millones de nombres de Dios» de Clarke, «Un dios microcósmico» de Sturgeon, «Flores para Algernon», Bradbury, Heinlein, Van Vogt… Al lector actual sólo le sonarán raros dos nombres, los de Tom Godwin y Jerome Bixby, pero los cuentos incluidos («Las frías ecuaciones» y «Es una buena vida») son clásicos canónicos, famosos por distintas razones que ahora sería largo detallar, como si esto no fuera a ser ya lo bastante largo. Sólo incluye un cuento que no está traducido al castellano, «The Little Black Box», de Cyril Kornbluth, que la verdad no vale gran cosa.

Los volúmenes dedicados a las novelas cortas son bastante inferiores: el arte de esa distancia en el género se refinó e independizó por completo de la idea de «pre novela» en el periodo posterior al incluido en estas antologías (que abarcan hasta el nacimiento de los premios Nebula, en 1965), y aquí se incluyen algunos textos poco memorables, como «Nervios» de Lester del Rey o «…Y no quedó nadie», de Eric Frank Russell, y algún bodrio infumable como «Hijos del átomo» de Wilmar Shiras.

 

The Road to SFThe Road to Science Fiction, ed. James E. Gunn, 1977-1998.

Seis tomos, seis, seleccionados por el actual patriarca de la ciencia ficción (97 años) y fundador del primer centro académico consagrado al género, en la Universidad de Kansas. Aquí no cabe discutir si falta alguien: son más de 3.000 páginas y están simplemente todos los que contaban en la fecha de publicación. Para un aficionado a la cf tradicional, los tomos 2 al 4 son simplemente la Biblia, aunque como en ese caso conocerá sus pasajes más relevantes: porque Gunn no se corta y escoge el cuento que le parece que corresponde, el que debe quedar ahí, por mil veces que haya sido reeditado, porque siente que está haciendo algo definitivo y con buen aparato ensayístico complementario.

El tomo 1 es quizá la mejor y más completa selección hecha jamás de cf anterior al siglo XX, aunque me parecen algo perezosas las elecciones de extractos de novelas de Verne o Shelley en lugar de escoger alguno de sus cuentos (algo que se repite luego sin justificación alguna con Le Guin, que anda que no tiene buenos relatos, y Brunner). Me gusta especialmente el volumen 2, que consigue retratar los primeros cuarenta años de siglo XX, incluyendo material muy pulp, sin caer en la tentación historicista de incluir nada más pestoso de la cuenta por pura representatividad. En el 3, me congratula que Gunn comparta mi opinión de que «Thunder and Roses» es el cuento a elegir de Sturgeon, tanto por su calidad como por lo representativo que es del momento histórico en que se publicó.

El 5, consagrado íntegramente a autores ingleses, tiene algún bajón de nivel respecto a los anteriores, porque para completar las 600 páginas de cada tomaco toca echar mano de gente en un peldaño inferior como J.T. McIntosh (por el que siento un cierto cariño tontuelo) o David I. Masson (del que no he leído nada memorable).

El volumen sexto, publicado doce años después que los anteriores, es un poco más problemático. Dedicado a la cf del resto del mundo, la selección de autores en lengua española está compuesta por autores tan representativos del género en nuestro idioma como Borges (por supuesto, adelante), García Márquez (¿eh?), Carlos Fuentes (¿cómo?) y, por España, atención, el único cuento que publicó Teresa Inglés. Un relato que ganó un premio convocado por Nueva Dimensión en 1977, y fue traducido; como el cuento no está mal, y Gunn iba corto de representación femenina (sólo está además la canadiense francófona Élisabeth Vonarburg, porque Le Guin aún no había conocido a Gorodischer), da la sensación de que no se molestó en buscar más.

Esa decisión pone en tela de juicio la representatividad del resto, en particular porque hay algunos relatos francamente malos. Aunque, por supuesto, también están los nombres fácilmente adivinables: los Strugatsky, Bulychev, Lem, Klein, Capek, Calvino o Buzzati.

 

The Arbor House Treasury of Modern Science FictionThe Arbor House Treasury of Modern Science Fiction, ed. Robert Silverberg y Martin H. Greenberg, 1980.

Una muy razonable selección que agrupa obras maestras y buenos cuentos, con casi todos los nombre necesarios en su contexto (una vez más, sólo anglosajones): sólo me faltan Ballard, Delany y Simak, y me sobran Larry Eisenberg y el citado Smith. Una selección con «El hombre bicentenario» de Asimov, «Todos vosotros zombis» de Heinlein o «Impostor» de Dick también intenta alejarse de lo trillado con la inclusión de gente reivindicable como William Tenn, Jack Finney o Carol Emshwiller, o escogiendo trabajos valiosos pero renunciando a la obviedad dentro de la obra de Harlan Ellison, Phillip José Farmer o Kurt Vonnegut. Existe versión en castellano en los tomos 31 al 34 de las antologías de ciencia ficción de la editorial Caralt, donde hace más de treinta años descubrí cuatro de mis cuentos favoritos hasta hoy: «Y todos los mares con ostras», de Davidson, «Cuando se quiere, cuando se ama» de Sturgeon,  «El día millón» de Pohl y «Cuando todo cambió» de Russ, junto al ya muy mencionado «La marcha de los imbéciles» de Kornbluth, que me atrevería a decir que fueron textos seminales no ya para mi afición al género, sino incluso para la formación de mi personalidad.

 

Science Fiction: A Historical Anthology, ed. Eric S. RabkinThe Arbor House Treasury of Science Fiction Masterpieces, ed. Robert Silverberg y Martin H. Greenberg, 1983.

Los mismos seleccionadores repiten esta vez con la intención de hacer una recopilación de corte más global, histórica, arrancando con el no tan frecuente aunque valiosísimo «Melonta Tauta» de Poe. Se abre una ventanita mínima a otros idiomas con la inclusión de Verne y Capek, se rinde el adecuado tributo a Wells o Twain, pero el resultado global del volumen queda lastrado por las elecciones de dos períodos concretos: horrísonos cuentos pulperos de los años treinta y cuarenta, donde aparecen Miles Breuer y P. Schuyler Miller en vez de, pongamos por caso, Del Rey, Van Vogt o Pohl, y una vez más la falta de acierto al escoger contemporáneos: ya me dirán quien se acuerda a estas alturas como nombre señero de los años setenta de Michael Kurland (a mí es que ni me sonaba el señor). Hay algunas que otras elecciones muy raras, como la de «Juegos de capricornio» para presentar al propio Silverberg o la de «Manchas verdes», un cuento absolutamente menor de Asimov. El propósito de panorámica global parece quedar lastrado por el deseo de cubrir todos los compromisos posibles sin dar la sensación de repetir el volumen previo.

 

Science Fiction: A Historical AnthologyScience Fiction: A Historical Anthology, ed. Eric S. Rabkin, 1983.

Oxford University Press publicó a comienzos de los ochenta varios volúmenes en los que por primera vez se daba un tratamiento académico intensivo al género, particularmente ensayos. Este es una antología que incurre en lo que, a mi parecer, es un mal endémico de la academia cuando se acerca a la cf. Por plasmarlo de manera resumida, no llegamos a John Campbell hasta mediadas las quinientas y pico páginas. Llámenme fandomita, pero yo creo que sí queremos hablar de ciencia ficción en serio, no para quedar bien y autojustificarnos, son bastante más relevantes Dick, Ballard, Silverberg o Lem (por citar cuatro ausentes) que Cyrano de Bergerac, E.T.A. Hoffman. Edward Bellamy o Nathaniel Hawthorne (por mencionar cuatro presentes). En fin, una vez llega al género en plenitud, Rabkin no se complica mucho la vida, da por hecho que sus lectores van a ser externos y tira de sota, caballo y rey: «Razón» de Asimov, «Deserción» de Simak, «La estrella» de Clarke, uno de Crónicas marcianas, «Todos vosotros zombis», «Flores para Algernon», «No tengo boca y debo gritar»…. Solo me descoloca la presencia de un cuento de Pohl inédito en castellano, «Earth Eighteen» (que voy a leerme ahora en cuanto me dé un descanso. Nota posterior: el cuento es la típica chorrada satírica en la que alguien del futuro interpreta de forma disparatada restos de nuestro presente. Mira que Pohl los tiene buenos… Está trufado de chistes internos estadounidenses que se me escapan. Rabkin lo coloca con una presentación altamente condescendiente como representativo de cómo el género «pata negra» ha respondido con burlas y sentimiento de superioridad frustrado al mundo mainstream que le ignora. Parece haber olvidado que esta temática la arrancó su admirado Edgar Allan Poe, del que coloca dos cuentos, con el ya mencionado «Melonta Taunta». Por otra parte, para friki envidioso del mundo real quizá Poe serviría de ejemplo paradigmático, aunque sea muy avant la lettre), así como de un Jack Finney al que me voy encontrando por este tipo de volúmenes con más frecuencia de la que yo hubiera predicho. Tomo de valor histórico pero que aporta poco al lector especializado actual, siendo menos completo que otros de los aquí reseñados.

 

101 SF Stories101 Science Fiction Stories, ed. Martin H. Greenberg, Charles G. Waugh y Jenny-Lynn Waugh, 1986.

Los contumaces Greenberg y Waugh se tomaron un descanso en sus recopilaciones sobre temas concretos para escoger libremente sus cuentos preferidos, con el objetivo simplemente de juntar un tocho gordo y centrándose en relatos de muy poca extensión: sólo hay tres de más de diez páginas. El asunto es que como este par de individuos realmente se lo leyeron TODO en las revistas del género, aquí sacan a pasear caprichitos curiosos de autores olvidados e incluyen muy poca cosa que pueda encontrarse en otros de los volúmenes que menciono aquí (apenas, diría yo, los excelentes «Sólo una madre» de Merrill, «Mi sublime propósito» de Anderson y «Luz de otros días» de Shaw). Inferior a casi todas las antologías de esta lista, pero altamente recomendable para los MUY cafeteros cono ventana a agradables descubrimientos.

 

The World Treasury of SFThe World Treasury of Science Fiction, ed. David G. Hartwell, 1989.

Aquí ya nos ponemos más serios. Una editorial fina le encarga a uno de los principales críticos del género una antología verdaderamente mundial, un tocho de mil páginas o lo que haga falta, y Hartwell cumple: un tercio largo del material es no anglosajón, con nombres indiscutibles como Lem, Gerard Klein, Josef Nesvadba, Kir Bulychev, Italo Calvino o Boris Vian. La representación hispanoparlante está formada por Borges y el colombiano-mexicano René Rebétez, para el que se me ocurren media docena de alternativas mejores a ambos lados del Atlántico con suficiente carrera por entonces (desde la Gorodischer hasta nuestros Domingo Santos y Gabriel Bermúdez, pasando por Hugo Correa o Bioy Casares).

Hartwell se adorna también con la presencia de grandes nombres de la literatura anglosajona para darle un barniz respetable al libro, y hay aportaciones de Anthony Burgess, John Updike o el cómico Steve Allen, aunque el único cuento bueno de autor fino es, por enésima vez, el «Harrison Bergeron» de Vonnegut. En cuanto al material de género anglosajón, Hartwell demuestra su criterio al escoger textos que raramente son la primera opción de sus autores pero me parecen incuestionables obras maestras: «El pasado muerto» de Asimov, «Las verdes colinas de la Tierra» de Heinlein, «El oro al final del arco estelar» de Pohl, «El hombre que perdió el mar» de Sturgeon… En la selección sólo me faltan James Tiptree Jr., Robert Silverberg, Roger Zelazny y quizá alguno de los autores que a finales de los ochenta ya se podía saber que iban a dejar huella pese a su corta trayectoria en el género, como William Gibson, Octavia Butler, Greg Bear o Bruce Sterling. En cambio repiten con dos cuentos Lem, Klein, Calvino, Sturgeon y la pareja Kuttner-Moore. Un buen libro, en todo caso, de los de llevarse a unas vacaciones bajo sombrilla y guardar luego de referencia.

 

The Legend Of SFThe Legend Book of Science Fiction, ed. Gardner Dozois, 1991.

Dozois se había adueñado en ese momento de la escena del género y cuando le ofrecieron hacer una antología selecta a gran escala, dio un puñetazo en la mesa y de ella se cayeron Asimov, Heinlein, Clarke, Van Vogt, Simak, Bradbury, Ballard y Dick. Lo cual en realidad tiene un resultado de regusto poco representativo, pero le deja en cambio opción para reivindicar a gente como Richard McKenna o Keith Roberts. Sin embargo, donde esta antología muestra el olfato de Dozois es cuando debe escoger autores de los años inmedatamente previos a su publicación y se decanta por una lista intachable: Lucius Shepard, Pat Cadigan, John Kessel, William Gibson, Connie Willis, Michael Swanwick y Bruce Sterling. Por delante se incluye también a autores que es fácil considerar como sus predecesores directos, como Zelazny, Wolfe, Aldiss, Delany, Tiptree o Le Guin. Quizá no es el mejor libro posible con una perspectiva global, pero sí es un tomo que ofrece una visión del género en un momento muy concreto de cierta ruptura, el de la llegada al poder de la última gran generación de aristócratas de la ciencia ficción, a la que yo sólo añadiría a los propuestos por Dozois a Kim Stanley Robinson, John Patrick Kelly, Octavia Butler y Mike Resnick. Además, cualquier intento de poner en valor a Howard Waldrop tiene mis dieses.

 

The Oxford Book Of SFThe Oxford Book of Science Fiction Stories, ed. Tom Shippey, 1992.

Mientras la academia en España decidió el martes pasado que a esto de la siensifisión igual vale la pena echarle una mirada, la Universidad de Oxford consagró un segundo volumen al género ya hace casi treinta años. Totalmente anglosajón, aunque curiosamente no especialmente anglófilo: sólo Wells, Kipling, Clarke, Aldiss, Ballard y McAuley entre treinta relatos escogidos.

Shippey manifiesta en su prólogo que el objetivo es «dar una impresión del alcance, la vitalidad y la calidad literaria de este género», lo que en este caso incluye saltarse a Asimov, Heinlein y Bradbury. Eso sí, lo que he leído que no conocía es bueno; de hecho, «How the Whip Came Back», de Gene Wolfe, inédito en castellano, me impresionó notablemente en su plantamiento verosímil del retorno de la esclavitud en un futuro cercano.

Aplaudo también la elección de «El eslabón más débil», un buen cuento de Tiptree que no está creo que en ninguna de estas antologías, quizá porque apareció firmado como Raccoona Sheldon. Hilbert Schenk, que en los ochenta parecía ir para algo y hoy es sólo una nota al pie, es la presencia más extraña, y me llama la atención que una vez más (no lo he mencionado hasta ahora, pero es frecuente) se incluya a un autor al que tenemos tan poco en el recuerdo como James H. Schmitz. «Bilenio», de Ballard, «El túnel bajo el mundo», de Pohl, o «Quemando cromo» de Gibson se cuentan entre los imprescindibles presentes. El lector casual que llegara al libro por la etiqueta de Oxford pudo ser captado para la causa con historias de este nivel.

 

The Norton Book Of SFThe Norton Book of Science Fiction, ed. Ursula K. Le Guin y Brian Attebery, 1993.

Volumen restringido a la producción estadounidense en el periodo 1960-1990, lo que por otra parte supone prácticamente el periodo más fértil de la historia del género hasta la fecha. Interesante además por tratarse a priori de un manual universitario para estudios sobre el género y por el hecho de que sea doña Ursula quien escoja (con Atterby y Karen Joy Fowler), con un amplio prólogo ameno y muy informativo. En él, Le Guin anticipa cosas, porque además de escritoraza era una señora mucho más lista que todos nosotros: «Me gustaría que la ciencia ficción no fuera tan blanca como lo es. Me gustaría entender por qué sigue siendo tan blanca. Me alegra y enorgullece la presencia de afroamericanos y nativos americanos en este libro, pero lamento que no haya voces asiáticas o latinas. Espero que dentro de tres décadas haya muchas más». También incluye 25 cuentos de mujeres, de los 63 en total; un recordatorio más para quienes creen que la pólvora se descubrió ayer.

El volumen en sí es más interesante que representativo, y Le Guin admite que los criterios de selección estuvieron más fundamentados en elegir cuentos que les gustaran a los editores que en querer cubrir tal o cual cuota. Por ello en la mayoría de los casos se toman elecciones nada obvias: Le Guin está presente con un relato largo bastante olvidado, «La nueva Atlántida», Dick con un cuento que ahora mismo no recuerdo, «Espero llegar pronto», y abundan los buenos relatos inéditos en español, incluso de autores tan conocidos como Joanna Russ, Harlan Ellison, Samuel Delany, Kim Stanley Robinson o Gene Wolfe.

No se da bola a Bradbury, Asimov o Heinlein (pese a que no dejaron de publicar relatos en ese periodo), pero se demuestra que no hay problema con los clásicos incluyendo a Frederick Pohl, Damon Knight, Theodore Sturgeon, Fritz Leiber o Clifford Simak.

Una revisión muy personal, quizá no representativa del todo, pero desde luego un grueso volumen (870 páginas) sobrado de interés. Attebery, que sigue enseñando en la Universidad de Idaho, publicó simultáneamente una guía para el profesorado orientando en el uso lectivo de esta elección.

 

The Ascent Of WonderThe Ascent of Wonder. The Evolution of Hard SF, Ed. David G. Hartwell y Kathryn Cramer, 1994.

Al comenzar esta agradable visita al dentista que ya se ha prolongado durante ocho folios, dije que no incluiría libros con limitaciones muy específicas. ¿Por qué un libro de cf dura, entonces? Pues porque Hartwell y Cramer consideran como cf dura a Ballard, Le Guin, Gene Wolfe (¡los tres con dos cuentos!), Tiptree o Dick, a lo que sólo puedo añadir un «smell your tanned balls», que le dijeron a David Simon. Y evidencia que su consideración de la cf dura es lo que en realidad yo llamo (y creo que el común de los mortales) cf a secas. Dice Hartwell en su prólogo que para él la ciencia ficción dura es la que «enfatiza la rigurosa naturaleza de nuestra relación con la realidad que existe más allá de nuestra experiencia», tras explicar que «existe una realidad más allá de las apariencias que puede conocerse a través de la ciencia».

Pese a su intención, por así decir, programática, el volumen termina por dar una panorámica bastante completa del género, desde Poe hasta Vernor Vinge, pagando en este caso el peaje necesario a autores notorios de la etiqueta elegida y que no suelen aparecer en los volúmenes ya comentados, porque en general no están a la altura, como es el caso de Robert L. Forward, Gregory Benford, James P. Hogan o Michael Flynn.

Mucho cuento inédito en castellano, relativamente poca elección evidente y un nivel global alto para otro tocho de 976 páginas y letra minúscula. Gustosísimo.

 

The SF CenturyThe Science Fiction Century, ed. David G. Hartwell, 1997.

Da la impresión de que el encargo que recibió aquí Hartwell fue algo así como «haz una antología representativa y gruesa, pero que no sea muy cara», porque falta casi todo el mundo: se hace difícil pensar que Hartwell creyera que la mejor antología posible no incluyera a Le Guin, Lem, Ballard, Bradbury, Pohl o Dick, para dar entrada a los estimables pero muy secundarios Michael Shaara, Margaret St. Clair o Chad Oliver. Hartwell se excusa incluso en la presentación por las ausencias de los grandes obvios tradicionales (Asimov, Heinlein, Clarke), y se hace fuerte donde uno piensa que importa más el criterio que el dinero: en la elección de clásicos fuera de derechos, donde elige sin pudor las opciones más evidentes de cada autor (London, Kipling, Wells,), o en una selección no exhaustiva pero sí de calidad de autores internacionales (con Lino Aldani, Dino Buzzati, Wolfgang Jeschke, George Turner, y los únicos relatos que he leído del polaco Adam Wisniewski-Snerg y el holandés Eddy C. Bertin). Por otra parte, me produce simpatía la presencia de algunos buenos relatos un tanto olvidados, como «La rosa» de Charles L. Harness, o «Tiempo anticipado» de William Tenn. Hartwell también muestra que era el mejor analista del momento con las elecciones de cuentos indiscutibles de autores de las décadas próximas a la publicación, como Gibson, Willis, Sterling, Crowley o Kress, que era lo que se había echado en falta en sus selecciones previas. Otro libro interesante, pero que deja la sensación de que Hartwell no remató una antología definitiva para cerrar el siglo cuando habría sido el ensayista más adecuado para hacerlo en su momento.

 

Obras maestrasObras maestras. La mejor ciencia ficción del siglo XX, ed. Orson Scott Card, 2001.

Card divide su selección en tres partes: La Edad de Oro, La Nueva Ola y La Generación Mediática. En el primer grupo no da cabida a Simak, Williamson o Van Vogt, e incluye a Edmond Hamilton y Lloyd Beaggle (que es un autor más que agradable, pero menor). En el segundo no considera oportuno incluir a las tradicionales bestias pardas de los carpetovetónicos de la cf, como Dick, Ballard, Delany o Disch, pero todos los relatos presentes son muy buenos. Es en la tercera parte donde la selección se vuelve absolutamente personal y discutible: sólo hay un relato de los años noventa, de un autor tan poco representativo (aunque me declaro fiel seguidor) como George Alec Effinger, y la sensación es que aquí Card se limitó a tirar por gustos personales y olvidarse de la supuesta representatividad previa.

En líneas generales, y como cabría esperar del antologista, esta selección del siglo XX es como una especie de último hurra del viejo statu quo, con sólo seis autoras entre 27 cuentos, sólo dos escritores ingleses (Clarke y Aldiss, de los no anglosajones ni hablamos) y todos blancos y heteronormativos. A ver, sí, sin duda fueron mayoría dominante, e ignorarlo o encontrarlo sospechoso es una paletada contemporánea, pero que justo Card deje fuera sistemáticamente de su canon a las feministas duras (como Russ o Tiptree), los homosexuales (como Disch, Ryman o Delany; seguramente a esas alturas no sabía lo de Clarke) o los negros (como Butler y Delany, que está en todas el hombre), se hace un tanto sospechoso viniendo de quien viene. Tampoco hay ningún autor fuera del canon estricto del género, ni siquiera alguien anterior a la Era Campbell.

Señalado esto, es justo igualmente decir que esta es quizá la mejor antología de cf publicada en lengua española, junto con Lo mejor de los Premios Nebula, también en Ediciones B. Porque entre los que están hay muy pocos que sobren, y cualquier lector de género debería conocer «El túnel bajo el mundo» de Pohl, «Reyes de la arena» de Martin, «Todos vosotros zombis» de Heinlein, «Los que se van de Omelas» de Le Guin o «Pasajeros» de Silverberg, y aquí puede encontrarlos. Lamentablemente, veo que el ejemplar más barato de segunda mano en Iberlibro supera los 200 euros. Los problemas de derechos que van aparejados a todo este tipo de selecciones de procedencias variadas supongo que impedirán una reedición en bolsillo.

 

The Mammoth Book Of SFThe Mammoth Book of Science Fiction, ed. Mike Ashley, 2002.

Considerando que Mike Ashley es una de las máximas (si no la máxima) autoridades mundiales en lo que se refiere a la historia de las revistas del género, y que no tiene ninguna otra antología de aire «totalizador», este volumen sólo puede catalogarse como decepcionante. A ver, en rigor no está mal, pero es muy, muy claramente, un «lo mejor de lo que tengo a mano», incluyendo inéditos de Stephen Baxter y Eric Brown. Para una colección como esta de la editorial Robinson (hay Mammoth Books dedicados a temas tan variopintos como crímenes sin resolver, corresponsales de guerra o erotismo lésbico), la sensación es poco representativa. Minipunto por la inclusión de dos clasicazos que no suelen aparecer en estos volúmenes como «El asesino infinito» de Egan y «Pasaje para Tranai» de Sheckley, que hoy posiblemente pueda considerarse el cuento políticamente más incorrecto de la historia del género.

 

The Prentice Hall AnthologyThe Prentice Hall Anthology of Science Fiction and Fantasy, ed. Garyn G. Roberts, 2003.

Tochaco de casi 1200 páginas en papel biblia y letra miscroscópica (al menos la edición que tengo yo, pero no sé si hay otras), aunque las primeras 350 están consagradas a la fantasía y 100 de las de ciencia ficción son Una princesa de Marte de Burroughs, que a estas alturas en fin. En el resto, la práctica totalidad de cuentos escogidos son buenos, con decisiones en algunos casos tan adecuadas como la de elegir de la obra de Tiptree el breve y pandémico «El último vuelo del doctor Ain», que es una obra maestra no tan frecuentemente reconocida. La selección es especialmente fuerte en el plano femenino, incluyendo un reconocimiento (de mayor valía histórica que literaria) de las pioneras de los años veinte Clare Winger y Leslie Stone.

Puestos a ponerle pegas a la selección, me faltan Silverberg, Ellison y Aldiss, y me sobran Dean R. Koontz, Frank Belknap Long y un Frank Herbert al que muchos antologistas se sienten obligados a incluir en este tipo de volúmenes por su relevancia histórica como novelista, pero que no tiene ningún cuento a la altura. También incluye el relato original de «El juego de Ender», que es menos pestoso que la novela pero igualmente previsible. De no anglosajones, sólo se incluye a Julio Verne y el alemán Curt Siodmak, un pionero al que raramente se recuerda, que emigró a Estados Unidos en los treinta (era judío), pero que escribió este relato en los veinte en su idioma natal. Amazing Stories, en sus muy primeros tiempos, tradujo bastantes historias alemanas y francesas.

Un detalle peculiar es que el relato que cierra el volumen, y el único incluido de los años noventa, es del pionero Jack Williamson, que también firma el prólogo. Williamson tenía entonces 95 años. Lo interpreto como una manera divertida de eludir la inclusión de autores contemporáneos.

Roberts, profesor de la Universidad Northwestern Michigan del que no tengo mayores referencias, completa el trabajo con una excelente bibliografía de 24 páginas, todavía útil hoy, e información sobre versiones audiovisuales (que ha quedado, lógicamente, obsoleta).

 

Science Fiction OmnibusThe Penguin Science Fiction Omnibus, ed. Brian Aldiss, 2007.

Penguin es, pese a la chapuza que está siendo su colección en español refritando traducciones decimonónicas sin complementos críticos, un referente en la edición de clásicos en lengua anglosajona. En 1961 publicó un primer volumen de relatos de ciencia ficción, muy pionero, y tras sucesivas expansiones llegamos a este tomo definitivo en el que Aldiss mostraba estar al día con la inclusión de Ted Chiang, y se marca la chulería de invertir ochenta páginas en reeditar la excelente novela corta de John Crowley «Magna obra de tiempo». Hay una mucho más ponderada reseña del volumen en esta misma web.

La sensación de que esta es una antología con intenciones de envergadura procede de que sea la única en esa editorial tan significativa y que Aldiss figure como responsable. Luego ni el orden de los relatos responde a ningún propósito, ni hay aparato crítico más allá de un prologuito de seis páginas, ni uno detecta ninguna intención de representatividad más allá de incluir buenos materiales en los que ni siquiera se reconoce mucho la mano del antologista. Por ejemplo, Aldiss tuvo alguna que otra agarrada con Asimov, y es el único autor con dos cuentos; en cambio, escribió repetidamente de forma más que elogiosa sobre Philip K. Dick, que no está. También falta buena parte de la plana mayor británica del género (Priest, Watson, Brunner… incluso ese tal Arthur C. Clarke), con los que Aldiss nunca hizo muchas migas.

 

The Wesleyan Anthology of SFThe Wesleyan Anthology of Science Fiction, ed. Arthur B. Evans, Istvan Csicsery-Ronay Jr., Joan Gordon, Veronica Hollinger, Rob Latham y Carol McGuirk, 2010.

Cuando veo una de esas canciones mierder de ahora que firman cuatro pavos (Cocouaua feat. El Pisha feat. La Tía Tula & Frankie the Chocolate Man), siempre pienso cómo es posible que haga falta tanta gente para hacer rimas consonantes guarronas y recitarlas al ritmo del repetitivo sonsonete «pachún-pachún-pachún».

Esto viene a cuento de que este libro lo firman seis personas, y no sé yo si hace falta tanta gente para escoger «La estrella» de Wells, «Razón» de Asimov, «Vendrán lluvias suaves» de Bradbury, «El centinela» de Clarke, «Todos vosotros zombis» de Heinlein, «Día millón» de Pohl, «Podemos recordarlo todo para usted» de Dick, y así sucesivamente, para seguir de forma precisa con el cuento que cualquiera adivinaría de Simak, Bester, Silverberg, Russ, Gibson o Butler. Francamente, esas elecciones se le ocurren a cualquiera.

Bromas aparte, este equipo de profesores universitarios y editores de Science Fiction Studies querían dejar un texto muy redondo para sus estudiantes, que han complementado con material didáctico online, y es cierto que para el resultado no hay muchas pegas posible: es un libro representativo, impecable en lo que se refiere al siglo XX y los autores anglosajones, aunque algo cortito para el XXI considerando la fecha de publicación (sólo están Chiang y Stross), y terriblemente perezoso a la hora de incluir material de otros idiomas: apenas dos extractos de novelas de Verne y Lem, como si diera galbana buscar.

La presencia femenina es amplia, pero resulta especialmente discutible: no creo que Misha Noga o Pamela Zoline merezcan formar parte de una alineación en la que faltan, por ejemplo, Connie Willis  o Pat Murphy.

Quizá lo que más me congratula en conjunto del volumen es la constatación de que se seguirá recordando a Robert Sheckley y William Tenn. A ver si se llegara conseguir lo mismo con otros favoritos personales como Robert Young o Fredric Brown.

 

The Big Book Of SFThe Big Book of Science Fiction, ed. Ann y Jeff Vandermeer, 2016.

Libro de intenciones encomiables, pero resultados a medio camino. Para empezar, porque se trata de un tocho de mil y pico páginas a doble columna, que en la edición de tapa blanda resulta literalmente imposible de manejar sin destrozarlo, salvo que lo leas sentado en una mesa, sobre un atril medieval, y pasando las páginas con un dedal de goma. Y para seguir, porque su deseo de ofrecer una representación de la cf en diferentes lenguas y países se plasma en términos un tanto sospechosos. El ejemplo más obvio lo tenemos con la única presencia española: «Mecanópolis», de Miguel de Unamuno. Un cuento corto, de un autor en absoluto significativo para el género, y no especialmente interesante. Puesto ahí para tener un nombre conocido, sin más. Lo curioso es que el resto del volumen no va en general por ese camino. De hecho, diríase que la representación de cada idioma o país se guía por un criterio distinto, en ocasiones con cuentos bastante malos que uno sospecha que corresponden a algún amigo del informador correspondiente.

Con lo que uno no sabe muy bien cuán representativo es lo que tiene entre manos. De lo que más o menos puedo juzgar, no se le puede poner mucha pega a la selección argentina de Borges, Bioy Casares, Ocampo y Gorodischer; en cambio, no hay ningún italiano, faltan Calvino, Buzzati, Aldani o Evangelisti. Tampoco checos. Entre los alemanes no están ninguno de los autores que conocemos (Siodmak, Ewers, Franke, Jeschke, Eschbach), mientras que la presencia rusa es nutrida y muy sólida (los Strugatski, Gansovski, Zuralieva, Bilenkin…). Con lo que no hay forma de saber a qué atenerse.

En la selección anglosajona volvemos a encontrar decisiones muy caprichosas para una colección que se presenta a sí misma en portada como «definitiva». No están Van Vogt, Aldiss, Sheckley, Zelazny, Disch, Priest, Egan o Bacigalupi, por citar nombres que me parecen de cajón de pino cuando estás escogiendo decenas de autores. En cambio, el único del que se incluyen dos cuentos, por razones ignotas, es William Tenn (que ya he dicho que soy fan, pero vamos…), y se da paso a secundarios no especialmente memorables como F.L. Wallace, Chad Oliver, James White, Langdon Jones o Josephine Saxton… todos con relatos apreciables, eso sí (y darle cuartelillo a Wallace, en particular, me despierta ternura). En portada se destaca a once autores presentes, y uno de ellos es Margaret St. Clair, que es una señora que ahora parece que llegó el momento de reivindicarla, pero digo yo que si se quería poner más mujeres en portada ya van dentro Butler, Russ, Willis o Tiptree. De hecho, tampoco la abundancia de autoras sigue un criterio tradicional, y no hay espacio para C.L. Moore, Kate Wilhelm, Judith Merril, Leigh Brackett, Kij Johnson, Eileen Gunn, Maureen McHugh o Vonda McIntyre, mientras entran otras de méritos a mi juicio menores.

Sin haberlo leído completo (¡es tan incómodo!), mi impresión combina la idea de que es un volumen interesante con la de que se trata de una oportunidad perdida, porque va a ser muy difícil que se despliegue semejante esfuerzo editorial en un proyecto de tanta ambición y los resultados son muy cuestionables.

 

The Very Best Of The BestThe Best of the Best: 20 Years of The Best of Science Fiction, y The Very Best of the Best: 35 Years of the Year’s Best Science Fiction, ed. Gardner Dozois, 2003-2019.

Podrían ser volúmenes de alguna forma complementarios al ya mencionado de Le Guin, que ocupaba de 1960 a 1990: aquí se arranca en 1984, cuando Dozois reunió su primera antología de lo mejor del año, y en el primer tomo se cubre hasta 2003; el del año pasado continúa desde ahí hasta la última antología de 2018, previa a su fallecimiento. Aunque hoy existen otros volúmenes de este tipo (a cargo de Rich Horton, Neil Clarke, John Joseph Adams o Jonathan Strahan, que abandona este año su propio proyecto para dar de alguna forma continuidad al de Dozois), estas recopilaciones son la referencia clara a caballo entre los dos siglos, muy superiores al resto hasta al menos hasta 2010.

Este tipo de volúmenes resultan especialmente útiles hoy, cuando se publica tantísima ciencia ficción, en lugares a veces poco accesibles, y cuando en ese número ha crecido tanto la cantidad de relatos apreciables como de morralla, en particular un tipo de cuento malo que me pone especialmente nervioso como es el «trabajo de aire profesional que apesta a convencionalismo de taller literario».

Se trata de dos libros que alguien debería tener la amabilidad de traducir, porque contextualizarían totalmente la evolución del cuerpo central de la cf en las últimas décadas, e imagino que tendrán unos derechos más fáciles de conseguir en conjunto que los otros volúmenes aquí tratados. También hay que decir que las elecciones de Dozois para esta representación máxima de su tiempo parecen pisar terreno más firme en el primer volumen que en el segundo, que da la sensación de buscar más la reivindicación de cuentos que pudieron pasar inadvertidos.

Da especial rabia ver cómo hay una especie de «generación perdida» para los lectores españoles, entre la abundancia de traducciones de los noventa y la dedicación exclusiva a las últimas novedades con la que se publica hoy, y que sin embargo dejaron relatos excelentes con muy pocos traducidos al castellano: hablo de Michael Swanwick, James Patrick Kelly, Robert Reed, Eileen Gunn, Paul McAuley, Ian R. McLeod, David Marusek, Elizabeth Bear o, por supuesto, Howard Waldrop.

4 comentarios en “Fracasando por placer (XIX): Antologías que más o menos pretendían ser globales y/o definitivas

    • En resumen, Aldiss fue muy duro con Asimov en «A Trillion Year Spree», su historia de la cf. Según cuenta Asimov en su autobiografía, Aldiss no sólo le menospreciaba como escritor, que pues bueno, sino que «hacía la insultante afirmación de que yo había conseguido engatusar a alguien para tener una revista a mi nombre. No puedo citar sus palabras exactas porque descarté el libro después de leerlo. Sin embargo, les escribí tanto a él como a su editor muy indignado, porque yo no había engatusado a nadie, sino que había sido Joel quien lo hizo conmigo. El 5 de enero de 1987 recibí una carta suya en la que se disculpaba humildemente. Eso era todo lo que yo quería y dejé pasar el asunto». La versión de Aldiss difería… algo. Lo cierto es que siguió publicando en la revista regularmente, por cierto. En líneas generales, Aldiss no era ,muy querido por la parroquia, y hay algún escritor inglés residente en España que no voy a citar que le pone a caer de un burro a poco que le menciones

  1. Impagable. Recuerdo con mucho cariño el The History of Magazines of Science Fiction de Mike Ashley, publicado en Martínez Roca y Orbis, aunque se quedaran tan cortos.

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