El peso de Karel Čapek en la historia de la ciencia ficción es incuestionable. Cualquier recuerdo de sus raíces debe pasar al menos por R.U.R. y La guerra de las salamandras. Y no por el argumento habitual de su clarividencia respecto a lo que estaba por venir; cómo en sus obras tanto se anticipaban la maldad del nazismo, la destrucción de Europa (y parte del mundo) en la Segunda Guerra Mundial, los peligros de un desarrollo científico-tecnológico sin una ética acompasada… Señalar esos motivos perpetúa la engañifa de valorar la ciencia ficción por su capacidad para anticipar el futuro, un ladrillo más en el muro que separa la ciencia ficción del resto de la literatura. Lo valioso en la obra de Čapek está en su clarividencia para, a partir de lo que ya estaba ocurriendo, convertirlo en eterno gracias al lenguaje de la ciencia ficción. Esa recreación mediante la cual pasó de lo “particular” de aquel momento a lo atemporal. Esta elaboración quedaba más escondida en sus novelas. Su extensión, el mayor peso de las descripciones, el caudal de palabras permitían trabarla mejor que en su teatro donde, por economía de tiempo y de medios, urgía ir al grano. Algo muy evidente en este La peste blanca. Como ventaja, resulta muy fácil dejarse llevar por la simplicidad de esta tragedia en tres actos, con personajes claramente vehiculares centrados en caracterizar cuestiones centrales en la Europa de 1937. Sobre todo la síntesis entre nacionalismo y populismo.
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Future Noir. The Making of Blade Runner, de Paul M. Sammon
No recuerdo a qué tuitero le leí la primera referencia a Future Noir. Debió ser poco después del primer trailer de Blade Runner 2049, el festín visual con el que Denis Villenueve dividió a crítica y público en otoño de 2017, en una recepción prima hermana de la que tuvo la película original en 1982. El libro fue traducido allá en 2005 a partir de su primera edición y me da un poco de pena que volara por debajo de mi radar; no hay tema discutido una y mil veces sobre Blade Runner ausente de sus páginas, desde todas las personas que se interesaron por adaptar ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (¡Martin Scorsese!) a la razón de las diferentes versiones de su montaje, pasando por los grandes clásicos: ¿Es Deckard un replicante? ¿Quién escribió el soliloquio de Roy Batty? ¿Se comportó Harrison Ford como un mamón con Sean Young? ¿Qué hay detrás de las incongruencias del guión?
Periodista en Hollywood, Sammon estuvo involucrado en la cobertura de Blade Runner desde el inicio de la producción y cuenta con abundante documentación, desde ángulos en ocasiones sorprendentes caso del seguimiento del guión o del rodaje por Philip K. Dick antes de su prematura muerte, meses antes del estreno de la película. Ese marcaje, lejos de concluir tras el estreno, se ha extendido posteriormente, por ejemplo en el regreso a varios cines de EE.UU. de otro montaje a comienzos de los 90 o las reediciones del propio Future Noir, con nuevas entrevistas de seguimiento incluso a participantes con los que no había podido conversar. Este trabajo, acumulado y sistematizado, ha conducido a una tercera edición, la que actualmente se puede conseguir en inglés.
Neuromante, de William Gibson
Tuvo que ser difícil enfrentarse a Blade Runner. Esa estética decadente, ese urbanismo opresor, la velocidad de todo, la convivencia con replicantes en la ciudad, toda la mecanización de la vida que se veía en la película condicionó a un joven William Gibson a reescribir la historia que tenía en mente. O, más que la historia, el imaginario. Porque Gibson, con Neuromante, no tuvo una idea sino una imagen. Y tuvo que alejarse del diseño de producción de Blade Runner para erigir su propia concepción del futuro, de lo que les esperaba en los ochenta si seguían como siguieron. De nuevo como en sus cuentos, Gibson supo ver las inercias humanas latentes y les puso imaginario.
Hay dos títulos de los años ochenta –Menos que cero y Neuromante– que tienen un estatus parecido de clásicos instantáneos de su tiempo. Si han resistido el paso de las décadas es ya otro tema. En ambas se ve esa alienación hiperurbana, la violencia que define nuestras vidas. La de Bret Easton Ellis llegó, diría, un poco más lejos en sus logros que la de Gibson, porque además de una imagen social contaba con un ritmo trepidante, pero Neuromante consolidó una estética en verdad perturbadora, que no es poco.
Sabemos que Gibson es capaz de articular un buen puñado de piezas maestras breves; pero en Neuromante, como he sugerido, la trama es confusa y simplona, lo que tampoco es raro ni invalidante: el valor de la novela no está en lo que narra. La novela es más una estética que una historia, la consolidación definitiva y para siempre de la estética ciberpunk. Ya vimos en el propio Gibson antecedentes del imaginario urbano, ya le vimos escribiendo sobre tráfico de información, sobre ciborgs y sobre una alienación social que era la excrecencia de la tecnología mal enfocada. Pero la clave de Neuromante está en la fusión de realidades y en algunas descripciones. No tengo muy claro que haya resistido el paso del tiempo (como sí creo que lo hace Menos que cero o, por citar otra novela ochentera de ciencia ficción, Pensad en Flebas, que no se le parece ni por asomo), pero ¿por qué no?
Klara y el Sol, de Kazuo Ishiguro
En una entrevista a raíz de El gigante enterrado, Kazuo Ishiguro reconocía su tendencia a escribir el mismo libro una y otra vez. Apenas he leído la mitad de sus novelas pero encuentro entre ellas tantas conexiones que me cuesta no darle la razón. De hecho su obra más reciente, Klara y el Sol, abunda en una mirada y una serie de temas inevitablemente ligados no ya a Nunca me abandones. Es fácil encontrar concomitancias con Los restos del día o, incluso, con la fantasía medieval de El gigante enterrado. En las ideas que aborda, en la aproximación a estas a través de su narrador, en la creación de su voz y su tono, y, sobremanera, en el estado que te puede dejar cuando la lectura se prolonga más allá de la última página. Aunque en Klara y el Sol todos estos efectos se sienten atenuados, mitigados por el proceso en el que parece volcarse más tiempo en la concepción de su obra: la elección de su narradora.
Klara es una Amiga Artificial, una ginoide con una inteligencia ideada para servir de compañera a niños o adolescentes. En la primera parte del libro la vemos sometida a las rutinas de la tienda donde aguarda su venta; básicamente ocupar distintas posiciones según las necesidades del vendedor. Mientras ocupa el escaparate se entrega a la observación de la calle. En primera persona, detiene su mirada sobre estampas ordinarias (el gran edificio que domina el paisaje e interactúa con el sol; el tráfico…) y extraordinarias (situaciones y gestos de las personas que atraviesan su campo de visión), y elabora su percepción de la realidad, limitada por los escasos conocimientos sobre las actividades humanas. Estas páginas suponen la inmersión en los ojos de ese narrador que, por su manera de percibir nuestra cotidianidad, necesita de una interpretación. Pero no es esta otredad la que complica tanto el conocimiento de ese futuro cercano y de los detalles específicos de la familia a la cual servirá; es su papel de acompañante de Josie, su dueña. Cuando es adquirida, su entorno queda reducido a los espacios donde está la adolescente y su información del contexto restringida a lo que pueda ver o escuchar en conversaciones llenas de referencias veladas, sobrentendidos, generalmente crípticas hasta que, por acumulación o un diálogo expreso, las sospechas cristalizan.
La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler
En el año 2006 Cormack McCarthy dejó a todos sin habla con una novela arrolladora que se titulaba La carretera revitalizando así un viejo género como el apocalíptico, que parecía ya no dar mucho de sí. En el fondo no contaba nada que no se hubiera contado antes, la historia no era otra cosa que el peregrinar de unos personajes en medio del desastre intentando sobrevivir como podían. En fin, nada que se saliera de lo habitual en este género. Lo que hacía grande la novela era esa prosa seca y precisa en la que cada palabra era como un latigazo. No conozco otro autor que haya sido capaz de transmitirme mayor desesperanza o que haya dado una visión más sombría y desencantada del ser humano que McCarthy.
Mucho antes obras como La nube púrpura (1901), de M.P. Shiel, toda una precursora del género apocalíptico, clásicos como La tierra permanece (1949), de George R. Stewart, o El día de los trífidos (1951), de John Wyndham, por destacar algunas, habían establecido las pautas por las que se regiría el género. En todas ellas se narraban los esfuerzos de un grupo de personas por sobrevivir después de que acaeciera algún hecho catastrófico en el mundo. Las causas eran muy diversas, desde un virus hasta una guerra nuclear, pero la intención solía ser la misma, la de abandonar a una serie de personajes a su suerte en un mundo en el que ya no hubiera otra autoridad que la del más fuerte. Para poder salir adelante los protagonistas se veían obligados a cometer todo tipo de indignidades como robar o matar. Es en circunstancias extremas como éstas cuando los seres humanos muestran lo peor y lo mejor de sí mismos. La carretera no se aparta ni un ápice de este guión pero si no cae en lo rutinario es gracias al estilo literario único de McCarthy. Dejo a propósito al margen a otros autores como Ballard o Aldiss, que abordaron el género desde una perspectiva muy diferente y alejada de los clásicos.
Por eso sorprende que La parábola del sembrador (1993), de Octavia Butler, se ciña tanto en contenido como en forma al esquema más tradicional sin introducir grandes innovaciones. La novela se publicó décadas después de los grandes clásicos y aunque se anticipó trece años a La carretera, al leerla hoy carece de la contundencia de ésta. Tal vez de haberme topado con el libro en los noventa, sin el recuerdo aún vivo de La carretera, me hubiera sorprendido mucho más de lo que lo ha hecho hoy. En cualquier caso, la primera parte del libro, una admonición de lo que nos espera de continuar así y que podríamos subtitular “Crónica de un apocalipsis anunciado”, me parece estupenda. La novela está contada con esa sencillez engañosa que exhiben los grandes escritores. Redactada a modo de diario la historia fluye de manera natural, la notas escritas por Lauren Olamina nos introducen en ese mundo tan creíble y despiadado en el que le ha tocado vivir sin que apenas tengamos que hacer esfuerzo. Durante toda la primera mitad la desgracia se palpa, parece cernirse de manera constante sobre los personajes hasta que se abate sobre ellos sin compasión. A partir de aquí, devenida en típicamente apocalíptica, la narración deja de avanzar y es como un buque que tras embarrancar termina siempre agitándose en las mismas olas. Hubiera necesitado de algo más esta segunda parte, de algo que la distinguiera de otras novelas similares como supo hacer McCarthy. O quizás haya que esperar a su segunda parte, Parable of the Talents (1998), para apreciar la obra en su conjunto.
To the Dark Star, The Collected Stories of Robert Silverberg 1962-69
A finales de los 50 Robert Silverberg estuvo alejado de la ciencia ficción cinco años. Entre 1958 y 1962 reemplazó los ingresos de la publicación de relatos de este género con la escritura de todo tipo de artículos y ficciones para revistas de diverso pelaje, desde el esoterismo a la literatura erótica, hasta llegar al campo de la divulgación histórica donde comenzó a abrirse camino como autor de libros en 1962. A pesar de este alejamiento, continuó vinculado a la ciencia ficción con la publicación del remanente de cuentos escritos entre 1957 y 1958 y a través de su relación con varios autores y editores. Uno de ellos, Frederik Pohl, fue quien le alentó para regresar a la ciencia ficción desde una concepción diferente a la que le había caracterizado en los años anteriores: reorientar su esfuerzo de cantidad hacia el cuidado en la escritura y lograr unas historias más memorables que cambiaran la percepción que se había labrado como mercenario de la palabra. En junio de 1962 escribió “To See The Invisible Man” / “Para ver al hombre invisible”, y algo hizo click.
Leído con casi sesenta años a sus espaldas, “Para ver al hombre invisible” continúa siendo un pequeño hito. Por esa armonía de la ciencia ficción como literatura de ideas cuando se acompasan la concepción y la ejecución, y por lo paradigmático de su escritura: anticipa el camino que haría de Silverberg una de las figuras fundamentales del género. Esa inspiración en una historia clásica, una frase de “La lotería de Babilonia” que habla de la invisibilidad social durante un período de tiempo, una luna en el relato de Borges, un año en el de Silverberg; una faceta emocional en la base del novum: la condena al ostracismo por una incapacidad para manifestar emociones; una escritura generalmente en primera persona orientada a transmitir la subjetividad y los sentimientos de la experiencia, vivida como una montaña rusa, aquí desde la exaltación de los primeros momentos para pasar a la depresión y la soledad extrema de quien se siente aislado en un entorno densamente poblado; y una extensión certera, que lleva a “To See The Invisible Man” a sus últimas consecuencias sin emplear una línea de más.
Subsolar, de Emilio Bueso
Siempre es difícil concretar la calidad individual de la novela que cierra una serie. Su valor intrínseco está estrechamente relacionado con la conclusión de la historia que se ha estado desarrollando en los libros anteriores. No debería ser así, pero el último volumen suele acabar ejerciendo la función de mero instrumento finalizador. Con Subsolar esto no ocurre, debido a una determinada particularidad. Mientras que la separación entre la primera y la segunda parte estaba bien delimitada, en esta tercera entrega no hay una marca diferenciadora con respecto a dónde dejó la trama al lector en el libro anterior. La última parte de la trilogía “Los ojos bizcos del sol” parece más bien la segunda mitad de Antisolar, sin pausas en la continuidad y sin otra diferencia que el cambio de escenario. Tampoco se dan los consabidos apoyos de oficio con los que se suele refrescar la memoria de lo sucedido en los libros precedentes, para que el lector recuerde cómo se llegó a esta situación hace ya más de un año, de tal modo que el principio invita a releer los últimos capítulos de la segunda novela. Así pues, la sensación de unidad es mayor y elude el peligro de parecer un mero apéndice. En ese aspecto, recuerda a aquellos volúmenes que Ediciones B dividía en dos entregas debido a su largo número de páginas (Neal Stephenson y otros tochos semejantes). En este caso, la extensión no parece ser el motivo del corte y tengo el convencimiento de que la publicación en un único tomo, hecho que sucederá pronto, será más satisfactoria.
Con independencia de cómo ejecuta la suerte suprema, asunto que trataré más tarde, Subsolar es una novela que se muestra a la altura de las precedentes, convirtiendo la regularidad en una de las virtudes de la serie. La historia sigue entreteniendo por divertida y original, aunque la sorpresa por el novum que hace interesante todo el ciclo —ese mundo en simbiosis con moluscos, insectos y ahora arácnidos— vaya a menos, como es normal. La peripecia es, quizás, la que menor variedad ofrece, pues lo que se desarrolla en sus páginas es un periplo continuado por el desierto con parada en varios núcleos de población, algo monótono en cuanto al viaje de los héroes, que hasta ahora había recorrido una gran diversidad de escenarios. Sin embargo, las diferencias entre esos distintos centros urbanos están bien marcadas, su exotismo bien trabajado. Como mandan los cánones de la fantasía, hay una gran batalla final que, contada desde el punto de vista del narrador, recordemos que en primera persona, produce un efecto de inmersión potente, sin que penalice el contra efecto inevitable de ocultar el plano general de la batalla.
Los dioses muertos, de José Antonio Fideu
Me cuesta desterrar la impresión de que Los dioses muertos tiene un nítido carácter pulp. Su narrativa prima la aventura y la acción sobre unos personajes faltos de relieve; enfatiza algunos excesos de su escenario y un cierto color mientras rebaja su complejidad o las ideas sobre las que se sostiene. Sin embargo, la contención general que domina su desarrollo me ha terminado estrellando contra un relato plagado de estereotipos, más allá del superficial juego de reflejos con la mitología. Una base que ha rendido grandes historias en la ciencia ficción a cuya sombra me ha resultado complicado llegar a disfrutarla. La he sentido como una novela sobre raíles entre paisajes representados con una paleta demasiado anodina. Aunque durante 100 páginas mantuve la esperanza de que pudiera haber germinado con vigor.
En Los dioses muertos José Antonio Fideu plantea un futuro en el cual la Tierra ha revertido hacia un entorno mitológico. El orbe civilizado se identifica con la cultura griega y vive bajo la constante amenaza de los bárbaros. Regularmente, estos pueblos envían expediciones a traspasar las murallas que protegen a una agrupación de polis en perpetuo estado de alarma cuya supervivencia depende de su superioridad tecnológica y el favor de sus dioses. La descripción abunda en una construcción fiel a las fuentes clásicas, con una población entregada a adorar unas deidades cuyos favores empujan a sus héroes.
El idioma de la noche. Ensayos sobre fantasía y ciencia ficción, de Ursula K. Le Guin
Leer los ensayos de un novelista es verle algo más de cerca, como cruzar la puerta para entrar en su casa, como (atreverte a) hablar con él o con ella después de una conferencia. No tiene por qué quedar expuesta la urdimbre de la escritura misma en esos ensayos, pero las opiniones, las filias y detracciones, el ángulo desde el que se escribe y cómo entiende el mundo, sí queda, en general, expuesto, y así entendemos mejor la mente que ha imaginado otros mundos, esos ficticios mundos reales. La inteligencia de Ursula K. Le Guin (aunque no siempre la humildad), está a nuestro alcance gracias a Círculo de Tiza, que ya editó, en 2018, Contar es escuchar, y, ahora, más cerca aún, gracias a Gigamesh, que recupera El idioma de la noche en una edición impecable, bonita y cuidada (como para regalar o lucir en un espacio destacado de tus estanterías), de esta colección de ensayos de 1979.
Contar es escuchar no me gustó para nada. Tengo que admitirlo. Aparte de decir cosas sensatas y muy bien vistas, que las dice, claro, me pareció que incurría a menudo, muy a menudo, en una actitud condescendiente y ofensiva hacia los escritores jóvenes (página 340, página 364), hacia la crítica literaria (página 232), e incurría, también, en una molesta tendencia a dar por sentadas ciertas cosas sin necesidad de matizar nada, como cuando dice “Los lectores devoran libros. Las películas devoran a los espectadores”, en la página 359, por poner sólo un ejemplo. E incurría también en la obviedad facilona, como cuando se pregunta, retóricamente, “¿Cómo podría escribir si no leyera?”, en la página 370, y todo esto hizo que avanzar por sus páginas fuera desesperante. Pero Le Guin es perfectamente libre de decir lo que quiera, y eso es, realmente, lo único que importa. Tampoco quiero obviar el hecho que más me gustó: la defensa desacomplejada y por otra parte bien argumentada de Tolkien. ¡Defiende tus gustos, claro que sí!
El idioma de la noche es una colección de ensayos y prólogos más amable (en el sentido de que no trasluce actitudes arrogantes ni perdonavidas, o al menos no tanto). Traducido por Ana Quijada e Irene Vidal (a un castellano que fluye y suena natural, como la prosa de la autora), el libro contiene ensayos atrevidos, que intentan explicar fenómenos difíciles de explicar como por qué la fantasía no gusta, o no acaba de gustar, a los norteamericanos (en “¿Por qué los norteamericanos tienen miedo a los dragones?”), o el secreto mecanismo de relojería de la ciencia ficción en “Mito y arquetipo en la ciencia ficción”, donde tiene una de esas frases bomba con las que te quedas: “El escritor que no bebe de las obras y los pensamientos de otros, sino de sus propios pensamientos y de su ser profundo, hallará material común”. Aunque como frase bomba estrella, ésta, del prólogo a su propia La mano izquierda de la oscuridad: “La ciencia ficción es metáfora”.
Una mirada a Alice B. Sheldon
Dejé de pedir la traducción de obras breves completas hace tiempo. Aparte de la heterogeneidad de este tipo de libros, basta mirar lo ocurrido con los colecciones de cuentos publicadas por Gigamesh para percatarse de su viabilidad más allá de dos o tres nombres. Tampoco parece que los “Lo mejor de…” tengan especial eco entre un público cada vez más atado al novelón de chorrocientas páginas/partes, salvo los dos o tres autores evento que han sabido hacerse un hueco para sus cuentos. En este contexto, ya había perdido la esperanza de ver la obra de James Tiptree, Jr. / Alice B. Sheldon con una nueva traducción. Ha tenido que llegar un proyecto modesto como Crononauta para poner su nombre de nuevo en las librerías. Recupera a una escritora esencial para entender la ciencia ficción de la segunda mitad del siglo XX con un volumen, cuanto menos, atípico.
Lejos de apostar por una colección de relatos al uso, Una mirada a Alice B. Sheldon se ha concebido como una presentación. Incluye una introducción, tres narraciones acompañadas de sus notas contextualizadoras e ilustraciones de Chari Nogales, y un breve ensayo de la propia Sheldon: “Una mujer escribiendo ciencia ficción”. Este texto, redactado meses antes de su muerte, apareció en Women of Vision. A partir de las preguntas de Denise Du Pont, escritoras como Ann McCaffrey, Joan D. Vinge o Marion Zimmer Bradley cristalizaron en una serie de ensayos sus ideas sobre sus respectivos procesos creativos. En el suyo, Sheldon hace una puesta en situación que, a flor de piel, expone su compleja relación con el mundo en que vivió y la ciencia ficción. Plasma los temas que la guiaron al idear sus historias, las contradicciones derivadas de su publicación detrás de un seudónimo o los problemas que experimentó con parte de sus amistades del fandom cuando descubrieron quién estaba detrás de James Tiptree, Jr. en una labor de autodefinición cargada de emoción. Además el equipo detrás del libro le saca el máximo partido; ha seleccionado tres narraciones que resuenan en la frecuencia de las ideas planteadas en “Una mujer escribiendo ciencia ficción”. De esta manera, Una mirada a Alice B. Sheldon ejerce como pertinente muestrario de una obra repleta de talento.