Pinceladas (V): Mariana Enríquez y las desapariciones, «Súbenos a casa», de James Tiptree, Jr., y «Jeffty tiene cinco años», de Harlan Ellison

Nuestra parte de nocheLa verdad es que no tengo ni idea de si Mariana Enriquez habrá leído o no el artículo “Argentina y los muertos sin adiós”, de Rafael Sánchez Ferlosio, pero, si no, creo que su lectura podría ser un abrazo en el tiempo, un reconocimiento ‘sincero y espontáneo’[1] entre afinidades y pensamientos parecidos. Porque si, como dice Nadal Suau, es cierto que los desaparecidos son una “recurrencia enriqueziana”, entonces, al leer el artículo, vería Enriquez que Ferlosio también trataba de entender cómo afecta la desaparición al que se queda, la paradoja de saber y no saber si alguien vive, en el más bonito artículo que se haya escrito en prensa impresa. Vería que Ferlosio trataba de entender la confusión en la que se queda el quedado cuando el ido se va sin despedirse. De lo necesaria, para los primeros pasos de la reparación emocional, que es la linde de la despedida, de lo reconfortante que es saber que al menos has podido decir adiós. Y así como Ferlosio trató de entender qué consecuencias tiene la desaparición, de racionalizar sus mecanismos y el porqué de sus efectos lacerantes, Enriquez ha ahondado en las desapariciones en sí, en las circunstancias y en las consecuencias metafóricas que desgarran al que se queda, y le añade literatura y metafísica oscura en Nuestra parte de noche: en la novela se convocan también esas zonas intermedias, de existencia ambigua, como se describe en el artículo, y así la escritura de Enriquez y la de Ferlosio, complementarias, conforman un mapa de significados de la desaparición. De Mariana Enriquez hay un cuento-perfección –“La hostería”– que ya exploraba la herencia histórica de las desapariciones. Para que entendamos algo, aunque sea poco.

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Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez

Nuestra parte de nocheNo cuesta encontrar en Nuestra parte de noche a la Mariana Enríquez de Las cosas que perdimos en el fuego o Los peligros de fumar en la cama, comenzando con esa fidelidad a una ambientación Argentina notorio en ese vínculo con su tradición, su sociedad o su historia. No obstante, quien busque sobre todo a esa Enríquez seguramente salga escaldado. Como se le presupone a una novela, aquí llega con una serie de cuestiones adicionales entre las que se cuenta un panorama mucho más ambicioso que entra en conflicto con parte de los valores que habíamos disfrutado. Cuando llevaba poco más de 100 páginas, bromeaba con que en Nuestra parte de noche estaba escribiendo la gran novela Argentina; una etiqueta de esas absurdas que, en su ridiculez, resume cómo entre sus cimientos está reflejar varias décadas del pasado reciente de su país en una historia que, además, se nutre sin complejos del género de terror. Lo siniestro se erige en el eje vertebrador de un argumento que se detiene en la dictadura de los militares y la posterior reinstauración democrática.

Nuestra parte de noche se divide en varias secciones. Las más extensas, el cuerpo principal, están contadas por un narrador omnisciente que relata las vidas de Juan Peterson y su hijo Gaspar. Intercaladas en esta secuencia están los testimonios de otros personajes que detallan terrenos aledaños y precisan situaciones entrevistas con anterioridad.

El primer gran capítulo, «Las garras del dios vivo», me ha supuesto el gran problema de Nuestra parte de noche: de largo me parece lo mejor del libro. Sus 150 páginas constituyen una novela corta que atesora las grandes virtudes de algunos de mis cuentos favoritos de Enríquez («Tela de araña», «Bajo el agua negra»). Mientras Juan y un Gaspar apenas niño viajan por carretera desde Buenos Aires hasta las proximidades de las cataratas del Iguazú, se encadenan una serie de estampas que delimitan el drama que angustia a Juan y apuntan cuestiones relevantes comenzando con el retrato de un padre y un hijo obligados a sobrevivir a la muerte de la madre, Rosario, fallecida en un accidente no esclarecido. Con Juan apesadumbrado por la pérdida, aquejado de problemas de salud, responsabilizado por la necesidad de sacar adelante a su hijo, y aterrado de que haya heredado sus cualidades como médium.

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